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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2011.

Misión en Bucarest y otras narraciones

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No existe demasiada literatura española cuyo escenario se desarrolle en Rumanía, por lo que Misión en Bucarest y otras narraciones es una rara excepción. Su autor, el escritor, periodista y diplomático, Agustín de Foxá, es hoy un proscrito debido a su filiación política pero, superados algunos párrafos profundamente reaccionarios y otros estremecedoramente antisemitas – y a un servidor le ha costado su esfuerzo -, su aguda descripción de una Rumanía fastuosa, vetusta y turbulenta merece una detenida lectura.

Agustín de Foxá, conde de Foxá y marqués de Armendáriz, nació en Madrid en 1903, estudió en el Colegio del Pilar, cursó la carrera de Derecho y en 1930 ingresó en la carrera diplomática, siendo destinado a Sofía y Bucarest. Amigo de Jose Antonio Primo de Rivera, simpatizó con Falange desde el principio y junto a  Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo y otros formó el núcleo intelectual de la formación política. Famosas fueron sus cenas de Carlomagno, celebradas en el Hotel París, en la Carrera de San Jerónimo, en las que, de riguroso smoking, el grupo honraba al emperador de Occidente dejando siempre al ausente convidado regio la presidencia vacía pero cubierta con una piel de corzo. Foxá se encontraba en Madrid cuando estalló la Guerra Civil y, aunque estuvo a punto de ser fusilado, su pasaporte diplomático le salvó del paredón y pudo escapar a Bucarest como Secretario de la Representación Diplomática de la República. En Bucarest, Foxá fingió su adhesión a la causa republicana mientras ocultaba su simpatía por Franco hasta que, pasados unos meses, admitió su doble juego. Acabada la guerra, ocupó varios puestos diplomáticos en Roma, Helsinki y Buenos Aires y en 1959 fue nombrado académico de la RAE, aunque la muerte le impidió tomar posesión del sillón Z que le correspondía.

En Misión en Bucarest aparece el Foxá diplomático metamorfoseado en Julio Vega, un personaje que escapa de una España en llamas para trasladarse a Rumanía, atravesando Europa en tren. Primero se traslada a Bucovina, donde comparte charlas, visitas turísticas, mesa y cacerías con algunos nobles germanos decadentes y con los miembros de la sección local de la Guardia de Hierro, cuya ideología comparte totalmente, sobre todo su rencor a los judíos, a los que caricaturiza esperpénticamente. Empezado el invierno, la acción se traslada a un Bucarest de lujos y legaciones diplomáticas, fiestas e intrigas políticas, una ciudad descrita con detalle, admiración e ironía (o sarcasmo, en el caso de los representantes soviéticos). La misión de Julio es hacer creer a todos que simpatiza con la República cuando, en realidad, a quien pertenece fiel es a los militares rebeldes. La trama es prometedora pero, desgraciadamente, lo que debía ser una novela quedó ahí interrumpida, dejando al lector con ganas de saber más.

17/03/2011 20:33 legiovhispana #. Libros No hay comentarios. Comentar.

Contra el resfriado: aliño de pies

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El brusco cambio de tiempo nos ha pillado a la mayoría por sorpresa así que, quien más quien menos, tiene encima una buena gripe, le duelen los huesos o tose sin parar.

En estas circunstancias, en cualquier conversación afloran los remedios caseros que se han demostrado infalibles en ocasiones parecidas. Hoy, en una charla de café, ha surgido el mejor remedio para combatir el aumento de temperatura de un niño resfriado: se hace una disolución de vinagre y agua, se sumergen unos calcetines limpios de la criatura - ¿qué más dará?, me he preguntado después – y se le ponen en los pies el tiempo suficiente para que baje la fiebre. Según dicen, el hedor a vinagre mata las bacterias del habitáculo donde se encuentra el infortunado chaval y la temperatura escapa a través de sus pies helados.

He asentido circunspecto a toda la conversación e incluso he compartido los argumentos de un par de madres valedoras de tan insólito remedio, sin embargo, en caso necesario no pienso aplicarlo a ninguno de mis hijos pues, aún a riesgo de que me llamen aprensivo, sigo confiando más en la química fina.

El Niño preso de San Elefterie

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La nueva iglesia de San Elefterie, que con su elegante factura neo-bizantina da la bienvenida al barrio de Cotroceni, guarda en su ábside una curiosa pintura con historia. Aparentemente, se trata de la típica representación del icono de la Theotokos o Madre de Dios que acoge en su regazo al niño Jesús, sin embargo, en lugar de vestir una túnica blanca (símbolo de pureza), dorada (signo de sabiduría) o púrpura (símbolo de majestad), el niño lleva una prenda blanca con rayas negras propia de un presidiario.

Este mural fue pintado por el padre Arsenie Boca, un sacerdote de mirada inquietante pero muy respetado por los fieles ortodoxos rumanos (imagen, a continuación). Nacido en Hunedoara en 1910, estudió en la Academia Teológica de Sibiu y en el Instituto de Bellas Artes de Bucarest. Trabajó en la redacción de la primera versión rumana de la Filocalia, una colección de textos místicos y ascéticos propios de la Iglesia Ortodoxa, y durante los años de la Segunda Guerra Mundial desarrolló su labor monacal en el Monasterio Brancoveanu.

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Iniciada la época comunista, el padre Boca fue detenido en repetidas ocasiones acusado de colaborar con los milicianos anticomunistas de los Montes Faragaş. Las autoridades forzaron su traslado al Monasterio de Prislop, en Hunedoara, pero las continuas detenciones que sufrieron él y otros monjes, acusados de actividades anticomunistas, acabaron certificando el cierre del monasterio en 1959. Condenado a no ejercer actividad religiosa alguna, el padre Boca se dedicó a pintar el interior de varias iglesias de Bucarest, entre ellas la de San Elefterie, en Cotroceni, en la que pintó un niño Jesús con ropas de presidiario como metáfora de la persecución religiosa que llevaba a cabo el régimen comunista. Acosado por la Securitate, el padre Boca se retiró a una celda en Sinaia, donde murió un mes antes de la Revolución de 1989.

23/03/2011 23:13 legiovhispana #. Bucuresti Hay 3 comentarios.

De iconografía bizantina

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Permítame el lector profundizar un poco sobre la naturaleza de la iconografía bizantina para ilustrar, más si cabe, el significado de la entrada anterior.

Tras el período iconoclasta que sacudió al Imperio bizantino entre 726 y 843, el triunfo de la ortodoxia cambió la naturaleza de los iconos, dedicados a partir de entonces a profundizar en el mensaje teológico y a garantizar la difusión del dogma ortodoxo, e inauguró una época dorada de la iconografía centrada en la autoridad victoriosa de Cristo y María.

De este modo, además  de la imagen de Cristo situada en la cúpula de los templos, es habitual en iglesias urbanas y monásticas que el semicírculo absidal acoja la imagen divina o una representación de María Theotocos, con gesto protector u orante y bien con el Niño de frente o sobre el brazo derecho (María Hodigitria).

La postura iconoclasta de los emperadores León III y Constantino V, que pretendía restablecer la autoridad imperial en el terreno religioso, fue rápidamente contestada, sobre todo, por los monjes de los monasterios de Constantinopla, sin embargo, fueron los cristianos que habitaban en los territorios ocupados por los musulmanes quienes más libres se sintieron para expresar su opinión. Precisamente de entre ellos surgió Juan Damasceno, nacido en Damasco en 675, autor de la Sacra Paralela, un texto litúrgico ilustrado con un total de 1.658 miniaturas que constituyen un manifiesto sobre el valor de la imagen.

Poco antes del período iconoclasta, la religiosidad popular había adquirido matices idolátricos de modo que los iconos se identificaban con un mundo sobrenatural que les otorgaba energía divina y capacidad milagrosa. Al finalizar la etapa iconoclasta, los iconos, lejos de cualquier forma de idolatría, se enraizaron en una sólida teología, siendo el resultado de las discusiones de los doctores de la Iglesia y de disposiciones doctrinales que establecieron un esquema iconográfico que todavía hoy cumple las funciones de la imagen y que le otorgan autoridad didáctica, alegórica, mística, litúrgica y artística.

En el icono no se adoran la madera y los colores, sino lo que representan, en un recorrido desde lo visible hasta lo invisible, desde lo material hasta lo espiritual. Según el concepto de “copia” que caracteriza el arte cristiano antiguo y medieval, la autenticidad de una imagen depende de su similitud con el original. La autenticidad del icono como copia (o copia de una copia) demuestra la verdad de la Encarnación, basada en el testimonio escrito de los Evangelios y en la tradición de los iconos como fiel reproducción de los rasgos físicos de Jesús, María y los santos. Los iconógrafos, pintores o musivaras, se atienen a las normas establecidas en el Segundo Concilio Ecuménico de Nicea (787) – centrado en resolver la controversia iconoclasta - y a los manuales de pintura que establecen modelos muy precisos de acuerdo el pensamiento de los Padres de la Iglesia; de este modo, cualquier detalle como la postura del cuerpo, el movimiento de una mano, el color del vestido o cualquier edificio tienen un significado exacto por lo que el artista debe seguir fielmente los modelos.

Perturbando la tradición bizantina, en el icono de San Elefterie, el padre Boca alteró siglos de rigor iconográfico al modificar los colores de la túnica de Cristo niño, dándole a su acción un profundo significado que salta en seguida a la vista de los espectadores habituados a la rigidez de la iconografía oriental.

24/03/2011 15:52 legiovhispana #. Historia Hay 1 comentario.


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