Facebook Twitter Google +1     Admin

¡Edificio sobre ruedas!

20160208221516-160208-bloc-mutat-pe-ro-355-i-pe-vremea-lui-ceau-351-escu.jpg

En 1987, sólo dos años antes de que la Revolución acabase con el régimen comunista, tuvo lugar en Alba Iulia una proeza urbanística que dejó con la boca abierta a quienes tuvieron la suerte de presenciarla.

Las autoridades comunistas decidieron convertir el Bulevar de Transilvania en una gran avenida, sin embargo, sus planes se toparon con el Bloque A2, un edificio de 100 metros de longitud, 17 metros de altura, 12 metros de anchura y de 7.600 toneladas de peso que albergaba a más de 80 familias y se levantaba en medio de lo que debía ser tan importante y central arteria urbana.

Ante el frenesí demoledor del régimen, un ingeniero llamado Eugen Iordăchescu, del Instituto Proiect București, que a lo largo de su carrera se destacó por salvar 29 edificios de la piqueta - incluyendo 13 iglesias y monasterios -, propuso una original solución para evitar la destrucción del inmueble. Iordăchescu dividió el edificio en dos estructuras iguales, apoyó cada una de ellas sobre una gran plataforma de hormigón, dotada de ruedas, que debía trasladarse sobre rieles empujada por dispositivos hidráulicos.

El extraordinario viaje duró 5 horas y 40 minutos y se produjo ante la atónita mirada de los residentes de la ciudad. Aunque pueda parecer increíble, sólo se obligó a desalojar a las familias de la planta baja del edificio por lo que algunas prefirieron contemplarlo desde sus balcones en movimiento. Cuando terminó el paseo, sin incidente alguno, los dos cuerpos del edificio quedaron separados 56 metros y se liberó definitivamente el espacio que hoy se abre, en forma de gran bulevar, frente al Parque de la Unión, en el corazón de Alba Iulia. 

08/02/2016 22:15 legiovhispana #. Historia Hay 2 comentarios.

Bucarestinos: nuevo rumbo

Queridos lectores,

Como habréis podido comprobar, en los últimos meses Bucarestinos ha mantenido un pertinaz silencio. Las razones han sido varias: el traslado a España de la familia, el ajetreo del regreso, varios cambios laborales y un proceso de readaptación que, aunque parezca sencillo, ha tenido sus vicisitudes.

Durante todos estos años, Bucarestinos ha tratado de relatar la vida de los Basté Pla en Rumania aunque, poco a poco, su contenido se ha ido enriqueciendo con entradas sobre la extrañamente seductora Bucarest, la fascinante y desconocida historia de Rumania, sus rincones más atractivos o su tumultuosa política, las costumbres y tradiciones del pueblo rumano o su tentadora gastronomía, entre tantos otros asuntos.  

Regresados a España, nuestra vida ha perdido interés, sin embargo, he decidido mantener vivo Bucarestinos, precisamente, para seguir explicando Rumania a mis pacientes lectores y a todo curioso recién llegado. La tarea es necesaria, pues el desconocimiento, la mala prensa y algunos prejuicios tratan sin descanso de arrinconar caprichosamente a Rumania y sus habitantes pero, en mi caso particular, me la impongo como deber, en agradecimiento a los felicísimos años que hemos pasado allí.

Esperando reencontraros por aquí, os envía un saludo,

Carlos

 

Bobotează

20160110195056-160110-boboteza-2.jpg

Los cristianos celebramos el día 6 de enero como la Epifanía del Señor, sin embargo, mientras los católicos recuerdan la adoración de los Reyes Magos, los ortodoxos conmemoran el bautismo de Jesús en el río Jordán. Los rumanos llaman a esta fiesta Bobotează, Arătarea Domnului o Epifania, palabra de origen griego que significa presentación, descubrimiento o revelación.

En este día, los sacerdotes ortodoxos consagran el agua ya que, junto al resto de creyentes, afirman que el agua de la Epifanía tiene poderes especiales, otorgados directamente por el Espíritu Santo, que impiden que nunca se corrompa. Existe además la costumbre de que el sacerdote lance una cruz a un curso de agua helada, tras la cual se lanzan los más valientes para recuperarla, pues el nadador que lo consiga recibirá una bendición especial del sacerdote y gozará por ello de protección divina durante todo el año que apenas empieza.

Se dice también que en la noche del 6 de enero, las jovencitas pueden soñar con su futuro marido por lo que, para conseguirlo, se atan una cinta de seda en el anular y colocan una ramita de albahaca bajo la almohada. En un sentido parecido, la tradición afirma que aquella que tenga la fortuna de resbalar en el hielo durante la Bobotează, encontrará esposo antes de finalizar el año.

El día de la Epifanía no debe lavarse la ropa, están prohibidas las peleas caseras y no se hacen préstamos.

Encabezando esta entrada, una imagen de entreguerras de la ceremonia de recuperación de la cruz.

Creencias y supersticiones rumanas sobre... Iconos

20160107175512-jose-maramures2.jpg

Los iconos son elementos ineludibles en la sociedad rumana.

La mayor parte de las casas rumanas tienen, al menos, un icono colocado en algún espacio más o menos destacado, aunque algunas atesoran decenas de iconos distribuidos por las habitaciones, cocina incluida. A pesar de ello, estas imágenes religiosas pueden también encontrarse en bancos, en las oficinas de correos, sobre escritorios de trabajo, en intersecciones de carreteras o colgando del espejo retrovisor de un taxista además, lógicamente, de en las iglesias, que es su lugar natural.

Como no podía ser de otro modo, un elemento tan omnipresente tiene asociados multitud de creencias y supersticiones. De este modo, por ejemplo, estropear un icono supone una gran desgracia y una señal de mal agüero que, para ser evitado, debe responderse lanzando la maltrecha imagen a un curso de agua corriente.

Si la madera de un icono cruje o si cae por si solo de la pared, sin motivo aparente, señala una muerte cercana. Por otro lado, si un icono se parte, indica la peor de las suertes para los habitantes de la casa.

Muchos mendigos piden en las calles rumanas con un icono en la mano pues, según la tradición, es una manifestación de buena suerte, tanto para ellos como para quien demuestra su caridad con ellos.

De acuerdo con las costumbres funerarias rumanas, durante el velatorio de un cadáver se debe colocar un icono sobre su pecho para contener el alma del difunto durante los siguientes cuarenta días.

Pero estas imágenes no sólo se relacionan con la buena o mala suerte de sus propietarios, también pueden prever el tiempo, ya que cuando un icono milagroso tiene pequeñas gotas de agua en su superficie, revela que se acerca una tormenta.

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (y II)

20160105100340-321px-dacia-literara.jpg

Frente a la idea de nación originada en Francia, surgió en Alemania otro tipo de ideología nacionalista distinta, de origen básicamente cultural, que rápidamente entroncó con los ideales románticos y que sólo pasado un tiempo se vincularía a la política. El más destacado pensador de este nuevo nacionalismo fue el filósofo alemán Johann G. Herder que, en su obra titulada Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad (1784 – 1791), esbozó una teoría de la nación como un organismo vivo resultado de la herencia común de una raza que compartía lengua e historia.

Las ideas románticas de Herder calaron en el pensamiento nacionalista de Europa central y oriental y los Principados rumanos no fueron una excepción, de hecho, la nación rumana se definió, según el modelo germano, por su origen común (romano, dacio o dacio-romano), por su lengua latina en el seno de un océano eslavo, por su historia compartida, por una espiritualidad específica[1].

Los primeros brotes de construcción de una conciencia nacional rumana habían aparecido a mediados del siglo XVIII, de manos de la Iglesia Uniata de Transilvania - vinculada a Austria y enfrentada a los magnates húngaros - y de un grupo de intelectuales integrantes de la Escuela de  Transilvania (Petru Maior, Samuil Micu-Klein y Georghe Sincai). Estos intelectuales de credo uniata y educados en Viena, realizaron una labor historiográfica y lingüística que sentó las bases del nacionalismo rumano, reflejado en el contenido del Supplex Libellus Vallachorum, un memorando enviado a Leopoldo II en 1791 en el que se pedían los mismos derechos para los rumanos que para el resto de minorías transilvanas y una representación en la Dieta.

Progresivamente, el nacionalismo rumano reelaboró sus mitos fundacionales para adaptarlos al organismo nacional que se pretendía fundar y encontró en el viejo reino de Dacia el mejor símbolo para representar el espacio rumano, especialmente en un momento en el que el nombre de Rumania todavía no existía.

A partir de entonces, el término Dacia apareció con frecuencia para definir el territorio completo habitado por rumanos y, por ejemplo, publicaciones como Dacia litterară, Magazin istoric pentru Dacia o Dacia viitoare representaron un programa completo político-nacional y de construcción de un imaginario común. Paralelamente, los escritos históricos desarrollados en los años 30 y 40 y, sobre todo, la conformación del mito de Miguel el Valiente, como unificador de los tres Principados a principios del siglo XVII, ilustran también muy bien los cambios ocurridos en la conciencia del pueblo rumano y sus preocupaciones por la unidad nacional.

De este modo, tal y como describió Benedict Anderson, el nacionalismo rumano de mediados del siglo XIX se articuló en torno a este sentimiento compartido a pesar de que, en contra de las tesis de Ernest Gellner, el capitalismo no se había desarrollado como en otros lugares de Europa, que la industrialización era prácticamente inexistente – la revolución industrial en Rumania no tomó forma hasta 1890 - y que la urbanización fuese muy escasa[2].

Desde principios del siglo XIX, en los Principados danubianos, la idea de nación conoció una transformación significativa respecto a la del siglo anterior y empezó a tomar formas más modernas. La vieja concepción de la nación, basada en los privilegios, que situaba a los boyardos por encima de cualquier otra clase social y garantizaba su influencia política y social, dio paso a una idea nacional más étnica que incluía a todas las clases sociales, también a los asalariados y a los campesinos. Bajo la influencia del romanticismo y de una idea más moderna de nación, los intelectuales del momento alumbraron un nuevo aprecio sobre la vida rural y el folclore, que dejó de ser juzgado según los criterios de la Ilustración (verdad y razón) y pasó a ser aceptado como manifestación de un modo de vida distinto.

Asimismo, los intelectuales empezaron a considerar la lengua rumana desde su nueva perspectiva sobre la idea de nación. El final del régimen fanariota y el declive de la lengua griega como lengua de la administración y la cultura, así como el rápido crecimiento de la importancia de la lengua rumana, estimularon su interés teórico por la lengua nacional. En los años 20, se produjo un intenso debate sobre la posibilidad de que la lengua rumana se convirtiese en el vehículo de una cultura refinada pero, después de 1830, el vigor del sentimiento nacionalista lo silenció totalmente. La principal preocupación de personalidades culturales como Ion Heliade Rădulescu o Costache Negruzzi fue, no tanto descubrir el origen del rumano - cuya latinidad romana no estaba en discusión -, como revelar su espíritu. Escritores y académicos buscaban por igual el carácter específico y los rasgos particulares de la lengua rumana, con el objetivo de modernizar su sintaxis y ampliar su vocabulario. En la base de todos estos esfuerzos se hallaba la idea que la lengua no era una simple convención sino la expresión de las características del espíritu nacional rumano.   



[1] De hecho, según este concepto, sajones y magiares de Transilvania, cuyo origen y lengua eran distintos a los de los rumanos, difícilmente podían ser considerados como pertenecientes a la nación, postura que todavía pervive en la actualidad en algunos sectores de la sociedad rumana, encabezados por la Iglesia ortodoxa.

[2] Hacia 1900, después de un período de desarrollo relativo del sector urbano rumano, más del 81 % de la población de Rumania habitaba todavía en el ámbito rural.

05/01/2016 10:11 legiovhispana #. Historia Hay 1 comentario.

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (I)

20150607192916-fig.-1-negustori-si-boieri-de-rang-inferior-la-1825.jpg

Hace un tiempo, escribí una serie de entradas, tituladas La forja de la nación rumana, en las que realicé un sucinto repaso a los hechos históricos que, a partir del siglo XVIII, desembocaron en la unificación de los Principados de Valaquia y Moldavia. En aquellas entradas, me limité a describir los acontecimientos que se sucedieron hasta la creación de Rumania, sin embargo, a continuación pretendo indagar en los fundamentos ideológicos del movimiento nacionalista rumano y en sus coincidencias y discrepancias con las ideas de la Ilustración y del nacionalismo europeo.

Mientras en el resto de Europa se extendían las ideas de la Ilustración, los intelectuales de los Principados rumanos del siglo XVIII, mayoritariamente pertenecientes a la nobleza boyarda y al alto clero, mostraron escaso interés por las teorías abstractas de reforma política y social, pues su principal preocupación, de carácter mucho más práctico, fue cómo evitar la constante amenaza de dominación política y cultural extranjera.

A pesar de todo, un pequeño número de eruditos, boyardos de segunda y tercera categoría - encabezando esta entrada, una imagen de boyardos de rango inferior y comerciantes rumanos hacia 1825 -, personalidades públicas y algunos miembros del clero y de una incipiente burguesía empezaron a abordar críticamente la realidad social e institucional de los Principados desde una perspectiva constructiva, basada en el autoconocimiento, en la razón y en el bien común, sembrando la primera semilla de la conciencia nacional rumana. Surgieron así críticas a las grandes familias de boyardos por su incapacidad para afrontar problemas económicos, por su ineficacia en el gobierno y por su negativa a compartir el poder. Tampoco el alto clero se vio libre de invectivas, siendo acusado de voracidad fiscal y de colaborar con los fanariotas impuestos desde Estambul. A pesar de todo, los mayores ataques fueron dirigidos contra la soberanía otomana y la administración fanariota, a las que se culpaba del declive de los Principados. Es interesante subrayar que ninguna de las críticas llegó tan lejos como para exigir la desaparición de los boyardos o la sustitución de los paradigmas propios de la iglesia tradicional por la supremacía de la razón.

Boyardos y alto clero estaban imbuidos de un conservadurismo ilustrado basado en la razón, el conocimiento y el orden establecido por lo que, en estas circunstancias, es fácil comprender por qué la Revolución Francesa tuvo pocos apoyos en los Principados. Aunque el principio de soberanía nacional, inspirado por Rousseau, obtuvo un apoyo inicial entre los boyardos por oposición a la soberanía turca, el radical programa político y social desarrollado por los republicanos franceses les causó un profundo temor, de modo que las ideas de igualdad política y equidad económica gozaron de muy poca popularidad. Por otro lado, la burguesía rumana carecía de la fuerza numérica y de la cohesión suficiente para desarrollar una política de interés común, ejercer de contrapeso al poder aristocrático o implementar un programa político-económico de corte liberal.

La mayoría de los pensadores políticos rumanos reconocían el contrato social como origen de la sociedad civil pero no aceptaban que todos sus miembros tuvieran que ser iguales y argumentaban que los boyardos debían ser la única fuerza política dirigente. En consecuencia, la monarquía era la forma más adecuada de gobierno de los Principados. En este sentido, los boyardos se dividieron entre los admiradores del absolutismo ilustrado de Catalina II de Rusia, los que apoyaban una monarquía constitucional con poderes limitados para el hospodar y un grupo reducido de boyardos que defendía la república, aunque organizada como una oligarquía aristocrática.

07/06/2015 19:29 legiovhispana #. Historia No hay comentarios. Comentar.

Sezession transilvana (II)

Tras el Ausgleich de 1867, Hungría adquirió una autonomía igual a la austríaca en el seno de la Monarquía Dual, aunque su posición siguió siendo ambigua, tanto política (la capital se situaba en Viena y el emperador era austro-germano) como culturalmente (la lengua oficial era el alemán y la cultura húngara se sintió amenazada por la hegemonía de Austria). En respuesta a esta situación, las élites húngaras buscaron reafirmar su identidad nacional y los artistas se esforzaron en crear obras que reflejasen aquello que distinguía a Hungría en oposición a las tendencias vienesas contemporáneas.

En 1896, Hungría celebró los 1.000 años del asentamiento del pueblo magiar inaugurando la Exhibición del Milenio en el parque más grande de Budapest. El más importante de los edificios de la exposición, conocido como Castillo Vajdahunyad, diseñado por Ignác Alpár – inicialmente construido con materiales perecederos y, 10 años después, con materiales definitivos – se convirtió en un compendio de la arquitectura tradicional húngara. Por su parte, el arquitecto Lechner Ödön, uno de los más renombrados de su tiempo, que diseño para la misma exposición el Museo-escuela de Artes aplicadas (Iparművészeti Múzeum), trabajó con el objetivo de crear un estilo nacional inspirado en el Art Nouveau y en sus referencias orientalistas pues, de hecho, Ödön creía que la singularidad húngara residía, especialmente, en sus raíces asiáticas.