¡Dios nos pille confesados!

La picardía de Matilda ha sido siempre una de sus más evidentes características, aunque ayer alcanzó uno de sus momentos más culminantes.
Desde hace semanas, Matilda nos habla de su inseparable amigo Vlad con el que, entre otras muchas cosas, comparte su nueva afición por Tom y Jerry. Se han acabado los aspavientos por tener que ir al colegio pues sabe que allí la espera Vlad.
Pero, ¡ay!, Vlad no está apuntado a las clases semanales de natación por lo que ayer Matilda tenía de abandonar sus juegos durante un par de horas, así que cuando llegó el momento de ir a natación, Matilda le dijo con fingido desconsuelo a Miss Aurora que se había olvidado el bañador. Crédula, la maestra no dudó de la palabra de Matilda ni se le ocurrió mirar en su mochila, así que la enana se quedó jugando con su amigo mientras Claudio y Sofía se fueron a la piscina.
El plan había salido de maravilla, aunque Matilda no contó con que sus hermanos le preguntasen a mamá por qué su hermana no había ido de natación. Preguntada por su ausencia en natación, respondió:
- Te vas a enfadar…
No tardó en confesar su trastada, por lo que como penitencia se ha quedado sin asistir a la fiesta de cumpleaños de otra de sus amigas del colegio, el próximo domingo.
¡No esperaba que empezasen tan pronto este tipo de mentirijillas! Se ha abierto un nuevo capítulo familiar de inesperadas consecuencias.
¡Atención, niño devorador suelto!

Últimamente, a Pablo las papillas le saben a poco. Convertido en un bípedo veloz, su línea horizontal de ha elevado considerablemente, así que ya alcanza, por ejemplo, a coger una galleta de mantequilla de su correspondiente caja, olvidada sobre la mesa de la cocina, y a huir rápidamente para devorarla sin armar demasiado escándalo (aunque, a veces, el ansia le traiciona y se atraganta). A partir de ahora, corren peligro de rotura o de desaparición definitiva bajo un sofá los teléfonos móviles, vasos y platos colocados en los bordes de una mesa, fotografías enmarcadas, mandos a distancia, llaves, etc.
Cuando los adultos comemos, Pablo se acerca al borde de la mesa, se asoma y llama la atención con algún tatatata, un aiaiaiaia o con una sonrisa arrebatadora que parece decir: “Sabes perfectamente por qué estoy aquí”. Así que siempre se lleva a la boca un trozo de jamón dulce, mortadela, pan o unos granos de arroz. Ayer mismo, tras la papilla de verduras nocturna, se zampó una pequeña tortilla como si tal cosa.
Con tanta energía, no es de extrañar que no pare de caminar en todo el día y que eche la mayor parte de sus horas en el jardín, entrando y saliendo de la casita de sus hermanos, lanzándose por el tobogán o explorando hasta el último rincón. Tanta actividad le pasa una factura de once horas de sueño seguidas, cosa que sus padres agradecemos profundamente.
El comercio catalano-aragonés en el Mar Negro durante los siglos XIII y XIV

Tras la muerte de Pedro II en la batalla de Muret (1213), el reino de Aragón abandonó su política de influencia en el sur de Francia y se orientó hacia el Mediterráneo. A partir de la segunda mitad del siglo XIII, durante el reinado de Jaime I de Aragón (1213 – 1276), tras las conquistas en Valencia y Baleares, el Mediterráneo se convirtió en una nueva vía de expansión para los catalano-aragoneses, situación reforzada por el desarrollo comercial de Cataluña gracias a una incipiente burguesía.
El primer paso en este sentido, la ocupación de Sicilia, lo dio en 1282 el sucesor de Jaime I, el rey Pedro III de Aragón (1276 – 1285). Casado con la heredera de Manfredo I de Sicilia, Constanza de Hohenstaufen, reclamó el trono de la isla frente al rey coronado por el papa, Carlos I de Anjou, vasallo además del Pontífice. Tras un breve conflicto, Pedro III consiguió ser coronado rey de Sicilia lo que inmediatamente lo enfrentó a la Santa Sede y el rey de Francia e incluso provocó un fracasado intento de invasión del principado de Cataluña en forma de cruzada. Más tarde, añadió a sus territorios las islas de Córcega y Cerdeña. Desde bases tan potentes en el Mediterráneo occidental, los comerciantes catalano-aragoneses iniciaron su expansión hacia Oriente.
Los primeros asientos comerciales occidentales en el Mar Negro no fueron establecidos por genoveses y venecianos hasta principios del siglo XIII, pues el Imperio Bizantino había controlado celosamente la región hasta ese momento. Tras la Cuarta Cruzada, auspiciada por Venecia y que culminó con la primera toma de Constantinopla (1204), el gobierno latino de Bizancio permitió el establecimiento de bases comerciales en el Mar Negro, beneficiando especialmente a Venecia. La ayuda genovesa para la recuperación de Constantinopla en 1261 cambió la política proveneciana por otra progenovesa. Sea como fuere, con bastantes dificultades debido a la presencia de los mongoles, se instalaron varias bases comerciales de ambas ciudades en la costa del Mar Negro, aunque hasta 1315 no existió un comercio completamente asentado en la zona.
Una de las primeras naves catalanas que surcaron el Mar Negro fue la San Julià, comandada por Bartomeu de Llovell, en 1289. Cabe decir que los catalano-aragoneses no crearon sus propias centros comerciales pero emplearon, sobre todo, los fundados por los genoveses. Los comerciantes eran principalmente barceloneses o mallorquines y comerciaban con vino, joyas y esclavos asiáticos aunque, al cancelarse el comercio de esclavos, el interés por la zona decayó pues los productos podían encontrarse y venderse en mercados más cercanos.
Algunas bases se instalaron en el bajo Danubio para comerciar con productos locales. En estas centros y en otros del Mar Negro se instalaron comerciantes de la Corona de Aragón, Montpellier y Provenza, donde se creó una cierta organización político-económica. Detrás de los mercaderes llegaron también grupos de religiosos, varios médicos e incluso algún embajador enviado por la corona de Aragón. A pesar de todo, no es posible afirmar que la llegada de catalanes y mallorquines al Mar Negro fue la respuesta a una deliberada política real sino sólo el producto de iniciativas particulares.
La etapa de máximo esplendor del comercio occidental en el Mar Negro se extendió en 1313 y 1343, durante la llamada Pax Mongólica, permitiendo la tranquilidad en las rutas comerciales entre China y el norte del Mar Negro. La presencia catalana en la zona terminó cuando los tártaros de Tamerlán aparecieron en escena, a finales del siglo XIV.
No tiene precio

Encontrar este dibujo sobre la almohada, cuando llegas a casa después de cuatro días fuera, separado de los niños...
¡No tiene precio!
Denticidio

Espero que el Ratoncito Pérez no se haya ido demasiado lejos pues hoy Sofía ha perdido su segundo incisivo.
La caída ha ocurrido en la escuela, mientras Sofía comía, y nadie ha encontrado la prueba del delito, sólo un hueco inesperado junto al que ya existía desde hace unos días.
Veremos qué ocurre esta noche, aunque mientras escribo me ha parecido ver merodear un roedor en el jardín de casa, cargado con un pequeña mochila de regalitos.
Por cierto, el Ratoncito Pérez, al que en Rumanía llaman Zâna Măseluţă - aunque se trata de un hada, no de un ratón -, es un personaje de un cuento infantil que el padre jesuita, Luis Coloma, inventó para el rey Alfonso XIII cuando tenía unos 8 años, hacia 1894. El padre Coloma le explicó al pequeño Alfonso la historia de un rey llamado Budy I – nombre con el que la reina María Cristina se refería cariñosamente a su hijo – que, tras caérsele un diente, lo puso debajo de la almohada y recibió un regalo a cambio de parte de un ratón llamado Pérez. El ratón, zafándose cada noche de los malvados gatos, acudía así a las habitaciones de todos los niños que perdían un diente, incluso a las de los niños de las familias más pobres, ficción que empleó el padre Coloma para hablarle al futuro rey de las penurias que pasaban muchos de sus futuros súbditos.
Curiosamente, el jesuita situó la casa del famoso Ratoncito Pérez en la confitería Prats, un lugar real situado en el número 8 de la calle del Arenal, a unos cien metros del Palacio Real. Por este motivo, el Ayuntamiento de Madrid colocó hace unos años una placa conmemorativa en ese lugar, en honor al ratón mágico.
Primeros pasos (y II)
Hace casi cuatros años filmé en el jardín nuestra casa en Bucarest los primeros pasos de Claudio. Fue un momento emocionante que, en aquel momento, pensé que nunca se repetiría.
¡Qué equivocado estaba y cuánto me alegro de ello!
Hoy, Pablo ha repetido la hazaña de su hermano mayor, en el mismo lugar, aunque unos años después.
Hispanos en la conquista de Dacia

Entre el 84 y el 44 a.C., el rey dacio Burebista había creado un imperio que, con los Cárpatos como espina dorsal, incluía Transilvania, Banato, Oltenia y el centro y sur de Moldavia. Hasta tal punto era un reino poderoso que, durante la guerra civil que se desató entre Pompeyo y César por el control de la República Romana, el primero buscó infructuosamente el apoyo del rey dacio. Cuando Burebista cayó asesinado en 44 a.C. debido a un complot de la aristocracia tribal dacia opuesta a su poder, el reino dacio se dividió y su poder se eclipsó.
En el año 85, un caudillo denominado Dirpaneo consiguió consolidar de nuevo el poder dacio alrededor de la ciudad de Sarmizegetusa y, mediante un ejército reorganizado, empezó a atacar la fortificada Mesia romana, provincia situada en el norte de Bulgaria y noreste de Serbia. Como respuesta, en el año 87, el emperador Domiciano envió contra los dacios un ejército que, tras sufrir una hábil emboscada, fue diezmado frente a la ciudad dacia de Tapae. Tras esta victoria, Dirpaneo cambió su nombre por otro habitual entre los guerreros dacios, Decébalo, cuyo significado era "Fuerte como diez (hombres)". Decidido por la victoria, en el año 89, Decébalo pactó con los germanos atacar la frontera romana a la altura del Rin, por lo que Domiciano se vio obligado a pactar una humillante paz con él a cambio de un tributo y del envío de un equipo de arquitectos e ingenieros romanos que deberían embellecer Sarmizegetusa.
Cuando, en el año 98, Trajano ascendió al trono imperial, la política contemporizadora de Roma con los dacios llegó a su fin. El emperador César Marco Ulpio Nerva Trajano Augusto había nacido en Itálica (Santiponce), junto a la actual Sevilla, el 18 de septiembre de 53 y gobernaría el Imperio Romano desde el año 98 hasta su muerte en 117, siendo el primer emperador de origen no itálico y el primero de la dinastía Antonina.
Trajano desarrolló dos campañas en Dacia que le permitieron derrotar totalmente a los dacios y conquistar su reino. En la 1ª guerra de Dacia (101-102), fueron movilizadas siete legiones (I Adiutrix, II Adiutrix, III Flavia, VII Claudia, I Italica, V Macedonia y XIII Gemina), alguna de las cuales era de origen hispano o contaba en sus filas con legionarios hispanos.
Así, por ejemplo, a Legión VII Claudia, junto con la VI, VIII y IX, había sido fundada en Hispania por Pompeyo en el 65 a.C., todavía en tiempos de la República, constituyendo una de las más antiguas unidades del ejército imperial. Durante el triunvirato de Pompeyo, César y Craso (60 – 53 a.C.), la Legión VII Claudia luchó junto a César contra los galos y participó en la invasión de Britania, todo ello bajo un emblema con la figura de un toro que, con algo de imaginación, puede resultarnos incluso familiar.
Tiberius Claudius Maximus, el soldado romano que decapitó a Decébalo y entregó la cabeza a Trajano (106), servía en la Legión VII Claudia, aunque no era de origen hispano pues había nacido en Grecia. Luchó toda su vida militar junto a Trajano y murió el mismo año que el emperador.
La Legión I Adiutrix, formada por el gobernador de la Tarraconense y después emperador, Servio Sulpicio Galba, estaba integrada exclusivamente por hispanos, mientras que la Legión XIII Gemina, fundada por Julio César en el 57 a.C., en tiempos de Trajano contaba con una cohorte de auxiliares de Hispanorum. Tras la conquista de Dacia, la Legión XIII Gemina quedó definitivamente estacionada en Apulum (Alba) y allí permaneció hasta principios del siglo V, momento en el que se fechó su último registro.
Por último, en el año 105, con el objetivo de participar en la 2ª guerra en Dacia (105 – 106), Trajano formó la Legio XXX Ulpia Victrix, formada exclusivamente por hispanos. La XXX Ulpia Victrix tuvo su primer campamento en Dacia, aunque unos años después fue trasladada a Germania.
La agresiva política de Trajano en Dacia y, más tarde, en Partia, obligó a un importante esfuerzo militar que recayó, en buena parte, en Hispania, lo que provocó una cierta despoblación de varones en la Península en los primeros años del siglo II y la consiguiente queja de las autoridades locales. Tras licenciarse del ejército, muchos de los soldados que sirvieron en Dacia recibieron como recompensa tierras que trabajaron como colonos, estableciéndose así en el territorio conquistado y dando lugar a una comunidad de origen hispano en la futura Rumanía. Pero no sólo fueron soldados los hispanos que llegaron a la Dacia conquistada ya que, según atestiguan unas tablillas encontradas en Alburnus Maior (Roşia Montana) y fechadas entre 131 y 167 d.C., decenas de hispanos y sus familias, especialmente del norte peninsular, llegaron también a Dacia para trabajar en las minas de oro de la región, fundadas por Trajano, ampliando la comunidad de origen ibérico en la zona.





