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Bucarestinos

El misterio de los estorninos muertos

El misterio de los estorninos muertos

Rumanía no podía ser menos en lo que a fenómenos extraños se refiere, así que el pasado sábado varios residentes de Constanţa, en la costa del Mar Negro, denunciaron a la policía que decenas de estorninos se habían precipitado muertos contra el suelo, repitiéndose así el misterioso suceso que hace unos días asombró a Estados Unidos y Suecia.

El temor a la gripe aviar – que afectó a muchas localidades rumanas entre 2004 y 2006 - hizo que el jefe de la autoridad veterinaria de la ciudad, Romeu Lazar, ordenase la inmediata autopsia de las aves. Cruzando los dedos, los médicos tomaron 5 cadáveres y les abrieron las tripas comprobando, sorprendidos, que se hallaban repletas de hollejos de uva, un subproducto de la producción de vino.

Durante el crudo invierno rumano, los alimentos escasean por lo que los pájaros habían picoteado los orujos sobrantes de una bodega cercana que produce el delicioso vino Murfatlar. Al parecer, los hollejos estaban impregnados en alcohol y las aves, poco acostumbradas a las bebidas espiritosas, acabaron sucumbiendo en pleno vuelo.

El misterio no tenía relación ni con tormentas, ni con cables eléctricos ni con el estrés aviar, simplemente los estorninos llevaban una turca monumental.

De zombis

De zombis

Permítame el lector una reflexión algo alejada de las habituales.

Existe una relación entre las grandes crisis de la humanidad del siglo XX y el cine de zombis. Nótese que no estoy hablando de crisis bélicas de largo alcance, sino preferentemente de crisis políticas, económicas o sociales. Las primeras películas de zombis aparecieron brevemente justo tras el crack del 29 – destaca White zombie, de 1932 - para prácticamente desaparecer después. En los años 50, en los inicios de la Guerra Fría, se pusieron de moda los OVNIS y los extraterrestres, aunque algunas películas los relacionaron con pseudo-muertos vivientes como en el caso de Zombis de la estratosfera (1952) o incluso la mítica Plan 9 del espacio exterior (1959). En un mundo con terribles antecedentes y cuya complejidad aumentaba de forma vertiginosa, era reconfortante pensar en la inocencia del ser humano y en la amenaza exterior, aunque estos primeros ejemplos del cine con zombis atisbaban ya el contenido de un mensaje diferente, más crítico con el ser humano.

Los años 60 fueron los del fin de la inocencia, se impuso el pensamiento de Plauto según el cual "El hombre es un lobo para el hombre" y de ahí que durante ese decenio apareciesen los zombis como trasunto del ser humano de entonces, tan irracional y violento como incapaz de controlar un mundo que, debido al aumento de los flujos de información, cada vez se le hacía más incomprensible. Despuntaron entonces grandes clásicos como la reflexiva El último hombre sobre la Tierra , protagonizada por Vincent Price, o La noche de los muertos vivientes de George A. Romero, que dio el verdadero pistoletazo de salida al fenómeno zombi tal y como lo entendemos hoy en día.

Inmediatamente después de la crisis del petróleo hubo un repunte en los estrenos de películas de zombis, aunque fue en los años 80 cuando, a razón de prácticamente un estreno mensual, se vivió la primera época dorada del género coincidiendo con el aumento del terrorismo internacional y con los últimos estertores del comunismo. De estos años destacan títulos como Muertos y enterrados, la fantástica The Evil Dead o El día de los muertos. Al tiempo que se denunciaban públicamente las consecuencias de la crisis ecológica y el fin de las fuentes de energía derivadas del petróleo, los 90 asistieron a un ritmo de producción zombi similar La última gran crisis mundial, desatada por una globalización que amenaza a la singularidad del individuo, por la debilidad del Imperio americano y por el estallido de la crisis financiera coincide también con un momento de esplendor de la temática zombi, magníficamente representada hoy por la serie The Walking Dead y por la postmoderna saga de Resident evil, entre muchos otros títulos.

Más allá de la cronología, el zombi se presenta cada vez más como paradoja del ser humano actual. Su rabia es contagiosa – sólo hay que mirar al telediario para comprobar lo contagiosa que es la violencia entre el ser humano –, se mueve por impulsos – comer/consumir - y sólo muere al dispararle al cerebro, pues es precisamente ese órgano el causante de todos los males del hombre y del zombi. Quien piensa demasiado, quien analiza detenidamente el mundo que le rodea, puede acabar cayendo en la locura y actuando como un zombi violento aunque, paradójicamente, también quien no emplea su cerebro acaba actuando como un zombi errante.

El zombi como voluntad y representación.

Impuestos abracadabrísticos

Impuestos abracadabrísticos

Si hace meses se salvaron de la quema impositiva, desde hace un par de días brujos, nigromantes, adivinadores, videntes, astrólogos y demás trabajadores de lo sobrenatural deberán contribuir a las arcas del Estado mediante el pago de impuestos.

El pasado mes de septiembre, el Parlamento propuso ya una ley que incluía este tipo de actividades entre las susceptibles de recaudar IVA, sin embargo, el Senado tumbó la propuesta, según dicen, por el temor de sus señorías a las tenebrosas consecuencias de tal medida. Pero la crisis económica no da tregua ni en el inframundo, así que el partido en el gobierno ha vuelto a la carga y finalmente ha conseguido aprobar una ley que obliga al lóbrego colectivo a registrarse, aportar al fondo de pensiones, a la seguridad social y a contribuir a las arcas generales con un impuesto sobre sus ingresos.

La reacción no se ha hecho esperar. Una docena de brujas han anunciado que en breve arrojarán mandrágora al Danubio para condenar al presidente y a los políticos que han votado a favor de esta medida. Bratara Buzea, una de las más destacadas brujas del país que ya durante el régimen de Ceauşescu sufrió penas de prisión por su esotérica condición, confirmó que dirigirá un coro de brujas que, a través de ceremonias en las que se emplearán excrementos de gato o cadáveres de perro, lanzarán varios conjuros contra los responsables de su desgracia.

Es justo admitir que acabar una sesión de magia o brujería con una factura en la mano le quita encanto al asunto, sin embargo, el ansia recaudatoria del Estado no entiende de arrebatos y la clase política rumana no teme abrir las puertas del infierno.

Sobre las consecuencias de la medida y de las contramedidas, pronto las veremos.

La llegada de la arquitectura moderna a Rumanía

La llegada de la arquitectura moderna a Rumanía

La llegada de la arquitectura moderna a Rumanía estuvo estrechamente relacionada con la participación de muchos artistas rumanos en los movimientos vanguardistas de París, Zurich y Berlín, alrededor de los años 20. Marcel Iancu, Ion Vinea o Tristán Zara, por citar algunos de los más destacados ejemplos, estuvieron entre los fundadores del Dadaísmo.

Los arquitectos formados en la École de Beaux Arts de París, que regresaron a Rumanía tras la Primera Guerra Mundial, renunciaron al academicismo y presionaron para redirigir el Movimiento Moderno de modo que la transición desde el historicismo a la arquitectura moderna se convirtió en una revolución cultural que afectó a los métodos de diseño, a los materiales de construcción y a las tecnologías empleadas.

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Aunque el hierro, el acero y el vidrio ya se habían empleado en construcciones industriales en la segunda mitad del siglo XIX,  sólo a través de las nuevas concepciones del Movimiento Moderno estos materiales se convirtieron en referencias básicas para la definición de un nuevo lenguaje arquitectónico. Paralelamente, el nacimiento de la citada vanguardia artística, la evolución de las tecnologías de construcción y los cambios en la cultura de la construcción fueron los principales factores que forzaron la sustitución del historicismo por una arquitectura moderna.

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En la mayoría de los casos, desde un punto de vista estético-funcional, los nuevos edificios se caracterizaron por la plasticidad horizontal/vertical de sus fachadas, por el uso inteligente de la geometría en los diseños, por los sutiles juegos de ángulos rectos, curvas y superfices, por la orientación de los edificios en relación con su ventilación e insolación, por la simplicidad de las formas y por el tratamiento cromático de las fachadas, en las que el blanco tomó un valor que era cualquier cosa menos neutro.

A partir de entonces, los clientes renovaron su interés por las respuestas de la arquitectura en términos de confort, tecnología, economía y, por encima de todo, funcionalidad, clave de su elección en el diseño de edificios tanto residenciales como industriales o socio-culturales.

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Las villas - como la que encabeza este post, diseñada  por Jean Monda - destacaron como la tipología más desarrollada. En sus diseños, emergió el minucioso estudio del empleo de los materiales de construcción, el dinamismo entre los elementos horizontales y verticales, la flexibilidad de los espacios interiores, la continuidad espacial entre los interiores y los exteriores, la elevada calidad de los detalles, la pureza de formas, así como elementos de estética orgánica dependiendo de si se trataba de edificios situados en la costa o en la montaña.

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También las residencias multifamiliares contribuyeron a definir la imagen urbana de las nuevas ciudades, especialmente en Bucarest, al ser construidas paralelamente a las más importantes vías o como originales soluciones en el caso de los edificios esquineros. Estos grandes edificios constituyen la más representativa expresión de una arquitectura moderna prudente, libre de influencias extranjeras, con anhelos de estabilidad y continuidad.

A pesar de todo, las experiencias más atrevidas las encontramos en los edificios socio-culturales, públicos y privados, acreedores de las soluciones más innovadoras y funcionales. De este modo, hoteles (como el Hotel Ambassador, en la foto), teatros, cines, hospitales, escuelas, centros deportivos, bibliotecas, oficinas de la administración pública, etc., transformaron radicalmente el perfil urbano.

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Bucarest es un lugar que todavía hoy nos ofrece el paisaje de la ciudad moderna, aquélla que idearon y levantaron Iancu, Monda, Creanga, Marcu y tantos otros, por lo que, a pesar del maltrato del tiempo, la especulación y el abandono, bien vale un paseo pausado y atento del visitante.

 

El Ateneo

El Ateneo

Vamos a iniciar el año nuevo con una referencia al que quizás es el edificio más emblemático de Bucarest, el más admirado por sus habitantes y el más claro ejemplo de la arquitectura académica propia del Pequeño París: el Ateneo Rumano.

La institución llamada Ateneo Rumano fue fundada en 1865 por C. Esarcu, V.A. Ureche y N. Kreţulescu. Hacia finales de siglo, la dirección creyó en la necesidad de construir un edificio adecuado que imaginó como un “palacio de las ciencias y las artes” en el que el público debía tener acceso, en un ambiente áulico, a los beneficios de la cultura: exhibiciones, conciertos, conferencias, una biblioteca, una galería de arte e incluso una sala de proyección cinematográfica.

Los fondos para la construcción del edificio se recogieron por suscripción popular bajo el lema “Daţi un leu pentru Ateneu” (Dé un leu para el Ateneo). De este modo, en sólo un año se recogió suficiente dinero para, en 1886, poner la primera piedra del edificio, diseñado por el arquitecto francés Albert Galleron, sobre los cimientos del antiguo picadero de una sociedad ecuestre cercana.

El edificio está precedido de un espectacular peristilo formado por seis columnas jónicas que sostienen un frontón mudo. Tras él, sobre las puertas de entrada, cinco medallones en mosaico representan a los más destacados príncipes de Valaquia y Moldavia (Neagoe Bararab, Alexandru cel Bun, Vasile Lupu y Matei Bararab) y al rey Carol I, de origen extranjero pero ligado aquí a las dinastías locales en clara intención política. El edificio está coronado por una enorme cúpula neobarroca profusamente decorada.

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En el interior hay una sala de exposiciones y una sala de concierto donde normalmente realiza sus interpretaciones la Orquesta Filarmónica George Enescu. En la planta baja hay un espectacular vestíbulo circular llamado La Rotonda, rodeado de doce columnas que imitan el mármol rosado. Desde el vestíbulo parten cuatro monumentales escaleras de caracol, realizadas en mármol y con balcones que dan al centro de la Rotonda.

La sala de conciertos tiene 600 asientos en platea y 52 palcos dispuestos en dos semicírculos. Por encima de los palcos superiores, en la pared interna del tambor de la cúpula, se desarrolla un enorme fresco de 3 metros de alto y 70 de largo - obra realizada por el pintor Grigore Petrescu entre 1933 y 1938 - con los principales momentos de la historia de los rumanos, desde la entrada del emperador Trajano en Dacia hasta la Primera Guerra Mundial. Originalmente, el fresco incluyó al rey Carol II y a su hijo, el futuro rey Mihai, sin embargo, tras el turbulento reinado y la controvertida abdicación de Carol II, ambas imágenes fueron tapadas por una composición de hombres del pueblo que aclaman al rey Fernando I y a la reina María, sus antecesores.

La arquitectura historicista en el París de los Balcanes

La arquitectura historicista en el París de los Balcanes

Como indiqué en otro post hace algunas semanas, el estilo neo-rumano nació poco después de la guerra de independencia (1877) como resultado de una reivindicación cultural nacionalista que pretendía integrar los aspectos más puramente rumanos en la arquitectura del momento, distinguiéndola así de la de sus vecinos europeos. 

A pesar de ello, la colonización cultural francesa tuvo también un fuerte impacto en la arquitectura de Bucarest donde, tras el proceso de unificación de 1859 y la independencia del Imperio Otomano, se hizo necesaria la construcción de edificios públicos y nuevos espacios colectivos. Con el objetivo de embellecer la nueva capital, se adoptó como modelo la arquitectura académica francesa, de modo que muchos arquitectos galos se trasladaron a Rumanía para construir numerosos y destacados edificios.

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A partir de la creación de nuevos ejes urbanos – de acuerdo con un esquema parecido al Plan Haussmann de París -, parques públicos y notables monumentos civiles se establecieron las bases para el diseño de una nueva ciudad con estándares europeos. De este modo, se plasmó la utopía de la modernidad de una ciudad burguesa y liberal en las tradiciones constructivas importadas de la École des Beaux Arts - donde muchos profesionales rumanos se habían formado - y en la arquitectura ecléctica, representadas en edificios como el desaparecido Teatro Nacional, la Biblioteca Nacional, el Ateneo, el edificio de la Fundación Cultural Real (a continuación), el Museo Nacional de Historia o el Palacio de Justicia (encabezando este post), entre muchos otros.

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También las familias burguesas, enriquecidas por el despegue económico de Rumanía, quisieron para sus villas el esplendor del estilo francés, gracias a lo cual la ciudad se sembró de bellos edificios muchos de los cuales todavía hoy pueden contemplarse. Paralelamente, la modernidad fue introducida en Bucarest mediante la implantación de infraestructuras como el alumbrado público de gas - el primero de Europa -, el transporte público mediante tranvías tirados por caballos o el asfaltado de calles.

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En esa ansia constructiva, poco margen quedó para la introducción de nuevas expresiones artísticas y el resultado fue una sobre-explotación de las soluciones decorativas. De hecho, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta aproximadamente 1920, la arquitectura mostró un énfasis exagerado en el empleo de elementos decorativos que desembocó en un estilo ecléctico definido a veces como franco-balcánico.

Este estilo se caracteriza por sus referencias más o menos explícitas a estilos historicistas y por su tendencia al eclecticismo, adecuado por cada arquitecto a los gustos de sus clientes. La consecuencia es siempre una gran armonía de espacios jerarquizados - desde espacio nobles como monumentales entradas con escalinatas o salones cupulados a otros más utilitarios- y una ejecución con gran cantidad de detalles arquitectónicos como balaustradas, columnas, variadas molduras, bajorrelieves, esculturas o guirnaldas.

Un 22 de diciembre

Un 22 de diciembre

El 22 de diciembre de 1989 hacía un día que había estallado la revolución en Bucarest. La mañana anterior Ceauşescu apenas pudo acabar un discurso público en el que, además de pontificar sobre los beneficios de la revolución socialista, condenó a los rebeldes de Timişoara acusándolos de agentes extranjeros, hooligans y demás lindezas. Todavía hoy no se sabe exactamente qué ocurrió, una parte del público comenzó a silbar, se lanzaron incluso algunos petardos que fueron interpretados por muchos como disparos, se desató el pánico y el tirano fue conducido al interior de la sede del Comité Central PCR.

Aquella tarde los manifestantes llenaron el centro de Bucarest y comenzaron los disparos de misteriosos francotiradores desde las ventanas y las azoteas de varios edificios. Algunos soldados, policías y agentes de la Unidad Especial para la lucha Antiterrorista atacaron a los manifestantes mientras otros se unieron a ellos.

La mañana del 22 de diciembre, Ceauşescu todavía pensaba en convocar otra gran manifestación de apoyo al régimen, sin embargo, muy pronto le comunicaron que miles de obreros de las zonas industriales de la ciudad se dirigían hacia el centro de la ciudad. Los agentes de la seguridad pública levantaron barricadas que fueron rápidamente superadas por los manifestantes. Hubo más deserciones entre las fuerzas del orden y los francotiradores volvieron a escena. La pareja de déspotas huyó en helicóptero ante el regocijo general. Mientras, en las calles, decenas de bucarestinos murieron bajo las balas de estos enigmáticos asesinos que, todavía hoy, no se sabe si defendían la permanencia del comunismo o al recién formado Frente de Salvación Nacional.

Sea como fuere, todavía pueden verse en el centro de la ciudad muchas lápidas en recuerdo de los caídos durante aquellos confusos días y hoy, 21 años después, se han llenado de flores para homenajearlos.

 

Parque Cişmigiu

Parque Cişmigiu

El parque Cişmigiu, el más antiguo y, sin lugar a dudas, el más bonito de los parques de Bucarest, es un gran jardín de 14 hectáreas situado en el centro de la ciudad. En su centro hay un lago que, en épocas del año más calurosas, está lleno de barcas de alquiler para los que quieran hacer un poco de ejercicio o se pongan en plan romántico con su pareja. En invierno, el lago se deseca para su limpieza y en uno de sus extremos se coloca una pista de patinaje.

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A principios del siglo XIX había aquí una zona pantanosa alrededor de un estanque  natural conocido como Lago de Dura el Negociante. Entre 1846 y 1859, bajo el gobierno del príncipe Barbu Ştirbei, se rehabilitó el lugar bajo las órdenes del arquitecto y paisajista alemán, Wilhelm Mayer, diseñándose el primer parque público para la ciudad. Otros paisajistas, también alemanes, estuvieron a cargo del parque durante los primeros años del siglo XX, donde cultivaron especies raras que todavía hoy pueden contemplarse. El nombre de Cişmigiu proviene del título del director del servicio de aguas de Bucarest, Director al cişmelelor din Bucureşt, también llamado para acortar “cişmegiu” (de la palabra de origen turco ceşme, fuente), quien en aquellos tiempos vivía en la orilla del lago.

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El parque tiene anchos senderos con bancos en sus márgenes, sombreados por enormes árboles y aromatizados con miles de flores. Muchos monumentos se levantan en el lugar, como el que recuerda a los soldados franceses caídos en Rumanía durante la Primera Guerra Mundial o la Rotonda de los Escritores, donde podemos contemplar los bustos de los más importantes escritores rumanos, como Mihai Eminescu, Ion Creangă o Ion Luca Caragiale. Hay también muchos otras estatuas y bustos a prohombres de la ciudad como el poeta Traian Demetrescu, al que sus admiradores levantaron el siguiente monumento:

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En verano, Cişmigiu es el lugar preferido de jubilados y jóvenes par a descansar al fresco o festejar en los bancos. En invierno, la gente pasea, patina y, a finales de año, visita la feria navideña, donde puede comprar guantes y gorros bien pertrechados para las bajas temperaturas de estas fechas, adornos típicos o comer unas mititei recién asadas o beberse un vino caliente para poder alargar el paseo.

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Humillación

Humillación

La villa que hoy aparece humillada bajo este mamotreto futurista de dudoso gusto estuvo abandonada durante años. En mi camino al trabajo, la veía languidecer en una esquina, cada día más estropeada por la climatología y la basura que en ella se acumulaba.

Un día aparecieron las excavadoras y empezaron a demoler el tejado y su interior, aunque respetaron la fachada, por lo que tuve la ilusoria esperanza de que algún alma sensible la hubiese adquirido y quisiese reformarla hasta los cimientos. Después se trasladó mi oficina y la perdí de vista durante meses por lo que hasta hoy no he descubierto el estrambótico resultado de las obras.

¿Qué les espera a las decenas de villas y edificios centenarios abandonados de Bucarest? Visto lo visto, la demolición o la agresión más irreverente.

Un nuevo día de la infamia arquitectónica en Bucarest

Un nuevo día de la infamia arquitectónica en Bucarest

La destrucción sistemática del Pequeño París ha vivido este fin de semana un nuevo episodio con la demolición de un bello edificio centenario situado en la calle Ştirbei Vodă nº 89. El edificio fue construido en 1892, según los planos del arquitecto Toma Dobrescu, en un estilo neoclásico bastante ecléctico y constituía un buen ejemplo de la arquitectura doméstica propia de las familias acomodadas del Bucarest de finales del siglo XIX. Por su valor arquitectónico y su originalidad, el inmueble había sido incluido como monumento histórico en Conjunto Monumental de la Calle Ştirbei Vodă (código LMI B-II-a-B-19760).

A pesar de todo, la sensibilidad del alcalde Oprescu y de su guerrilla urbanística es mucho más receptiva a sus propios y oscuros intereses que al valor arquitectónico de los edificios de la ciudad así que, de acuerdo con un Plan Urbanístico Zonal provisional que, además, no cuenta con el visto bueno del Ministerio de Cultura, ha lanzado las excavadoras de la empresa Euroconstruct a destruir una casa explícitamente defendida por la Unión de Arquitectos de Rumanía para su inclusión en la lista del patrimonio protegido de Bucarest.

Con nocturnidad, a las 00.30 h del sábado, las excavadoras empezaron a demoler el lugar con gran estruendo por lo que algunos vecinos avisaron a la policía. Tras comprobar que la empresa no tenía los papeles en regla, detuvieron las obras pero menos de una hora después apareció otro grupo de policías que ordenaron, en nombre del alcalde Oprescu, la destrucción del edificio.

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Hoy sólo queda una montaña de ruinas de lo que fue un bonito ejemplo del Bucarest de principios de siglo y un debate sobre la rapacidad de la clase política municipal y de sus turbios intereses urbanísticos.

Visita a la Feria Tradicional del Museo del Campesino Rumano

Visita a la Feria Tradicional del Museo del Campesino Rumano

El frío se ha instalado definitivamente en Bucarest así que esta mañana hemos ido a cambiar los neumáticos del coche por otros más adecuados para el riguroso invierno de estos lares. Paradójicamente, de camino al taller Autovariant – un lugar que recomiendo especialmente para este tipo de asuntos –, casi chocamos contra otro vehículo al intentar frenar en un semáforo precedido de una enorme capa de hielo. La suerte y un rápido giro de volante han evitado el desastre.

Mientras esperábamos a que cambiasen las ruedas, hemos ido a pasear a la feria tradicional que casi todos los fines de semana se instala en el patio trasero del Museo del Campesino Rumano. Un par de decenas de puestos ofrecen quesos, carne y embutidos, muebles rústicos, aperos, cerámica de todas las regiones de Rumanía, algunos libros y ropa tradicional, aunque en estas fechas destacan los gorros de  astracán y los guantes forrados de piel de conejo.

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Entre el gentío que se paseaba hoy por la feria había un grupo de hombres ataviados con los disfraces típicos de estas fechas. Una de las creencias más extendidas en Rumanía es el retorno de los espíritus de nuestros antepasados durante las fechas navideñas, representados principalmente por las grotescas máscaras de dos personajes: el Viejo y la Vieja. Según la tradición, ambos espíritus son amables, sin embargo, si se retrasan en su regreso al inframundo pueden volverse peligrosos por lo que, especialmente en los pueblos, algunos vecinos colocan cabezas de ajo en las ventanas.

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Otras máscaras representan los poderes sobrenaturales de animales como el oso (símbolo de la protección y la fuerza), la cabra o el carnero. Los hombres, además de máscaras, usan vestidos de piel de oveja o cabra de los que cuelgan pequeños espejos y cencerros que suenan estridentes mientras, aúllan, cantan y bailan. La danza que ejecutan es un ritual agrario muy antiguo, en el que los animales mueren y resucitan, reflejando el ciclo natural de las plantas y el paso del viejo al año nuevo. Las canciones y poemas que recitan pretenden espantar a los malos espíritus – otra de las máscaras tradiciones es la del diablo – y proteger a los habitantes de un lugar en el año que se estrena. Patear el suelo y golpearlo con una maza son gestos que reclaman su fertilidad para después del oscuro período invernal.

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Lo curioso del asunto es que los enanos han visto a este esperpéntico grupo y ni se han inmutado. Su integración es total.

 

Johann Baptiste Cramer

Johann Baptiste Cramer

Beethoven lo consideró el mejor pianista de su época e Ignaz Moscheles dijo de su música que era “tan intelectual como entretenida”. Debido a su naturaleza refinada y a su estilo musical impecable, en Londres lo conocieron como Glorioso John.

Johann Baptist Cramer, hijo del violinista y director de orquesta inglés Wilhelm Cramer, nació en Mannheim el 24 de febrero de 1771. Muy pronto se trasladó con su familia a Londres donde empezó a recibir clases de música de su padre. Debutó como intérprete de piano a los diez años y a los doce empezó a recibir clases de Muzio Clementi, convirtiéndose rápidamente en un virtuoso muy reconocido por el público británico.

En 1788 emprendió su primera gira de conciertos por ciudades de Francia y Alemania, actividad que simultaneó con la composición de sus propias piezas. Fue buen amigo de Beethoven, Haydn, Berlioz, Mendelssohn y Liszt, de los que interpretó la mayor parte de sus obras para piano.

Desde 1800 se estableció definitivamente en Inglaterra, donde siguió realizando conciertos y trabajando en la publicación de las obras de sus colegas y amigos músicos. En 1835 se retiró definitivamente de los escenarios, dejando como herencia un estilo interpretativo seguido por la mayoría de los pianistas del siglo XIX.

Como compositor, Cramer nos ha dejado 124 sonatas y 84 estudios para piano, 50 sonatas para otros instrumentos acompañados de piano y 9 conciertos para el mismo instrumento que recomiendo descubrir a los amantes de la música clásica.

 

La transición del estilo nacional rumano al Modernismo

La transición del estilo nacional rumano al Modernismo

Durante los años 20 y 30 del siglo XX, la búsqueda de los puntos de encuentro entre el estilo nacional rumano y el estilo vanguardista internacional se convirtió, a nivel teórico y práctico, en una obsesión para los arquitectos rumanos.

En un artículo titulado La arquitectura rumana de hoy, publicado en 1939, el influyente arquitecto George Matei Cantacuzino afirmaba que “… no ayudaremos al arte rumano limitándonos a copiar los elementos del arte rural sino absorbiendo las cualidades de sus intenciones y experiencias.”. Por tanto, el intercambio y la "contaminación" entre el estilo Neo-rumano y el Movimiento Modernista fueron la base de los experimentos arquitectónicos que se desarrollaron en aquellos años.

Muchos trabajos de renombrados arquitectos se caracterizaron por esta experimentación, con resultados más o menos exitosos aunque necesarios para la evolución del estilo. En 1929, Duiliu Marcu presentó un ejemplo de revisión del estilo Neo-rumano en la Exposición Universal de Barcelona (imagen de cabecera); en 1937, en mismo autor mostró en la renovación del Athénée Palace (hoy Hotel Hilton), las posibilidades y los límites de un proyecto que traducía el lenguaje arquitectónico histórico en otro más moderno. Por su parte, los arquitectos Florea Stănculescu y Radu Udroiu, dos de los pioneros en la integración del arte popular y el arte moderno, realizaron una reinterpretación la culă, construcción semifortificada propia de los boyardos de Oltenia y Muntenia. El arquitecto Octav Doicescu, redactor de la influyente revista “Hacia una arquitectura de Bucarest” y teórico del dilema Oriente-Occidente en Rumanía, también puso su granito de arena en la evolución del estilo neo-rumano con ejemplos como el Círculo Militar de Piteşti (imagen, a continuación).

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En su casa de la calle Mihai Eminescu, mezcla de elementos cubistas y noe-rumanos, la arquitecta Henriette Delavrancea-Gibory mostró el potencial de trabajar en un contexto moderno empleando referencias a los métodos de construcción tradicional (imagen, a continuación). De acuerdo con su interpretación de los cánones del Movimiento Modernista, Delavrancea también construyó en 1934 la Villa Popovici en Balcic (hoy en territorio búlgaro) y, en 1939, la Villa Stoenescu.

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Todos estos trabajos - cada uno desde sus propias características - contribuyeron a acercar el estilo Neo-rumano a las vanguardias internacionales, al tiempo que facilitaron la evolución de la arquitectura nacional de acuerdo con el desarrollo socio-económico de Rumanía durante el primer tercio del siglo XX.

La colonización cultural francesa de Rumanía

La colonización cultural francesa de Rumanía

Además de en su especial arquitectura, Bucarest muestra muchos otros signos de una colonización cultural francesa producto de dos corrientes que se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XIX: por un lado, el interés rumano en emanciparse de las influencias culturales procedentes del este y, por el otro, el deseo político de Francia de ganar un aliado en una zona donde Inglaterra despuntaba por su interés sobre Turquía. La solidaridad entre Rumanía y Francia se estableció así y se prolongó durante todo un siglo, superando incluso la Segunda Guerra Mundial, cuando ambas naciones formaron parte de alianzas enfrentadas.

El proceso, sin embargo, se inició tiempo antes, cuando hacia 1776, el Príncipe de Valaquia, Alexandros Ypsilantis, introdujo el francés como materia obligatoria en las escuelas superiores de Bucarest. A finales del siglo XVIII, la mayoría de los periódicos de Rumanía estaban escritos en francés y, en 1796, se abrió el primer consulado de Francia. En ese período, numerosos hombres de negocios e intelectuales franceses visitaron Rumanía y dejaron aquí las primeras semillas del pensamiento liberal. También los boyardos viajaron a Francia e importaron sus modelos políticos y culturales como base de la futura independencia.

En 1831 se fundó en Bucarest el Théâtre de Variétés, donde compañías francesas realizaban representaciones en su lengua materna. El primer diccionario Rumano-Francés se publicó en 1838 y, sólo un año después, Ion Câmpineanu publicó su proyecto constitucional en francés (De l’etat present et de l’avenir des Principautés de Moldavie et de Valaquie). A través del Tratado de París de 1856, Napoleón III apoyó la unificación de Valaquia y Moldavia en la figura de Alexandru Ioan Cuza y, después, en la de Carol I. Por su parte, Rumanía adoptó el Código Napoleónico.

En 1860 se inició la publicación de La voix de la Romanie y Le monitoir roumain y en 1924 se instituyó el Institut français des Hautes Études con el patrocinio de la Universidad de París. También en ese momento, el médico y académico Ion Cantacuzino abrió las puertas del Institut Pasteur frente al río Dâmboviţa, donde se desarrollaron importantes estudios de inmunología y patología.

Políticamente, intelectuales rumanos pasaron por su propio tamiz las ideas liberales e internacionalistas francesas, dando lugar a un nacionalismo romántico de acuerdo a sus necesidades más inmediatas y que se convirtió en la base de una colonización franco-danubiana más amplia.

En otras palabras, desde mediados del siglo XIX hubo entre Francia y Rumanía una comunión de intereses, con fuertes connotaciones políticas, que tuvo el mérito de implantar las semillas de la modernidad en Rumanía. La arquitectura fue una de las caras más visibles de esta modernización que no sólo afectó a Rumanía artística o culturalmente, sino también a nivel institucional, legislativo e incluso militar.

1 de diciembre: Fiesta Nacional de Rumanía

1 de diciembre: Fiesta Nacional de Rumanía

La derrota de la Triple Alianza en la Primera Guerra Mundial supuso el fin del Imperio Austro-Húngaro y el estallido definitivo, gestado durante más de un siglo, de las tensiones nacionalistas internas.

En 1859, los principados de Valaquia y Moldavia se habían unido formalmente mediante la elección para sus respectivos tronos de un mismo príncipe, Alexandru Ioan Cuza, dando lugar al embrión de la Rumanía moderna. En abril de 1918, el Consejo Nacional de Besarabia, territorio que había formado parte del reino de Moldavia hasta 1812 para integrase después en el Imperio Ruso, votó a favor de su reintegración en Rumanía. Algo parecido ocurrió en la provincia austríaca de Bucovina, donde en octubre la mayoría rumana formó un Consejo Nacional que también votó a favor de la integración.

En Transilvania, que durante siglos había pertenecido a los territorios húngaros de la Corona de San Esteban, las dos organizaciones rumanas mayoritarias, el Partido Nacional Rumano (PNR) y la sección rumana del Partido Socialdemócrata de Hungría, desarrollaban desde hacía tiempo una activa labor en el Parlamento de Bucarest en busca de apoyos para la autodeterminación de la región.

En octubre de 1918, el Comité ejecutivo del PNR aprobó en Oradea el derecho de autodeterminación de la población de Transilvania y días después formó junto a los socialistas un Consejo Nacional en Budapest que entró en negociaciones con el gobierno provisional húngaro de Mihály Karólyi. El 1 de diciembre de 1918 se reunió en Alba Iulia la “Gran Asamblea de Rumanos de Transilvania y Hungría", integrada por 1228 delegados. La Asamblea, presidida por Iuliu Maniu, proclamó la unión de todos los territorios representados (Transilvania, Banato, Crişana y Maramureş) con el reino de Rumanía. El día 24, el rey Fernando sancionaba oficialmente la unión.

La Fiesta Nacional rumana se celebra en Bucarest con un espectacular desfile militar que pasa bajo el Arco de Triunfo situado frente a una de las entradas del Parque Herăstrău, se celebran misas en recuerdo de la Gran Unión y hay una entrega floral en la tumba del soldado desconocido, en el Parque Carol. Este año, además, se ha inugurado oficialmente la nueva estatua ecuestre del rey Carol I colocada frente al antiguo Palacio Real.

Por su parte, el europarlamentario rumano de origen húngaro y vicepresidente del Parlamento Europeo, László Tokés, ha servido la polémica del día al afirmar que la Fiesta Nacional rumana es un día de luto para los húngaros y que el Tratado de Trianon - por el que Transilvania fue cedida a Rumanía tras la Primera Guerra Mundial - debe ser revisado (¡a estas alturas de la película!).

Casa del Almirante Vasile Urseanu

Casa del Almirante Vasile Urseanu

No debe creer el sufrido lector de este blog que en Bucarest todo está construido en estilo nacional o de acuerdo con los cánones estéticos del comunismo. Bucarest ostentó el apodo de Pequeño París gracias al impulso económico que vivió Rumania durante los reinados de Carol I y Fernando I lo que, junto al desarrollo del estilo neo-rumano y a las corrientes vanguardistas introducidas por artistas como Marcel Iancu, dio origen a una ecléctica mezcla de estilos arquitectónicos que bien merece una visita detenida de la ciudad, a pesar de su deficiente estado.

Un ejemplo de edificio de estilo académico, nacido en Francia durante el Segundo Imperio (1852 – 1870) y desarrollado durante la Tercera República (1870 – 1949) que lo siguió, lo encontramos en el número 21 del Bulevard Lascăr Catargiu. Se trata de la Casa del Almirante Vasile Urseanu, hoy sede del Observatorio Astronómico de la ciudad.

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Esta majestuosa mansión fue diseñada por el arquitecto I. D. Berindei y construida entre 1908 y 1910 para el Almirante Vasile Urseanu (1848 – 1926). Este militar de origen modesto fue ascendiendo por méritos propios en el escalafón militar rumano, especialmente por su intervención en la Armada durante la Guerra de Independencia de Rumanía, hasta alcanzar el grado de Almirante durante la Segunda Guerra Balcánica (1913). La decoración de la fachada del edificio, con motivos marítimos como espolones navales y peces gigantescos cabalgados por amorcillos, hace referencia precisamente a la labor desempeñada por Urseanu en la Armada rumana.

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La pasión del Almirante Urseanu por la astronomía y su puesto de presidente de la primera Sociedad Astronómica de Bucarest lo llevó a sufragar con fondos propios la construcción de este observatorio astronómico, dotándolo además de una cúpula abatible en su punto más alto y de un modesto telescopio. Pocos años después de la muerte del Almirante, su mujer cedió la propiedad del edificio al Estado rumano, quien lo empleó también como galería de arte de la ciudad. En 1950 todas las obras de arte fueron trasladadas a la Galería Nacional y al Museo de Historia de la Ciudad de Bucarest por lo que el lugar se dedicó exclusivamente a cuestiones astronómicas partir de entonces.

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Actualmente el lugar acoge el Observatorio Astronómico Amiral Vasile Urseanu, un centro abierto al público dedicado a la difusión de la astronomía que contiene una pequeña exposición, una sala donde se celebran cursos y conferencias, un centro de observación y un planetario.

Casa Nicolae Petraşcu

Casa Nicolae Petraşcu

Hoy ha llamado de nuevo mi atención el edificio que se levanta en el número 1 de la  Piaţa Romană, formando esquina con Dmitri Mendeleev (personaje, por cierto, por el que siento especial veneración). La recia mansión perteneció al diplomático, escritor y crítico de arte Nicolae Petraşcu (1859 – 1944) quien, como otros acaudalados prohombres de la época, encargó en 1907 la construcción de su nuevo hogar al arquitecto Ion Mincu, padre del nuevo estilo nacional.

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La fachada impone por su sobriedad y su decoración en relieve, especialmente los alfices apuntados de inspiración oriental, los medallones romboidales labrados y las columnas embebidas que aparentemente sostienen la arcada que forman las ventanas inferiores. Es curioso y muy propio de este estilo el balcón cerrado, sostenido por un esbelto contrafuerte, que sobresale en el segundo piso y da al conjunto el aspecto de fortaleza.

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Investigando sobre la residencia, he descubierto que en su interior hay un gran salón dedicado a la música y la literatura cuya cubierta alberga una copia de la obra del pintor G. D. Mirea, Vârful cu dor (algo así como La cima de la nostalgia), realizada por D. Mihâilescu entre 1908 y 1909 en estilo neoclásico. El fresco, más amplio que lo que muestra la fotografía adjunta,  está centrado en un joven pastor tendido sobre la cima de una montaña, en torno al cual tres mujeres extienden los brazos en actitud de abrazarle. Ellas parecen fundirse en un paisaje de bruma azulada, nocturno, como en un sueño irreal. Muy cerca, se distinguen la figura de un pájaro en vuelo y algunas flores mientras, al fondo, una luna menguante es testigo de la escena.

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Desgraciadamente, la belleza interior y exterior de la Casa Petraşcu no interesa lo suficiente al ayuntamiento de Bucarest, que nunca ha destinado fondos para su restauración, así que languidece poco a poco en la esquina de una de las plazas más transitadas de la ciudad.

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Mosaico doctrinal

Mosaico doctrinal

El mes pasado expliqué en un post cómo el comunismo primó la velocidad sobre la estética en la construcción de infraestructuras sociales y cómo empleó interesantes composiciones en mosaico para representar las bondades del régimen.

En el Liceu Teoretic Nicolae Iorga (Str. Ion Mihalache, 126), encontramos un nuevo ejemplo de mosaico doctrinal. Diseñado con baldosas de diferentes colores, forma una escena con trabajadores, estudiantes e investigadores. Una pareja trabaja en una mesa de laboratorio con un microscopio, otra lee sendos libros y a su lado una mujer sostiene un fardo de espigas de trigo. Dispuestos junto a la mesa hay un matraz de destilación, una escuadra, un compás y más libros apilados. Un hombre y una mujer parecen tomar medidas de longitud o latitud sobre un globo terráqueo y varias personas discuten sobre unas órbitas electrónicas o planetarias. Junto a ellos, dos obreros conversan sobre una rueda dentada. En la parte superior de la escena, un hombre señala a un satélite – de nuevo, el Sputnik – que se eleva sobre el astro solar.

El austero conjunto permitía al paseante comprobar que en ese edificio se formaba a los futuros trabajadores de la República Socialista de Rumanía.

Trazas bizantinas

Trazas bizantinas

Dediqué hace unos días un post al llamado estilo nacional de la arquitectura rumana en el que mencionaba cómo la arquitectura bizantina – entre otras - influenció en la creación de un estilo propio e inconfundible.

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Paseaba ayer por el Bulevard Lascăr Catargiu cuando me topé con un edificio en el que la influencia decorativa bizantina es más que evidente. La entrada principal se encuentra bajo una arcada doble, con un arco de medio punto y otro lobulado, sostenida por columnas pareadas rematadas con capiteles trabajados según el esquema decorativo que adoptaron Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto en el diseño de los capiteles de las columnas que separan la nave de las galerías de Santa Sofía de Constantinopla.

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En la más gloriosa de las iglesias bizantinas, los grupos de columnas de la nave y las galerías están enlazadas por una malla horizontal de hojas de acanto estilizadas que se curvan y retuercen, fluyendo desde los capiteles con forma de cesta y en los cuales abundan los monogramas de Justiniano y Teodora. En estos capiteles bucarestinos, más modestos, se ha sustituido el monograma de los emperadores por la cruz de Cristo y se ha introducido la uva, un símbolo cristiano relacionado con la fecundidad espiritual, con la sangre de Cristo y, especialmente en Europa Oriental, con el icono de Cristo Vid Verdadera (a continuación).

Icono Vid de la Vida

Un buen rato estuve observando y fotografiando los relieves, hasta que un vecino empezó a mirarme desconfiado y decidí poner pies en polvorosa, feliz por el nuevo descubrimiento.

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Cosas de la globalización

Cosas de la globalización

Hoy hemos ido a comer al Restaurante Alioli, un excelente local donde verdaderamente se pueden degustar platos típicos de la gastronomía española. Hay otros restaurantes que se dicen españoles en Bucarest, pero normalmente su oferta es un insulto a cocina hispánica.

Hasta hace poco, los menús diarios no eran habituales en los restaurantes de Bucarest, sin embargo, poco a poco han ido apareciendo y su precio oscila alrededor de los 6 €.  El Alioli ofrece un menú diario a unos 10 €, sin embargo, la oferta de platos y la calidad de los productos bien vale la diferencia de precio pues, al fin y al cabo, acostumbrados a variedades sin fin de la gastronomía del pollo, tomarse un buen gazpacho, una chapata con jamón, un logrado pulpo a la gallega o unas patatas a lo pobre con chorizo es una fiesta para el paladar. Mención especial merece el pan, una delicia que suelen acompañar con all i oli o con tomarte y aceite extra virgen.

En ésas estábamos, chupándonos los dedos, cuando nos hemos fijado en nuestros vecinos de mesa. Dos chinos conversaban en mandarín mientras degustaban unas migas con jamón y chorizo y un pulpo a la gallega sobre el correspondiente plato de madera. Bebían San Miguel y parecían estar encantados con el menú. El camarero se ha acercado, se ha dirigido a ellos en rumano y ellos han respondido con una parrafada en el mismo idioma. Todos tan felices.

Y es que realmente el mundo se ha hecho pequeño, muy pequeño.