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Bucarestinos

La forja de la nación rumana (IV): la época de los Reglamentos Orgánicos

La forja de la nación rumana (IV): la época de los Reglamentos Orgánicos

Recupero de nuevo una antigua serie de entradas que este blog ha dedicado al nacimiento de Rumania y que detuve hace meses, tras describir la derrota del insurrecto Tudor Vladimirescu frente a los turcos.

La sublevación de 1821 tuvo como consecuencia positiva el fin del régimen fanariota, de modo que el sultán situó en el trono válaco a Ioan Sturdza y en el moldavo a Grigore Ghica. Los griegos fueron apartados de la Administración y se nombraron obispos rumanos. A pesar de todo, los turcos no pudieron evitar la creciente influencia rusa en la zona, hasta el punto que en la Convención de Akkerman entre rusos y otomanos sobre el futuro de los Principados Danubianos, Nicolás I impuso que en adelante los hospodares fuesen elegidos por los Divanes de Iaşi y Bucarest entre los boyardos locales. Por su parte, el sultán se comprometió de nuevo a mantener a los hospodares un mínimo de siete años y a pactar su destitución con los rusos.

 Dos años más tarde, con ocasión del apoyo de Rusia a los independentistas griegos, los Principados fueron nuevamente ocupados, se depuso a los hospodares reinantes y se estableció una administración militar rusa. El Tratado de Adrianópolis, que puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-29, confirmó la autonomía, bajo protectorado ruso, de los Principados, devolvió a Valaquia los tres puertos danubianos y la desembocadura del río, anuló el monopolio otomano sobre el comercio exterior de Moldavia y Valaquia, prolongó la ocupación rusa hasta 1834 y obligó a Estambul a pagar una fuerte indemnización de guerra.

Bajo los auspicios del gobernador militar ruso, conde Pavel D. Kiselev (en la imagen), en julio de 1829 se constituyeron sendos Divanes, integrados por boyardos rusófilos bajo la presidencia de los cónsules rusos de Iaşi y Bucarest, encargados de elaborar unos Reglamentos Orgánicos que equiparasen los sistemas políticos de ambos Principados. El resultado fueron dos reglamentos casi idénticos que, por primera vez, unificaban la legislación de ambos territorios. Establecían la división de poderes y la elección de los príncipes por Asambleas extraordinarias compuestas por miembros del alto clero, de la nobleza y, en menor medida, de la burguesía comercial. El poder legislativo recaía en Asambleas cívicas, integradas por diputados de Moldavia y Valaquia y presididas por los arzobispos de Iaşi y Bucarest. Respecto al régimen agrario, la reserva señorial se limitó a un tercio del total y el resto se arrendó a los siervos del feudo, que podían aportar trabajo o un pago en metálico.

Los Reglamentos dejaron parcialmente insatisfechas las expectativas de una opinión unitaria que no contaba con el apoyo ruso, aunque facilitaron que diversos hospodares de la época favorecieran una modernización económica y social que triplicó el área cultivada, produjo una unión aduanera entre Valaquia y Moldavia, abrió el comercio a Occidente, estableció un sistema postal y creó escuelas en lengua rumana. Esta apertura no se produjo en el ámbito político, aunque continuaron difundiéndose las ideas liberales entre los boyardos con formación cultural francesa y entre las capas medias de la población.

La endémica corrupción del sistema sanitario rumano

La endémica corrupción del sistema sanitario rumano

En cierta ocasión escribí una entrada sobre el inaudito coste económico de nacer en Rumania, país que, por cierto, encabeza el triste ranking europeo de la tasa de mortalidad materna (27 madres fallecidas / 100.000 niños nacidos vivos) y es segundo, detrás de Bulgaria, en el de la tasa de mortalidad infantil (11 muertes / 1.000 nacimientos normales). La entrada cosechó algunas críticas e incluso un lector anónimo me acusó, simple y llanamente, de mentir a sabiendas debido a un supuesto sentimiento de superioridad.

La realidad es muy tozuda y suele ocurrir que, por mucho que se oculte con peregrinos argumentos, acaba saliendo a flote. Hace unos días, la Escuela Nacional de Estudios Administrativos y Políticos de la Facultad de Ciencias Políticas de Bucarest presentó públicamente un estudio titulado “Los bucarestinos y la sanidad”, sobre la salud de los ciudadanos de la capital y del sistema sanitario que debe cuidar de ellos.

De acuerdo con una encuesta, realizada entre mayo y junio de 2013 en el marco del citado estudio, la salud es la principal preocupación de los bucarestinos (26%), seguida del futuro de sus hijos (22%) y del nivel de sus ingresos (13 %). Un 34 % de los habitantes de Bucarest va frecuentemente al médico y recibe algún tipo de tratamiento, un 31 % asiste, al menos, una vez cada 3 meses y el resto lo hacen un par de veces al año o menos.

Entre los encuestados, el 22 % reconoce que siempre ofrece pequeñas atenciones, obsequios o dinero (cantidad que en rumano se conoce como șpagă) al médico que debe atenderle con el objetivo de ser atendido de un modo diferenciado respecto al resto de enfermos, el 18 % lo hace porque considera que el personal sanitario está mal pagado, un 5 % lo hace por motivos indeterminados, un 20 % afirma no hacerlo nunca y el resto o bien no sabe de qué le hablan o prefiere no contestar.

Sea como fuere, a partir de las confesiones de los encuestados - que afirman dar una media de 866 lei por intervención médica -, los responsables del estudio han calculado que los bucarestinos, además de contribuir con sus impuestos al sistema sanitario, pagan anualmente unos 25 millones de euros contenidos en sobres que médicos, enfermeras, asistentes, anestesistas, etc. introducen directamente en sus bolsillos sin pudor alguno. Extrapolando estos datos a nivel nacional, es fácil calcular que los rumanos contribuyen cada año con una mordida de 250 millones de euros para la sanidad nacional, lo que supone un 1,5 % del PIB del país.

 Aunque la corrupción es pública y no afecta únicamente a la sanidad rumana - otro día hablaré del sistema educativo -, el sufrido enfermo no tiene herramientas sencillas para denunciar los abusos, por tanto, se han multiplicado las plataformas de ciudadanos concienciados que, aprovechando las posibilidades que ofrecen Internet y las redes sociales, se atreven a señalar, con nombres y apellidos, a ladrones, sinvergüenzas y embusteros. Una de las más recientes y populares es la web Piața de șpagă, que permite a los denunciantes situar sobre un mapa de Rumania interactivo el lugar del delito, el nombre del receptor del soborno, la cantidad acordada y el motivo.

El primer paso para resolver un problema es reconocerlo. Penosamente, el Gobierno está tomando las primeras medidas punitivas, sin embargo, el camino es largo y hace falta el concurso de todos los rumanos para denunciar y acabar con los abusos.

Imagen extraída de 9 AM News


La Pascua en Bucovina: símbolos pascuales (y VIII)

La Pascua en Bucovina: símbolos pascuales (y VIII)

Como he ido indicando en las entradas que he dedicado a la Pascua en Bucovina, su celebración está cargada de simbolismo cristiano trufado de alusiones paganas relacionadas con la actividad agrícola y ganadera (el sauce, la luz, la limpieza ritual, el número tres, etc.) 

A pesar de todo, en este contexto, es necesario destacar cuatro símbolos que destacan por su especial importancia y su significado:

Huevo: como contenedor de la potencia germinal, que evolucionará hasta formas diferenciadas de vida, el huevo ha sido relacionado desde la Antigüedad con la fecundidad y, consiguientemente, con la regeneración y la resurrección. La tradición de los huevos de Pascua, de origen precristiano, es una reminiscencia de las ideas de regeneración periódica, coincidente con la primavera. Inicialmente, los huevos se pintaban exclusivamente de color rojo, tinte relacionado con la sangre de Cristo, aunque en la actualidad se emplean distintos colores.

En Bucovina, existe la ancestral tradición pascual, de origen ucraniano, de pintar los huevos con filigranas, temas y motivos diversos, dependiendo de cada comunidad, técnica principalmente femenina que se traslada de generación en generación entre los miembros de una misma familia.  

Cordero: simboliza la perfecta pureza, la bondad sin mácula, por lo que se ha convertido en la víctima sacrificial por excelencia. Ambos antecedentes convirtieron al cordero en símbolo de Cristo, como suprema víctima, el Inocente que se ofrece al sacrificio en redención de las culpas del hombre. San Juan Bautista definió a Jesús como el “Cordero de Dios” y así pasó a la iconografía cristiana, especialmente cuando se quiere evitar la figura del Crucificado.

Pescado: es un símbolo acuático, de vida, fecundidad y sabiduría. El pez fue uno de los más antiguos símbolos del cristianismo y el mismo Cristo definió a los Apóstoles como “pescadores de hombres”. Junto a la unión con la figura de Cristo, el pescado simboliza el bautizo con agua, la vida y el alimento espiritual.

Cruz: símbolo total, intersección de la vertical con la horizontal. La adopción de este emblema por parte del cristianismo responde al sacrificio de Cristo pero, al mismo tiempo, constituye el motivo místico y visible de la unión del cielo y la tierra, centro de la historia de la salvación y, de algún modo, centro del mundo.

 

La Pascua en Bucovina: celebraciones de fin de Pascua (VII)

La Pascua en Bucovina: celebraciones de fin de Pascua (VII)

El final de la Pascua se celebra con una gran mesa festiva que reúne a toda la familia, desde los más ancianos a los más jóvenes.

La mesa está espléndidamente servida, con aperitivos, sopas, carne a la brasa, especialmente de cordero, el típico sarmale (carne picada y arroz envueltos en hojas de col), dulces y bebidas, incluyendo algunas bebidas alcohólicas. La comida se abre cuando el más viejo choca un huevo pintado contra otro que tiene su esposa, mientras le dice “Christos a înviat!” Después, repetirá el choque y la invocación con el resto de los presentes y todos ellos comerán su huevo antes de probar el resto de los manjares. La comida familiar siempre es un motivo de alegría, dejando atrás la solemnidad de las celebraciones religiosas y los rigores del invierno.

Por la tarde, se celebra en la iglesia una última ceremonia de agradecimiento, denominada Vecernia, a la que muchos paisanos asisten vestidos con sus trajes populares. Mientras, los más pequeños de la casa visitan a sus vecinos y, al grito de “Christos a înviat!”, son obsequiados con más huevos pintados con los que jugarán “a chocar”.


El Domingo de Resurrección termina en familia, con tranquilidad y descanso (liniște și odihna), y hasta tres días después no se reanudan las tareas del campo.

La Pascua en Bucovina (VI): Noche de Resurrección (Noaptea Învierii)

La Pascua en Bucovina (VI): Noche de Resurrección (Noaptea Învierii)

Hacia la media noche, la mayor parte de la comunidad se dirige a su parroquia, caminando en silencio, con una vela apagada en sus manos. En el templo les espera el sacerdote, que ya ha recibido la luz traída para la ocasión desde el Santo Sepulcro de Jerusalén. Como símbolo del triunfo de la vida sobre la muerte y de la luz divina, en recuerdo de la resurrección de Cristo y del fragmento 8:12 del evangelio de San Juan (Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida), empieza la ceremonia con una frase del párroco: “Veniți și luați lumină!” (¡Venid y tomad la luz!). Los fieles se acercan entonces al iconostario para encender sus velas y lentamente van saliendo de la iglesia.

Una vez toda la comunidad está reunida fuera, el párroco encabeza una procesión que, por tres veces, rodea el templo entre cánticos, entonados por un reducido grupo, que celebran la resurrección de Cristo. ¿Por qué se dan tres vueltas alrededor de la iglesia? Para la mayor parte de las culturas, el tres es un número perfecto que simboliza lo acabado y culminado. Es por este motivo que, a lo largo de la historia, muchas divinidades se presentan como tríada, reflejo de la perfección, la complejidad y la complementariedad, como en el caso de la Trinidad cristiana. Al final de la última vuelta, el sacerdote se detiene frente a la fachada de la iglesia y lee en voz alta el capítulo 28 del evangelio de San Mateo, que describe la resurrección del Mesías, en medio de un gran silencio. La ceremonia termina cuando el religioso dice “Christos a înviat!” y los presentes responden “Adevărat a înviat!”, abrazándose con alegría.


La mayor parte de los fieles regresan entonces a sus casas, con sus luces encendidas, aunque algunos permanecen en el interior de la iglesia celebrando la liturgia. Tradicionalmente, al llegar al hogar familiar, el cabeza de familia realizaba la señal de la cruz, con la vela encendida, sobre el dintel de la puerta, dejando allí una señal ahumada.

Hacia las 5 de la mañana, al alba, los creyentes se reúnen de nuevo junto a la iglesia habiendo llevado un gran cesto con las Pascas, los huevos pintados, pasteles diversos, carne de cordero, queso y otras viandas. Forman un gran círculo en el exterior del templo, iluminado por las velas encendidas en la anterior ceremonia, y el sacerdote, con ánimo alegre y menos solemne que horas antes, bendice los alimentos y desea feliz Pascua a todos los presentes. Un grupo, portando iconos procesionales, lo acompaña mientras entonan canciones que, de nuevo, celebran la resurrección de Cristo. La segunda visita a la iglesia es breve y la gente se despide feliz hasta el día siguiente.


La Pascua en Bucovina (V): Costumbres

La Pascua en Bucovina (V): Costumbres

La Semana Grande, última de la Pascua, está siempre precedida del Domingo de Ramos que celebra la entrada de Cristo en Jerusalén poco antes de su martirio. Hasta ese día, los fieles limpian con especial dedicación sus hogares, el menaje y toda su ropa y lencería. El aseo de la Pascua, que también incluye limpieza y decoración floral de las tumbas de los antepasados de la familia, es una actividad tradicional que simboliza la eliminación de las huellas invernales, pero también de la maldad y los sufrimientos, en espera de recibir la llegada de la primavera.

 El Domingo de Ramos, los fieles van a la iglesia con flores y ramas de sauce – en sustitución de las palmas que recibieron al Mesías en la Ciudad Santa, difíciles de encontrar en Bucovina – obtienen la bendición del sacerdote  y, cuando regresan a casa, las colocan junto a los iconos o en la puerta principal como elemento de protección. El Domingo de Ramos es un día de felicidad melancólica para los ortodoxos por lo que, antes de iniciar el ayuno de la Semana Grande, todavía está permitido consumir pescado y beber vino.

El lunes empieza la Semana Grande, en la que todos los creyentes se saludan con una fórmula tradicional que, en general, mantienen hasta el Día de la Ascensión, cuarenta días después del Domingo de Resurrección: Christos a înviat! (¡Cristo ha resucitado!), a lo que debe responderse, Adevărat a înviat! (¡Verdaderamente, ha resucitado!).

El Jueves Grande o Jueves Negro, las mujeres pintan huevos con colorantes naturales de plantas, preparados la noche anterior, y los colocan en un cesto, mientras explican a los niños las tradiciones y les cuentan viejas leyendas populares. En la cocina se preparan el cozonac - pan dulce de Pascua - y, sobre todo, la Pasca, un bizcocho con forma redonda, decorado con una cruz en su centro, frente al que suele recitarse una pequeña oración de invocación y buenos augurios: “Cruce-n casă/Cruce-n piatră/Dumnezeu cu noi la masă/Maica Precista pe fereastră!” (Cruz en casa/Cruz en piedra/Dios con nosotros en la mesa/¡La Purísima en la ventana!).


Los más devotos mantienen un ayuno total entre el Jueves Negro y el Domingo de Resurrección, alimentándose apenas con un poco de pan y agua. Durante esos días, en general, el ayuno es bastante severo para el resto de creyentes por lo que no está permitido comer carne, pescado, huevos, leche o productos lácteos.

El Viernes Grande, día de recuerdo de la crucifixión y muerte de Jesús, no se trabaja, abandonándose cualquier labor agrícola o ganadera. Por la tarde, las iglesias se llenan para participar en el oficio de difuntos (Prohodul Domnului), en el que se recitan unos largos versos que narran la pasión y muerte de Cristo.

El sábado, a primera hora de la tarde, cada familia enciende candelillas junto a las tumbas de su antepasados como símbolo de resurrección y, antes de partir hacia la iglesia para celebrar la Noche de Resurrección (Noaptea Învierii), los creyentes se acicalan a conciencia, lavándose con agua pura, recién extraída del pozo, en la que antiguamente se colocaba albahaca, una moneda de plata y un huevo pintado de rojo (según la tradición, “para ser sano como un huevo y puro como la plata”). Duermen un rato, se visten con ropa limpia y, si es posible, nueva y esperan tranquilos la hora de partir hacia el templo.

 

La Pascua en Bucovina: La iglesia (III)

La Pascua en Bucovina: La iglesia (III)

En Bucovina, tanto iglesias como monasterios son joyas arquitectónicas en las que podemos encontrar las señas de identidad del pueblo rumano y un reflejo de su vida espiritual y natural. Las iglesias contribuyen, independientemente de su estructura arquitectónica, a propagar el mensaje religioso, a mantener la memoria y a integrar la experiencia del hombre, tanto a nivel individual como colectivo.

 Más que en ningún otro edificio, la simbología que encierran las pinturas de los muros exteriores de las iglesias monacales de Bucovina forman un entramado simbólico de carácter religioso pero también histórico, económico e incluso jurídico que, como decía Caro Baroja, nos explican el funcionamiento de una cultura, sus mitos y creencias y nos permite recuperar su memoria.

Al mismo tiempo, estos impresionantes frescos son relatos que explican al espectador la doctrina cristiana, que facilitan su comunicación con lo trascendente y que le muestran, especialmente a través de composiciones como El Juicio Final, el poder de Dios y la inexorabilidad del destino.

La iglesia se convierte así en el lugar en el que el hombre, solo o en comunidad, busca significados, se reconforta y confirma unos ciertos códigos de relación y conducta a través de la contemplación, la invocación y la plegaria. De este modo, en los días previos a la Pascua, es habitual ver a los fieles escribir los nombres de sus difuntos en pequeños pedazos de papel para que más tarde, los sacerdotes, mediadores entre ellos y Dios, los recuerden durante la celebración de la misa y los tengan en cuenta durante sus plegarias. Durante la Cuaresma y la Pascua, el rito de lectura de nombres de difuntos durante la eucaristía de los sábados cobra especial trascendencia por su vínculo con la resurrección de Cristo y de las almas del Paraíso.

La Pascua es la celebración de la victoria de la luz, encarnada en Cristo, frente a la oscuridad de la muerte, conmemoración que coincide temporalmente con añejos ritos paganos que aclamaban el reinicio de la vida, asociado a un nuevo ciclo de fertilidad de la tierra, tras un prolongado período de penumbra y frío. En este contexto, la Pascua constituiría la lógica derivación en el mundo cristiano de un viejo rito de intensificación característico de una sociedad agrícola y pastoril.

 

La Pascua en Bucovina: La casa (II)

La Pascua en Bucovina: La casa (II)

Los momentos más importantes en la vida de un campesino de Bucovina están siempre relacionados con su hogar y con la iglesia, estructuras con sus propias funciones domésticas y espirituales. El bautizo de un recién nacido se realiza en la iglesia y la ceremonia continúa con una celebración en casa, donde todos los invitados beben, comen y ofrecen regalos al niño y a la madre. Algo parecido ocurre tras el fallecimiento de un vecino, cuando la familia regresa a su hogar para recibir y agasajar a aquellos que han ido a despedir al difunto. Las bodas se inician siempre en casa de la novia, donde el novio pide permiso a los padres para llevarla al altar, hasta donde son acompañados por una procesión de familiares y amigos que, tras la liturgia, se trasladarán a la casa de los padres del novio para el banquete nupcial.

La Pascua no es ajena a estos dos escenarios, en los que se desarrollarán la mayor parte de actividades relacionadas con su celebración. La típica granja de Bucovina generalmente incluye la casa principal frente a una gran puerta de madera donde habita la familia, un edificio menor donde suelen vivir los abuelos, un establo, un pajar, un cobertizo para los aperos, un pozo y una pequeña perrera.

La casa principal tradicional, de planta rectangular, suele estar articulada alrededor de la cocina, corazón del hogar que contiene la soba (cocina u hornillo de grandes dimensiones, normalmente decorado con azulejos de terracota, que sirve para cocinar los alimentos y para calentar la estancia) y donde la familia principalmente se relaciona, tiene un par habitaciones grandes – una para los padres y otra para los hijos pequeños - separadas por un discreto recibidor que incluye una pequeña despensa y, si cabe, las escaleras al piso superior.  Muchas casas tienen un porche abierto de tablones de madera, de influencia austriaca, que las rodea por tres o cuatro costados y que suele estar decorado con flores u hojas de parra trepadoras. Una serie de columnas, muchas veces esculpidas con motivos zoomórficos y antropomórficos, sostienen el alero de una techumbre muy empinada, hecha de tejas de madera, en la que suelen abrirse pequeñas ventanas con forma ocular que le dan un aspecto muy característico.  

En esta arquitectura es posible rastrear la memoria popular en multitud de símbolos que revelan huellas remotas, originadas en diversas realidades sociales, étnicas y psicológicas que han conformado el carácter y las tradiciones de la actual sociedad agraria bucovineana. Estas construcciones ponen en evidencia una forma de construir íntimamente ligada a creencias y prácticas colectivas asociadas a actividades agrícolas, ganaderas y artesanales, adaptadas así tanto al medio físico en que se ubican como a la actividad desarrollada por sus habitantes. Por otro lado, el uso en su construcción de materiales como la madera, la piedra, la tierra o la cal evidencia la concepción telúrica de esta arquitectura, expresión viviente del pasado, cargada de significado y profundamente respetuosa con su entorno.

La Pascua en Bucovina (I)

La Pascua en Bucovina (I)

Aunque estemos abocados hacia el verano y la Semana Santa sólo quede en el recuerdo, voy a dedicar una pequeña serie de entradas a la celebración de la Pascua en Bucovina donde, en los últimos años, nos hemos empapado de las tradiciones locales y que, por su significación, merecen un espacio en este blog.

Para la tradición cristiana, el nacimiento y la muerte de Cristo constituyen los momentos más trascendentales de la vida del Mesías, sin embargo, para la comunidad ortodoxa, cuya tradición es la más escatológica de las de todas las iglesias, la resurrección de Cristo y, por tanto, su victoria sobre la muerte, garantía de la salvación del hombre, es la más importante de las conmemoraciones litúrgicas.

En la región de Bucovina, al noreste de Rumania, la tradición de la Pascua se vive con especial intensidad, posiblemente debido a la enorme influencia de la gran comunidad monacal que puebla la región. En el seno de la población agraria ancestral de Bucovina, estructurada sobre el ciclo inexorable de la naturaleza, cualquier celebración trata siempre de combinar el curso de las grandes conmemoraciones religiosas con los momentos más relevantes de la vida de sus habitantes, de modo que nacimientos, bodas, fiestas, labores agrícolas, quehaceres o entierros tienen todos una fuerte componente espiritual. En un contexto así, es lógico que una fiesta de resurrección implique a toda la comunidad, a la propia tierra, y las renueve.

En la celebración de la Pascua es posible identificar viejos rituales atávicos de renacimiento simbólico, a través del sacrificio de Dios, que muere y resucita cada año como la propia naturaleza que envuelve a los creyentes. Durante la Semana de Pasión (Semana Grande), cuando Jesús fue torturado, humillado y crucificado, se alcanza una apoteosis del desorden comparable a la que se desata entre el Viejo Año y el Nuevo. Tras el milagro de la Noche de Resurrección (Noaptea Învierii), empieza la Semana Iluminada (Săptămâna Lumintă), reestableciéndose así el orden y la tranquilidad (ordinea şi liniştea) de la comunidad.

La Pascua significa algo más que algunas simples prohibiciones en la alimentación y en los hábitos diarios, es un tiempo de plegarias, de reflexión, de iluminación interior y de contemplación feliz del esplendor de un nuevo inicio, que el cristiano ve también  reflejado en el estallido de una exuberante Bucovina primaveral a la que se siente indefectiblemente unido. La resurrección es, de este modo, una noción intuida y desarrollada por el hombre sobre su experiencia de los ciclos naturales (astrales, vegetales, etc.) y el mito del eterno retorno

La cruz de la promesa de los bebedores de Vama

La cruz de la promesa de los bebedores de Vama

Existe una curiosísima tradición, exclusiva de un puñado de localidades de Bucovina entre las que se encuentra Vama, según la cual un grupo de personas adictas al alcohol levantaba un monumento en forma de cruz (crucea de jurământ a bețivilor) como señal de promesa para abandonar su vicio.

En lugares montañosos como Vama, en los que durante el crudo invierno se alcanzan temperaturas inferiores a – 25 ºC, las bebidas alcohólicas pueden ser de gran ayuda para resistir los quehaceres diarios en el exterior, sin embargo, un consumo porfiado puede degenerar también en una peligrosa adicción de terribles consecuencias.

A finales del siglo XIX, ante los problemas sociales que causaba la bebida, se convirtió en una costumbre prometer ante un sacerdote, con la mano derecha sobre la Biblia, que durante un cierto período de tiempo, que podía alargarse de por vida, el borrachín no acercaría ni una gota de alcohol a sus labios. Mientras las campanas atronaban en todo el pueblo – en ocasiones acompañadas del sonido del tradicional bucium e incluso de algún tiro al aire -, el párroco formalizaba el acto con la lectura de unas oraciones especiales (molitfele) escritas por el obispo de Cesarea, San Basilio el Grande, que según la Iglesia Ortodoxa tienen poder exorcizador. Aunque pueda parecer exagerado, en los monasterios de Bucovina todavía hoy es fácil encontrar un pequeño opúsculo titulado Fugiti de sarpele betiei! (¡Huid de la serpiente de la bebida!), en el que se relaciona el vicio de beber con el mismísimo diablo. 

En ocasiones, con el fin de sellar su promesa y de servir de ejemplo a la comunidad, un grupo de borrachines levantaba una cruz en un lugar público de la localidad. En el jardín de la Iglesia de San Nicolás de Vama todavía se conserva una de estas cruces, monumento en piedra levantado en septiembre de 1894 cuando 20 parroquianos realizaron el correspondiente juramento ante el párroco Nicolae Lomicovschi, como “señal de abandono de la bebida” - concretamente de la țuica -, según el texto que acompaña a la cruz y en el que también pueden leerse los nombres de los 20 juramentados.

Tener una cruz de la promesa en Vama es un privilegio pues, en toda Bucovina, sólo se mantienen en pie cruces similares en Sadova y Vatra Dornei.

Nicolae Ionescu, el fotógrafo del Bucarest interbélico

Nicolae Ionescu, el fotógrafo del Bucarest interbélico

Nicolae Ionescu (1903 – 1975) fue uno de los fotógrafos más populares y que mejor supo captar la esencia del Bucarest de entre guerras, aquel que se jactaba de competir en belleza y jolgorio con la mismísima ciudad de París. Muchas de las fotografías que tomó a lo largo de su vida son las que ahora llenan las páginas de infinidad de libros sobre aquel período y decoran las paredes de librerías y restaurantes de la ciudad, aunque probablemente la mayoría de quienes las colgaron allí no conocen a su autor. Caído en desgracia durante el período comunista, Nicolae Ionescu malvivió muchos años hasta que, tras su muerte, su viuda se vio obligada a vender toda la colección de su marido a la Biblioteca Municipal, que más tarde la revendió a la Academia Romana.

 Es posible contemplar una parte de la obra de Ionescu en el blog de Alex Galmeanu.

¡No se la pierdan! Si conocen Bucarest, se van a llevar más de una sorpresa.

Ziua păcălelilor

Ziua păcălelilor

En Rumania, el Día de los inocentes se celebra el 1 de abril y se conoce como Ziua păcălelilor, es decir, el Día de las bromas. Como durante nuestro 28 de diciembre, el primero de abril los rumanos bromean, se toman el pelo y se someten a chanzas más o menos cándidas.

El origen de este día tan jocoso todavía se discute, sin embargo, la versión más convincente la encontramos en Francia. Durante un viaje por los territorios de su reino, Carlos IX de Francia comprobó asombrado que, dependiendo de la diócesis, el Año Nuevo se celebraba en fechas distintas. En Lyon, el año empezaba en Navidad mientras que en Vienne lo hacía el 25 de marzo y, junto a muchos otros lugares de Francia, se festejaba hasta el 1 de abril. Con el loable objetivo de estandarizar la fiesta de Año Nuevo, Carlos IX incluyó en el Edicto de Roussillon de 1564 que el primer día del año sería, en adelante, el 1 de enero. El cambio no fue fácilmente asumido, sin embargo, con el tiempo, los que siguieron celebrando el 1 de abril como el día del paso del año, comenzaron a ser objeto de burlas por sus vecinos y acabaron siendo conocidos como “Los locos de abril”, instituyendo esta fecha como el día de las bromas.

Frío

Frío

Dice el refranero rumano que cuando el herrerillo (pițigoi) canta junto a tu casa, anuncia que se acerca una ola de frío.

 Juro no haber visto ningún herrerillo piando cerca de nuestra casa pero grajos volando bajo, ¡a montones!

Libre

Libre

En la introducción de su libro, El arte y el hombre, René Huyghe afirma respecto a la capacidad de elección del ser humano: “Hay que saber, pues, lo que se quiere, elegir lo que se quiere. Pero elegir implica que se juzga lo que es bueno o lo que es malo, lo que es hermoso o lo que es feo. Así, a esta primera facultad propia del hombre, el conocimiento lúcido, se añade otra: el sentido de la calidad, el deseo de mejorar el mundo y de mejorarse.”

Miro por la ventana, veo esta Rumania castigada y pienso en la ausencia de moral, ética y estética de aquellos que teniendo capacidad de decidir, que pudiendo juzgar lo que es bueno y malo, lo que es hermoso o lo que es feo, escogen siempre lo peor para sus compatriotas.

Dedicado a Adrian Nastase, que después de una brevísima condena por corrupción hoy ha salido triunfante de la cárcel "indultado" poco después de la llegada de sus compañeros de filas al gobierno.

La misteriosa Cetate del Parque Cişmigiu

La misteriosa Cetate del Parque Cişmigiu

En varias ocasiones me he referido en este blog al Parque Cişmigiu, posiblemente el jardín más bonito de Bucarest y, sin duda, el más antiguo. El lugar esconde muchos rincones tranquilos, un par de lagos, decenas de pequeños monumentos a algunos de los más próceres personajes literarios de Rumania, algunos columpios y, en especial, unas enigmáticas ruinas señaladas con el cartel “La Cetate” (Fortaleza).

 Sin duda, el letrero induce a error pues los restos que hoy pueden contemplarse en la esquina noroeste del parque, no corresponden a ningún baluarte sino a las ruinas de un monasterio mandado construir en 1756 por el secretario del Príncipe de Valaquia (logofatul) y Gran Ban, Stefan Vacarescu, el mismo que estuvo casado con Ecaterina Vacarescu, la baneasa a la que nos referíamos hace sólo unos días cuando hablábamos del origen del nombre de algunos barrios al norte de Bucarest.

2013-03-05 15.07.37

Del cenobio quedan apenas unos muros, un par de bóvedas de medio cañón, varios arcos, una puerta, algunos contrafuertes, una gran pared circular que bien podría haber albergado el ábside de una iglesia y poco más. Se dice que cerca de las bóvedas que todavía se conservan existía un pasillo secreto (¡uno más en esta ciudad de acreditados túneles secretos!) que conectaba la abadía con el cercano Palacio Kretzulescu, que hoy alberga el Centre Europeén pour l'enseignement supérieur de la UNESCO. Junto a estos vestigios se levanta la iglesia de Schitu Magureanu, reconstruida en 1884 a partir de los restos del templo original que había pertenecido al monasterio y que había sido demolido sólo tres años antes.

Desgraciadamente, el rótulo que hoy indica la existencia de esta falsa fortificación sólo constituye un elemento de despiste para los bucarestinos, que bien merecen una explicación más detallada sobre este lugar del que tan poco saben pero que les es tan familiar.

¿Y si Casa Popurului y la Avenida de la Victoria del Socialismo se hubiesen construido en Barcelona?

¿Y si Casa Popurului y la Avenida de la Victoria del Socialismo se hubiesen construido en Barcelona?

Hace un par de años dediqué una entrada en este blog a describir cómo, tras el terremoto de 1977, Ceaușescu dio rienda suelta a sus delirios arquitectónicos, inspirados en el delirante urbanismo de Corea del Norte, y provocó la mayor destrucción de una ciudad europea en tiempos de paz.

Para describir la sistemática demolición de una buena parte de la ciudad de Bucarest, los rumanos acuñaron irónicamente la palabra Ceauşima, mezcla del nombre del tirano y el de Hiroshima, ciudad asolada por la primera bomba atómica lanzada a final de la Segunda Guerra Mundial.

 Es difícil comprender el alcance de semejante devastación, sin embargo, el proyecto virtual pormanteau.ro permite a cualquier internauta proyectar el mastodóntico proyecto sobre el plano de su propia ciudad para intentar asimilar sus demoledoras consecuencias. En caso de hacerlo sobre el plano de Barcelona, mi ciudad natal, y situando Casa Poporului sobre el Camp Nou - que quedaría totalmente sepultado bajo su enorme volumen -, la avenida de la Victoria del Socialismo se extendería 3,5 km en línea recta hasta el Mercado de San Antonio, con la consiguiente desaparición de los edificios que ocupasen este espacio. Además, el proyecto obligaría a la destrucción de parte de Badal, Hostafrancs, Les Corts y el barrio de la Maternitat, la Plaza de Joan Miró hasta el centro comercial de las Arenas, la Estación de Sants y sus alrededores hasta la calle Entenza, buena parte de la Plaza de España, el Paralelo y las manzanas del Ensanche que lo limitan, la práctica totalidad del Poble Sec y la mayor parte del Raval, además de algunas otras zonas menores de la ciudad.

¿Pueden imaginar el trauma que semejante actuación urbanística supondría para la ciudad de Barcelona? Acudan a la web que les he sugerido y hagan la prueba con el plano su ciudad. Se les encogerá el corazón y entenderán la colosal herida que sufrió Bucarest hace ahora 36 años.

El gran incendio de 1847

El gran incendio de 1847

A lo largo de su historia, Bucarest se ha visto sacudida por múltiples catástrofes, desde asoladores conflictos bélicos y epidemias hasta destructivos terremotos e inundaciones, sin embargo, los incendios que periódicamente asolaban la ciudad han dejado huellas que todavía hoy pueden identificarse en el casco antiguo y que han marcado su desarrollo urbanístico y arquitectónico. 

 Durante siglos, Bucarest sufrió devastadores incendios. El uso extendido de la madera y de materiales ligeros en la construcción de edificios facilitaba que ciertos sectores de la ciudad fueran pasto de las llamas. El siglo XIX se inauguró con un incendio que destruyó la corte principesca y sus alrededores, calamidad que precedió al desbordamiento del río Dîmbovița, en un intento de los elementos de compensar su fuerza destructiva.

A pesar de todo, el incendio más demoledor que sufrió Bucarest a lo largo del siglo XIX fue el que se inició en la tarde del 23 de marzo de 1847. Aunque las versiones sobre el inicio del fuego difieren según quien las cuente, todos los autores sostienen que el culpable fue un niño llamado Costache Filipescu, hijo de un boyardo que ostentaba el cargo de llavero mayor de la ciudad. Al parecer, el zagal tenía la costumbre de rellenar con pólvora las enormes llaves huecas bajo custodia del padre. Introducía después en el orificio un clavo y golpeaba la cabeza contra una superficie dura, lo que provocaba una deflagración, la alegría del gamberro y la admiración de sus amigos.

Aquel aciago día, mientras los bucarestinos ultimaban los últimos detalles para recibir a la cercana Pascua, Costache armó su improvisado artefacto y salió a la calle en busca de una superficie adecuada donde causar el máximo estruendo. Desafortunadamente, el chiquillo decidió emplear un enorme barril aparentemente abandonado en el jardín de su casa, junto a los terrenos de la iglesia de San Demetrio. El tonel contenía combustible y cuando se produjo el estallido, las chispas prendieron los chorretones que manchaban su superficie. Las llamas, empujadas por el viento, rápidamente alcanzaron la cercana iglesia y la enorme casa de la familia, extendiéndose imparables hacia el este a lo largo de varios kilómetros.

El balance del incendio fue terrible. La enorme lengua de fuego arrasó total o parcialmente 1.850 edificios, destruyó 1.142 locales comerciales, 10 posadas y 12 iglesias. Una cuarta parte de la ciudad se vio seriamente afectada y los daños fueron valorados en 100 millones de lei de aquella época, una suma ciertamente astronómica. A pesar de la triste desaparición de edificios de inspiración otomana, característicos de las ciudades balcánicas, el formidable solar provocado por el incendio facilitó la construcción de bellísimos inmuebles de estilo historicista francés que sentaron las bases de la ciudad que sería conocida como la Pequeña París del Este.

Puede que el lector se pregunte qué fue de Costache Filipescu. El desdichado niño sobrevivió al incendio, sin embargo, murió de tisis a los 14 años en una residencia en Génova, donde su familia lo había enviado para que se recuperase de su enfermedad.

De mapas y banderas (y II)

De mapas y banderas (y II)

De mapas y banderas (I)

De mapas y banderas (I)

Durante la semana pasada, en el colegio de los niños dedicaron algunas horas a estudiar el mapa y la bandera de Rumania. Con un entrañable molde de plástico con la forma de Rumania, como aquél que usaba yo para España durante mis años mozos, los niños se familiarizaron con el contorno del país en el que viven desde hace años y dedicaron un buen rato a colorearlo con todo tipo de motivos, desde bosques, ríos y montañas a carreteras, ciudades, personas, animales e incluso algún ser más místico, como un grupo de ángeles que sobrevuela el norte del país pintado por Sofía (ver De mapas y banderas (II)).

Claudio, en un dibujo tan austero como su propio carácter, ha pintado una enorme autopista que divide el mapa de Rumania en dos, parecida a la que el Ministerio de Transporte tiene en sus papeles desde hace decenios pero que todavía no ha conseguido terminar, entre demoras y escándalos de corrupción. Posiblemente necesiten de un cerebro tan lúcido como el de Claudio para que les proporcione las indicaciones pertinentes y les ayude a desarrollar un objetivo estratégico de tamaña importancia, así que si algún funcionario está leyendo esta entrada, no dude en ponerse en contacto conmigo para que le envíe a Claudio al ministerio en cuanto lo necesiten. Por la mañana va a la guardería pero a partir de las 16 h está dispuesto a echarles una mano, incluso como ministro.

Sea como fuere, lo más llamativo del dibujo es cómo Claudio ha pintado ambos lados del país, separados por la autopista, con las banderas de España y Rumania, quizás en señal de que tiene el corazón partío.

Ghiveci de legume cu pui (Pisto de verduras con pollo)

Ghiveci de legume cu pui (Pisto de verduras con pollo)

Aunque me cueste creerlo, las estadísticas oficiales afirman los rumanos consumen la misma cantidad anual de pollo que un europeo medio. A lo largo de la primera década del siglo XXI, se ha triplicado la cantidad de pollo empleado en las cocinas rumanas y se ha convertido en una vianda omnipresente en las cartas de cualquier restaurante y en las mesas de las familias rumanas, cocinándose según las más diversas recetas, desde un sencillo plato a la plancha hasta un elaborado guiso. Tradicionalmente, los rumanos han empleado una gran variedad de verduras de temporada para acompañar al pollo, condimentado además con hierbas aromáticas que crecen en los jardines de muchas casas.

 Los ingredientes para preparar un pisto de verduras con pollo al estilo rumano son los siguientes:

 -          Cuatro cucharadas soperas de aceite (de oliva, aunque en Rumania se use todavía poco) o de manteca.

-          1 cebolla mediana en rodajas

-          2 dientes de ajo

-          2 pimientos rojos en rodajas

-          Un pollo (1,5 Kg) cortado en 6 pedazos

-          6 cucharadas soperas de tomate frito

-          3 patatas cortadas en cubos

-          3 zanahorias cortadas

-          1 cucharadita de romero fresco (o ½ si es seco)

-          1 cucharadita de mejorana (o ½ si es seco)

-          1 cucharadita de tomillo (o ½ si es seco)

-          ½ apio a rodajas gruesas

-          Medio vaso de vino blanco seco

-          2 calabacines cortados en rodajas

-          Pimienta

-          Sal

En una cazuela grande, sofreír la cebolla y el ajo. Una vez pochados, añadir el pimiento.

Cuando el pimiento empiece a escalfarse, añadir las piezas de pollo y cocinarlas hasta que empiecen a dorarse.

Tras unos 15 minutos, añadir el puré de tomate, las patatas, las hierbas aromáticas, las zanahorias, el apio y el vino blanco. Salpimentar al gusto, tapar la cazuela y cocinar a fuego medio entre 40 y 50 minutos.

Añadir las rodajas de calabacín 5 minutos antes del final de la cocción. Corregir de sal y servir bien caliente.

Imagen extraída de Gustos.ro