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Bucarestinos

Sobre coches de lujo

Sobre coches de lujo

Leo en la prensa local que está previsto que las ventas de automóviles de lujo aumenten este año en Rumanía entre un 10 y un 15%. Por su parte, el mercado de automoción general, el destinado a la mayoría de los mortales, ha matriculado en los primeros meses de 2011 un 12 % menos de coches que durante el mismo período del año anterior y está previsto que apenas crezca a lo largo de este año.

Para ser más concretos, las ventas de Mercedes aumentaron más de un 50%, BMV registró un crecimiento del 12,5%, Audi del 23%, Porsche del 38% y Lexus del 21 %. Sólo en el trayecto desde mi casa hasta la guardería de los niños, veo diariamente aparcados dos Porsche Carrera, un Cayene, dos Masserati, un Hummer y un Ferrari.

Pero lejos de indignarme, agradezco que en este país de las maravillas sea tan sencillo detectar y evitar a los delincuentes pues, salvo honrosas excepciones, mayoritariamente están sentados tras los volantes de estos vehículos.

El patrimonio Art Deco de Bucarest

El patrimonio Art Deco de Bucarest

Entre las diferentes corrientes que conforman la arquitectura moderna en Bucarest, el Art Deco destaca sin duda por la belleza de sus edificios y por el elevado número de ejemplos que se conservan, aunque en ocasiones hayan sido muy maltratados por el tiempo y la desidia de las autoridades (en la imagen, bloque de apartamentos del arquitecto Jean Monda)

Edificio de Apartamentos de Jean Monda

El término Art Deco se emplea para definir un ecléctico complejo de tendencias culturales y artísticas del período interbélico caracterizado por una combinación muy específica de tono moderno y espíritu ornamental, que pretendió convertir cualquier objeto en una fuente de placer estético. El Art Deco constituyó un momento crucial en la cultura estética de los años 20 y 30 y se formó como una síntesis de las más diversas contribuciones en el campo de las artes y la moda, con un cierto eco sensible de los desarrollos tecnológicos, de las realidades políticas y económicas y de los acontecimientos culturales y sociales del momento (en la imagen, interior de un apartamento en la calle Hristo Botev, 34, diseñado por Marcel Iancu en 1934)

Interior apartamento edificio Hristo Botev, 34 Marcel Iancu 1934

La Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales celebrada en París en 1925 fue la principal promotora del Art Deco entendido como expresión del gusto popular, más allá de consideraciones sociales. Mediante la exposición conjunta de productos de varias tendencias artísticas del momento, algunas de las cuales carecían de catalogación o incluso estaban en fase experimental, la exhibición consiguió cristalizar una cultura Art Deco y sus principales coordenadas así como definir una actitud estética, subordinada a las exigencias del mundo contemporáneo.

Villa Polona Jean Monda (detalle)

En el universo Art Deco, todo se transforma en un ornamento o adquiere un sentido ornamental, no sólo mediante el empleo de motivos decorativos consagrados, sino mediante los materiales, la luz, las líneas, las superficies y los volúmenes. La arquitectura Art Deco no es una excepción y, por tanto, el estudio de su lenguaje se convierte en un análisis del repertorio ornamental y de sus principios organizativos (en la imagen, Pabellón de la Industria del Cristal de la Exposición de la Industria Rumana de 1934).

Pavellón de la Industria del Cristal Exposición Industria Rumana 1934

Uno de los recursos esenciales de la estética Art Deco proviene de su habilidad para obtener una gran ventaja de las cualidades decorativas de los materiales – texturas, colores, patrones, reflejos, brillos o transparencias – empleados en grandes superficies o en originales combinaciones. Por otro lado, si durante siglos la estética de la luz se limitó a la relación entre el ángulo de incidencia de la luz solar y los espacios interiores o las fachadas, a partir de 1920 surge, bajo la presión de una sociedad dinámica pendiente del reloj, el problema de la luz artificial, que abandonó el espacio interior y conquistó el espacio urbano, apoyando la retórica de la expresión arquitectónica de los edificios y, de paso, convirtiéndolos en gigantescos reclamos. Finalmente, es importante entender la estética del edificio Art Deco como un repertorio ornamental organizado en niveles de complejidad, desde los propios motivos y temas decorativos representados en frisos o molduras hasta los elementos espacio-volumétricos que forman distintos subconjuntos como ventanales, escaleras o esquinas pasando por los elementos arquitecturales básicos, tanto lineales (columnas, arquitrabes) como planos (muros, plantas, cubiertas y espacios abiertos). A continuación, detalle del Palacio de la Sociedad de Trabajadores del Ayuntamiento de Bucarest (1932).

Palacio de la Sociedad de trabajadores del Ayuntamiento de Bucarest 1932

Las afinidades culturales entre Francia y Rumanía así como el tono de cordial modernidad de la estética Art Deco explican el éxito que tuvo en la Rumanía interbélica. El espíritu Art Deco impregnó las revistas de los teatros Cărăbuş o el Alcazar d’été y los bailes de moda, influyó en la adopción de la silueta à la garçonne, en la prosa moderna de las novelas de Cezar Petrescu, en las artes decorativas, en la pintura y en la escultura. A diferencia de otras capitales europeas, en 1920 Bucarest necesitaba todavía importantes intervenciones para homogeneizar su tejido urbano, para completar los frentes de sus calles y para crear una imagen coherente en su centro. El lenguaje Art Deco se demostró como el más adecuado para imprimir a la capital un sello de modernidad y monumentalidad, convirtiéndola en el símbolo de una nación orientada al progreso, pero con un toque jovial y comunicativo en sintonía con el ánimo del momento.

Palacio Sociedad trabajadores Ayunt Bucarest (detalle)

Los primeros ejemplos de arquitectura Art Deco de Bucarest pertenecen a los sectores del comercio y el transporte, el ocio, el turismo, la diversión y al sector residencial, en particular villas. Nuevos hoteles (como el Hotel Union, en la imagen siguiente, el Lido o el Ambassador) y cines (como el Marconi o el ARO) fueron también construidos junto a bares “americanos” (Presto, Colos o el Automat del arquitecto Jean Monda), night clubs y modernos complejos recreativos como la piscina de la Federación de Deportes de Rumanía, diseñada por Marcel Iancu en 1929, todos ellos dominados por la estética Art Deco.

Hotel Unión 002

Los edificios públicos y las oficinas centrales de muchas empresas, representantes de la imagen del poder político, judicial y económico, gradualmente abandonaron el tradicional estilo neo-rumano, difícil de ajustar a los nuevos requerimientos semánticos y funcionales, y emplearon a partir de entonces los recursos propios del Art Deco. Ejemplos de ello podemos disfrutarlos todavía hoy en el Ministerio de Industria y Comercio (1937) o en el Palacio de la Compañía de Teléfonos (1931) ambos en Calea Victoriei, en el Palacio de la Sociedad de Trabajadores del Municipio de Bucarest (1932) – actual sede de ArCub, detrás del Hotel Intercontinental -, en el Edificio Administrativo Municipal de Piaţa Amzei (1934) – hoy casi totalmente restaurado -  o en los Juzgados del Distrito VIII de la calle Ştirbei Vodă (1937). También la principal estación de ferrocarril de la ciudad - Gara de Nord -, diseñada por Victor Ştephănescu en 1935 con factura clasicista, se vio contaminada por las geométricas estilizaciones propias del Art Deco (detalle encabezando esta entrada). Paralelamente y de forma gradual, el nuevo lenguaje Art Deco se expandió también a los monumentos públicos e incluso a los funerarios, como ilustra el Monumento a los Héroes de la Aviación (Str. Aviatorilor) y numerosas tumbas y monumentos funerarios en el cementerio Bellu (a continuación, tumba del Ingeniero Filipescu, en el cementerio Bellu), conformando un patrimonio que situó a Bucarest entre las más bellas ciudades europeas de entreguerras.

Tumba Ing Filipescu Cem Bellu

Con todos estos antecedentes, permítame el lector para finalizar esta larga entrada, recomendarle de nuevo pasear con la mirada atenta por nuestra ciudad o, de no haberla visitado todavía, animarse a disfrutar de un patrimonio único en Europa y, posiblemente, en el mundo.

Lo último del Ejército Soviético

Lo último del Ejército Soviético

Hace unos días, la estatua que recuerda en Sofía la victoria de las tropas soviéticas sobre la Wehrmacht y sus aliados en territorio búlgaro en 1944, ha aparecido reinterpretada con un estilo muy pop que no ha acabado de gustar a un sector de la población búlgara.

Con nocturnidad, el pasado domingo uno o varios artistas locales no identificados pintaron el monumento de modo que los soldados soviéticos se convirtieron personajes como Superman, Batman, Robin, Papá Noel, Joker, Capitán América o Wonder Woman. Para mayor escarnio de los pro-soviéticos, la bandera roja ha sido reconvertida en la bandera de las barras y estrellas. Bajo la impactante escena de los superhéroes, alguien ha escrito: “Moviéndose con los tiempos”.

El lunes por la mañana ya existía un grupo de Facebook con 1.700 miembros que proponían conservar la obra de arte, sin embargo, el ayuntamiento ha anunciado para mañana el inicio de las labores de limpieza.

Por mi parte, ¿qué quieren que les diga? Empleando una afirmación típicamente facebookiana diría: Me gusta.

 

A propósito del Arco del Triunfo

A propósito del Arco del Triunfo

He encontrado en el excelente blog de Alex Galmeanu una fotografía interesante con el Arco del Triunfo de Bucarest como protagonista.

Se trata de una instantánea tomada el 1 de diciembre de 1940, Fiesta Nacional de Rumanía, frente al emblemático monumento de la ciudad. En 23 de noviembre de 1940, gracias a la firma del Pacto Tripartito, Rumanía se había unido a las fuerzas del Eje y rápidamente los efectivos de la Wehrmacht estacionados en territorio rumano sobrepasaron los 500.000 soldados, no sólo para controlar la producción petrolífera rumana sino para preparar el futuro ataque contra la Unión Soviética.

De acuerdo con esta fotografía, los nazis formaron parte del desfile celebrado el día nacional de Rumanía, aunque por el semblante adusto del señor que contempla el paso del carro de combate y por el escaso público presente, no sé si la presencia alemana despertó demasiada alegría entre los rumanos.

Sobre dónde comprar fruta y verdura

Sobre dónde comprar fruta y verdura

Bucarest está rodeado de pueblecitos donde, quien más quien menos, cultiva frutas y verduras en su jardín. De este modo, diariamente los paisanos visitan la ciudad con sus Dacias 1300 – la versión rumana del Renault 12 – repletos de vegetales de temporada que exponen en cualquier esquina de la ciudad. Las provisiones suelen ser de excelente calidad y, con su venta, los lugareños se sacan un sobresueldo, una sobrepensión o, simplemente, una cantidad para ir tirando.

Para que el lector se haga una idea cabal sobre los precios, hoy he comprado medio kilo de cerezas deliciosas a 10 lei/Kg (2,4 €/Kg) y mañana le hincaré el diente a unas fresas a las que ya he echado el ojo por 8 lei/kg (1,9 €/Kg).

Arco del Triunfo

Arco del Triunfo

Uno de los monumentos más emblemáticos de Bucarest es su Arco del Triunfo, construcción que da la bienvenida a los visitantes que llegan a la ciudad desde cualquiera de los dos aeropuertos y se dirigen al centro.
 
En la plaza en la que se levanta este Arco del Triunfo ya se había levantado uno provisional en 1878, sólo un año después de la Guerra de Independencia, para recibir a las victoriosas tropas rumanas (imagen, a continuación). Tras la victoria en la Primera Guerra Mundial, en 1922 se construyó aquí un Arco del Triunfo de madera y estuco para conmemorar también la Gran Unión de los Principados con Transilvania y la coronación del rey Fernando y la reina María. Años después, el mismo arquitecto, Petre Antonescu diseñó en piedra maciza el tercero y definitivo Arco del Triunfo con un estilo clásico a imitación del Arco del Triunfo de París.
 
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La fachada sur del Arco está decorada con dos medallones de bronce con las efigies del rey Fernando y de la reina María. Inicialmente, ambos medallones fueron esculpidos en piedra por Alexandru Călinescu pero las autoridades comunistas los destruyeron en 1948 y los sustituyeron por unos medallones con motivos florales. Tras la Revolución de 1989, las flores desaparecieron y se colocaron las efigies en bronce con los motivos monárquicos. Sobre las imágenes de los reyes, hay sendas esculturas de Victorias de los escultores Constantinescu y Baraski.
 
En las fachadas laterales están grabadas en piedra las palabras que el rey Fernando dirigió a la nación rumana con ocasión de la entrada en la Primera Guerra Mundial y durante la ceremonia de su coronación en Alba Iulia. Las dovelas del arco llevan también inscritos nombre de diversas batallas ganadas por las tropas rumanas durante la contienda (Mărăşeşti, Oituy, etc.). En la fachada norte, un medallón representa la Virilidad con la imagen de un barbudo guerrero romano con una espada y otro la Fe con un joven que porta una cruz. Las Victoria esculpidas sobre ambas imágenes son obra de los escultores Onofrei y Medrea.
 
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Anualmente, el día 1 de diciembre, Fiesta Nacional de Rumanía, unos 2.000 soldados de las Fuerzas Armadas rumanas desfilan bajo el Arco del Triunfo junto a sus carros de combate, vehículos acorazados, armas y demás pertrechos militares. Asiste al evento el Gobierno en pleno y suele resultar imposible encontrar un sitio en primera fila pues, haga un frío que pele o caigan copos de nieve como puños, los bucarestinos salen a la calle para asistir al espectáculo.
 
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La Casa de Miţa la Ciclista

La Casa de Miţa la Ciclista

Desde hace semanas le tenía echado el ojo a un vistoso edificio situado muy cerca de mi oficina así que ayer, saliendo de trabajar, me fui a hacerle una visita. Se trata de la Casa de Miţa la Ciclista (Str. Biserica Amzei, 9), construida en 1900 por el arquitecto N.C. Mihăescu en un estilo que mezcla el neo-barroco con el Art Nouveau. La fachada del edificio está de lo más ornamentada, con balcones adornados con cupidos de tamaño natural, bajorrelieves de leones y querubines, puertas de hierro forjado, así como motivos florales, volutas y demás parafernalia modernista.

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 A pesar de todo, quizás lo más interesante del edificio es su nombre. Maria Miţa Mihăescu (1885 – 1968) fue una mujer muy hermosa, de cabello rubio e intensos ojos verdes, y una figura destacada del folclore urbano del Bucarest interbélico. Miţa fue cortejada por personajes de la época como el pintor Nicolae Grigorescu o el político Octavian Goga y debe precisamente su mote a un amante despechado, el editor del periódico Furnica, George Ranetti, que en uno de sus artículos escribió irónicamente sobre su excéntrica afición a montar en bicicleta: „Cuando aparece por Calea Victoriei, los aristócratas del Hotel Capsa, los burgueses de Casa Otetelesanu y los bohemios del Kubler abandonan por un momento la política y se detienen a admirar un ejemplar ciclista mientras gritan: ¡Ahí va Miţa la Ciclista!”.

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Las malas lenguas de la época, que maliciosamente también la apodaban la Cotroceanca - en referencia al Palacio Real de Cotroceni - dijeron que la casa fue un regalo del mismísimo rey Fernando y que incluso Manuel de Portugal pidió su mano, aunque fue rechazado porque Miţa se mantenía fiel al amor de su vida, el Dr. Nicolae Minovici. Durante años, Miţa estuvo en la boca de todos en Bucarest por su vida lujosa y extravagante, por llevar el pelo corto y teñido, por comer cada día en el restaurante del Hotel Athenee Palace (hoy, Hotel Hilton). A su regreso de una estancia en París, adoptó la costumbre de dirigirse a todo el mundo en francés, incluso a quienes no lo entendían. Uno de los mayores escándalos de la época se produjo cuando, estando en la playa, se metió en el agua sólo con un bikini comprado en París, indecorosa escena que acabó con la intervención de la policía, que en respuesta fue golpeada con un paraguas blandido por una Miţa totalmente indignada.

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Tras la muerte de su primer marido, a mediados de los años 40, Miţa se casó con el general Alexander Dimitrescu, momento en que empezaron los problemas financieros en su familia. Tras años de disfrutar de una vida lujosa, Miţa se vio obligada a alquilar algunas de las habitaciones de su enorme mansión y ella se trasladó a vivir en la buhardilla. A pesar de todo, no renunció a sus extravagancias, siguió vistiendo con ropa de aspecto elegante e incluso se dijo que en una ocasión envió a mendigar a su marido a la cercana calle Mendeleev para poder permitirse una última cena en el Athenee Palace.

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El estilo mediterráneo o la tercera vía

El estilo mediterráneo o la tercera vía

Más allá del acalorado debate que se produjo a principios del siglo XX entre los defensores del estilo nacional rumano y los impulsores de la arquitectura moderna, una tercera vía jugó un importante papel en la modernización arquitectónica de la Rumanía interbélica: la ecléctica arquitectura mediterránea, que tuvo su foco principal, aunque no exclusivo, en Bucarest.

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La arquitectura mediterránea irrumpió en la escena arquitectónica como una seria alternativa a las dos corrientes dominantes, a pesar de que sus modelos figurativos fueron claramente ajenos a toda tradición local. Lo cierto es que este nuevo estilo tuvo escasa visibilidad cultural, no se dotó de instrumentos teóricos y estuvo casi ausente en el debate disciplinario, sin embargo, gozó de un enorme éxito entre las clases medias y altas de la ciudad e inauguró un ciclo arquitectónico que se convirtió en un elemento fundamental de la nueva imagen de Bucarest.

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Mientras el neo-rumano era un estilo establecido a nivel teórico y con claros ejemplos representativos, la arquitectura mediterránea fue más bien una amalgama de sugerencias figurativas de resultados algo kitsch, hay que admitirlo, pero que fue capaz de robar parte del mercado a los dos estilos dominantes.

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En una curiosa reinterpretación de algunos elementos del románico y el gótico, los ingredientes del estilo mediterráneo fueron los habituales en la arquitectura ecléctica, es decir, verandas y largas terrazas, balcones, voladizos, pórticos, arcos ojivales y de medio punto, columnas más o menos compuestas, pequeñas ventanas, elementos de hierro forjado, ventanas de arco, tejas de terracota, etc. No obstante, aunque en todos los casos se empleó un vocabulario similar, los edificios resultantes fueron difícilmente clasificables pues no siguieron un canon compositivo común.

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Para su diseño, los propietarios de estos edificios contrataron a arquitectos - algunos de renombre como Henriette Delavrancea Gibory, Ion Giurgea o Mario Ricci – y a equipos de trabajadores, especialmente italianos, y les orientaron sobre sus preferencias, empleando las fotografías de sus viajes a países mediterráneos, para obtener un resultado distinguido, con un toque de exotismo pero próximo a las expresiones estilísticas de la Europa occidental.

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La admiración por este estilo continuó durante el Comunismo, período en el que muchos de estos edificios fueron expropiados y empleados como oficinas centrales de corporaciones públicas, embajadas y residencias de algunos miembros de la Nomenclatura.  La moda persiste y, todavía hoy, algunos nuevos ricos han hecho una reinterpretación de la arquitectura mediterránea de los años 30 y 40 para diseñar sus lujosas mansiones en las zonas residenciales de moda al norte de Bucarest.

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Bucarest: del Principado de Alexandru I. Cuza al final de la Primera Guerra Mundial

Bucarest: del Principado de Alexandru I. Cuza al final de la Primera Guerra Mundial

Después de casi un año, retomo aquí la serie dedicada a la historia de nuestra ciudad, Bucarest, en el momento en que el coronel Alexandru I. Cuza ascendía al trono de los unificados Principados de Valaquia y Moldavia (encabezando este post, un grabado de Bucarest en 1880).

Aunque los divanes de ambos Principados escogieron al mismo candidato como príncipe, unificando así de facto ambos territorios, no fue hasta 1861 cuando el sultán, teórico soberano de ambos Principados, admitió la existencia de Rumania como estado, con capital en Bucarest, una Asamblea Nacional y con unidad legal, monetaria, administrativa y militar.

Elevada a la categoría de capital, Bucarest inició un profundo proceso de transformación, especialmente a través de la construcción de la Universidad (1864) – imagen, a continuación - y de Sociedad Académica Rumana (1866) – futura Academia Rumana -, dos prestigiosas instituciones que formarían a los cuadros de la nueva administración y a los mejores profesionales del nuevo estado. La influencia francesa, iniciada decenios antes, se hizo todavía más patente en la política, las costumbres y en la arquitectura de la ciudad, aunque no fue hasta el principado – reinado, a partir de 1881 - de Carol I cuando alcanzó su momento de mayor esplendor.

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La segunda mitad del siglo XIX fue un período de gran desarrollo industrial, financiero y comercial para Rumanía, hecho que se reflejó en el crecimiento de Bucarest. De acuerdo con las tradiciones arquitectónicas y urbanísticas la École des Beaux Arts de París, se trazaron amplios bulevares, se urbanizaron los márgenes del Dâmboviţa, se diseñaron bellos parques, se levantaron imponentes edificios públicos – el Ateneo, el Banco Nacional, la Banca Agrícola, el Palacio CEC (imagen, a continuación), el Museo de Historia, la Fundación y el Palacio Real, el Palacio Cotroceni, etc. - y se establecieron nuevos espacios colectivos. Los burgueses y la vieja nobleza no se quedaron atrás y encargaron a artistas franceses el diseño y la decoración de sus villas, contribuyendo a convertir Bucarest en una verdadera metrópolis europea. 

Palatul CEC

La rebelión en Bosnia y Herzegovina de 1876 contra el Imperio Otomano así como el triunfo de los Jóvenes Turcos en Estambul produjeron gran exaltación en Rumanía, pero  cuando la nueva Constitución otomana definió al Principado como “provincia privilegiada”, creció la indignación rumana y el gobierno se aproximó al eterno enemigo de los turcos: Rusia. Los rumanos sólo tuvieron que esperar un año para cobrarse la venganza y, durante la guerra ruso-turca de 1877, sus tropas lucharon junto a las rusas en territorio búlgaro, consiguiendo una gran victoria. Rumanía obtuvo así la independencia gracias al Tratado de Berlín (1878) y se transformó en reino, de modo que el 22 de mayo de 1881, Bucarest asistió a la ceremonia en la que Carol I dejó de ser príncipe para convertirse en rey de Rumanía.

Por esas fechas, como una muestra más de reafirmación del carácter nacional, nació el estilo neo-rumano de manos del arquitecto Ion Mincu y enriqueció el horizonte urbano con edificios como el de Casa Doina o la Casa Lahovary. Otros artistas siguieron su escuela, levantando bellos ejemplos como el Museo del Campesino, la Escuela Mavrogheni, la Iglesia de la Princesa Balasa (imagen, a continuación) o el espectacular edificio del Ayuntamiento, entre muchos otros.

Biserica Balasa

En octubre de 1914 fallecía Carol I y, a falta de descendencia, le sustituía su sobrino Fernando I (1914 – 1927). Iniciada la Primera Guerra Mundial y con Europa dividida entre los aliados de la Entente y los de las Potencias centrales, Rumanía mantuvo su neutralidad un par de años pero, ansiando anexionarse Transilvania, Bucovina y el Banato, el Gobierno rompió su neutralidad y en agosto de 1916 firmó un tratado con la Entente.

Tropas alemanas

Tras una rápida y victoriosa entrada de las tropas rumanas en la Transilvania húngara, los búlgaros y los austro-alemanes pasaron al contraataque y el 6 de diciembre de 1916 entraban en Bucarest, donde permanecieron durante dos años; el Gobierno, el Parlamento y el rey huyeron a Iaşi y los ocupantes impusieron a los bucarestinos una estricta censura sobre su vida social y cultural, además de una Administración militar (imagen anterior, tropas alemanas desfilando por Calea Victoriei). Tras dos años de guerra, en noviembre de 1918 el rey Fernando entró de nuevo triunfante en Bucarest y sólo un mes después se firmaba en Alba Iulia la Gran Unión de Transilvania con Moldavia y Valaquia.

 

Osama en los infiernos

Osama en los infiernos

Mi icono preferido es, sin duda, el de la Anastasis - palabra que en griego hace referencia a la Resurrección de Cristo -, también llamado del Descenso a los Infiernos. El episodio fue descrito con todo lujo de detalles en el Evangelio apócrifo de Nicodemo, Mateo le dedicó un par de escasas líneas (Mateo 27:52-53), Juan Damasceno lo refirió en sus Homilías y Epifanio de Chipre y Eusebio de Cesarea lo mencionaron en sus Sermones sobre el Descenso a los infiernos de Jesucristo.

Sea como fuere, la imagen describe a Jesucristo erguido triunfante sobre las puertas desgoznadas del infierno y, tomando a Adán y Eva de las muñecas, les hace salir del sepulcro como metáfora del perdón del Pecado original. Detrás se sitúan los reyes, los profetas y los justos. A la izquierda, se distingue a David y a Salomón y a la derecha se suele ver a San Juan Bautista y a Noé con su larga barba. El suelo se abre en una sima, una negra cavidad en la que suelen distinguirse demonios varios e incluso al propio Satanás vencido y amarrado con una cadena.

Según la estricta iconografía bizantina, esta representación tiene pocas variaciones según su autor, sin embargo, en la Capilla Militar de Piaţa 700 de Timişoara, decorada en el año 2002, el pintor Ion Bădilă se permitió una curiosa licencia. A primera vista, la escena de la Anastasis es la habitual, sin embargo, si uno se fija en el Infierno, distinguirá la figura de Osama bin Laden que, subido a un Boeing 747 y tridente en mano, señala a las Torres Gemelas que se encuentran en el otro extremo del Infierno.

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Según Bădilă, mientras estaba decorando la iglesia vio en la televisión las terribles imágenes del ataque contra el World Trade Center y en aquel momento comprendió que el responsable de causar el Infierno sobre la Tierra, Osama Bin Laden, debía ser inmortalizado entre los demonios por encarnar “la más pura imagen del mal”. Y así fue condenado Bin Laden al Infierno para toda la eternidad.

Un paseo por Lipscani

Un paseo por Lipscani

Bucarest también tiene un casco viejo al que los bucarestinos llaman, de forma genérica, Lipscani. Toma el nombre de su calle principal, bautizada así porque tiempo atrás los comerciantes que allí trabajaban importaban sus mercancías desde Leipzig (Lipsca). Las tiendas y almacenes de Lipscani, flanqueando calles algo angostas, se situaban en los bajos de edificios altos y estrechos con una puerta lateral y un pasillo que permitía el acceso a las viviendas superiores. Un gran balcón ornamental hermanaba muchos edificios con sus vecinos de modo que toda el área adoptó una particular arquitectura.

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Pero hasta hace unos años – no demasiados -, el barrio era un lugar inhóspito, con casas castigadas por el tiempo y los terremotos, sin aceras o alumbrado público y con las calles enfangadas, llenas de basuras y ratas y víctimas de una reforma detenida por el descubrimiento de los vestigios de viejas posadas medievales (en la imagen, uno de los típicos edificios con tienda de Lipscani, todavía por restaurar, aunque irónicamente el ayuntamiento no ha perdido el tiempo para colgarle el cartel de “monumento histórico”).

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Tras un inacabable litigio entre la empresa responsable de la rehabilitación del centro – española, por cierto – y el ayuntamiento, las obras se reiniciaron, las calles se pavimentaron, aparecieron farolas de alumbrado público, terminaron las rehabilitaciones de algunos edificios y comenzaron a abrirse tiendas, restaurantes y bares de lo más moderno. En verano, para más inri, las terrazas toman las calles peatonales y  se llenan de bucarestinos ansiosos de tomarse una cerveza o una limonada a la sombra de un toldo, hasta el punto de que, a según qué horas, es difícil encontrar mesa libre donde pasar el rato. Pero ayer tuvimos suerte y, tras un largo paseo, nos sentamos en la terraza de un bar de la calle Smardan. Habíamos visto nuevas rehabilitaciones, más calles peatonales, tiendas recién inauguradas y los viejos anticuarios de Hanul cu Tei y de la calle Covaci.

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El trabajo de rehabilitación continúa y Lipscani es, cada día más, el lugar de moda al que ir a echar la tarde, especialmente ahora que el calor empieza a apretar con fuerza.

En recuerdo de Khan Mohammad (o sobre por qué debemos quedarnos en Afganistán)

En recuerdo de Khan Mohammad (o sobre por qué debemos quedarnos en Afganistán)

Khan Mohammad era el director de la escuela de un pueblo perdido en Afganistán llamaro Porak, apenas un conjunto de casas pobres en medio de la nada, a unos 100 km de Kabul. Salía de su casa por la mañana junto a uno de sus hijos y un grupo de talibanes disparó contra él hasta matarlo, hiriendo también al niño. El delito de Mohammad había sido el de no atender a las amenazas de los fanatizados barbudos y obstinarse en educar a las niñas de Porak en su escuela. Las amenazas contra maestros por este motivo son algo habitual en las zonas rurales de Afganistán, a veces incluso arden las escuelas y se asalta a los padres que envían a sus hijas al colegio para que aprendan a leer y escribir. Hay que ser muy valiente para abrir una escuela para niñas en Afganistán.

Mientras los talibanes gobernaron Afganistán, entre 1996 y 2001, se prohibió educar a las niñas, se impidió a las mujeres trabajar, se las escondió tras un burka y se les restringió el acceso a la sanidad. Las mujeres y las niñas afganas quedaron confinadas en sus casas, bajo la atenta mirada de los varones de sus familias. Hoy, menos de un 13 % de las afganas son capaces de leer y escribir  y apenas un 8 % de las niñas asiste con regularidad a clase, aunque teóricamente un 40 % están escolarizadas. El gobierno de Karzai, corrupto donde los haya, al menos ha devuelto a las afganas la capacidad de votar y el derecho a la educación y al trabajo, aunque la sociedad que las envuelve no les permite disfrutar plenamente de estos derechos, especialmente en las zonas rurales.

Recientemente, las potencias occidentales han anunciado que a partir de julio empezarán a retirar sus tropas y que en 2014 ya no quedarán soldados extranjeros en ese país por lo que la cosa pinta mal para las hembras afganas.

Valga este breve post como homenaje a un hombre que tuvo el coraje de enfrentarse a la barbarie para aportar luz en un país de sombras y pagó cara su osadía.

Uno sólo en Bucarest

Uno sólo en Bucarest

Veo en la prensa que en España hay montada una buena y yo tengo el corazón partío respecto a lo que allí ocurre.

Me gusta que la gente salga a la calle a protestar, es sano y demuestra que nuestra Democracia está viva, que todavía tiene energías y ganas para denunciar los michelines del sistema. Comparto con los manifestantes sus deseos de poder votar listas abiertas, de reclamar una verdadera separación de poderes - ya saben, aquello del Legislativo, Ejecutivo y Judicial -, de impedir que las listas electorales se llenen de imputados en escándalos de corrupción, de exigir que el voto de un hombre valga igual en todas partes de España, independientemente de dónde viva, o de reivindicar el fin de la financiación pública de los partidos políticos. En definitiva, me gusta que se exija una verdadera regeneración – o depuración – del sistema democrático y, sobre todo, que se haga sin violencia.

Pero también hay cosas que no me gustan, como por ejemplo que algunos pretendiesen extender la protesta más allá de las plazas y recorrer las calles gritando no se sabe exactamente qué el día de la jornada de reflexión y en durante el día de elecciones (cosa que, al parecer, finalmente no ha ocurrido, aunque ya tenemos un segundo precedente – la jornada de reflexión tras el 11M fue la primera - sobre cómo saltarnos a la torera la necesaria paz propia de la jornada de reflexión). Me huele mal que la indignación haya estallado ahora, en plena recta final de la campaña electoral, y no hace unos meses o quizás en un par de semanas. Me escama la vaguedad de las propuestas de los manifestantes, que a estas alturas de la película no hayan elaborado un manifiesto que aclare qué piden exactamente. Me alucinan ciertos discursos demagógicos, que pretender introducir con calzador posturas claramente políticas e ir mucho más allá del origen de la irritación ciudadana. Finalmente, me apena comprobar que los políticos españoles no han entendido nada y que en las últimas horas de campaña intentasen acaparar el voto de los indignados (¿es que no han escuchado ni una palabra de lo que dicen?).

Por mi parte, atendiendo a unos comentarios en Twiter (#romanianrevolution) y llevado más por la curiosidad que por ansias reivindicativas, me he acercado a las 19 h a la Embajada de España, sin embargo, no había nadie más. La foto que he tomado ha despertado los recelos de la policía, que ha venido a preguntarme qué hacía allí tomando fotos. Para no dar demasiadas explicaciones, el blog me ha servido de exclusa.

Veremos qué ocurre mañana.

El panorama político de los primeros años de la Rumanía interbélica

El panorama político de los primeros años de la Rumanía interbélica

En Rumanía, el período que transcurrió entre la primera y la segunda guerra mundial, denominado interbélico, es considerado como una de las épocas doradas de la historia del país, sin embargo, no es oro todo lo que reluce y vale la pena darle un repaso a la situación política del momento para entender que fue precisamente durante ese período cuando se fraguaron los grandes dramas que asolaron Rumanía en los años 30 y 40.

Tras la Primera Guerra Mundial, Rumanía se engrandeció con Transilvania, Maramureş, Crişana, Bucovina, Besarabia y la mitad oriental del Banato, alcanzando las fronteras étnicas de la Gran Rumanía. A pesar de todo, en el período interbélico los problemas se agudizaron por los defectos estructurales del sistema político y por el reto que supuso inaugurar un Estado multinacional cuyas minorías – húngaros, alemanes, ucranianos, rusos y judíos - no querían someterse a la mayoría rumana. A este problema social se añadió el hecho que, a pesar de la reforma agraria, los campesinos no consiguieron salir de la extrema pobreza, quedando en manos de acreedores y bancos para saldar sus deudas. Paralelamente, la vida política, lastrada por la atomización de los partidos y por la corrupción, se vio convulsionada en la segunda mitad de los años 20 por la irrupción de la derecha radical y el fascismo, cuyo mensaje antiliberal y antisemita obstaculizó el funcionamiento del sistema parlamentario hasta su desaparición en 1938. Finalmente, las rencillas en la familia real acabaron por desprestigiar a la Monarquía, perdiéndose así un importante referente nacional.

La actuación germanófila de la derecha durante la guerra le pasó factura a partir de 1919 y sólo el aliadófilo Partido Conservador Demócrata de Take Ionescu mantuvo alguna influencia en el panorama político. La fuerza hegemónica de la derecha era el Partido Nacional Liberal, representante de la burguesía urbana, cuyo líder Ionel Brătianu fue la primera figura política del país hasta su muerte en 1927. Al acabar la guerra surgió una nueva opción encarnada por el victorioso general Alexandru Averescu a través del Partido del Pueblo, nutrido por excombatientes de origen campesino partidarios de la reforma agraria. Pese a su rápido ascenso, el partido no cumplió con las expectativas regeneracionistas y sus bases acabaron en las filas de la derecha radical representada por el Partido Nacional Demócrata, del historiador Nicolae Iorga, de ideología ultraconservadora y antisemita radical.

A partir de 1921, una generación más joven, decidida a combatir el sistema parlamentario, se organizó alrededor de la Unión Nacional Cristiana, dirigida por el moldavo Alexandru Cuza. Dos años después, la Unión se transformó en la Liga de Defensa Nacional Cristiana e inició una exitosa campaña antisemita en la que destacó Corneliu Zelea Codreanu, un místico que se creía destinado a salvar a la nación de los judíos y que en 1927 se separó de la Liga para crear la Legión de San Miguel Arcángel, un movimiento fascista con fuerte impronta religiosa.

En 1926, el centro político representado por el Partido Campesino de Ion Mihalache y el Partido Nacional Popular de Iuliu Maniu se unió en el nuevo Partido Nacional Campesino. Perjudicado por el populismo de Averescu, no fue hasta 1928 cuando Maniu consiguió llegar a la presidencia del Gobierno comprometido en la lucha contra la corrupción y en el afianzamiento de las instituciones democráticas.

Respecto a la izquierda, el Partido Socialdemócrata se dividió en dos grupos, uno formado por los socialistas del antiguo reino, marxistas y simpatizantes de la URSS, y otro integrado por los socialistas transilvanos, más cercanos a los postulados socialdemócratas moderados. El ala más izquierdista promovió una serie de huelgas sectoriales entre 1919 y 1920 que acabaron en una huelga general revolucionaria, respondida con dureza por el gobierno del general Averescu. Debido a las discrepancias internas, en 1921, el ala izquiedista fundó el Partido Comunista, duramente perseguido por las autoridades. La escisión debilitó a la socialdemocracia, que redujo su presencia parlamentaria y sindical, aunque la ilegalidad del comunismo le permitió recoger el voto obrero.

Los primeros años 20 estuvieron marcados por el reto planteado por la izquierda revolucionaria, respondido con fuerte represión, y por la reforma agraria. Tanto el gobierno de coalición de Alexandru Vaida-Voevod como el del general Averescu pusieron en marcha en 1921 una reforma agraria que afectó a los latifundistas húngaros y alemanes de Transilvania, Maramureş y Crişana y repartió tierra entre los labradores no propietarios.

En parte gracias a su capacidad de fabricar mayorías absolutas y al apoyo del rey Fernando, entre 1922 y 1928, Rumanía fue gobernada por los liberales de Brătianu, quienes se beneficiaron de una coyuntura económica favorable debida a la entrada masiva de capitales extranjeros en la industria petrolífera. En marzo de 1923 se aprobó una nueva Constitución para Rumanía que confirmaba el sufragio universal masculino y establecía un Parlamento bicameral y un modelo económico y administrativo centralizado que provocó las protestas de las minorías.

Por entonces, estalló la cuestión dinástica. El único hijo del rey Fernando, Carol, estaba casado con Helena de Grecia, pero su fama de play-boy y su relación pública con Helena Lupescu lo hacían poco recomendable como heredero. En enero de 1926, Fernando nombró como sucesor a su nieto, Miguel, que en aquel momento sólo tenía cinco años, por lo que tras el fallecimiento del monarca un año después, se formó un Consejo de Regencia. Meses después murió también Brătianu y el Partido Nacional Liberal inició su descomposición. El PNL se mantuvo al frente del gobierno un año más pero las dificultades económicas, la desatada violencia antisemita de la ultraderecha y el descontento de los beneficiarios de la reforma agraria, abrieron paso al Partido Nacional Campesino. En noviembre de 1928, por orden del Consejo de Regencia, Maniu formó gobierno y convocó unas elecciones que ganaría casi con un 78 % de los votos. Gracias a ello, Maniu puso en marcha un ambicioso programa de reformas que incluía la descentralización administrativa, ayudas oficiales para los campesinos endeudados – que evitaban así comprometerse con bancos y acreedores - o la liberalización del suelo sometido a reforma agraria, medida que consiguió consolidar una capa de agricultores medios, base del partido, aunque obligó a proletarizarse a los pequeños propietarios endeudados. Cuando la crisis se agudizó en 1929, estos pequeños campesinos formaron la base de la derecha más radical.

Cielo de Bucarest

Cielo de Bucarest

De los antológicos barullos de cables que cuelgan por todo Bucarest, sin duda el de la esquina de Piaţa Victoriei con Nicolae Titulescu es uno de los más espectaculares.

El Edificio ARO, otro triste símbolo del maltrato arquitectónico de Bucarest

El Edificio ARO, otro triste símbolo del maltrato arquitectónico de Bucarest

El Edificio ARO, diseñado por el arquitecto Horia Creangă en 1929 en respuesta a un pedido de la sociedad aseguradora Asigurarea Româneasca, fue la primera de una serie de estructuras arquitectónicas modernas que cambiaron la escala de los edificios del centro e influyeron profundamente en el carácter de las construcciones que la seguirían en el eje norte-sur de Bucarest. A continuación, diseño original del edificio ARO.

Proyecto ARO

Con una obra mayor, Horia Creangă encontró una respuesta a los múltiples desafíos que le planteaban un emplazamiento que debía jugar un papel importantísimo en el desarrollo ulterior de la ciudad. Aunque debido al maltrato que ha sufrido el edificio hoy es difícil deducirlo, el edificio ARO ilustra claramente el concepto moderno de desarrollo urbano integrado en el que las funciones de acceso público (pasaje cubierto, esquina cuadrada libre para una sala de cine para 1.200 espectadores, tiendas) conviven con viviendas y oficinas en una solución simplificada exenta de ornamentación.

Edificio ARO 2

La composición general de este edificio combina, en una imagen dinámica, un ala frente al bulevar con siete pisos de altura y líneas continuas de ventanas horizontales y una maciza torre esquinera que actúa como elemento de transición hacia el ala inferior de la construcción, de 4 pisos de altura, en a la calle Verona, donde los edificios vecinos son de menor altura.

Comparado con otros edificios contemporáneos de estilo Art Déco, como el Palacio de Teléfonos o los hoteles de la calle Câmpineanu, construidos en el mismo período, el edificio ARO es una muestra de la aceptación de los empresarios y las clases acomodadas bucarestinas a las nuevas tendencias en el lenguaje arquitectónico que serán las que modelen las construcciones levantadas en el último decenio antebélico.  

ARO y Simu

A modo de curiosidad, frente al edificio ARO se levantaba el museo Simu (imagen anterior, tomada de la excelente página sobre Bucarest, http://art-historia.blogspot.com), un edificio construido en 1910 con forma de templo clásico que albergaba la colección de arte particular - aunque abierta al público - del académico y doctor en Ciencias Políticas Anastase Simu. En 1964, el museo Simu fue demolido pues, según las autoridades comunistas, no armonizaba con los nuevos bloques construidos a su alrededor, aunque algunos dicen que lo derribaron por su relación con la masonería rumana, otro de los caballos de batalla de cualquier totalitarismo europeo de la época.

 

Trăiască Regele!

Un 10 de mayo de 1866 llegaba a Bucarest el nuevo príncipe de Rumanía, Carol I de Hohenzollern Sigmaringen, donde según la tradición fue recibido con unas muestras de pan y sal. 11 años después, un 10 de mayo de 1877, Carol I proclamó la independencia de Rumanía y se puso al frente del ejército para luchar contra el Imperio Otomano junto a los rusos.

Cuando en 1880 la comunidad internacional reconoció a Rumanía como un estado independiente, el 10 de mayo fue proclamado como Día Nacional de Rumanía. Tras la caída de la Monarquía, algo después de la Segunda Guerra Mundial, el 10 de mayo se consideró como el Día de la Monarquía Rumana y así sigue.

Los monárquicos hoy saludan con un Trăiască Regele! (o lo que es lo mismo, ¡Viva el Rey!) – así me han saludado hoy al entrar en la oficina – y recuerdan con nostalgia los tiempos en que Rumanía era un reino respetado en Europa (especialmente, bajo los gobiernos de Carol I, Ferdinand I y Mihai I, pues a Carol II prefieren obviarlo).

Entre 1866 y 1947, Trăiască Regele! fue el título del himno del Principado y después del Reino de Rumanía. Su música fue compuesta en 1862 por un capitán del ejército de origen germano llamado Eduard Hübsch y la letra fue obra del poeta rumano Vasile Alecsandri de modo que, a partir de 1881, los rumanos pudieron cantar su himno.

Petrecerea de moţ o sobre cuándo y cómo cortar el pelo a un bebé

Petrecerea de moţ o sobre cuándo y cómo cortar el pelo a un bebé

A raíz de una conversación de café en la oficina sobre lo largo que tiene el pelo Pablito y la necesidad de cortárselo antes de que parezca un hippy, nuestras colegas nos han explicado el ritual que rodea en Rumanía al primer corte de pelo.

Al parecer, a los bebes no se les corta el pelo hasta que cumplen un año. En el día de su aniversario, se celebra la llamada petrecerea de moţ durante la cual los padrinos llevan ropa o juguetes a los niños. Por razones de feminidad, las niñas suelen librarse del rapado, sin embargo, los niños son colocados en una silla bajo la que se dispone una jofaina con agua – nadie ha sabido explicarme su significado -, la madrina ata con una cinta el mechón de pelo que va a ser cercenado, pasa la greña por un anillo y finalmente la corta. Se toma entonces la mata, se pega empleando cera de la vela de bautizo a una moneda de plata y se guarda.

Después del corte, se coloca frente al niño o la niña – en esta parte de la ceremonia sí participan ambos – una bandeja con todo tipo de objetos: dinero, las llaves de un coche o una casa, un libro, alguna joya, una calculadora, un bolígrafo, una aguja (sólo si es niña) e incluso un cigarro. El crío escoge entonces el objeto que más le llama la atención y, dependiendo de lo que haya escogido, se prevé su futuro. Así, por ejemplo, si escoge el dinero, las joyas o las llaves, se dice que será rico, si agarra la calculadora, que trabajará de contable, si toma el libro o el bolígrafo, que le gustará estudiar y escribir, si pilla el cigarro será fumador y si toma la aguja, costurera. Cada familia pone los objetos que se le ocurren en la bandeja, así que cada una establece sus propias predicciones.

Como toda fiesta que se precie, el asunto termina con un buen ágape familiar durante el que se celebra el primer año de vida del infante.

Marcel Iancu, pionero del movimiento moderno en Rumanía

Marcel Iancu, pionero del movimiento moderno en Rumanía

El más grande intérprete de la correlación entre la innovación arquitectónica y las artes plásticas que supuso el movimiento moderno en Rumanía fue, sin lugar a dudas, el pintor y arquitecto Marcel Incu (1895 – 1984). Iancu estudió en Zurich, donde entró en contacto con los primeros movimientos del vanguardismo europeo, contribuyendo poco después a la fundación del movimiento Dada y participando en el Cabaret Voltaire de actuaciones dadaístas junto a Tristan Tzara y Hans Arp. Tras su retorno a Rumanía en 1921, Iancu desarrolló una intensa actividad para la difusión de las ideas modernas y participó en las principales exposiciones del vanguardismo rumano que tuvieron lugar en el Palacio de las Artes de Bucarest.

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A través de sus investigaciones y proyectos que aparecieron en las páginas de la revista de arte Contimporanul (a continuación, imagen de la portada del número 53 de la revista, publicado en 1925) y de los edificios que diseñó y construyó, Iancu estableció los inicios del Movimiento Moderno en Rumanía. Destacó, además, por su desarrollo, con igual intensidad, de sus obras arquitectónicas y pictóricas; de hecho, en casi todos sus trabajos, Iancu ensayó una síntesis con las artes plásticas a través de fachadas policromáticas o mediante originales obras de interiorismo.

Contimporanul

A partir de la segunda mitad de los años 20 y empezando con varios proyectos de residencias unifamiliares, Iancu trazó los primeros trabajos completos del Movimiento Moderno en Bucarest. Entre ellos estaba la Casa de la Calle Trinitatii (1926), la Villa Fuchs (1927) – imagen, a continuación -, la Villa Wexler (1931), la Villa Chihaescu (1931) y la Villa Reich (1936).

Villa Fuchs

Las dos primeras casas fueron el manifiesto de Iancu y la Villa Fuchs, más madura y articulada, formal y funcionalmente, inauguró una serie de cajas blancas fuertemente caracterizadas por el juego de salientes y volúmenes entrantes y por el contraste entre las líneas verticales y horizontales. El grupo sustancial de villas de esas fechas muestra cómo la estética radical de Iancu – basada en el principio de los cinco puntos de Le Corbusier – caló profundamente entre los miembros acomodados de la sociedad bucarestina. En el resultado funcional y estético de los edificios de Iancu de esa época destacan los tejados planos, las ventanas esquineras, los pisos de planta abierta, las terrazas-veranda, las ventanas del tamaño de toda la fachada que dan luz a la escalera interior, los garajes en la planta y, en general, las conexiones íntimas entre los espacios internos y externos.

Estudio volumétrico

Los espacios interiores fueron tratados con el mismo detalle que los exteriores; los elementos más utilizados fueron las puertas correderas, los muros de cristal pavés y los salones de dos plantas. Durante su trabajo en Rumanía, entre 1922 y 1941, Iancu realizó también unos 40 edificios no residenciales (a continuación, ejemplo de villa y cine diseñado en 1925 para un municipio en las montañas Bucegi).

Villa y cine

A principios de los años 40, en un ambiente de violencia fascista contra los judíos, Iancu emigró a Israel, donde renovó su estética y trabajó como profesor; en 1948  creó el la sociedad de creación artística Nuevo Horizonte y en 1967 recibió el Gran Premio Nacional de Israel. A pesar de su exilio, el activismo de Iancu y la ejemplaridad de sus trabajos influyeron enormemente en la siguiente generación de arquitectos rumanos y en su adhesión a los principios de la modernidad.

 

Barbería Gentlemen's

Barbería Gentlemen's

Cuando te cambias de ciudad, uno de los retos más complejos a los que te enfrentas es el de encontrar una peluquería que sepan cortarte el pelo de tal manera que, al terminar, no te quede cara de idiota (por el precio, por el aspecto o por ambos).

Durante todo este tiempo y tras algunas pruebas fallidas, me he cortado el pelo en la misma peluquería de un centro comercial y el resultado siempre ha sido más o menos aceptable, aunque una vez en casa debía darme algún retoque para evitar un flequillo algo extravagante, al perecer muy de moda por estos lares.

Pero esta semana, por fin, he encontrado mi peluquería de cabecera. Se trata de la Barbería Gentlemen’s (Str. George Enescu, 9, muy cerca del Hotel Radisson), un local espacioso, de aspecto clásico, con peluqueros trajeados y amables que, además, no te intentan dar conversación mientras te cortan el pelo.

No se puede ir con prisas a Gentlemen’s pues los típicos 15 minutos de cualquier peluquería se transforman aquí en algo más de una hora cuando cortar el pelo y arreglar la barba se convierten en un oficio artístico. El tiempo se ralentiza en esta sala donde el fígaro pone todo su empeño en conseguir un corte perfecto en el que cada pelo esté en su lugar, sin estridencias. No escatima minutos en su arte y pasa y repasa cada zona hasta la perfección. Lo mismo ocurre con la barba, aplacada con una toalla caliente sobre la cara, enjabonada con brocha, rasurada a navaja y trabajada hasta obtener una simetría indiscutible.

El ritual del corte no termina sin un buen lavado de pelo, culminado con una loción capilar refrescante y un masaje craneal realizado con un extraño aparato vibrador. También la cara recibe su generosa ración de bálsamo hidratante y cremas varias para evitar la irritación causada por el acero.

Tras esta sesión de onanismo capilar, la dolorosa sólo asciende a 70 RON (unos 17 €), es decir, que encima está bien de precio.