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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2012.

El origen de los nombres de los barrios de Bucarest: 13 Septembrie

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El nombre del barrio llamado 13 de Septiembre (13 Septembrie) proviene de la fecha de la batalla de la colina de Spirea (Dealul Spirii), que tuvo lugar el 13 de septiembre de 1848, muy cerca de donde hoy se levanta el imponente Palacio del Parlamento.

La batalla de la colina de Spirea fue la última que libraron tropas rumanas contra el ejército otomano en territorio rumano y se enmarca en la revolución nacionalista de corte liberal que estalló en 1848 en los principados rumanos y en Transilvania.

Durante la batalla, entre las tropas rumanas destacó la actuación de una compañía de bomberos dirigida por el capitán Pavel Zăgănescu, que se enfrentó con enorme valentía a la infantería turca del comandante Kerim–Pașa. A pesar de todo, tras casi tres horas de combates, los otomanos vencieron a los rumanos, sepultando así temporalmente sus aspiraciones nacionales.

El 13 de septiembre es el Día de los Bomberos en Rumania y para recordar la hazaña del capitán Zăgănescu, frente al hotel Marriott de Bucarest, en un extremo del barrio 13 Septembrie, se levanta un monumento a los héroes de aquella batalla inaugurado en 1901.

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02/09/2012 23:26 legiovhispana #. Bucuresti Hay 1 comentario.

La forja de la nación rumana (I): Introducción

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Más allá de la interesantísima historia medieval rumana, a la que quiero dedicar mi atención en un futuro inmediato, mediante esta serie de entradas pretendo dar una pincelada sobre el nacimiento del espíritu nacional del pueblo rumano, que culminó con la formación del Principado de Rumania en 1859.

La etnogénesis del pueblo rumano ha ocupado desde antiguo sesudos capítulos en los libros de historia de Rumania. Sin entrar en detalles, el origen de los rumanos podemos encontrarlo en las comunidades dacias romanizadas que, tras la invasiones eslavas del siglo VI, se refugiaron en las tierras altas y en los valles de difícil acceso de las cordilleras carpáticas. Durante siglos, los vlacos bajaron a las llanuras y se mezclaron con los sucesivos pueblos invasores – eslavos, hunos, ávaros, magiares, pechenegos y cumanos – dando lugar a un pueblo feudal, conformado con elementos culturales diversos pero con la lengua latina como principal aglutinante.

Los rumanos transilvanos, que convivían con elevados porcentajes de población húngara, sajona y székely (habitantes de origen muy discutido aunque próximos a los húngaros), cayeron pronto bajo la dominación húngara. En las regiones de Valaquia y Moldavia, la nobleza boyarda estuvo bajo soberanía búlgara, de los janes cumanos y tártaros y de los reyes de Hungría y Polonia hasta que, a mediados del siglo XIV, pudieron constituir sendos principados. Debido a la imparable presión otomana, Valaquia en 1476 y Moldavia en 1503 acabaron rindiendo vasallaje al sultán.

Tras la caída de Transilvania en manos turcas a comienzos del siglo XVI, los tres territorios se mantuvieron vasallos de Estambul y sólo durante el breve reinado de Miguel el Valiente (1593 – 1601) formaron una entidad política común (encabezando esta entrada, un retrato de Miguel del Valiente). Los príncipes, que recibían el título civil de hospodar y el militar de voivoda, eran teóricamente elegidos por el alto clero y por los boyardos, aunque gobernaban por delegación del sultán. Tanto el alto clero como los nobles boyardos acumulaban un enorme poder y tenían sometida a una dura servidumbre una gran masa campesina. El gobierno otomano vendía los cargos públicos, cobraba impuestos desmesurados, imponía unas relaciones comerciales desfavorables para los rumanos y se aseguraba su presencia militar en la zona a través del control de los puertos fluviales de Braila, Giurgiu y Turnu-Mâgurele, así como en la región costera de Moldavia.

05/09/2012 22:54 legiovhispana #. Historia Hay 1 comentario.

La forja de la nación rumana (II): Siglo XVIII

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A comienzos del siglo XVIII, Turquía perdió Hungría y Transilvania por lo que los Principados de Valaquia y Moldavia se convirtieron en una prioridad estratégica para los otomanos. Con el objetivo de asegurar su fidelidad, los sultanes entronizaron como hospodares a aristócratas fanariotas, comerciantes griegos provenientes del barrio de Fanar en Estambul que habían amasado enormes fortunas gracias a sus puestos en la administración otomana.

Durante el período fanariota (1711 – 1821), se alternaron en el poder familias griegas – Cantacuzeno, Mavrocordatos o Ipsilanti – con dinastías rumanas pro-turcas – Ghica, Racovita o Callimachi - en reinados tan cortos como débiles y cuyas actuaciones siempre contaron con la aprobación del sultán. Los hospodares de Moldavia y Valaquia se situaron entonces al frente de sendos Consejos (Divanes), integrados por una decena de boyardos cada uno, en las cortes de Iasi y Bucarest.

Instalados en la línea de fractura entre los imperios austriaco, otomano y ruso, los aristócratas rumanos se apoyaron alternativamente en cada uno de estos poderes para proteger sus intereses. A finales del siglo XVII, Transilvania pasó a manos de los Habsburgo por lo que Austria aumentó su capacidad de influencia sobre los Principados e incluso se anexionó Oltenia entre 1718 y 1739.

Pero fue Rusia quien, a medio plazo, ganó la partida. En el conflicto ruso-turco, los Principados rumanos se convirtieron en el escenario bélico hasta el punto que, entre 1769 y 1774 y en 1790-91, las tropas zaristas establecieron una administración militar de ocupación que sirvió de base para las operaciones al sur del Danubio. Aunque, tras la guerra, en ambos principados se restableció en sus tronos a hospodares leales al sultán, cada vez estuvieron más influenciados por los rusos y por las esperanzas de unificación de una parte importante de su pueblo.

La conciencia nacional rumana no aparece nítidamente hasta mediados del siglo XVIII de manos de la Iglesia Uniata de Transilvania - vinculada a Austria y enfrentada a los magnates húngaros - y de un grupo de intelectuales integrantes de la Escuela de  Transilvania (Petru Maior, Samuil Micu-Klein y Georghe Sincai). Estos intelectuales de credo uniata y educados en Viena, realizaron una labor historiográfica y lingüística que sentó las bases del nacionalismo rumano, reflejado en el contenido del Supplex Libellus Vallachorum, un memorando enviado a Leopoldo II en 1791 en el que se pedían los mismos derechos para los rumanos que para el resto de minorías transilvanas y una representación en el parlamento regional (Dieta).

En Valaquia y Moldavia, la población vivía la opresión de los boyardos y de los hospodares fanariotas. Los campesinos y los habitantes de las escasas ciudades conformaban una masa muy conservadora y fiel a la Iglesia Ortodoxa – controlada desde el Patriarcado de Constantinopla - que estaba lejos de interesarse por el movimiento de liberación nacional, a lo que tampoco ayudaba la carencia casi absoluta de una burguesía comerciante.

05/09/2012 23:00 legiovhispana #. Historia Hay 3 comentarios.

Kurtos kalacs

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Uno de los ejemplos más deliciosos de la gastronomía rumana son los llamados kurtos kalacs, unas peculiares pastas en espiral, cocinadas sobre brasas en un molde cilíndrico móvil.

Los kurtos kalacs proceden de la región de Covașna, en Transilvania, y deben su origen a una receta elaborada por colonos húngaros y bautizada por su inconfundible forma como “pastel chimenea” -  kurto (chimenea) y kalacs (pastel).

La receta de los kurtos kalacs es uno de los secretos mejor guardados de Rumania. Temprano por la mañana, los pasteleros mezclan hábilmente sus ingredientes pues el proceso de elaboración tiene su miga, sin embargo, la cocción de la pasta resultante, enroscada sobre un molde cilíndrico, toma apenas unos pocos minutos. El producto final puede tener sabor a nueces, canela, almendras, chocolate, coco, avellanas o, simplemente, a azúcar, sin duda, mi sabor preferido.

Durante todo el año, el delicioso aroma de los “pasteles chimenea” envuelve la más inesperada esquina de Bucarest, así que ante la visión de un cocinero callejero, girando con mimo la golosina a la espera de un goloso paseante, es siempre recomendable abandonarse a la tentación.

11/09/2012 23:52 legiovhispana #. Gastronomía Hay 3 comentarios.

Orígenes y evolución del alumbrado público de Bucarest

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Por pura deformación profesional, no puedo evitar fijarme siempre en el alumbrado público que ilumina las noches de las ciudades que visito y Bucarest no podía ser una excepción. Actualmente, el sistema de alumbrado público de Bucarest se asemeja al de cualquier ciudad europea. Lejos quedan aquellos días de oscuridad de finales de los años 80, cuando el tirano Ceaușescu sumió a la ciudad en las tinieblas en un vano intento de recortar costes de un régimen en franca decadencia.

No fue hasta principios del siglo XIX cuando los bucarestinos vieron por primera vez un espacio público iluminado por algo más que la luz de la luna y las estrellas. La petición fue formulada por un grupo de boyardos que, en una carta dirigida al príncipe fanariota de Valaquia, Ioan Gheorghe Caradja (1812 – 1818), solicitaban: “… que entre el puente de Mogoșoaia y la Corte Vieja, a ambos lados de la carretera y a una distancia de cada siete casas, se levanten postes con un farol que contenga una luz que se encienda cada noche”. A pesar del indudable avance que supuso esta nueva vía iluminada, los vecinos pronto protestaron al recibir una factura mensual de de 32 parales (1 leu de la época estaba dividido en 40 parales, aunque esta medida no fue establecida oficialmente hasta mediados de siglo) para mantener las nuevas instalaciones.

Para iluminar el resto de caminos por los que transitaban, los boyardos empleaban un método tan ancestral como rudimentario. Un grupo de gitanos corría frente al lujoso carruaje (butca) de su señor, portando en sus espaldas una especie de parrilla metálica (masalaua) en la que se colocaban unas antorchas untadas con aceite. A lo largo del camino, iban reponiendo las antorchas que se consumían mientras corrían frente los caballos “dejando una estela de luz roja y humo negro”, según escribió el diplomático Gheorghe Cruţescu, en su libro Podul Mogoşoaei.

Otro método rústico de iluminación lo constituían las pantallas hechas con piel de oveja o de cabra que “bien seca y extendida, proyectaban la luz de una lámpara de sebo” colocada en las puertas de la ciudad. En otras puertas se utilizaban unas teas denominados “poponeți”, constituidas por un manojo de trapos, untado en aceite y colocado colgando en el extremo de un poste, bajo el cual se instalaban grandes recipientes con tierra (cenace) para evitar incendios.

Posteriormente, todas estas tecnologías tradicionales fueron sustituyéndose progresivamente por linternas de cristal, que empleaban aceite de colza como combustible. La introducción del petróleo como fuente de energía, a mediados del siglo XIX, convirtió a Bucarest en una ciudad sumida en la penumbra en una urbe pionera en el uso de nuevos métodos para iluminar sus calles.

En 1861, un año antes de convertirse en la capital de los Principados unidos de Moldavia y Valaquia, Bucarest disponía ya de una red de alumbrado con lámparas de gasolina, adelantándose a ciudades como París o Berlín. Diez años después, las calles se iluminaban con gas y en 1882 llegó la electricidad a la ciudad. A pesar de las críticas publicadas en periódicos como L’Indépendance Roumaine, las primeras instalaciones eléctricas se ubicaron en el Palacio Real - alimentado por una central construida ad hoc, a través de una línea de corriente continua de 2 kV -, en el Palacio de Cotroceni, en el Teatro Nacional y en el Parque Cișmigiu.

Finalmente, todos en Bucarest acabaron sucumbiendo al poder de la electricidad y un tiempo después, el famoso periodista de la época, Mișu Ion Văcărescu, redactor en L’Indépendance Roumaine, escribía: “Por las tardes íbamos a Eldorado, la mejor fiesta veraniega de la ciudad, donde el jardín no tenía suficiente luz natural y la luz eléctrica brillaba con toda su fuerza”.

16/09/2012 12:54 legiovhispana #. Bucuresti Hay 4 comentarios.

La tradición vitivinícola de Rumania

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Desde un punto de vista viticultural, Rumania se sitúa entre los más importantes países de Europa, disponiendo de una superficie de vides que alcanza las 190.000 hectáreas. La producción anual de vino rumano - 5 millones de hectolitros en 2008 - sólo se sitúa por detrás de España, Francia, Italia y Portugal aunque, desgraciadamente, más del 90 % se consume en Rumania, convirtiéndose en un delicioso secreto todavía por descubrir en el continente. A partir de este hecho, podría deducirse erróneamente que a los rumanos les gusta empinar el codo más que a sus vecinos, sin embargo, el consumo medio per capita se asemeja al de los españoles, los griegos o los austriacos y es inferior al de los franceses, los italianos, los portugueses y, sobre todo, al de los habitantes del Vaticano, el país con mayor consumo individual de vino del mundo.

El cultivo de la vid y la elaboración de vino se han practicado en los territorios que hoy comprenden Rumania desde tiempos inmemoriales, como así lo atestiguan el hallazgo de vides silvestres fosilizadas, datadas en el 7.000 a.C., y de decenas de aperos procedentes de múltiples excavaciones arqueológicas y actualmente expuestos en el Museo Nacional de Historia y Arqueología de Constanza o en el Museo de la Vid y el Vino en Murfatlar. Ambos museos, por ejemplo, prueban cómo hace 2.500 años ya se producía vino en la región costera de Dobrudja, caldos que probó y elogió el poeta Ovidio, durante su exilio en la zona tras su disputa con el emperador Augusto en el 8 d.C. Por otro lado, algunas de las principales palabras del vocabulario viticultural rumano provienen del antiguo idioma dacio, como butuc (cepa), strugure (uva) o ravac (mosto).

Tras la conquista romana de Dacia, en el año 106 d.C., se produjo un gran desarrollo de la industria del vino en la nueva provincia del Imperio, hecho reflejado en los motivos representados en las monedas acuñadas en la ceca de Tomis, la actual Constanza. Las vicisitudes sufridas por el territorio de Rumania, durante las invasiones que azotaron la zona durante la Edad Media, sin duda afectaron al cultivo de la uva y a la obtención de los caldos, sin embargo, siguieron practicándose sin interrupción a lo largo de los siglos.

En el momento de la unión de los Principados de Valaquia y Moldavia (1862), la superficie de cultivo de vid rondaba las 100.000 hectáreas y había aumentado a 150.000 en 1884, cuando Rumania alcanzó la independencia del Imperio Otomano.  Rumania no se libró de la plaga de filoxera que afectó a toda Europa en la segunda mitad del siglo XIX, crisis que permitió establecer relaciones entre productores rumanos y asesores franceses e introducir nuevas variedades de uva en la región como Pinot Noir, Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonay, Aligoté y Sauvignon Blanch.

Las variedades francesas se añadieron así a las autóctonas – Feteasca Alba, Feteasca Regala, Grasa de Cotnari, Busuioaca de Moldova, Crâmposia, Babeasca Neagra, Feteasca Neagra, etc. – para conformar una excelente tradición vinícola que todavía hoy perdura y que está a la espera de una oportunidad para ser descubierta por los más exigentes paladares.

16/09/2012 23:56 legiovhispana #. Gastronomía Hay 1 comentario.

Método sajón de combatir el divorcio

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Hace casi tres años, me referí en una entrada a una excursión que realizamos por algunas de las imponentes iglesias sajonas fortificadas, levantadas en varias poblaciones cercanas a Brașov. Aunque disfrutamos a manos llenas de todas las visitas y de las conversaciones con los lugareños, acabo de descubrir una costumbre de la comunidad sajona que tiene su reflejo arquitectónico en los muros de estos templos y que, por aquel entonces, pasé por alto.

Por suerte o por desgracia, los matrimonios de hoy en día no son como los de antes y se rompen con un suspiro, sin embargo, en una comunidad de frontera como la sajona, profundamente tradicional, un hombre o una mujer solteros eran seres incompletos por lo que el divorcio era una costumbre muy mal vista.

Durante la Baja Edad Media, cuando una pareja sajona, harta de discusiones y peleas, se planteaba seriamente el divorcio, la comunidad la encerraba en una pequeña habitación, construida en los muros de su iglesia, en la que el matrimonio debía compartir una cama, una escudilla, un juego de cubiertos, un vaso para el agua y una única ración diaria de alimentos. Durante dos semanas, el desdichado dúo debía replantearse así su drástica decisión siguiendo un método que, según la tradición, consiguió limitar los daños a un único divorcio en 300 años. La tradición no menciona, sin embargo, la cantidad de asesinatos que debieron producirse en estos cubículos durante el mismo período.

En la impresionante la iglesia de Biertan - en la imagen -, cercana a Sighișoara, todavía hoy puede visitarse uno de estos angostos habitáculos contra el divorcio, construido en los muros de una de sus torres.



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