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Bucarestinos

Casquería

Casquería

Paseaba ayer por el supermercado cuando me llamó la atención una caja en la que un pavo de aspecto aventurero se anunciaba junto a la palabra “PENES”.

-         ¿Qué clase de depravada gastronomía cocina los aparatos reproductores de unos pavos? – pensé sin detenerme demasiado en lo que contenía el recipiente.

Desconcertado y aún sin saber demasiado de anatomía aviar, miré con atención el interior de la caja y comprobé más tranquilo que se trataba sólo de un montón de corazones de otros tantos bichos plumíferos.

Hay que tener poco corazón para comerse el susodicho de un pavo, especialmente cuando lo ves ahí, sonriente, con el pecho henchido de orgullo, vestido de Davy Crockett, sombrero de piel y escopeta incluidos.

La caída de Constantinopla

La caída de Constantinopla

Una de las muestras más originales del arte iconográfico moldavo es la representación de la caída de Constantinopla que se repite en la fachada sur de los monasterios postbizantinos. Lógicamente, el tema de la caída de Constantinopla no estaba incluido en los libros de pintura de iconos que debían guiar a los pintores, por lo que destaca especialmente por su excepcionalidad en el universo bizantino y por su carácter simbólico.

Este icono acompaña siempre a la serie de 24 escenas del Himno Akathistos, compuesto en honor a la Virgen durante el sitio que ávaros y persas sometieron a Constantinopla en el año 626 y cuya acción milagrosa salvó a la ciudad de la destrucción. Pero la escena que muestra no es la de aquel sitio, sino los momentos finales del ataque que terminó con el Imperio Romano de Oriente el 29 de mayo de 1453.

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Constantinopla, con sus colinas destacando entre los edificios, se muestra como una ciudad amurallada que es atacada por tierra y por mar. En su interior, bordeando el interior de la muralla, contemplamos una procesión formada por religiosos, soldados y ciudadanos, junto al emperador Constantino XI Paleólogo Dragases – vestido de púrpura y con corona imperial – y a la emperatriz que, también coronada, encabeza la procesión como figura simbólica de la Virgen María, a quien estaba consagrada la ciudad (esta presencia es un elemento anacrónico en la escena pues la emperatriz Caterina había muerto durante un parto en 1442).

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En la imagen, destaca el icono procesional de la Virgen con el Niño, que realmente fue llevado en procesión la noche del 25 de mayo y que, al caer al suelo, fue considerado como un trerrible presagio. También se puede observar el Mandylion, una pieza de tela rectangular en la que se habría impreso milagrosamente el rostro de Jesús pero que había desaparecido durante el saqueo de los cruzados a Constantinopla en 1204 y que, por tanto, no podía estar en el momento de la caída de la ciudad.

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Desde las torres de la ciudad, soldados bizantinos con arcos persas disparan sus flechas contra los turcos y en la muralla – en blanco - parece representarse la Kerkaporta, entrada noreste de la muralla que, al quedar semiabierta por error, permitió a un destacamento jenízaro otomano penetrar en el espacio entre las murallas externa e interna de la ciudad y, tras duros enfrentamientos, la toma de la ciudad.

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A la izquierda de Constantinopla, se observa la fortaleza genovesa de Pera, situada donde hoy se levanta la Torre de Gálata, que controlaba el extremo norte del mar a la entrada del Cuerno de Oro. Precisamente, como medida de protección contra un ataque marítimo, el Cuerno de Oro estaba cerrado por una gran cadena por lo que los otomanos tuvieron que llevar por tierra toda su flota ante la pasividad de los genoveses, aparentes aliados de los bizantinos, que ya pensaban en las negociaciones con los turcos una vez derrotado el Imperio Bizantino. En el mar, tal como ocurrió durante la batalla, los barcos turcos fracasan en su intento de tomar la ciudad y son destruidos por los bizantinos.

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A la derecha, en primera fila, la artillería otomana castiga las murallas de la ciudad mientras a su espalda se acerca un gran contingente de soldados de infantería y caballería. Al frente, el sultán Mehmed II a caballo, cuya cara ha sido borrada por algún devoto cristiano poco sensible a tan excepcional pintura. La desproporción entre las tropas otomanas y las bizantinas es notable, tal y como ocurrió durante el asedio, en el que menos de 9.000 bizantinos se enfrentaron a un ejército de entre 80 y 100.000 hombres.

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La caída de Constantinopla causó una gran conmoción en Occidente e incluso se llegó a pensar que era el principio del fin del cristianismo. La conmoción continuaba casi un siglo después, cuando en 1537 Petru Rares, señor de Moldavia, mandó decorar el monasterio de Moldoviţa, donde puede contemplarse esta joya del arte medieval rumano.

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Cowboy de ciudad

Cowboy de ciudad

Aquellos chalados en sus locos cacharros

Aquellos chalados en sus locos cacharros

En las cercanías de Bucarest - yo no lo he visto en otro lugar - existe un curioso vehículo de fabricación casera, muy típico de la zona, aunque difícil de fotografiar (como si de un Chupacabras o un Bigfoot se tratase).

Apenas es una plataforma con ruedas - aunque matriculada, eso sí lo tiene -, sin carrocería y con un motor sin protección que parece sobredimensionado para la velocidad que alcanza. Los viajeros se colocan como pueden, normalmente con las piernas colgando al exterior, junto a las piezas de un ingenio que expulsa humo por cada una de sus juntas. Una gran correa de transmisión se sitúa junto al único asiento del vehículo, el del conductor, en ocasiones un sillón casero o, en el mejor de los casos, el asiento reciclado de otro coche. El depósito de gasolina está a la vista, igual que las válvulas, las bujías y el ventilador, normalmente instalado al frente.

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Estos insólitos coches suelen ir cargados con material de construcción o agrícola – lógicamente, sin amarrar adecuadamente - y transportar a un exceso de pasajeros. Jamás he visto ninguno fuera de una localidad por lo que deduzco que se emplea para realizar trayectos muy cortos, posiblemente desde los hogares al puesto de trabajo de los viajeros.

El día que Budapest fue una ciudad rumana

El día que Budapest fue una ciudad rumana

Tras el desplome de Austria-Hungría en la Primera Guerra Mundial se produjo un severo retroceso de las fronteras húngaras, la monarquía fue sustituida por un sistema republicano y, durante unos meses, surgió una República de los Consejos obreros, uno de los puntos culminantes de la oleada revolucionaria que sacudía a Europa desde 1917.

En noviembre de 1918, en un ambiente de derrota, huelgas y de creación de Consejos obreros en la fábricas de Budapest, la izquierda liberal y el Partido Socialista accedieron al poder, proclamaron la República y nombraron al líder del Partido Radical, conde Mihály Károlyi, presidente provisional. El conde convocó elecciones a una Asamblea Constituyente e intentó realizar una reforma fiscal y otra agraria con el objetivo de repartir los latifundios entre los campesinos pobres, pero los latifundistas se opusieron y la burocracia estatal fue incapaz de aplicar la reforma, lo que produjo, en consecuencia, un desabastecimiento generalizado en las ciudades que derivó en un profundo descontento entre la población.

El socialismo húngaro se hallaba profundamente dividido desde que su corriente mayoritaria había apoyado en 1914 la causa belicista. La presencia de sus miembros en el Gobierno de Károlyi provocó el rechazo de la izquierda más revolucionaria. En noviembre de 1918 se creó el Partido Comunista, a cuyo frente estaba Bela Kun, un judío transilvano formado ideológicamente en Rusia. Kun y sus colaboradores se dedicaron a la agitar a la población y a acosar a los socialdemócratas, por lo que en febrero de 1919 fueron detenidos.

Tras las pérdidas territoriales causadas por su derrota en la guerra, Hungría se enfrentaba además a las exigencias rumanas de cesión de una amplia franja de llanura húngara que incluía ciudades como Debreczen y Szeged. A finales de marzo, la amenaza de un ataque rumano coincidió con la rebelión del Consejo de los Soldados de Budapest  y con la reclamación de una dictadura del proletariado por parte del Congreso de Consejos Obreros, por lo que el impotente Gobierno de Károlyi dimitió. Kun y los demás dirigentes del PC salieron de la cárcel para hacerse cargo del poder de modo que comunistas y socialistas confluyeron en el Partido Socialista Unificado de Hungría y formaron un gobierno presidido por Sándor Garbai, mayoritariamente integrado por comunistas.

Durante los siguientes 5 meses de dictadura de los Consejos se siguió un programa estrictamente leninista. Se nacionalizaron bancos y empresas y se puso a un comisario gubernamental al frente, los soviets municipales controlaron la producción y distribución de alimentos (acabando con el comercio privado), se otorgó el voto a las mujeres, se legalizó el aborto y se multiplicó la construcción de escuelas. En otro orden de cosas, se anunció la colectivización de la propiedad agraria lo que, unido a la política anticlerical, provocó la oposición de una gran masa de pequeños campesinos católicos que acabaron apoyando a las fuerzas contrarrevolucionarias.

El régimen de los Consejos puso en alarma a los gobiernos de derechas de Europa así que, en mayo de ese mismo año, los gobiernos de Praga y Bucarest acordaron intervenir militarmente para acabar con los comunistas húngaros. El ataque fue un fracaso, los rumanos fueron detenidos en el Tisza y los checoslovacos acabaron derrotados.

Mientras, en Szeged, las fuerzas conservadoras y monárquicas lideradas por el almirante Miklós Horthy se habían estado preparando contra los comunistas de modo que, unidas al ejército rumano, en julio obtuvieron una victoria sobre el Ejército húngaro. El 1 de agosto los rumanos entraron en Budapest (en la imagen, tropas rumanas entrando en la capital húngara) y hasta finales de año ocuparon todo el país. Poco después, Horthy llegó a la capital al frente de su ejército contrarrevolucionario e instauró la Monarquía, con el archiduque húngaro José Augusto como regente. En los meses siguientes, se desató una ola represiva contra la izquierda, aunque la mayoría de los comunistas habían alcanzado ya el territorio soviético.

En junio de 1920, el Tratado de Trianón confirmó la drástica reducción del territorio de Hungría (incluida Transilvania, cedida a Rumanía), que para entonces era una Monarquía sin rey – pues los Habsburgo estaban vetados por los aliados – con el almirante Horhty como gobernador designado por la Asamblea Nacional y con un régimen conservador y profundamente represivo.

 

Sobre los manuscritos de Cioran

Sobre los manuscritos de Cioran

Un par de días antes de cumplirse los 100 años del nacimiento de Emil Cioran, la casa de subastas francesa Binoche & Giquello puso a la venta  82 objetos relacionados con el filósofo: varios manuscritos de obras como La tragedia diaria, Jansenismo, Consideraciones al problema del entendimiento en Kant, El libro de las quimeras o De lágrimas y santos (entre otros), numerosas cartas y postales escritas a sus padres, una fotografía del escritor, su diploma del Bacalaureat (el equivalente rumano de la Selectividad), su diploma de licenciado en Filosofía y Letras, etc.

Todo este material había permanecido durante años en manos de Eleonora Cioran, viuda del hermano del filósofo, quien el año pasado propuso al Ministerio de Cultura rumano la compra de todo el lote. El Ministerio no le prestó demasiada atención, así que la señora decidió venderlo al mejor postor. El precio inicial de la subasta fue de 100.000 €, aunque la cantidad ascendió hasta los 405.000 € pagados por el empresario rumano George Brăiloiu, propietario de de la empresa KDF Energy, líder del mercado de certificados de emisiones de dióxido de carbono en Rumanía.

Lo curioso del asunto es que el Ministerio de Cultura de Rumanía, que en caso de pujar en la subasta tenía preferencia, renunció de nuevo a unos documentos que pertenecieron a uno de los pocos rumanos con proyección internacional y que, sin duda, son patrimonio de la historia y la cultura reciente de Rumanía. Imagino que el ministro Kelemen - un nacionalista magiar cuya lengua materna es el húngaro y al que posiblemente Cioran se la trae bastante al pairo - y los encargados del asunto en el Ministerio estaban ya demasiado ocupados con actividades más enriquecedoras como para pensar en semejante nimiedad.

Sea como fuere, por suerte para el pueblo rumano, Brăiloiu ha declarado hoy mismo que, tras fotocopiar lo que más le interese (sic), donará todos los documentos a la Academia Română, la institución más prestigiosa del país en el estudio, la defensa y la preservación de la lengua y la literatura rumanas.

¡Bravo, Sr. Brăiloiu! Menuda lección le ha dado usted a toda la tropa del Ministerio de Cultura.

En la imagen, Emil Cioran en su casa de París junto a Fernando Savater, quien le dedicó tu tesis doctoral en 1973 (Ensayo sobre Cioran, Espasa–Calpe, Madrid, 1992).

Sobre el puro morbo y la integración

Sobre el puro morbo y la integración

Leo tanto en la prensa española como en la de aquí el caso de una chica rumana embarazada asesinada por su pareja – también rumana – en la localidad de Torrejón de Ardoz. El espeluznante crimen tiene además el añadido que el energúmeno contactó por Internet con la familia de la víctima para mostrarles su fechoría y, de paso, amenazar de muerte a la hermana de la desdichada. Por suerte, la policía rumana contactó a tiempo con la española y se pudo detener la carnicería y arrestar al asesino.

Sin duda, la historia es suficientemente espantosa como para que la industria del morbo televisivo de ambos países se haya frotado las manos y haya dedicado sus buenos minutos a explotar tan escabroso tema. La cadena rumana Antena 3 dedicó incluso un programa especial nocturno para tratar la noticia durante el cual, los sesudos tertulianos y el presentador se preguntaban, algo acomplejados, si iba a cambiar la opinión que tienen los españoles de los rumanos a causa de este crimen. ¿Cambiaron los rumanos su opinión sobre los españoles cuando un descerebrado rebanó el pescuezo de sus padres y su hermana menor con un sable japonés?, ¿y cuándo dos idiotas admiradoras este psicópata mataron a una compañera de clase para ganarse su admiración? Pues eso. 

Sea como fuere - no quiero desviarme del tema -, para ilustrar su debate el programa contactó con la portavoz de la Federación de Asociaciones de Emigrantes Rumanos en España, Sra. Cristina Lincu, quien, tras agradecer educadamente la invitación, reprochó a los periodistas que aquélla era la primera vez que una televisión rumana contactaba con la federación y lamentó que lo hiciese por semejante historia. Muy digna, la Sra. Lincu dijo que esperaba que le preguntasen por la reciente noticia según la cual los rumanos forman el colectivo de inmigrantes que más se ha inscrito en las Oficinas del Censo Electoral para participar en las próximas elecciones municipales españolas.

¡Bravo, Sra. Lincu, bravo! Efectivamente, eso es una noticia y lo demás es puro y repugnante morbo. Si los rumanos son los inmigrantes que más se interesan por la política de su municipio es porque no quieren quedarse al margen, porque les interesa qué ocurre en su ciudad, porque están implicados con la sociedad en la que viven, en definitiva, es porque están integrados.

Ante semejante elocuencia, ningún periodista osó seguir preguntando a la Sra. Lincu y juntos volvieron a zambullirse en la basura pues, supongo, ahí se sentían más cómodos. Por mi parte, simplemente cambié de canal.

La flamante nueva terminal de Otopeni

La flamante nueva terminal de Otopeni

Con tres días de retraso respecto al boato oficial y sin tanta alharaca, la semana pasada estrené la nueva terminal del Aeropuerto Henri Coanda de Bucarest (también llamado Otopeni) que, tras dos años en obras y una factura de 60 millones de euros, ha quedado verdaderamente niquelada y adaptada a los estándares del espacio Schengen. Aunque muchos lo duden, en Rumanía todo cambia, aunque en ocasiones sea a una velocidad exasperante.

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La nueva terminal ha pasado de tener 9 puertas de embarque a tener 24, de modo que el número de pasajeros podrá aumentar desde los 4,5 millones anuales a más de 6. Alguien ha dicho que en 2030 el número de pasajeros superará los 27 millones (¿!), por lo que me temo que, de cumplirse las expectativas del visionario analista de transporte, la terminal quedará pequeña muy pronto.

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Sea como fuere, la nueva terminal impresiona y, sobre todo, contrasta con la que existía hasta el mes pasado. De un edificio de estética aburrida y más bien oscura, con espacios casi angostos para un aeropuerto, se ha pasado a una terminal original, espaciosa y con muchísima luz. Los arquitectos han incluido, además, un piso-mirador desde donde contemplar cómodamente los despegues y aterrizajes, cosa que hará las delicias de mis hijos cuando volvamos a viajar (¡Gracias, majos!).

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Las escasas, poco surtidas y amontonadas tiendas de antaño han dado paso a otras mucho más modernas, con licores, tabaco, productos tradicionales (los inenarrables souvenirs de siempre continúan allí, ¡tranquilos!), ropa, algún libro y colonias para los viajeros olvidadizos. Además, los dos minúsculos bares enfrentados que surgían entre las puertas de embarque, se han visto más que superados por otros de estética futurista – donde se sirve, entre otras muchas cosas, langosta, caviar, champagne francés y cruasanes a precios exorbitantes – e incluso por un Burger King.

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Estuve un buen rato paseando por la nueva terminal, pude comprobar que aún faltan algunos asientos para los pasajeros que ahora esperan de pie para embarcar y que la policía de fronteras, en un grupo como si de un colegio se tratase, todavía recibía algunas instrucciones, sin embargo, la sensación fue de un trabajo muy bien hecho.

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Finalmente me senté a leer mientras esperaba la salida de mi avión, escogí el bar más curioso y, cuando todavía no había abierto mi libro, un pequeño murciélago revoloteó sobre mi cabeza y se posó durante unos segundos en la barra.

- Estos del Ministerio no dejan ni un detalle a la improvisación – pensé - ¡Hasta un murciélago han puesto para ambientar a los turistas!

Y allí se quedó el bicho, dando vueltas sobre el bar, hasta que me marché a tomar mi vuelo.

 

De iconografía bizantina

De iconografía bizantina

Permítame el lector profundizar un poco sobre la naturaleza de la iconografía bizantina para ilustrar, más si cabe, el significado de la entrada anterior.

Tras el período iconoclasta que sacudió al Imperio bizantino entre 726 y 843, el triunfo de la ortodoxia cambió la naturaleza de los iconos, dedicados a partir de entonces a profundizar en el mensaje teológico y a garantizar la difusión del dogma ortodoxo, e inauguró una época dorada de la iconografía centrada en la autoridad victoriosa de Cristo y María.

De este modo, además  de la imagen de Cristo situada en la cúpula de los templos, es habitual en iglesias urbanas y monásticas que el semicírculo absidal acoja la imagen divina o una representación de María Theotocos, con gesto protector u orante y bien con el Niño de frente o sobre el brazo derecho (María Hodigitria).

La postura iconoclasta de los emperadores León III y Constantino V, que pretendía restablecer la autoridad imperial en el terreno religioso, fue rápidamente contestada, sobre todo, por los monjes de los monasterios de Constantinopla, sin embargo, fueron los cristianos que habitaban en los territorios ocupados por los musulmanes quienes más libres se sintieron para expresar su opinión. Precisamente de entre ellos surgió Juan Damasceno, nacido en Damasco en 675, autor de la Sacra Paralela, un texto litúrgico ilustrado con un total de 1.658 miniaturas que constituyen un manifiesto sobre el valor de la imagen.

Poco antes del período iconoclasta, la religiosidad popular había adquirido matices idolátricos de modo que los iconos se identificaban con un mundo sobrenatural que les otorgaba energía divina y capacidad milagrosa. Al finalizar la etapa iconoclasta, los iconos, lejos de cualquier forma de idolatría, se enraizaron en una sólida teología, siendo el resultado de las discusiones de los doctores de la Iglesia y de disposiciones doctrinales que establecieron un esquema iconográfico que todavía hoy cumple las funciones de la imagen y que le otorgan autoridad didáctica, alegórica, mística, litúrgica y artística.

En el icono no se adoran la madera y los colores, sino lo que representan, en un recorrido desde lo visible hasta lo invisible, desde lo material hasta lo espiritual. Según el concepto de “copia” que caracteriza el arte cristiano antiguo y medieval, la autenticidad de una imagen depende de su similitud con el original. La autenticidad del icono como copia (o copia de una copia) demuestra la verdad de la Encarnación, basada en el testimonio escrito de los Evangelios y en la tradición de los iconos como fiel reproducción de los rasgos físicos de Jesús, María y los santos. Los iconógrafos, pintores o musivaras, se atienen a las normas establecidas en el Segundo Concilio Ecuménico de Nicea (787) – centrado en resolver la controversia iconoclasta - y a los manuales de pintura que establecen modelos muy precisos de acuerdo el pensamiento de los Padres de la Iglesia; de este modo, cualquier detalle como la postura del cuerpo, el movimiento de una mano, el color del vestido o cualquier edificio tienen un significado exacto por lo que el artista debe seguir fielmente los modelos.

Perturbando la tradición bizantina, en el icono de San Elefterie, el padre Boca alteró siglos de rigor iconográfico al modificar los colores de la túnica de Cristo niño, dándole a su acción un profundo significado que salta en seguida a la vista de los espectadores habituados a la rigidez de la iconografía oriental.

El Niño preso de San Elefterie

El Niño preso de San Elefterie

La nueva iglesia de San Elefterie, que con su elegante factura neo-bizantina da la bienvenida al barrio de Cotroceni, guarda en su ábside una curiosa pintura con historia. Aparentemente, se trata de la típica representación del icono de la Theotokos o Madre de Dios que acoge en su regazo al niño Jesús, sin embargo, en lugar de vestir una túnica blanca (símbolo de pureza), dorada (signo de sabiduría) o púrpura (símbolo de majestad), el niño lleva una prenda blanca con rayas negras propia de un presidiario.

Este mural fue pintado por el padre Arsenie Boca, un sacerdote de mirada inquietante pero muy respetado por los fieles ortodoxos rumanos (imagen, a continuación). Nacido en Hunedoara en 1910, estudió en la Academia Teológica de Sibiu y en el Instituto de Bellas Artes de Bucarest. Trabajó en la redacción de la primera versión rumana de la Filocalia, una colección de textos místicos y ascéticos propios de la Iglesia Ortodoxa, y durante los años de la Segunda Guerra Mundial desarrolló su labor monacal en el Monasterio Brancoveanu.

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Iniciada la época comunista, el padre Boca fue detenido en repetidas ocasiones acusado de colaborar con los milicianos anticomunistas de los Montes Faragaş. Las autoridades forzaron su traslado al Monasterio de Prislop, en Hunedoara, pero las continuas detenciones que sufrieron él y otros monjes, acusados de actividades anticomunistas, acabaron certificando el cierre del monasterio en 1959. Condenado a no ejercer actividad religiosa alguna, el padre Boca se dedicó a pintar el interior de varias iglesias de Bucarest, entre ellas la de San Elefterie, en Cotroceni, en la que pintó un niño Jesús con ropas de presidiario como metáfora de la persecución religiosa que llevaba a cabo el régimen comunista. Acosado por la Securitate, el padre Boca se retiró a una celda en Sinaia, donde murió un mes antes de la Revolución de 1989.

Contra el resfriado: aliño de pies

Contra el resfriado: aliño de pies

El brusco cambio de tiempo nos ha pillado a la mayoría por sorpresa así que, quien más quien menos, tiene encima una buena gripe, le duelen los huesos o tose sin parar.

En estas circunstancias, en cualquier conversación afloran los remedios caseros que se han demostrado infalibles en ocasiones parecidas. Hoy, en una charla de café, ha surgido el mejor remedio para combatir el aumento de temperatura de un niño resfriado: se hace una disolución de vinagre y agua, se sumergen unos calcetines limpios de la criatura - ¿qué más dará?, me he preguntado después – y se le ponen en los pies el tiempo suficiente para que baje la fiebre. Según dicen, el hedor a vinagre mata las bacterias del habitáculo donde se encuentra el infortunado chaval y la temperatura escapa a través de sus pies helados.

He asentido circunspecto a toda la conversación e incluso he compartido los argumentos de un par de madres valedoras de tan insólito remedio, sin embargo, en caso necesario no pienso aplicarlo a ninguno de mis hijos pues, aún a riesgo de que me llamen aprensivo, sigo confiando más en la química fina.

Misión en Bucarest y otras narraciones

Misión en Bucarest y otras narraciones

No existe demasiada literatura española cuyo escenario se desarrolle en Rumanía, por lo que Misión en Bucarest y otras narraciones es una rara excepción. Su autor, el escritor, periodista y diplomático, Agustín de Foxá, es hoy un proscrito debido a su filiación política pero, superados algunos párrafos profundamente reaccionarios y otros estremecedoramente antisemitas – y a un servidor le ha costado su esfuerzo -, su aguda descripción de una Rumanía fastuosa, vetusta y turbulenta merece una detenida lectura.

Agustín de Foxá, conde de Foxá y marqués de Armendáriz, nació en Madrid en 1903, estudió en el Colegio del Pilar, cursó la carrera de Derecho y en 1930 ingresó en la carrera diplomática, siendo destinado a Sofía y Bucarest. Amigo de Jose Antonio Primo de Rivera, simpatizó con Falange desde el principio y junto a  Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo y otros formó el núcleo intelectual de la formación política. Famosas fueron sus cenas de Carlomagno, celebradas en el Hotel París, en la Carrera de San Jerónimo, en las que, de riguroso smoking, el grupo honraba al emperador de Occidente dejando siempre al ausente convidado regio la presidencia vacía pero cubierta con una piel de corzo. Foxá se encontraba en Madrid cuando estalló la Guerra Civil y, aunque estuvo a punto de ser fusilado, su pasaporte diplomático le salvó del paredón y pudo escapar a Bucarest como Secretario de la Representación Diplomática de la República. En Bucarest, Foxá fingió su adhesión a la causa republicana mientras ocultaba su simpatía por Franco hasta que, pasados unos meses, admitió su doble juego. Acabada la guerra, ocupó varios puestos diplomáticos en Roma, Helsinki y Buenos Aires y en 1959 fue nombrado académico de la RAE, aunque la muerte le impidió tomar posesión del sillón Z que le correspondía.

En Misión en Bucarest aparece el Foxá diplomático metamorfoseado en Julio Vega, un personaje que escapa de una España en llamas para trasladarse a Rumanía, atravesando Europa en tren. Primero se traslada a Bucovina, donde comparte charlas, visitas turísticas, mesa y cacerías con algunos nobles germanos decadentes y con los miembros de la sección local de la Guardia de Hierro, cuya ideología comparte totalmente, sobre todo su rencor a los judíos, a los que caricaturiza esperpénticamente. Empezado el invierno, la acción se traslada a un Bucarest de lujos y legaciones diplomáticas, fiestas e intrigas políticas, una ciudad descrita con detalle, admiración e ironía (o sarcasmo, en el caso de los representantes soviéticos). La misión de Julio es hacer creer a todos que simpatiza con la República cuando, en realidad, a quien pertenece fiel es a los militares rebeldes. La trama es prometedora pero, desgraciadamente, lo que debía ser una novela quedó ahí interrumpida, dejando al lector con ganas de saber más.

Rumanía en la Epoca de Aur

RUMANIA

A finales de 1964, pocos meses antes de la muerte de Gheorghiu-Dej, antecesor en el poder de Ceauşescu, una televisión occidental filmó este curioso reportaje sobre Rumanía (clickar sobre la imagen para ver el vídeo).

Sin entrar en asuntos políticos, la película muestra una Rumanía bellísima – ¡en eso no ha cambiado! -, aferrada a sus tradiciones pero sin renunciar a la modernidad, un país permeable a las modas occidentales, donde los turistas pueden disfrutar de estaciones de esquí totalmente equipadas, flamantes hoteles, hermosas ciudades monumentales y de unas playas que, de acuerdo con el locutor, nada tienen que envidiar a la costa española.

El vídeo vale la pena para comprobar cómo era aquella Rumanía - al menos, externamente - que iniciaba la Epoca de Aur  y cómo la demencia del déspota Ceauşescu y la cleptocracia impuesta por la actual oligarquía política cambiaron un país que, poco a poco y con mucho esfuerzo, intenta hacerse de nuevo un lugar en el mundo.

El mapa del terror canino

El mapa del terror canino

El invierno arrecia y la comida escasea por lo que los perros vagabundos de Bucarest se vuelven en estas fechas más agresivos. Hace unos días moría una mujer debido al ataque de una jauría de perros vagabundos. El asalto se produjo en el sector 5, precisamente donde vivimos, aunque lo cierto es que el problema es mucho más grave en barrios como Ferentari y Rahova, donde la ausencia de servicios públicos provoca una acumulación de basuras y, por tanto, un aumento del número de chuchos buscando comida.

En Bucarest hay 50.000 perros vagabundos de los que algo más del 10 % se consideran peligrosos debido a su tamaño y agresividad. Recientemente se ha publicado un mapa de la ciudad donde se indica el número aproximado de perros peligrosos que merodea en cada sector y en el que se puede comprobar que los sectores 5 y 6 se llevan la palma en lo que a actividad canina violenta se refiere.

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El alcalde Oprescu se ha reunido con los alcaldes de sector correspondientes para abordar el problema y han acordado realizar capturas periódicas para llevar a los prisioneros a una perrera en Fundulea. Desde hace años se han ensayado diversas medidas y ninguna ha solucionado el problema, ha habido incluso matanzas nocturnas, aunque una campaña internacional encabezada por Brigitte Bardot detuvo el holocausto perruno.

El problema se recrudece cada día y las soluciones planteadas son poco originales por lo que me temo que los ataques continuarán y el asunto seguirá en las portadas de los periódicos por mucho tiempo.

70 aniversario del progromo de Bucarest

70 aniversario del progromo de Bucarest

Ayer se celebró en la Gran Sinagoga de Bucarest el acto central de la conmemoración en recuerdo del 70 aniversario del progromo que tuvo lugar en la ciudad entre el 21 y el 23 de enero de 1941 y que costó la vida de 120 judíos.

Tras la abdicación forzosa del rey Carol II, a principios de septiembre de 1940, el Mariscal Antonescu fracasó en sus intentos de formar gobierno con el Partido Nacional Campesino y con el Partido Nacional Liberal, por lo que el general estableció una alianza con los fascistas del Movimiento Legionario, dando lugar al llamado Estado nacional-legionario.

Una vez en el poder, entre septiembre de 1939 y enero de 1940, la Legión desarrolló una campaña de asesinatos políticos, endureció la legislación antisemita, organizó acciones violentas y se dedicó al chantaje y la extorsión de los sectores comerciales y financieros judíos. ¡Hasta tal punto fueron salvajes algunas acciones contra la comunidad hebrea, que el gobierno rumano recibió quejas del Reich alemán! (en una calculada estrategia para captar a Antonescu como aliado del Eje). Desbordado por la violencia de sus aliados, Antonescu obtuvo la ayuda de los alemanes para acabar con el caos impuesto por los legionarios y entre el 21 y el 23 de enero de se desarrolló en Bucarest una guerra civil entre los antiguos miembros del gobierno.

En aquellos tres días, los legionarios dieron rienda suelta a sus delirios antisemitas y pusieron en marcha un violento progromo contra la comunidad judía que incluyó el incendio de varias sinagogas, el saqueo de casas y comercios, torturas, asesinatos indiscriminados e incluso una matanza perpetrada en uno de los mataderos de la ciudad, donde algunos hebreos fueron obligados a introducirse en la cadena automática de despiece de los animales. Finalmente, el Movimiento Legionario fue aplastado y con su jugada los alemanes se ganaron el apoyo incondicional de Antonescu, mientras muchos de los fascistas rumanos encontraban refugio en el territorio del Reich.  

La Pequeña Unión

La Pequeña Unión

El 24 de enero se celebra en Rumanía la llamada Pequeña Unión (frente a la Gran Unión de 1918), en referencia a la unión de los Principados de Valaquia y Moldavia que tuvo lugar a mediados del siglo XIX, dando lugar al embrión de la futura Rumanía. Decir que se celebra es quizás demasiado pues hoy unos lo han hecho y otros no debido a la indefinición del calendario festivo oficial. 

Los ecos de las revoluciones liberales de 1848 llegaron también a Rumanía, sin embargo, aquí las dos potencias en liza, Rusia y Turquía, se ocuparon de sofocar por la fuerza cualquier brote nacionalista. En mayo de ese año, un  grupo de liberales, entre los que destacaban Ion Brătianu, C. A. Rosetti o Nicolae Balcescu, había creado un Comité revolucionario que redactó la llamada Proclamación de Islaz, un texto que reclamaba el fin de la tutela extranjera, la unidad nacional – incluida Transilvania -, una Constitución liberal, la abolición de la servidumbre y el reparto de tierras, así como derechos civiles para gitanos y judíos.

En respuesta, los ejércitos turco y ruso entraron en los Principados y acabaron con la tentativa liberal. La convención ruso-turca de Balta Liman de abril de 1849, reforzó la situación de poder compartido entre ambas potencias en ambos Principados y restringió todavía más la capacidad de gobernarse de los rumanos. La Guerra de Crimea tendría que cambiarlo todo.

En febrero de 1853, en otro eslabón de la eterna disputa entre las dos potencias, el zar Nicolás I exigió al sultán que aceptase su protectorado sobre los cristianos del Imperio Otomano. Con el apoyo de Francia y Gran Bretaña, la Sublime Puerta rechazó el ultimátum por lo que en julio, las tropas rusas invadieron los Principados rumanos, depusieron a los príncipes nombrados por el sultán y establecieron una nueva administración militar, dando inicio a la Guerra de Crimea.

Las operaciones militares se desarrollaron en la península de Crimea, donde en septiembre de 1854 desembarcó un ejército franco-británico. Amenazada por Austria, cuya neutralidad era relativa, Rusia abandonó los Principados danubianos, rápidamente ocupados por austríacos y turcos. Sebastopol cayó en septiembre de 1855 por lo que el zar Alejandro II negoció con sus enemigos la Paz de París (marzo de 1856), según la cual admitía la integridad territorial del Imperio Otomano, garantizaba la neutralidad del Mar Negro y perdía su estatus de protector de Valaquia y Moldavia, condición que cedió a las potencias vencedoras. 

Tras la derrota rusa, se restituyeron de las Asambleas parlamentarias de Valaquia y Moldavia y su derecho a nombrar a sus príncipes. Los liberales del Partido Nacional, apoyados por Francia, fueron ganando influencia y en 1857 formaron, con amplio respaldo popular, sendos Comités Electorales de la Unión con el objetivo establecer una sola Asamblea para ambos Principados. Aunque el sultán se opuso a esta maniobra, los unionistas eran mayoritarios en ambas asambleas y se pronunciaron a favor de la unificación. 

Con la mediación de Napoleón III, las principales potencias europeas aceptaron la creación de unos Principados Unidos, aunque defendieron que Valaquia y Moldavia seguirían funcionando como dos estados separados con su propio gobierno, su príncipe y su asamblea legislativa. En estas circunstancias, las Asambleas parlamentarias iniciaron el proceso de elección de los príncipes y, gracias a la presión del Partido Nacional, en ambos principados fue escogido el coronel Alexandru Ioan Cuza (el 5 de enero en Moldavia y el 24 de enero en Valaquia), convirtiéndose en un príncipe común para ambos Principados y unificándolos de facto. A pesar de todo, no fue hasta 1861 cuando el sultán, teórico soberano de los Principados, admitió la existencia de Rumania como estado, con capital en Bucarest, una Asamblea Nacional y la unidad legal, monetaria, administrativa y militar.

Origen y destino de la Casa Scînteii

Origen y destino de la Casa Scînteii

No es la primera vez que me refiero a este impresionante edificio que suele dar la bienvenida a los turistas recién llegados a Bucarest en su camino desde el aeropuerto, sin embargo, nunca le había dedicado el espacio que merece.

La Casa Scînteii se levantó sobre el terreno de un antiguo hipódromo por orden de Gheorghe Gheorghiu-Dej, líder del Partido Comunista Rumano entre 1948 y 1965. La construcción se inició en el año 1952, en el marco de un programa de inversiones en edificios culturales que debía “llevar la cultura a las masas” como primer paso necesario para alcanzar el socialismo real; de acuerdo con este programa, se levantaron también otros edificios como el Circo de Estado, la Opera, instalaciones deportivas, teatros, cines, etc.

Tras el rechazo a un primer proyecto por parte de un grupo de asesores soviéticos, que lo acusaban de cosmopolita y formalista, el equipo del arquitecto Horia Maicu se puso a trabajar en un diseño cuya estética se encuadrase en el ideal arquitectónico del socialismo real, obteniéndose así una variante de la Universidad Estatal de Moscú, proyecto que sí gustó a los consejeros rusos. Las obras se sufragaron, en parte, mediante una suscripción popular estableciendo así un paralelismo con el Ateneo Rumano, el edificio burgués por antonomasia de la ciudad.

Inaugurado en 1956, el complejo fue bautizado como Combinado Poligráfico Casa Scînteii I. V. Stalin, aunque más tarde se conoció simplemente como Casa Scînteii en referencia al periódico oficial del Partido Comunista Rumano, Scînteia (La Chispa), que allí se editaba junto a toda la prensa del momento. En abril de 1960, se colocó frente a su fachada una imponente estatua de Lenin que hoy descansa abandonada tras la tapia del Palacio de Mogoşoaia.

Alzado sobre un área de 280 x 260 metros, el edificio tiene una superficie total de 32.000 m2 y una altura de casi 92 metros - sin contar la antena de televisión -, lo que entre 1956 y 2007 lo convirtió en el edificio más alto de Bucarest.

Tras la Revolución de 1989, el edificio mantuvo las redacciones de muchos de los periódicos que entonces aparecieron y que todavía hoy se editan, aunque el edificio cambió su nombre por el de Casa de la Prensa Libre. Si se tiene vista de lince, unos prismáticos o una cámara fotográfica con un zoom potente, todavía hoy puede verse la hoz y el martillo en la base de la antena de televisión que corona el edificio.

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Aparcado en el centro

Aparcado en el centro

Los orígenes de la "cuestión judía" en Rumanía

Los orígenes de la "cuestión judía" en Rumanía

A partir de las revoluciones liberales de 1848, saltó en toda Europa el espinoso asunto de la concesión de derechos civiles y religiosos a los centenares de miles de judíos que vivían en el seno del Imperio Austríaco, en Hungría, Rusia y otros países centroeuropeos.

También en los Principados Danubianos, Valaquia y Moldavia, empezó a agitarse la cuestión. A mediados de siglo, vivían en los Principados unos 130.000 judíos, aunque la población se había duplicado antes de final de siglo. Tras los ecos de la revolución parisina de 1848, en mayo de ese mismo año, los liberales válacos crearon un Comité revolucionario que redactó la llamada Proclamación de Islaz, publicada en junio, en la que, entre otras muchas cosas, se reclamaban por primera vez derechos civiles tanto para los gitanos como para los judíos.

Los intereses cruzados de rusos, austríacos y turcos en la región dejaron la cuestión en segundo término durante decenios hasta que ascendió al trono Carol I (1866 – 1914). El nuevo príncipe encargó formar gobierno al conservador Lascăr Catargiu, quien incorporó a su equipo a liberales como Ion Brătianu al frente de Finanzas o a C. A. Rosetti en Educación. Inmediatamente el gobierno trabajó en una nueva Constitución que declaraba oficial a la Iglesia ortodoxa y establecía la igualdad entre los ciudadanos siempre que se declarasen cristianos.

Esta disposición dejaba sin derechos civiles ni capacidad de adquirir tierras a más de doscientos mil judíos asquenazíes que habían ido formando comunidades de artesanos, hosteleros y mercaderes en Moldavia y que en ciudades como Bucarest o Iaşi – donde sumaban más de la mitad de la población - trabajaban en el comercio, las finanzas y las profesiones liberales.

Tras la nueva guerra ruso-turca de 1877-78, el Tratado de San Stéfano primero y el Congreso de Berlín después sancionaron la independencia de Rumanía, sin embargo, en la capital alemana también se decidió la anulación del polémico artículo 7º de la Constitución rumana. Esta decisión causó una profunda indignación en Rumanía, pero en octubre de 1879 la Asamblea Nacional decretó que la ciudadanía se obtendría sin limitaciones religiosas. A pesar de todo, los judíos siguieron sin poder comprar tierra y se establecieron como condiciones para obtener la ciudadanía la tramitación de un acta especial parlamentaria de carácter individual, la presentación de una solicitud formal y la demostración de una permanencia mínima de 10 años en suelo rumano de los solicitantes.

La anulación parcial del artículo 7º de la Constitución fue denunciada por la Iglesia ortodoxa, la nobleza y los políticos conservadores, constituyendo el germen de una cuestión judía que marcaría trágicamente la historia de Rumanía en los siguientes decenios.

 

Bucarest: ciudad de zigurats

Bucarest: ciudad de zigurats

La arquitectura moderna de Bucarest posee una personalidad bien visible a través de una extraña amalgama de motivos y fuentes de inspiración que refleja su carácter cosmopolita y diverso, aunque también sus nostalgias, sus anhelos y sus dilemas. Si se pasea por la ciudad con la mirada atenta, es fácil identificar uno de los motivos más repetidos gracias al éxito que cosechó entre los arquitectos Art Deco de los años 20: el zigurat.

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El zigurat alcanzó su popularidad gracias al interés que suscitaban las civilizaciones antiguas y a su conexión con una metáfora literaria, muy de moda en aquel momento, según la cual la ciudad moderna era la representación de la nueva Babilonia. Relacionado con la pirámide, que encarna la perfección y su última estilización, la silueta escalonada se empleó desde en el diseño de colgantes o botellas de perfume hasta en la culminación de las secciones más altas de ciertos edificios.

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Arquitectónicamente, el zigurat se empleó por su simbología relacionada con el movimiento, el optimismo, el triunfo o el prestigio, aunque también como metáfora de una pirámide social por la que, aparentemente, todos podían ascender hasta la cima en aquella Bucarest de los prodigios.