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Bucarestinos

Pache Protopopescu

Pache Protopopescu

Si, a lo largo de su historia, toda gran ciudad necesita un emblemático alcalde que dé un vuelco a la realidad – como hizo Pascual Maragall en Barcelona o Rudy Giuliani en Nueva York -, Bucarest tiene en su palmarés a Emilian Pake Protopopescu que, a finales del siglo XIX, en poco más de 3 años, logró modernizar la ciudad y colocarla entre las grandes capitales europeas.

Nació en Bucarest en 1845, en el conocido como barrio de los Comerciantes (Mahalaua Negustori). Su nombre, “Protopopescu”, deriva del hecho que su padre, Iancu, ejercía como arcipreste (protopop) en la parroquia de la Iglesia de San Jorge el Nuevo. Se licenció en la Escuela de Derecho de la ciudad (1866) y completó sus estudios en París, Bruselas y Ginebra, consiguiendo el título de doctor. En 1870 regresó a Bucarest, donde durante años ejerció de abogado y de profesor en la Escuela Comercial, publicó varias revistas (Dreptul) y periódicos (Binele Public y România), ocupó el cargo de prefecto de la policía (1876) y fue escogido diputado por el Partido Conservador hasta que, en abril de 1888, fue nombrado alcalde de Bucarest por decreto real.

Pache Protopopescu llegó a la alcaldía con una visión global de las insuficiencias de la ciudad, que incluía desde sus necesidades de infraestructuras, sistematización urbana y saneamiento hasta la creación de instituciones sociales que resolviesen, aunque fuese en parte, las penurias de los bucarestinos menos favorecidos.

Entre abril de 1888 y diciembre de 1891, el nuevo alcalde consiguió modernizar Bucarest: reorganizó el ayuntamiento según cánones occidentales, creó una red de teléfonos públicos, extendió el alumbrado público eléctrico más allá de la Plaza del Teatro Nacional, construyó las primeras aceras, pavimentó calles y creó nuevas arterias que mejoraron la circulación, como el Bulevar Coltei (hoy, Lascar Catargiu) o un nuevo eje este-oeste que se extendía desde la Plaza de la Opera hasta la avenida Mihai Bravu. Precisamente, un tramo de este largo eje, conocido entonces como Bulevar del Horizonte (Orizontului), fue rebautizado por el alcalde conservador, Nicolae Filipescu (1893 – 1895), como Bulevar Pache Protopopescu, nombre que todavía conserva.


También el transporte público fue objeto de atención prioritaria por parte del alcalde, que extendió el servicio de tranvía tirado por caballos pero, sobre todo, impuso unas condiciones civilizadas de transporte para los ciudadanos. De este modo, publicó e hizo cumplir una detallada ordenanza según la cual los conductores tenían la autoridad para poner orden entre el pasaje, impedía que subiesen al tranvía más pasajeros de los que podían sentarse o que otros se colgasen de las escaleras de acceso – situaciones que se repetían constantemente y que provocaban accidentes y continuos alternados entre los viajeros – y limitaba el acceso para aquellos que fuesen sucios, bebidos o acompañados de perros.

Protopopescu prestó una especial atención a la infraestructura de enseñanza en la capital por lo que, sólo en el año 1889, construyó 28 escuelas y el famoso liceo Gheorghe Lazăr. Asimismo, construyó un comedor social y estableció un sistema municipal de transporte de enfermos a los hospitales de la ciudad, servicio que precedió a la célebre Sociedad de Rescate (Societatii de Salvare) del Dr. Nicolae Minovici.


En el mismo período, fundó la primera Escuela de Comercio de la ciudad (actualmente, Escuela Superior de Comercio Nicolae Kretzulescu) y el Instituto Médico-legal, levantó la famosa torre de vigilancia contra incendios, Foișorul de Foc (que hoy alberga el Museo de los Bomberos), e inició los trabajos para la construcción del Jardín Botánico de Cotroceni.


Pache Protopopescu murió a la edad de 48 años, el 28 de abril de 1893, debido a una infección de piedras en el riñón y fue enterrado en el Cementerio Bellu. En 1903, en reconocimiento por su enorme labor, Bucarest levantó en el parque Izvorul Rece un monumento en su honor, realizado por el escultor Ion Georgescu con mármol de Carrara, sin embargo, el monumento fue demolido por las autoridades comunistas en 1948.

Acostumbrados a alcaldes como el ínclito Dr. Sorin Oprescu, actual perpetrador de terribles atentados urbanísticos contra el patrimonio histórico de Bucarest, uno no puede más que añorar los viejos tiempos del alcalde Pache Protopopescu.

La poza de las brujas (Balta Vrajitoarelor)

La poza de las brujas (Balta Vrajitoarelor)

En la salida de Bucarest hacia Stefanesti, en el bosque Boldu-Creteasca, hay una charca de escasos metros cuadrados que atesora una serie de inquietantes historias.

La tradición dice que ya existía en tiempos del inquietante Vlad Tepes el Empalador y, de hecho, sitúa su decapitación en este preciso lugar. Ayudado por el voivoda de Transilvania, Esteban Báthory, y el rey de Moldavia, Esteban el Grande, a finales de 1476, Vlad arrebató el trono de Valaquia a Basarab Laiota, voivoda que contaba con el apoyo del sultán Mehmed. A pesar de todo, los húngaros se retiraron pronto de Valaquia y Vlad quedó en una situación muy precaria. Ni los 200 guerreros moldavos, enviados por Esteban el Grande para protegerlo, consiguieron evitar su derrota a manos de un ejército de akindschis turcos comandado por Laiota. No se sabe si Vlad murió en plena batalla o si un asesino a sueldo lo decapitó por la espalda junto a esta poza cercana a Bucarest. Lo que sí se sabe es que, mientras su cuerpo fue enterrado en el monasterio de Snagov, su cabeza fue conservada en miel, enviada a Mehmed como prueba de su muerte, atravesada por un palo y expuesta a la vista de todos.

Durante años, la creencia popular decía que la ciénaga poseía propiedades abortivas y que las mujeres embarazadas que no deseaban a su bebé sólo tenían que sumergirse unos minutos en sus aguas.  

Tras el terremoto que asoló Bucarest en el año 1977, las autoridades comunistas, poco consideradas con cuestiones romántico-monárquicas, descargaron en la poza varias toneladas de escombros y cascotes procedentes de algunos edificios siniestrados de la ciudad, sin embargo, cuál fue su sorpresa cuando, en una sola noche, las aguas se tragaron todos los materiales depositados.  

Un lugar tan misterioso, en el que según los vecinos son habituales los fuegos fatuos, no puede pasar desapercibido para las fuerzas ocultas de la zona así que anualmente, en las noches de San Jorge y San Andrés, se celebran aquí reuniones de brujas gitanas que no dudan en afirmar que es la fuente de la que brota su magia y una puerta “al más allá”.

Sea o no un manantial de poder sobrenatural, la verdad es que se trata de una charca a la que no se acerca ni un animal y en cuyas aguas no crecen ni las ranas.

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (y II)

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (y II)

El éxito político, económico y cultural de Bucarest alcanzó su cenit entre las dos Guerras Mundiales, período en que su población pasó de 380.000 habitantes (1918) a 870.000 (1939) y durante el que se construyeron nuevos barrios residenciales, excelentes edificios civiles, parques urbanos y extra-urbanos y zonas industriales, todo ello en una combinación de estilos que variaba desde el neo-rumano de los arquitectos Ion Mincu o Petre Antonescu al vanguardismo de Horia Creangă o Marcel Iancu, pasando por bellos ejemplos del menos academicista estilo mediterráneo. 

La proclamación de la República Popular, en diciembre de 1947, introdujo a Rumania en la órbita soviética, de modo que la nueva política económica y los objetivos ligados a ella, el carácter centralizado de la intervención pública, la abolición de la propiedad privada y el aumento considerable de la población debido a una significativa inmigración de origen rural, provocaron una revolución en los programas de transformación urbana tanto en su contenido como en su escala y en sus prioridades. Esta nueva filosofía urbanística se plasmó en cuatro tipos de intervención: la construcción de nuevos centros de poder caracterizados por una marcada discontinuidad respecto a la ciudad existente, la edificación de complejos residenciales públicos, la creación de enormes focos industriales en la periferia de la ciudad y el diseño de infraestructuras que facilitasen la movilidad entre las áreas residenciales y las zonas industriales. Los dos ejemplos más deslumbrantes de nuevos centros de poder fueron la colosal Casa Poporului y el Palacio Scânteia, emblema del nuevo poder comunista. El Palacio Scânteia, sede del periódico oficial del Partido Comunista Rumano, fue construido entre 1950 y 1956 como una versión local del inmenso edificio de la Universidad Lomonosov de Moscú y marcó un primer momento de brutal imposición de la arquitectura y el urbanismo propios del realismo soviético de inspiración stalinista (paradójicamente, la Casa Poporului fue el último y trágico ejemplo).


Plano de emplazamiento del Palacio Scânteia hasta 1990

El aperturismo de Kruschev en la primera mitad de la década de los 60 del siglo XX tuvo una influencia positiva en el urbanismo bucarestino. En este período se intensificó la construcción de grandes zonas residenciales alejadas del centro de la ciudad y cercanas a los centros industriales, entre los que destacan barrios como Drumul Taberei, Militari, Berceni y Titan Balta-Albă, verdaderas “ciudades dentro de la ciudad”. Entre todos ellos, Drumul Taberei es, quizás, el ejemplo más llamativo de nuevo barrio obrero de aquella época, levantado junto a una zona industrial, con bloques prefabricados situados en zonas verdes, cuidadosamente orientados según la luz solar, con servicios variados, bien conectados y distribuidos según un diseño urbano conforme con los principios establecidos en la Carta de Atenas y que, de forma inesperada, encuentra un eco en la ville radieuse de Le Corbusier al tiempo que simboliza los principios de igualdad de toda buena ciudad socialista.


Maqueta de Drumul Taberei

En definitiva, estos cinco momentos del urbanismo bucarestino nos muestran la evolución de la ciudad-pueblo de mediados del siglo XIX, a la capital burguesa de principios del XX y a la ciudad socialista de mediados de siglo.

  

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (I)

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (I)

Bucarest, urbe estratégicamente situada entre Oriente y Occidente, ha crecido y se ha desarrollado gracias a su favorable situación en el centro de varias rutas comerciales transcontinentales y a la consiguiente influencia de distintas culturas regionales, convirtiéndose en el centro urbano más altamente poblado del sudeste de Europa. Bucarest aparece por primera vez en un escrito del 20 de septiembre de 1459, firmado por Vlad Tepeș Dracul, en el que se la define como una feria (târg). Más tarde, en 1659, bajo el gobierno del príncipe Gheorghe Ghica, Bucarest se convirtió en la capital de Valaquia y en 1862 pasó a ser la capital de Rumania, tras la unión de los principados de Valaquia y Moldavia.


Bucarest nació y se desarrolló en las orillas del río Dâmbovița y su afluente Colentina, una de las numerosas corrientes de agua que atraviesan la llanura válaca para surtir al Danubio. El lugar donde se levanta la ciudad fue antaño un terreno llano plagado de lagos, prados y humedales, irregularmente dividido entre las grandes propiedades de los boyardos y estructurado en numerosas parroquias de formas y tamaños distintos. Más allá de los palacios de los boyardos, las parroquias constituían los elementos ordenadores de la ciudad, núcleos centrales aislados que formaban la inconexa base de la composición urbana y a partir de los cuales convergían las calles y se ordenaban las propiedades.  Debido a la prohibición turca de fortificar las ciudades rumanas, Bucarest creció sin límites físicos, combinando zonas de alta densidad urbana en los alrededores de las ruinas de la Corte Principesca, junto al Dâmbovița, con áreas rurales en la periferia, débilmente integradas y estructuradas, y prácticamente sin  lugares de residencia propios del poder político, económico o cultural, lo que en ocasiones ha provocado que la Bucarest de entonces fuese definida como una ciudad-pueblo.

 Estructura urbana premoderna: iglesias parroquiales, calles y espacios públicos en el sector urbano

del nordeste de Bucarest a mediados del siglo XIX

Con la unificación de los Principados en 1859, uno de los primeros objetivos de la recién nombrada capital de Rumania fue construir nuevas instituciones públicas y espacios colectivos. La transición de la ciudad-pueblo a la capital europea se produjo de la mano de arquitectos franceses, por lo que Bucarest adoptó el estilo de la École de Beaux Arts de París en el diseño de sus nuevas avenidas, parques públicos, edificios político-administrativos y monumentos. Inspirada en el plan de renovación de París llevado a cabo por el Barón Haussmann, de esta época destaca la construcción de los grandes bulevares que vertebrarían la ciudad: en el eje norte-sur, el Bulevar Kisselef (1865), que marcaría la urbanización del norte de la ciudad y que debía extenderse hacia el sur uniéndose con la popular Calea Victoriei, y los Bulevares Colței y Lascar Catargiu (1888), que aligeraron la intensa circulación del eje Kisselef-Victoriei mediante una nueva arteria mucho más amplia; por otra parte, el eje este-oeste incluía los bulevares de la Academia, de Regina Elisabeta y de Carol I, construidos entre 1865 y 1880.

Centro urbano de Bucarest: bulevares norte-sur y este oeste,

realizados entre finales del siglo XIX y principios del XX

Precisamente, con este plan de desarrollo urbano, Calea Victoriei consolidó su posición como calle noble de la ciudad, convirtiéndose en el lugar central de sus nuevas funciones cívicas y nacionales de Bucarest. De este modo, se construyeron edificios públicos y comerciales, los más prestigiosos hoteles de la ciudad, así como el Palacio Real – de la recién estrenada dinastía Hohenzollern-Sigmaringen -, el Ateneo Rumano y la Fundación-Biblioteca Carol I, tres de los edificios más emblemáticos de la capital.

Calea Victoriei antes y después de la reestructuración urbana

de finales del siglo XIX

Otra de las grandes obras que permitió evitar las endémicas y en ocasiones muy destructivas inundaciones que sufría Bucarest fue la represa de las aguas del río Dâmbovița (1880 – 1883). Los trabajos que se desarrollaron permitieron también una mayor regularización del río, la desaparición de islas pre-existentes y de los brazos del río, así como su uso como lugar de drenaje de aguas residuales.


Plano del proyecto de regularización y canalización del río Dâmbovița

Encabezando esta entrada, vista de Bucarest desde la cima de la hoy desaparecida torre de Colțea (1868). 

 

¿Qué pasa en Roşia Montană? (y III)

¿Qué pasa en Roşia Montană? (y III)

La plataforma Salvaţi Roşia Montană expone todo tipo de argumentos para frenar el proyecto. De acuerdo con sus postulados, desde un punto de vista jurídico, el proyecto y la declaración de impacto ambiental transgreden varias Directivas europeas y la Convención de Berlín, de 10 de octubre de 2001, que prohíbe el empleo de cianuro en las explotaciones mineras de la UE, además de infringir la Convención Europea de Derechos del Hombre por el modo en que pretenden hacerse los traslados de población.  Tecnológicamente, los críticos con el proyecto aducen que, desde 1990, en todo el mundo se han producido más de 30 accidentes graves en explotaciones mineras donde se empleaba cianuro y que, en el 72 % de los casos, se debió a defectos en el dique de contención. En este argumento ha pesado especialmente el accidente de Baia Mare, en el que a pesar de necesitarse 22 permisos distintos relacionados con el medio ambiente y la salud pública, ello no evitó los defectos en el diseño del dique que provocaron el desastre ecológico. La ineficacia de las operaciones de autorización e inspección y la corrupción de las autoridades rumanas son un mal precedente que todavía no se ha resuelto y que hacen presagiar lo peor. Por otro lado, es innegable que la explotación en superficie de minas a cielo abierto provoca una significativa mutilación del paisaje, contaminación del aire y peligrosas vibraciones en el terreno, debidas a las constantes explosiones, que aumentan el riesgo sísmico de la región. También se alerta sobre la posible destrucción del patrimonio arqueológico de Roşia Montană. A pesar de todo, la plataforma no se limita a mantener una actitud exclusivamente defensiva y ha propuesto como alternativa al proyecto la declaración de la zona como parque arqueológico del patrimonio mundial bajo la protección de la UNESCO, alternativa que pretende dar una solución a largo plazo a la pobreza y al elevado paro en la región[1].   

En el último año, el Gobierno rumano ha jugado un papel ambiguo y que no ha hecho más que inflamar el conflicto. A pesar de que mientras estuvo en la oposición, el Partido Social-Democrático se opuso al proyecto de RMGC, tras su victoria en las elecciones legislativas de 2012 ha ido modificando su postura hasta convertirse en uno de sus mayores valedores. De este modo, cuando en junio de este año la Comisión de Análisis Técnico del Ministerio de Medio Ambiente parecía carecer de argumentos para dar su conformidad al proyecto, el Gobierno de coalición entre socialistas y liberales impulsó una propuesta de Ley de minería ad hoc para permitir su aprobación y derogar ciertos procedimientos legales que suponían un obstáculo. En respuesta, desde el 1 de septiembre se reproducen por todo el país manifestaciones semanales, cada vez más numerosas, que el pasado día 10 de diciembre consiguieron que la Ley de minería fuese rechazada en el Parlamento al no obtener los votos suficientes para modificar una ley orgánica. Sin duda, la guerra no ha terminado pero la plataforma Salvaţi Roşia Montană ha obtenido una sonora victoria.

Desde mi punto de vista, el propósito de extracción de oro y plata de Roşia Montană es un proyecto cortoplacista que, una vez concluido, no dejará resueltos los problemas endémicos de la zona y que únicamente habrá beneficiado a los accionistas canadienses de RMGC, que se repartirán el 80 % de los beneficios obtenidos, mientras que Rumania apenas obtendrá un 2 %, según lo acordado entre RMGC y el Gobierno rumano[2]. Por otro lado, a nivel técnico, el proyecto tiene unos riesgos medioambientales difíciles de asumir considerando el nivel de incompetencia y corrupción de las autoridades rumanas[3]. La declaración de Roşia Montană como parque arqueológico del patrimonio mundial de la UNESCO es una aspiración realizable que, además de atraer fondos de la UE, podría aumentar el potencial turístico de la región e impulsar nuevas campañas arqueológicas. A pesar de ello, esta propuesta no es incompatible con una explotación minera sostenible de los recursos de la zona, aunque para ello sería necesario realizar un estudio científico bien fundamentado y un programa de aplicación bien pensado y coordinado que involucrase a todas las partes y despejase cualquier duda mediante la incorporación al proyecto de un equipo técnico independiente escogido, por ejemplo, desde las instituciones europeas.

[1] Argumentos y propuestas extraídos de la web de la plataforma Salvaţi Roşia Montană.

[2] Datos obtenidos de la web de Rosia Montana Gold Corporation.

[3] Para muestra, la declaración pública del primer ministro, Victor Ponta, sobre el cobro de comisiones en el marco de este proyecto (aunque afirmó no tener pruebas de ello) o el reciente ingreso en prisión, acusado de corrupción, del director de la Autoridad de Gestión del Plan Operativo Sectorial de Medio Ambiente, Adrian Mandroiu.

Costumbres funerarias rumanas

Costumbres funerarias rumanas

Las costumbres funerarias rumanas, a diferencia de las españolas, ya muy estandarizadas, están condicionadas por viejas tradiciones, tanto religiosas como de carácter supersticioso, que las familias tienen muy en cuenta cuando pierden a un ser querido. 

Desde el punto de vista de un español, el primer problema al que se enfrenta un rumano cuando fallece alguien en su familia es la inexistencia de unas pompas fúnebres que le resuelvan el problema. En los últimos años han aparecido en Rumania, principalmente en las grandes ciudades, empresas que ofrecen todo tipo de servicios funerarios como en España, sin embargo, en la mayor parte del país se respeta un proceso menos profesionalizado y más doméstico, repleto de ritos y trufado de supersticiones.

Cuando una persona ha dado ya su último aliento, un familiar cercano procede a lavarlo con cuidado, rociarlo con agua bendita y vestirlo con ropa limpia, a ser posible recién comprada para la triste ocasión. A continuación, se le ata la mandíbula, las manos y los pies. El cadáver debe vestir con zapatos nuevos, mientras que ningún asistente al funeral deberá estrenar calzado. Las mujeres fallecidas no se visten de negro para evitar que regresen del más allá y embrujen la casa.

Una vez acicalado, el cadáver se coloca sobre su cama o en un soporte especial proporcionado por la Iglesia. En ocasiones, tal y como hacían los antiguos griegos con sus difuntos para pagar la travesía del Hades guiada por Caronte, se colocan unas monedas en las manos del difundo para pagar las “aduanas” (vămile) por las que transitará, aunque los más fervorosos cristianos no respetan este hábito por considerarlo pagano, es más, afirman que cualquier objeto colocado en sus manos o en sus bolsillos sólo servirá para frenar su ascensión a los cielos. Habitualmente, sobre el pecho del difunto se coloca un icono o sus propias manos sosteniendo una cruz.

Antes de depositar el cuerpo dentro del ataúd, existe la costumbre de rodearlo tres veces con un recipiente con incienso para, según se dice, alejar los malos espíritus. Una vez en la caja, algunas familias colocan un espejo, un peine, una aguja u otros objetos de ajuar, cosas que el difunto necesitará en el más allá, aunque de nuevo los más ortodoxos se oponen a esta práctica, negándose incluso a que se corten las uñas o se peine al finado pues, aparentemente, no se trata de hábitos cristianos. Antiguamente, se decía que si un gato pasaba bajo el ataúd, era necesario clavar un cuchillo en el corazón del fallecido para impedir que se convirtiese en un no muerto.

Durante la exposición del cuerpo, que dura nada menos que tres días, cada persona que llega a la casa del fallecido para presentar sus respetos sustituye el habitual Bună ziua (Buenos días o, en general, Hola) por un Dumnezeu să-l ierte! (¡Qué Dios lo perdone!). Por la noche, durante el velatorio, la gente se reúne alrededor del ataúd y a media noche se sirven comida y bebidas a los asistentes, tras lo cual suelen quedarse sólo los más allegados, que no se separarán del cadáver y se asegurarán de que una o varias velas permanezcan siempre encendidas, al igual que el resto de las luces de la casa.

Mientras el ataúd permanece en casa, todos los espejos se cubren con tela para evitar que el alma del difunto quede atrapada o que alguien vea su imagen reflejada pues, según una vieja superstición, será el próximo en morir. Por un motivo parecido, puertas y ventanas permanecen abiertas, facilitando el viaje del alma hacia el cielo.

Para indicar públicamente que alguien ha muerto en un determinado hogar, en la puerta de la casa se coloca un paño negro en el que se escribe el nombre del fallecido, su fecha de nacimiento y la fecha de su fallecimiento, pieza que no se retira durante 40 días. Durante este mismo período, los familiares deben llevar un pedazo de tela negra adherido a su ropa y los varones no pueden afeitarse.

Dependiendo de la zona de la zona de Rumania donde se produzca el duelo, el llanto puede ser una muestra de respeto – en el pasado, se contrataban incluso coros de plañideras - o una grosería hacia el difunto, a quien las lágrimas le amargarán el “alegre” camino hacia el cielo o incluso “las aguas que beberá en el más allá”.

Una costumbre respetada especialmente en los pueblos es la procesión, desde la casa del difunto o la capilla de la iglesia donde estaba depositado, hasta el cementerio. La encabeza un grupo de hombres portando banderas negras con la efigie de santos, iconos procesionales y una cruz, seguidos de varios sacerdotes. En ocasiones, el grupo de hombres porta un pequeño abeto decorado con cruces, luces y algunos alimentos.  Los sigue un carro tirado por caballos o una pickup portando las coronas de flores y el ataúd, normalmente abierto, tras el cual caminan parientes y amigos portando velas a las que se atan pañuelos y toallas repartidos por la familia (cuando los familiares y amigos se trasladan en coche, suelen atar toallas al retrovisor en señal de duelo). Durante la procesión, las casas de los familiares del difunto abren sus puertas cuando el ataúd pasa frente a su fachada. El cortejo se detiene en cada cruce de caminos, donde se colocan alfombras en fila, formando un metafórico puente hacia el más allá, sobre las que circulará el séquito tras una breve oración del sacerdote.

Una vez en el cementerio, los sacerdotes realizan un breve servicio y el cadáver se sepulta directamente en la tierra, con los pies y las manos desatadas. Terminado el entierro, se realiza la pomană, una espléndida comida servida por la familia a los asistentes al entierro, celebrada por el perdón de los pecados del difunto y la salvación de su alma. El ágape se repite a los 40 días del funeral, en casa de la familia o en restaurantes que, cual si de una boda o un bautizo se tratase, ofrecen menús especiales para la ocasión.

 

¿Qué pasa en Roşia Montană? (II)

¿Qué pasa en Roşia Montană? (II)

Con el objetivo de convencer a los habitantes de Roşia Montană, RMGC desplegó una campaña informativa sobre los beneficios del proyecto, cifrados en 2.300 millones de dólares para la economía rumana[1] - una parte de los cuales, lógicamente, se destinarían al presupuesto local -, en 2.300 puestos de trabajo directos durante el período de construcción de la mina y en un total de 3.600 puestos de trabajo, directos e indirectos, durante la operación. RMGC ha empleado el método de mercado para negociar las contrapartidas con los habitantes y las autoridades locales, garantizando la contratación de personal autóctono, la rehabilitación medioambiental de la zona tras finalizar el período de concesión, la recuperación del centro histórico de Roşia Montană e inversiones para el desarrollo turístico de la zona, incluyendo campañas arqueológicas, valorización del patrimonio técnico-industrial, construcción del Museo de la Minería, etc. Las propuestas de RMGC han sido bien recibidas por la mayoría de la población local, que ante las protestas de algunos vecinos y de una buena parte de la sociedad rumana, se ha organizado en la plataforma Sindicatul Viitorul Mineritului (Sindicato para el futuro de la minería) y ha desarrollado una campaña de manifestaciones, encierros y protestas a nivel local titulada Da pentru Roşia Montană  (Sí a Roşia Montană).

En el otro extremo, un sinfín de instituciones y grupos de todo el espectro ideológico[2], se han manifestado en contra del proyecto de RMGC, agrupados en torno a la plataforma Salvaţi Roşia Montană (Salvad Roşia Montană), establecida por vecinos de Roşia Montană afectados por los traslados forzosos y la destrucción de inmuebles (casas e incluso alguna iglesia) a los que el proyecto obliga. A pesar de todo, los problemas empezaron para RMGC cuando, a finales de 2004, presentó la documentación para obtener los permisos medioambientales para la ejecución del proyecto y, posteriormente, el estudio de impacto ambiental. Durante años, RMGC no ha conseguido obtener todas las licencias necesarias, viendo como el proyecto se retrasaba en los pasillos del Ministerio de Medio Ambiente mientras la opinión pública tomaba conciencia del problema y el ambiente se enrarecía. A todo ello había contribuido, sin duda, el accidente ocurrido el 30 de enero del año 2000 cuando, tras un período de condiciones climatológicas extremas, se rompió el dique de contención de los residuos mineros de una explotación de oro en Baia Mare y se vertieron 100.000 m3 de barro y aguas residuales contaminadas con cianuro y metales pesados en los canales de desagüe al río Lapus, un afluente del Somes, a través del cual alcanzaron el río Tisza, el curso superior del Danubio a su paso por Belgrado y, finalmente, el Mar Negro. La terrible contaminación transfronteriza tuvo graves consecuencias para la biodiversidad, los ecosistemas fluviales, el abastecimiento de agua potable y las condiciones socioeconómicas de las poblaciones afectadas.



[1] También se han calculado unos beneficios adicionales para la economía rumana de 3.000 millones de dólares en inversión en recursos humanos, construcción, electricidad, materiales, transporte, reactivos, piezas de repuesto y otros.

[2] Paradójicamente, desde pequeños grupos de extrema izquierda hasta la extrema derecha nacionalista, pasando por la Casa Real rumana, la Academia Rumana, las iglesias ortodoxa y católica, ONG, movimientos ecologistas o de protección del patrimonio pero, sobre todo, un elevado número de ciudadanos anónimos, indignados por el devenir político de Rumania.  

¿Qué pasa en Roşia Montană? (I)

¿Qué pasa en Roşia Montană? (I)

Roşia Montană es una localidad minera transilvana, situada en el Valle del río Roşia, en los Montes Apuseni (Departamento de Alba). Se trata de una zona catalogada como desfavorecida en el Programa Nacional para el Desarrollo Rural 2007-2013 , carente de infraestructuras, condicionada por una serie de factores climáticos y edáficos que limitan la actividad agrícola y donde el paro alcanza al 80 % de la población activa.

A pesar de todo, la zona donde se levanta Roşia Montană es rica en minerales por lo que su tradición minera está atestiguada documentalmente desde el año 131, cuando la localidad llevaba el nombre de Alburnus Maior. Tras la definitiva conquista de Dacia por el emperador Trajano, en el año 106, colonos romanos se asentaron en las nuevas tierras del imperio y entre ellos, de acuerdo con unas antiguas tablillas halladas en Alburnus Maior y fechadas entre los años 131 y 167, decenas de hispanos y sus familias, especialmente del norte peninsular, que se trasladaron allí para trabajar en las minas de oro de la región (en la imagen, galerías romanas conservadas de las minas de Roşia Montană). La explotación minera se extendió, con mayor o menor intensidad, durante la Edad Media y la Edad Moderna, aunque alcanzó su máximo apogeo durante el período austro-húngaro, concretamente a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando Roşia Montană se convirtió en una de las localidades más desarrolladas de la zona, con calles empedradas e iluminadas, escuelas, centro sanitario, cine, teatro, casino e incluso una sala de baile, a los que acudía una población étnicamente diversa – rumanos, húngaros, alemanes, judíos, eslovacos, etc. –  que, directa o indirectamente, siempre estaba relacionada con la actividad minera. Después de 1948, cuando todas las minas privadas fueron nacionalizadas por el nuevo régimen comunista, las minas de Roşia Montană se convirtieron en una propiedad del Estado y, progresivamente, fueron perdiendo eficiencia. En 1989, año de la Revolución, las pérdidas de Roşia Montană eran tres veces superiores a los beneficios que reportaban debido al uso de tecnologías obsoletas y a la falta de inversiones.

A pesar de la manifiesta decadencia de Roşia Montană, en 1999, la empresa Roşia Montana Gold Corporation (RMGC), fundada en Alba en 1997 y cuyos principales accionistas son la compañía minera estatal Minvest Roșia Montană S.A. (19.31 %) y la empresa de capital canadiense Gabriel Resources (80.69%), obtuvo la licencia de concesión para la explotación de las minas y mostró su interés en realizar una importante inversión en la zona para desarrollar un nuevo proyecto minero que mejorase la eficiencia del proyecto y lo hiciese viable. Con este objetivo RMGC desarrolló varios estudios geológicos, arqueológicos, sociales, medioambientales y de viabilidad económica que iban a resultar profundamente polémicos, especialmente en lo que al impacto medioambiental del proyecto se refiere. 

El proyecto diseñado por RMGC anuncia el cierre de la explotación local de la empresa minera pública Minivest – con la consiguiente extinción de 775 puestos de trabajo - y la organización de las minas de oro más grandes de Europa, previéndose la extracción de 300 toneladas de oro y 1.600 toneladas de plata en cuatro minas a cielo abierto, que serán explotadas según un método de excavación en superficie que extraerá 220 millones de toneladas de mineral de una área total de unas 100 hectáreas. La roca estéril se depositará en dos escombreras y los lodos producto del tratamiento del mineral con cianuro de sodio del mineral y de la separación del oro y la plata, serán tratados por oxidación y acumulados en lago abierto de decantación, con una capacidad de 250 millones de toneladas, contenido por un dique capaz de resistir un terremoto de 8 grados en la escala de Richter y dos precipitaciones máximas consecutivas.

La polémica está servida.

La agricultura rumana

La agricultura rumana

Rumania dispone de abundantes recursos agrícolas distribuidos en tres tipos relieves, cada uno de los cuales representa, aproximadamente, una tercera parte del territorio: en el centro, la meseta transilvana, rodeada por los Cárpatos, representaría un primer círculo que, a su vez, está rodeado por colinas suaves seguidas por un círculo exterior de llanuras. En consecuencia, la superficie agrícola rumana es de 14,7 millones de hectáreas (un 61,7 % del total), de la cual un 64 % representa terreno arable, un 33 % son pastos y henos y 3 % representan los huertos y viñedos.

Hasta mediados del siglo XIX, en Rumanía predominaban las grandes propiedades, en las que existía una relación feudal entre el propietario y los trabajadores de la tierra, sin embargo, en 1864, la Ley Rural promulgada por el príncipe Alexandru Cuza dio a los campesinos el poder real sobre la tierra, distribuyéndola en pequeñas parcelas. La reforma agraria de 1921 acentuó la fragmentación del territorio agrícola, siendo la superficie media de las parcelas de 3,9 ha.

Tras la instauración del régimen comunista en 1947,  una de las medidas económicas que más impacto tuvo sobre la población fue la violenta colectivización de la agricultura del país según el modelo soviético y la consiguiente instauración de las cooperativas agrícolas de producción.  Una vez instaurada la democracia, la reforma agraria de 1991 atribuyó un 72 % del conjunto de tierras agrícolas y el 84 % de los terrenos arables a las explotaciones privadas, aunque esta medida no estuvo acompañada de las reformas necesarias para hacer de la agricultura un sector competitivo y eficiente. La tierra se repartió en lotes de un tamaño inferior a 10 ha entre los jornaleros agrícolas, se prohibió la venta de tierra (hasta 1997) y se impidió la restauración de la gran propiedad agraria y la aparición de neocooperativas o empresas agrícolas.

Las consecuencias fueron inmediatas y son todavía patentes.  Rumania sufrió un retroceso hacia el minifundismo que contradice la tendencia habitual en las agriculturas de mercado y una disminución de la productividad agrícola, especialmente en el caso de la producción de cereales, donde se acusó la ausencia de grandes superficies y de la adecuada mecanización. De este modo, el gran número de explotaciones de subsistencia y semisubsistencia se ha convertido en el mayor problema al que se enfrenta la agricultura Rumana. Así, de un total de 3,93 millones de explotaciones agrícolas registradas al final del año 2008, un 99,5 % son explotaciones agrícolas individuales sin personalidad jurídica – es decir, explotaciones familiares - que gestionan el 65% de la superficie agrícola utilizada. Por otro lado, cabe destacar que entre 2002 y 2008 se produjo un drástico descenso en el número de explotaciones agrícolas - más de 600.000 – debido a la presión de la urbanización y a la compra de terrenos agrícolas por parte de extranjeros con objetivos especulativos.

Actualmente, el área media agraria por propiedad en Rumania es de 3,4 ha, un valor muy alejado de la media europea (15,8 ha/explotación)[1]. Las explotaciones familiares, cuya superficie media es sólo de 2,3 ha, tienen un bajísimo nivel de profesionalización y un 33 % de sus ingresos provienen del autoconsumo. En este tipo de explotaciones, las responsabilidades se reparten entre los miembros de la familia de modo mientras los hombres dedican su tiempo a las tareas agrícolas y ganaderas más duras, como segar[2], pastorear a los animales o cortar leña, las mujeres recogen el forraje, alimentan a los animales y realizan todas labores domésticas.

El minifundismo provoca que los agricultores no se aprovechen de las economías de escala en producción ni tengan poder de negociación a la hora de comprar materias o vender su mercancía, además tampoco tienen recursos para acometer las inversiones necesarias para hacer las tierras más productivas y son reacios a la venta de tierras que podría permitir una concentración parcelaria lo que, sin duda, disminuye su productividad. Para finalizar, cabe mencionar que aunque la fuerza laboral empleada por el sector agrícola rumano es una de las más numerosas de Europa, la realidad es que su peso sobre el total es cada vez menor. Los bajos ingresos que aporta la actualmente cualquier explotación agrícola en Rumania, especialmente en comparación con los servicios y la industria (sectores que han absorbido la mayor parte de las inversiones), han provocado una disminución de la población dedicada a labores agrícolas y su envejecimiento, al no existir un reemplazo de los jubilados por gente más joven. En el 2008 el 56,7% de los trabajadores tenía más de 45 años y un 36,7% más de 55 años[3].

[1] Paradójicamente, Rumania es el país con mayor número de explotaciones agrarias de la UE, casi una tercera parte del total (Fuente: Romania Libera, 11 de octubre de 2011. România are cel mai mare număr de exploataţii agricole din UE, circa o treime din total). 

[2] La fotografía izquierda muestra a un campesino rumano tras segar y recoger el forraje para alimentar durante el invierno a sus animales. La mecanización en las explotaciones familiares es inexistente pues las labores de tracción las realizan los animales.

[3] Como se observa en la fotografía derecha, la población rural rumana sufre un envejecimiento por el éxodo de la gente más joven.

Trăiască România!

Trăiască România!

Rumania celebra hoy el 95 aniversario de la Gran Unión del 1 de dicembre de 1918.

¡Felicidades!

Cișmigiu: Retrato 3

Cișmigiu: Retrato 3

Cișmigiu: Retrato 2

Cișmigiu: Retrato 1

Petre Antonescu y la Casa Oprea Soare

Petre Antonescu y la Casa Oprea Soare

El estilo neo-rumano nació al albor de la independencia de Rumania como respuesta nacionalista al excesivo afrancesamiento de la arquitectura bucarestina de la segunda mitad del siglo XIX. El padre del nuevo movimiento fue Ion Mincu, sin embargo, otros arquitectos desplegaron todas las posibilidades que el naciente estilo ofrecía hasta alcanzar su máximo esplendor en el llamado neo-rumano maduro, que algunos han calificado incluso como barroco. 

Entre todos ellos, destaca Petre Antonescu (1873 – 1965), arquitecto, urbanista, pedagogo y académico cuya enorme versatilidad le permitió diseñar edificios tan dispares como el célebre Arco del Triunfo, que todavía recibe a los recién llegados a Bucarest, el ecléctico Palacio Kretzulescu, sede de la UNESCO en la ciudad, o el Rectorado de la Facultad de Derecho, un edificio neoclásico con tintes de la arquitectura totalitaria que se realizaba en aquellos momentos en Italia o Alemania.


Respecto a sus creaciones neo-rumanas, destacan el monumental edificio de la Banca Marmorosch Blank, cuyo interior sobresale por su decoración Art Nouveau y Art Déco, el imponente edificio del Ayuntamiento de Bucarest, hoy en plena restauración, la sede del Instituto Cultural Rumano, que se levanta frente a la embajada de España, o el deliciosamente decadente Hotel Triumf, que fue diseñado en 1937 como hogar para familias de trabajadores de la Banca Nacional de Rumania.

A pesar de tan emblemáticas construcciones, hoy me gustaría referirme a una villa que Antonescu construyó en 1914 para un burgués enriquecido gracias a sus negocios con la madera, Dumitru Oprea Soare. La Casa Oprea Soare – situada entre las calles Apolodor din Damasc, Colonel Gheorghe Poenaru-Bordea y Sfinţii Apostoli - representa uno de los mejores ejemplos de edificio neo-rumano maduro. La villa se inspira en las residencias de Măgureni y Marginena de la familia Cantacuzino en el Valle de Prahova, que a principios del siglo XX acababan de ser redescubiertas y sometidas a una campaña arqueológica, en la arquitectura brancován caracterizada en el palacio de Mogosoaia e incluso en construcciones vernáculas de Muntenia.

El edificio se levanta en el centro de un gran jardín al estilo de una mansión rústica, con un volumen compacto, típico de casa fortificada, en la que se abren dos pórticos, uno al oeste con cuatro columnas que sostienen una arcada lobulada, coronada por un cordón entorchado con botones, y otro al norte con otras cuatro columnas salomónicas y un mirador. En el lienzo se abren un conjunto de ventanas, enmarcadas por columnas adosadas y decoradas con alfiz, además de estar decorado con numerosas molduras, barandas adornadas con atauriques e incluso algún pequeño rosetón. Los tejados, cuyos amplios voladizos se sostienen por canecillos, están rematados por las omnipresentes finialas, tan características del horizonte bucarestino.

Tras su entrada principal, un gran recibidor cupulado permite acceder, mediante unas puertas que forman una arcada circular, a las distintas estancias cuyo interior todavía conservan los elementos decorativos originales, con suelos de mármol y parquet, revestimientos esculpidos y vigas de madera en techos pintados, según el estilo otomano o bizantino.

En la actualidad, la Casa Oprea Soare alberga el popular restaurante Hanul berarilor (Posada de las cervezas), que además de ofrecer un variado y gustoso menú con cocina tradicional rumana, nos permite disfrutar in situ de esta gran obra de Petre Antonescu. 

La catástrofe poblacional de Rumania

La catástrofe poblacional de Rumania

Permítanme que les aburra con algunos datos de profundo calado.

Cuando estalló la Revolución que derrocó a Ceaucescu, en 1989, Rumania tenía 23.207.000 habitantes, una tasa de natalidad de entre las mayores de Europa (16 nacimientos por cada 1.000 habitantes), una mortalidad de 11,1 fallecimientos por 1.000 habitantes y una tasa de mortalidad infantil de 26,9 por cada 1.000 nacimientos, elevada debido al empeoramiento de las condiciones de vida de la última década de la dictadura comunista.

A partir de la instauración de la democracia, Rumania inagura un escenario de transición en el que, debido a una profunda crisis económica y social, provocada por las privatizaciones, la reestructuración económica y el aumento del paro, en 10 años la natalidad disminuyó a 10,5 nacimientos por cada 1.000 habitantes, estabilizándose en este valor hasta la actualidad. La falta de asistencia social y sanitaria mantuvo altas tanto la mortalidad infantil como la mortalidad de la población, tasas que sólo empezaron a reducirse a finales de los años 90, sobre todo en el caso de la segunda, que se redujo de 26,9 en 1989 a 10,73 en 2012.  Sin duda, estas variaciones afectaron profundamente al crecimiento natural de la población rumana, que en 10 años pasó de un 5,3 % a un – 3 %.

A la disminución del crecimiento natural contribuyó también una creciente emigración, principalmente de la población de entre 20 y 40 años de edad, que dejó el país en busca de unas mejores condiciones de vida. El proceso migratorio tendió a reducirse a partir del año 2003, momento en el que una aparente recuperación económica atrajo de nuevo a Rumania a algunos emigrantes. En este escenario, a lo largo de todos estos años, la población rumana ha envejecido lentamente, especialmente en el ámbito rural, mientras que la población joven se ha reducido dramáticamente, lo que supone y todavía supondrá en el futuro unas graves consecuencias sociales y económicas para el país, especialmente en lo que se refiere a renovación de la fuerza laboral, por lo que el Gobierno rumano ha empezado a lanzar llamamientos desesperados para animar al retorno de los emigrantes aunque, de momento, han cosechado unos éxito exiguos.

De acuerdo con el censo realizado en el año 2011, Rumania cuenta con 20.121.641 habitantes, es decir, si quiere crecer y desarrollarse, en los próximos años va a necesitar una importante fuerza laboral que compense esta catástrofe poblacional ya que, en la actualidad, 4,7 millones de trabajadores mantienen a 5,7 millones de pensionistas.

La forja de la nación rumana (V): La oposición liberal

La forja de la nación rumana (V): La oposición liberal

Durante el primer tercio del siglo XIX, el nacionalismo rumano era ya una realidad, construida por los herederos de la Escuela de Transilvania y basada en una supuesta tradición cultural dacio-romana que se prolongaba desde la Antigüedad hasta la nación rumana de entonces.

En estas circunstancias, en las dos Asambleas legislativas surgió una oposición liberal favorable a la unión de las tierras pobladas por rumanos y contraria a la protección rusa. En los primeros años de vigencia de los Reglamentos, los hospodares pudieron controlar a esta oposición que en 1839 incluso intentó un frustrado un golpe de Estado con el objetivo crear una Federación danubiana que incorporase también a Serbia.

En los años cuarenta, tomó el relevo al frente del movimiento liberal un grupo de jóvenes formados en París - Ion Ghica, C. A. Rosetti, Nicolae Balcescu y Ion Brătianu –, donde habían integrado el Círculo Revolucionario Rumano. Ya de regreso a su país, mantuvieron una actividad semiclandestina en permanente contacto con la comunidad rumana de Transilvania.

La revolución parisina de 1848, la caída de Metternich y la sublevación de los húngaros provocaron la agitación revolucionaria de los rumanos de Transilvania, encabezados por el abogado Avram Iancu (en la imagen). A principios de abril, un grupo de liberales de Iaşi, entre los que destacaban el coronel Alexandru Ioan Cuza y el historiador Mihai Kogălniceanu, redactaron un programa político que exigía la reforma del Reglamento para incluir el reconocimiento de las libertades individuales, la introducción de reformas económicas y la responsabilidad del Gobierno frente al Parlamento. El programa fue presentado al Príncipe de Moldavia, Mihail Sturza, quien lo rechazó y acabó por la fuerza con el movimiento liberal, obligando a sus miembros a exiliarse a Transilvania.

A finales de mayo, los liberales válacos crearon un Comité revolucionario que redactó la llamada Proclamación de Islaz, publicada en junio, en la que se reclamaba el fin de la tutela extranjera, la unidad nacional – incluida Transilvania -, una Constitución liberal, la abolición de la servidumbre y el reparto de tierras, así como derechos civiles para gitanos y judíos. El Príncipe de Valaquia, Gheorghe Bibescu, consciente del apoyo que el Ejército y gran parte de la población daba a la Proclamación, decidió aprobar el programa y reconocer a un nuevo Gobierno revolucionario formado por Brătianu, Rosetti o Balcescu, entre otros liberales. Pocas semanas después, Bibescu decidió abdicar y exiliarse a Transilvania.

Los liberales decidieron entonces aplicar el programa establecido en Islaz por lo que suspendieron la censura, crearon la Guardia Nacional, secularizaron los bienes de los monasterios y terminaron con los privilegios feudales, incluyendo la servidumbre. La reforma agraria implicó una división de pareceres en el seno de los liberales por lo que el asunto se dejó en manos de la futura Asamblea Nacional Constituyente.

El Gobierno ruso contemplaba todos estos acontecimientos con creciente preocupación por lo que contactó con la Sublime Puerta para preparar una acción política que neutralizase el movimiento nacionalista. El Gobierno provisional intentó contemporizar, aceptando incluso que el sultán nombrase a una Regencia de tres miembros para sustituir a Bibescu, sin embargo, los rusos siguieron presionando y en septiembre el ejército turco invadió Valaquia y tomó Bucarest casi sin resistencia. Poco después llegó también el ejército ruso.

La convención ruso-turca de Balta Liman (abril de 1849), reforzó la situación de poder compartido entre ambas potencias en ambos Principados y restringió todavía más los Reglamentos Orgánicos, en los que el sistema de asambleas fue sustituido por Divanes con poder legislativo. El campesinado válaco volvió a la servidumbre con sus obligaciones incrementadas y muchos liberales se exiliaron a Francia, donde encontraron en Napoleón III al máximo valedor europeo de la unidad nacional rumana.

El origen de los nombres de los barios de Bucarest: Dămăroaia y Griviţa

El origen de los nombres de los barios de Bucarest: Dămăroaia y Griviţa

Hace meses me referí al origen del nombre de Baneasa, barrio que ostenta el mismo título que una egregia mujer, Ecaterina Vacarescu, esposa del ban Stefan Vacarescu. Pues bien, Baneasa no es el único barrio cuyo nombre está relacionado con una mujer. Dămăroaia, situado entre el imponente edificio de la Prensa Libre y el Lago Griviţa, debe su nombre Maria Damaris, una boyarda cuya hacienda se encontraba en las mismas tierras en las que hoy se levanta este lugar. Otra versión afirma que Dămăroaia se refiere a la mujer del alcalde del lugar entre 1830 y 1833, que dio nombre a la zona por el extenso y hermoso jardín que precedía a su casa, orgullo y admiración de vecinos y viandantes.

Griviţa es un barrio al norte de la principal estación ferroviaria de Bucarest, Gara de Nord, articulado alrededor de unos enormes talleres ferroviarios. El distrito debe su nombre a una localidad búlgara, Grivitza o Grivica, donde tuvo lugar una importante batalla de la Guerra Ruso-Turca de 1877-1878 que dio lugar a la independencia de los Principados Rumanos. En Griviţa existía una importantísima posición turca, con varios reductos y fortificaciones que formaban parte del sistema defensivo de la estratégica ciudad de Pleven. La batalla de Griviţa - en la imagen - se encuadra en las operaciones del prolongado sitio de Pleven, durante el cual el ejército rumano, aliado de los rusos, perdió más unidades que durante toda la guerra. La carnicería fue tal que unos años después de la contienda, en 1902, se abrió un gran mausoleo para albergar los restos de los soldados rumanos que allí perdieron la vida.

¿Holocausto canino?

¿Holocausto canino?

El pasado 2 de septiembre, la abuela de Ionuţ Anghel, de 4 años de edad, lo llevó de paseo al Parque Tei junto a su hermano, un poco mayor que él. Al llegar allí, la mujer se distrajo un momento y los niños hicieron lo que es propio de ellos, es decir, escapar de su supervisión para adentrarse en una zona asilvestrada, con plantas lo suficientemente altas como para ocultarlos totalmente, mucho más interesante que los ya archiconocidos columpios de un lugar al que solían ir con frecuencia.

La mala fortuna hizo que durante la infantil aventura, Ionuţ y su hermano se topasen con un par de perros peligrosos que se les echaron encima. A pesar de llevarse un buen mordisco en la pierna, el hermano mayor pudo huir y alertar a su abuela, sin embargo, poco se pudo hacer por Ionuţ, que murió por las heridas causadas por los canes.

Desde la trágica muerte de Ionuţ, se ha desatado de nuevo el periódico debate sobre el destino de las decenas de miles de perros vagabundos que deambulan por la ciudad y que suponen una amenaza física y sanitaria para la población. La noticia también ha dado rienda suelta a las más bajas pasiones de algunos bucarestinos, que no han dudado en atacar violentamente a todo perro que se cruzaba en su camino. Otros, por su parte, han intensificado su defensa de los animales en un ambiente terriblemente condicionado por la muerte de Ionuţ.

La conmoción ha llegado hasta el Parlamento rumano que, por una vez y sin que sirva de precedente, se ha apresurado a tomar medidas en una situación de máximo interés para la población. A pesar de ello, su actuación no ha estado ausente de polémica pues en un tiempo récord ha aprobado una ley que permite exterminar a todos aquellos perros que, una vez cazados, no sean reclamados por sus dueños o adoptados en un plazo máximo de 14 días. En este sentido, Sorin Oprescu, flamante alcalde de la capital, ha anunciado un próximo referéndum para decidir la suerte de los canes de Bucarest.

Por si no bastaba con las manifestaciones de los últimos días, a favor y en contra de los perros vagabundos, Brigitte Bardot ha intentado abanderar las protestas contra el cercano holocausto canino como ya hiciera en el año 2001 para evitar otra anunciada matanza, sin embargo, el alcalde que por aquel entonces se plegó a sus demandas, Traian Basescu, ahora le ha recomendado que, si quiere tanto a los perros, visite Bucarest, se lleve unos cuantos a su casa - el propio Basescu tiene cinco perros callejeros adoptados – y, de paso, pase por la casa de los padres de Ionuţ para explicarles su campaña.

A raíz de toda esta polémica, recientemente se ha publicado que, durante el año 2012, hubo 16.000 ataques de perros contra personas sólo en Bucarest.

Fotografía de una rotonda bucarestina, por gentileza de ABC.  

La increíble historia de la familia Ovitz de Rozavlea

La increíble historia de la familia Ovitz de Rozavlea

Durante las pasadas vacaciones, tras un agotador día de de visita londinense, me dispuse a abandonar por una noche la lectura y a zambullirme en la hipnotizante programación televisiva. Cuál sería mi sorpresa cuando, tras navegar brevemente de un canal al siguiente, en un reportaje recién empezado en la BBC, escuché un brevísimo diálogo en rumano por lo que, lógicamente, detuve mi deambular entre películas, series e informativos.

En la pantalla, un risueño británico afectado de enanismo, el actor Warwick Davis, popular por sus apariciones en películas como Harry Potter o Las Crónicas de Narnia, presentaba con divertido desparpajo a su familia y comentaba con un periodista su intención de viajar a Rumania para seguir sobre el terreno la fascinante historia de la familia Ovitz.

La familia Ovitz, de origen judío, estaba encabezada por el padre, Shimshon Eizik, un enano que ejercía de rabino en la localidad de Rozavlea y que, casado dos veces con mujeres de estatura normal – Brana Fruchter y, tras enviudar, Batia Husz-, tuvo 3 hijos normales (Sarah, Leah y Arie) y 7 hijos afectados de enanismo (Avram, Miki, Rózsika, Franciska, Frida, Erzsike y Perla). Shimshon falleció en 1923 tras una intoxicación alimentaria así que Batia, más conocida en Rozavlea como Berta, una mujer fuerte y decidida, envió a sus 7 hijos enanos a Sighet para que recibiesen formación musical y, cuando terminaron sus estudios, organizó la compañía Liliput, que rápidamente se hizo popular en Europa gracias a un divertido vodevil musical que interpretaban en yiddish, alemán, rumano, húngaro y ruso y que llegaron a representar frente al rey rumano, Carol II.

Mientras la tropa Liliput triunfaba en el continente, en Alemania ascendía al poder Adolf Hitler, un demente que paradójicamente se declaraba deslumbrado por la película de Disney,  Blancanieves y los siete enanitos. La familia Ovitz vivió ajena a la ascensión del nazismo, ganándose el respeto y la admiración de sus vecinos, que los vieron regresar en 1934 con el primer coche que hubo en la localidad o instalar en su casa la primera bañera. Desafortunadamente, el conflicto desatado en toda Europa por el nazismo acabó llegando a Rozavlea y, en 1944, fueron arrancados violentamente de su casa y enviados, junto al resto de judíos del lugar, al ghetto de Dragomirești. Permanecieron allí poco tiempo, hacinados con el resto de hebreos de la región, hasta que fueron obligados a subir a un tren sellado y enviados a Auschwitz.

Cuando descendieron en el andén del campo de exterminio, el Dr. Joseph Mengele, el Ángel de la Muerte, se interesó en seguida por ellos. Que 7 de 10 hermanos sufriesen enanismo era una anomalía que deseaba investigar y no quiso resistirse a la posibilidad de experimentar con ellos. A pesar de todo, en el caos del momento, entre los ladridos de los perros, las imperativas órdenes de los guardias, los llantos desgarrados de las familias separadas y sus gritos de pánico, los Ovitz fueron enviados por error a una cámara de gas junto a niños, enfermos, mujeres y ancianos.

Sólo un grito angustiado de Mengele consiguió sacarlos de las duchas de la muerte:

-          Die Zwerge, die Zwerge! Wo sind die Zwerge?! (¡Los enanos, los enanos! ¿Dónde están los enanos?)

A partir de entonces, empezó un terrible calvario para los 7 hermanos de la familia Ovitz, que sólo podían escoger entre la muerte o sufrir degradantes y dolorosas torturas de sus "salvadores" encubiertas como tratamientos médicos. Avram, Miki, Rózsika, Franciska, Frida, Erzsike y Perla – Mi familia de enanos, como los llamaba Mengele – sobrevivieron a Auschwitz y, de hecho, se convirtieron en la única familia judía que consiguió regresar a Rozavlea.

A pesar de todo, Rumania había cambiado mucho. Su casa había sido ocupada, su coche desmontado por unos vecinos y su espectáculo ya no interesaba a nadie por lo que, tras emigrar a Bélgica, en 1949 desembarcaron en Israel. La Tierra Prometida dio una segunda oportunidad a la compañía Luliput y en 1955, tras recuperarse de las torturas sufridas a manos de Mengele, volvió a escena en Haifa, lo que permitió a sus miembros comprar un par de salas de cine y una cafetería. En 1980 vendieron todos sus negocios y, en los años siguientes, poco a poco, fueron muriendo uno a uno tras una larga vida llena de avatares y una vejez feliz. Perla fue la última superviviente del grupo que, entrevistada por los periodistas Yehuda Koren y Eliat Negev, dio lugar al libro titulado “En nuestros corazones, éramos gigantes” (In Our Hearts, We Were Giants, New York: Carroll & Graf Publishers, 2004).

Ciertamente, la familia Ovitz fue una familia de gigantes.

Luto

Desde Bucarestinos, queremos expresar nuestra profunda pena por el accidente del AVE en Galicia.

¡Muchos ánimos a todos!