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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2016.

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (y II)

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Frente a la idea de nación originada en Francia, surgió en Alemania otro tipo de ideología nacionalista distinta, de origen básicamente cultural, que rápidamente entroncó con los ideales románticos y que sólo pasado un tiempo se vincularía a la política. El más destacado pensador de este nuevo nacionalismo fue el filósofo alemán Johann G. Herder que, en su obra titulada Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad (1784 – 1791), esbozó una teoría de la nación como un organismo vivo resultado de la herencia común de una raza que compartía lengua e historia.

Las ideas románticas de Herder calaron en el pensamiento nacionalista de Europa central y oriental y los Principados rumanos no fueron una excepción, de hecho, la nación rumana se definió, según el modelo germano, por su origen común (romano, dacio o dacio-romano), por su lengua latina en el seno de un océano eslavo, por su historia compartida, por una espiritualidad específica[1].

Los primeros brotes de construcción de una conciencia nacional rumana habían aparecido a mediados del siglo XVIII, de manos de la Iglesia Uniata de Transilvania - vinculada a Austria y enfrentada a los magnates húngaros - y de un grupo de intelectuales integrantes de la Escuela de  Transilvania (Petru Maior, Samuil Micu-Klein y Georghe Sincai). Estos intelectuales de credo uniata y educados en Viena, realizaron una labor historiográfica y lingüística que sentó las bases del nacionalismo rumano, reflejado en el contenido del Supplex Libellus Vallachorum, un memorando enviado a Leopoldo II en 1791 en el que se pedían los mismos derechos para los rumanos que para el resto de minorías transilvanas y una representación en la Dieta.

Progresivamente, el nacionalismo rumano reelaboró sus mitos fundacionales para adaptarlos al organismo nacional que se pretendía fundar y encontró en el viejo reino de Dacia el mejor símbolo para representar el espacio rumano, especialmente en un momento en el que el nombre de Rumania todavía no existía.

A partir de entonces, el término Dacia apareció con frecuencia para definir el territorio completo habitado por rumanos y, por ejemplo, publicaciones como Dacia litterară, Magazin istoric pentru Dacia o Dacia viitoare representaron un programa completo político-nacional y de construcción de un imaginario común. Paralelamente, los escritos históricos desarrollados en los años 30 y 40 y, sobre todo, la conformación del mito de Miguel el Valiente, como unificador de los tres Principados a principios del siglo XVII, ilustran también muy bien los cambios ocurridos en la conciencia del pueblo rumano y sus preocupaciones por la unidad nacional.

De este modo, tal y como describió Benedict Anderson, el nacionalismo rumano de mediados del siglo XIX se articuló en torno a este sentimiento compartido a pesar de que, en contra de las tesis de Ernest Gellner, el capitalismo no se había desarrollado como en otros lugares de Europa, que la industrialización era prácticamente inexistente – la revolución industrial en Rumania no tomó forma hasta 1890 - y que la urbanización fuese muy escasa[2].

Desde principios del siglo XIX, en los Principados danubianos, la idea de nación conoció una transformación significativa respecto a la del siglo anterior y empezó a tomar formas más modernas. La vieja concepción de la nación, basada en los privilegios, que situaba a los boyardos por encima de cualquier otra clase social y garantizaba su influencia política y social, dio paso a una idea nacional más étnica que incluía a todas las clases sociales, también a los asalariados y a los campesinos. Bajo la influencia del romanticismo y de una idea más moderna de nación, los intelectuales del momento alumbraron un nuevo aprecio sobre la vida rural y el folclore, que dejó de ser juzgado según los criterios de la Ilustración (verdad y razón) y pasó a ser aceptado como manifestación de un modo de vida distinto.

Asimismo, los intelectuales empezaron a considerar la lengua rumana desde su nueva perspectiva sobre la idea de nación. El final del régimen fanariota y el declive de la lengua griega como lengua de la administración y la cultura, así como el rápido crecimiento de la importancia de la lengua rumana, estimularon su interés teórico por la lengua nacional. En los años 20, se produjo un intenso debate sobre la posibilidad de que la lengua rumana se convirtiese en el vehículo de una cultura refinada pero, después de 1830, el vigor del sentimiento nacionalista lo silenció totalmente. La principal preocupación de personalidades culturales como Ion Heliade Rădulescu o Costache Negruzzi fue, no tanto descubrir el origen del rumano - cuya latinidad romana no estaba en discusión -, como revelar su espíritu. Escritores y académicos buscaban por igual el carácter específico y los rasgos particulares de la lengua rumana, con el objetivo de modernizar su sintaxis y ampliar su vocabulario. En la base de todos estos esfuerzos se hallaba la idea que la lengua no era una simple convención sino la expresión de las características del espíritu nacional rumano.   



[1] De hecho, según este concepto, sajones y magiares de Transilvania, cuyo origen y lengua eran distintos a los de los rumanos, difícilmente podían ser considerados como pertenecientes a la nación, postura que todavía pervive en la actualidad en algunos sectores de la sociedad rumana, encabezados por la Iglesia ortodoxa.

[2] Hacia 1900, después de un período de desarrollo relativo del sector urbano rumano, más del 81 % de la población de Rumania habitaba todavía en el ámbito rural.

05/01/2016 10:11 legiovhispana #. Historia Hay 1 comentario.

Creencias y supersticiones rumanas sobre... Iconos

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Los iconos son elementos ineludibles en la sociedad rumana.

La mayor parte de las casas rumanas tienen, al menos, un icono colocado en algún espacio más o menos destacado, aunque algunas atesoran decenas de iconos distribuidos por las habitaciones, cocina incluida. A pesar de ello, estas imágenes religiosas pueden también encontrarse en bancos, en las oficinas de correos, sobre escritorios de trabajo, en intersecciones de carreteras o colgando del espejo retrovisor de un taxista además, lógicamente, de en las iglesias, que es su lugar natural.

Como no podía ser de otro modo, un elemento tan omnipresente tiene asociados multitud de creencias y supersticiones. De este modo, por ejemplo, estropear un icono supone una gran desgracia y una señal de mal agüero que, para ser evitado, debe responderse lanzando la maltrecha imagen a un curso de agua corriente.

Si la madera de un icono cruje o si cae por si solo de la pared, sin motivo aparente, señala una muerte cercana. Por otro lado, si un icono se parte, indica la peor de las suertes para los habitantes de la casa.

Muchos mendigos piden en las calles rumanas con un icono en la mano pues, según la tradición, es una manifestación de buena suerte, tanto para ellos como para quien demuestra su caridad con ellos.

De acuerdo con las costumbres funerarias rumanas, durante el velatorio de un cadáver se debe colocar un icono sobre su pecho para contener el alma del difunto durante los siguientes cuarenta días.

Pero estas imágenes no sólo se relacionan con la buena o mala suerte de sus propietarios, también pueden prever el tiempo, ya que cuando un icono milagroso tiene pequeñas gotas de agua en su superficie, revela que se acerca una tormenta.

Bobotează

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Los cristianos celebramos el día 6 de enero como la Epifanía del Señor, sin embargo, mientras los católicos recuerdan la adoración de los Reyes Magos, los ortodoxos conmemoran el bautismo de Jesús en el río Jordán. Los rumanos llaman a esta fiesta Bobotează, Arătarea Domnului o Epifania, palabra de origen griego que significa presentación, descubrimiento o revelación.

En este día, los sacerdotes ortodoxos consagran el agua ya que, junto al resto de creyentes, afirman que el agua de la Epifanía tiene poderes especiales, otorgados directamente por el Espíritu Santo, que impiden que nunca se corrompa. Existe además la costumbre de que el sacerdote lance una cruz a un curso de agua helada, tras la cual se lanzan los más valientes para recuperarla, pues el nadador que lo consiga recibirá una bendición especial del sacerdote y gozará por ello de protección divina durante todo el año que apenas empieza.

Se dice también que en la noche del 6 de enero, las jovencitas pueden soñar con su futuro marido por lo que, para conseguirlo, se atan una cinta de seda en el anular y colocan una ramita de albahaca bajo la almohada. En un sentido parecido, la tradición afirma que aquella que tenga la fortuna de resbalar en el hielo durante la Bobotează, encontrará esposo antes de finalizar el año.

El día de la Epifanía no debe lavarse la ropa, están prohibidas las peleas caseras y no se hacen préstamos.

Encabezando esta entrada, una imagen de entreguerras de la ceremonia de recuperación de la cruz.



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