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Bucarestinos

A favor y en contra de la (re)unión

A favor y en contra de la (re)unión

El nacionalismo europeo tiene múltiples caras y, mientras en unos lugares clama por la separación, en otros exige la unión; es el caso de Rumania, donde el sector más nacionalista de la sociedad clama por la (re)unión de los territorios de Rumania y su vecina Moldavia. A pesar de ello, el resto de la sociedad rumana observa el problema con poco interés y quienes defienden la unión lo hacen con la boca pequeña, presos de una cierta nostalgia histórica, por temor, principalmente, a las consecuencias económicas de integrar un país más pobre y, en menor medida, por la dificultad de asimilar a minorías no rumanas como rusos, ucranianos, gagauzios o búlgaros.  

Por su parte, en Moldavia, la posición de la sociedad sobre este asunto suele ser más pasional, como han demostrado las manifestaciones, a favor y en contra de la unión, que se celebraron ayer en Chişinău, capital del país, con motivo del 98 aniversario de la unión de ambos estados, tras la Primera Guerra Mundial.

Manifestantes moldavos a favor de la unión con Rumania, reunidos ayer

en el centro de Chişinău. 

Los panrumanistas, que enarbolan la tricolor rumana junto a la bandera de la UE, hablan de los lazos lingüísticos y culturales con sus hermanos de la otra orilla del río Prut – frontera natural y política entre ambos países -, piensan en una reunificación a la alemana y sueñan con circular libremente por la Unión Europea. Por su parte, los opuestos a la unión con Rumania, forman un heterogéneo grupo integrado por nostálgicos comunistas, miembros de las minorías nacionales – que suman una tercera parte de la población moldava – y un grueso de población temeroso del capitalismo salvaje que, en muchas ocasiones, se ha impuesto en Europa del este tras la caída del comunismo, y que se siente más cercano al modelo ruso post-soviético representado por la Comunidad de Estados Independientes. Es indiscutible que ambos bandos oponen modelos económicos, políticos y sociales muy distintos y difícilmente reconciliables.  

El territorio actual de la República de Moldavia fue parte del principado de Moldavia, estado medieval vasallo de los otomanos a partir del siglo XVI, hasta que, tras la Guerra Ruso-Turca de 1806-1812, quedó anexionado a Rusia. Algo más de un siglo más tarde, durante la Revolución rusa de 1917, Moldavia se declaró independiente y, al año siguiente, su Consejo Nacional votó a favor de la reintegración en Rumania. En los días anteriores a la Segunda Guerra Mundial, alemanes y rusos pactaron un protocolo adicional secreto del Pacto Ribbentrop-Mólotov que reconoció el interés ruso por Besarabia, hecho que se reflejó en 1940 con la ocupación rusa del territorio, que el 2 de agosto pasó a convertirse en la República Socialista Soviética de Moldavia. Únicamente tras el desmembramiento de la Unión Soviética, en 1991, Moldavia pudo recuperar su libertad, declarándose independiente el 27 de agosto del mismo año.

Respecto a la posición de los moldavos sobre la reunificación, aparentemente ha sido cambiante en los últimos años pues, si bien de acuerdo con una encuesta a nivel nacional realizada en el año 2011, un 63 % de la población de oponía total o parcialmente a ella, en otra encuesta de principios de 2014, realizada por el Centro Rumano de Estudios y Estrategia, el 52 % de los moldavos estaban total o parcialmente a favor de ella resultado que, honestamente, me cuesta creer y temo refleja más un deseo del centro que realizó el sondeo.

Casa Miclescu o del Coronel

Casa Miclescu o del Coronel

Tras un año afincado de nuevo en Barcelona, recuerdo con cierta nostalgia las carreras en el taxi de mi amigo George Constantin, desde el aeropuerto de Otopeni a casa, donde me esperaba la familia, impaciente por mi regreso tras alguno de mis frecuentes viajes. Comentábamos siempre con George cómo había ido mi periplo y cada vez desembocábamos en el más reciente escándalo político, refunfuñando ambos, mientras yo miraba distraídamente por la ventana el tráfico de la ciudad.  

En el camino a casa, pasado el imponente Arco del Triunfo, a mano derecha, siempre posaba la mirada en una hermosa ruina del número 33 de la Avenida Kiseleff, los restos de una antaño majestuosa villa en estilo neo-rumano que hoy languidece ante la indiferencia de sus propietarios y muchos de sus vecinos.

Se trata de la Casa Miclescu, conocida también como Casa del Coronel, diseñada por el gran Ion Mincu y construida a principios del siglo XX según el estilo nacional rumano, de moda entonces, como de moda estaba que los monarcas se vistiesen con trajes populares, con aire rural, para hacerse fotografías. Mincu trazó los planos de la casa para el pintor George Demetrescu Mirea, representante del academicismo rumano, sin embargo, la falta de fondos obligó al artista a venderla, antes de poder terminarla, al abogado Jean Miclescu, descendiente de una de las más egregias familias boyardas de Moldavia.

En la imagen, Sandu Sturza, el coronel Miclescu y su esposa, Elsa,en la pista de tenis situada en el jardín posterior de la casa

La casa, cuya cubierta se desmoronó hace años, todavía muestra con orgullo los clásicos elementos del estilo neo-rumano e incluso mantiene una torre lateral que le da un aire de fortaleza medieval. Antaño, su salón principal, hoy cubierto de nieve durante el invierno, acogió las reuniones y los bailes semanales de lo más granado de la aristocracia rumana.  Cantacuzinos, Brâncoveanus, Sturdzas, Carps, Băleanus o Greceanus deambularon por sus estancias, hasta que la Primera Guerra Mundial barrió a aquella despreocupada aristocracia. El hijo de Jean Miclescu, el coronel de caballería, Radu Miclescu, herido durante la Gran Guerra, vivió allí junto a su esposa, Elena Florescu las turbulencias del período interbélico y la Segunda Guerra Mundial hasta que, en 1948, las autoridades comunistas acabaron por confiscar la casa y alquilarla a la Unión de Artistas Plásticos.

Salón de la Casa Miclescu. En la imagen, la madre del coronel Miclescu leyendo.

Tras pasar tres meses en prisión por oponerse al embargo, el coronel Miclescu y su esposa se instalaron en uno de los 7 apartamentos en los que se dividió su antiguo hogar. En 1968, durante su viaje a Rumania, Charles de Gaulle quiso reencontrarse con su antiguo compañero de la Escuela Superior de Oficiales de Saint Cyr, y no dudó en visitar a la pareja. El terrible terremoto de 1977 afectó irreversiblemente al edificio, que fue declarado inhabitable por las autoridades, sin embargo, los dos ancianos decidieron permanecer en su pequeña habitación subterránea, a la que accedían por una escalera con una cuerda a modo de pasamanos. Allí permanecieron, sin perder un ápice de su dignidad, hasta la muerte del coronel, en 1990, pocos meses después de recuperar la propiedad del edificio tras la Revolución que derrocó a Ceaușescu.

Elsa, en la escalera de acceso al piso superior

En 1994, la casa fue vendida por la familia Miclescu a un antiguo entrenador del Steaua de Bucarest, Dumitru Dumitriu, apodado Ţiţi, y a Ilarian Puşcoci, que decidieron abandonarla a su suerte hasta hoy. El motivo es tan sencillo como impúdico. Con la idea de realizar un pelotazo inmobiliario, los nuevos propietarios tenían intención de demoler la casa y construir un bloque en los 3.000 metros cuadrados de terreno donde se levanta el edificio, sin embargo, el ayuntamiento les negó el permiso y, lo que fue todavía peor para sus planes, acabó incluyendo la villa en la lista de Monumentos históricos de Bucarest, en el año 2004. En estas circunstancias, como ocurre en tantos otros inmuebles históricos de la ciudad, los desaprensivos propietarios simplemente esperan a que la construcción se derrumbe y no haya marcha atrás.

En un intento desesperado por detener la degradación de la Casa Miclescu, en el año 2006, las autoridades municipales intentaron llevar ante los tribunales a Dumitriu y Puşcoci por destrucción premeditada del patrimonio, pero el juez no quiso admitir la demanda por considerar que su actitud no era consecutiva de delito y desde entonces, poco a poco, aquella villa que protagonizó algunos de los momentos más bellos e intensos de la historia de la ciudad, va perdiendo su estructura y, con ella, va desvaneciéndose aquel viejo y atractivo Bucarest que ya nunca recuperaremos.

Creencias y supersticiones rumanas sobre… Predicción meteorológica (I): Viento, ventiscas, tormentas, frío y nieve.

Creencias y supersticiones rumanas sobre… Predicción meteorológica (I): Viento, ventiscas, tormentas, frío y nieve.

Como todo pueblo de hondas raíces campesinas, a lo largo de su historia los rumanos han identificado multitud de señales, muchas veces relacionadas con el comportamiento animal, que les ayudan a afinar el pronóstico del tiempo.

Así, si un paisano observa que una ternera, tras abrevarse, juega con el hocico en el agua, pronostica sin dudarlo una gran tormenta. Lo mismo augurará si, en invierno, crujen los maderos de su casa o si su gato, normalmente ladino y perezoso, brinca y retoza en casa o si las ovejas saltan de alegría, los gorriones pían animados sobre el estiércol o las vacas mugen más de lo habitual y miran inquietas al cielo. Si los carneros se pelean de buena mañana en el establo, esperará un día ventoso y si ha soñado con serpientes o con un día borrascoso, esperará que caiga una buena tempestad.

Si el gato se coloca frente al horno o el radiador, araña la estera o trepa por la puerta de casa es señal de que se acerca el frío. Lo mismo podemos pensar si herrerillos, strixes – una especie de búho, común en tierras rumanas - o gorriones cantan junto a nuestra casa o si las hormigas y las moscas desaparecen antes del día de San Andrés (30 de noviembre). Una helada puede ser anunciada por un sueño protagonizado por peces, si se enrojece más de lo habitual el soporte del caldero sobre la lumbre o si vemos cómo los gorriones buscan cobijo bajo el alero de nuestra casa.

Por su parte, la nieve se anuncia con sueños sobre lucha u ovejas, cuando sudan las ventanas o si revolotean muchos cuervos sobre nuestras cabezas (¡qué inquietante es ver enormes bandadas de pájaros negros sobrevolar Bucarest a finales de otoño, anuncien nieve o no!).

Sea como fuere, desafortunadamente, a los infelices urbanitas, que carecen de establo, caldero, terneras o carneros o que difícilmente distinguen una paloma de una tórtola – no digamos ya un strix o un herrerillo -, apenas les queda el gato y sus sueños para predecir el mal tiempo.

¡Edificio sobre ruedas!

¡Edificio sobre ruedas!

En 1987, sólo dos años antes de que la Revolución acabase con el régimen comunista, tuvo lugar en Alba Iulia una proeza urbanística que dejó con la boca abierta a quienes tuvieron la suerte de presenciarla.

Las autoridades comunistas decidieron convertir el Bulevar de Transilvania en una gran avenida, sin embargo, sus planes se toparon con el Bloque A2, un edificio de 100 metros de longitud, 17 metros de altura, 12 metros de anchura y de 7.600 toneladas de peso que albergaba a más de 80 familias y se levantaba en medio de lo que debía ser tan importante y central arteria urbana.

Ante el frenesí demoledor del régimen, un ingeniero llamado Eugen Iordăchescu, del Instituto Proiect București, que a lo largo de su carrera se destacó por salvar 29 edificios de la piqueta - incluyendo 13 iglesias y monasterios -, propuso una original solución para evitar la destrucción del inmueble. Iordăchescu dividió el edificio en dos estructuras iguales, apoyó cada una de ellas sobre una gran plataforma de hormigón, dotada de ruedas, que debía trasladarse sobre rieles empujada por dispositivos hidráulicos.

El extraordinario viaje duró 5 horas y 40 minutos y se produjo ante la atónita mirada de los residentes de la ciudad. Aunque pueda parecer increíble, sólo se obligó a desalojar a las familias de la planta baja del edificio por lo que algunas prefirieron contemplarlo desde sus balcones en movimiento. Cuando terminó el paseo, sin incidente alguno, los dos cuerpos del edificio quedaron separados 56 metros y se liberó definitivamente el espacio que hoy se abre, en forma de gran bulevar, frente al Parque de la Unión, en el corazón de Alba Iulia. 

Bucarestinos: nuevo rumbo

Queridos lectores,

Como habréis podido comprobar, en los últimos meses Bucarestinos ha mantenido un pertinaz silencio. Las razones han sido varias: el traslado a España de la familia, el ajetreo del regreso, varios cambios laborales y un proceso de readaptación que, aunque parezca sencillo, ha tenido sus vicisitudes.

Durante todos estos años, Bucarestinos ha tratado de relatar la vida de los Basté Pla en Rumania aunque, poco a poco, su contenido se ha ido enriqueciendo con entradas sobre la extrañamente seductora Bucarest, la fascinante y desconocida historia de Rumania, sus rincones más atractivos o su tumultuosa política, las costumbres y tradiciones del pueblo rumano o su tentadora gastronomía, entre tantos otros asuntos.  

Regresados a España, nuestra vida ha perdido interés, sin embargo, he decidido mantener vivo Bucarestinos, precisamente, para seguir explicando Rumania a mis pacientes lectores y a todo curioso recién llegado. La tarea es necesaria, pues el desconocimiento, la mala prensa y algunos prejuicios tratan sin descanso de arrinconar caprichosamente a Rumania y sus habitantes pero, en mi caso particular, me la impongo como deber, en agradecimiento a los felicísimos años que hemos pasado allí.

Esperando reencontraros por aquí, os envía un saludo,

Carlos

 

Bobotează

Bobotează

Los cristianos celebramos el día 6 de enero como la Epifanía del Señor, sin embargo, mientras los católicos recuerdan la adoración de los Reyes Magos, los ortodoxos conmemoran el bautismo de Jesús en el río Jordán. Los rumanos llaman a esta fiesta Bobotează, Arătarea Domnului o Epifania, palabra de origen griego que significa presentación, descubrimiento o revelación.

En este día, los sacerdotes ortodoxos consagran el agua ya que, junto al resto de creyentes, afirman que el agua de la Epifanía tiene poderes especiales, otorgados directamente por el Espíritu Santo, que impiden que nunca se corrompa. Existe además la costumbre de que el sacerdote lance una cruz a un curso de agua helada, tras la cual se lanzan los más valientes para recuperarla, pues el nadador que lo consiga recibirá una bendición especial del sacerdote y gozará por ello de protección divina durante todo el año que apenas empieza.

Se dice también que en la noche del 6 de enero, las jovencitas pueden soñar con su futuro marido por lo que, para conseguirlo, se atan una cinta de seda en el anular y colocan una ramita de albahaca bajo la almohada. En un sentido parecido, la tradición afirma que aquella que tenga la fortuna de resbalar en el hielo durante la Bobotează, encontrará esposo antes de finalizar el año.

El día de la Epifanía no debe lavarse la ropa, están prohibidas las peleas caseras y no se hacen préstamos.

Encabezando esta entrada, una imagen de entreguerras de la ceremonia de recuperación de la cruz.

Creencias y supersticiones rumanas sobre... Iconos

Creencias y supersticiones rumanas sobre... Iconos

Los iconos son elementos ineludibles en la sociedad rumana.

La mayor parte de las casas rumanas tienen, al menos, un icono colocado en algún espacio más o menos destacado, aunque algunas atesoran decenas de iconos distribuidos por las habitaciones, cocina incluida. A pesar de ello, estas imágenes religiosas pueden también encontrarse en bancos, en las oficinas de correos, sobre escritorios de trabajo, en intersecciones de carreteras o colgando del espejo retrovisor de un taxista además, lógicamente, de en las iglesias, que es su lugar natural.

Como no podía ser de otro modo, un elemento tan omnipresente tiene asociados multitud de creencias y supersticiones. De este modo, por ejemplo, estropear un icono supone una gran desgracia y una señal de mal agüero que, para ser evitado, debe responderse lanzando la maltrecha imagen a un curso de agua corriente.

Si la madera de un icono cruje o si cae por si solo de la pared, sin motivo aparente, señala una muerte cercana. Por otro lado, si un icono se parte, indica la peor de las suertes para los habitantes de la casa.

Muchos mendigos piden en las calles rumanas con un icono en la mano pues, según la tradición, es una manifestación de buena suerte, tanto para ellos como para quien demuestra su caridad con ellos.

De acuerdo con las costumbres funerarias rumanas, durante el velatorio de un cadáver se debe colocar un icono sobre su pecho para contener el alma del difunto durante los siguientes cuarenta días.

Pero estas imágenes no sólo se relacionan con la buena o mala suerte de sus propietarios, también pueden prever el tiempo, ya que cuando un icono milagroso tiene pequeñas gotas de agua en su superficie, revela que se acerca una tormenta.

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (y II)

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (y II)

Frente a la idea de nación originada en Francia, surgió en Alemania otro tipo de ideología nacionalista distinta, de origen básicamente cultural, que rápidamente entroncó con los ideales románticos y que sólo pasado un tiempo se vincularía a la política. El más destacado pensador de este nuevo nacionalismo fue el filósofo alemán Johann G. Herder que, en su obra titulada Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad (1784 – 1791), esbozó una teoría de la nación como un organismo vivo resultado de la herencia común de una raza que compartía lengua e historia.

Las ideas románticas de Herder calaron en el pensamiento nacionalista de Europa central y oriental y los Principados rumanos no fueron una excepción, de hecho, la nación rumana se definió, según el modelo germano, por su origen común (romano, dacio o dacio-romano), por su lengua latina en el seno de un océano eslavo, por su historia compartida, por una espiritualidad específica[1].

Los primeros brotes de construcción de una conciencia nacional rumana habían aparecido a mediados del siglo XVIII, de manos de la Iglesia Uniata de Transilvania - vinculada a Austria y enfrentada a los magnates húngaros - y de un grupo de intelectuales integrantes de la Escuela de  Transilvania (Petru Maior, Samuil Micu-Klein y Georghe Sincai). Estos intelectuales de credo uniata y educados en Viena, realizaron una labor historiográfica y lingüística que sentó las bases del nacionalismo rumano, reflejado en el contenido del Supplex Libellus Vallachorum, un memorando enviado a Leopoldo II en 1791 en el que se pedían los mismos derechos para los rumanos que para el resto de minorías transilvanas y una representación en la Dieta.

Progresivamente, el nacionalismo rumano reelaboró sus mitos fundacionales para adaptarlos al organismo nacional que se pretendía fundar y encontró en el viejo reino de Dacia el mejor símbolo para representar el espacio rumano, especialmente en un momento en el que el nombre de Rumania todavía no existía.

A partir de entonces, el término Dacia apareció con frecuencia para definir el territorio completo habitado por rumanos y, por ejemplo, publicaciones como Dacia litterară, Magazin istoric pentru Dacia o Dacia viitoare representaron un programa completo político-nacional y de construcción de un imaginario común. Paralelamente, los escritos históricos desarrollados en los años 30 y 40 y, sobre todo, la conformación del mito de Miguel el Valiente, como unificador de los tres Principados a principios del siglo XVII, ilustran también muy bien los cambios ocurridos en la conciencia del pueblo rumano y sus preocupaciones por la unidad nacional.

De este modo, tal y como describió Benedict Anderson, el nacionalismo rumano de mediados del siglo XIX se articuló en torno a este sentimiento compartido a pesar de que, en contra de las tesis de Ernest Gellner, el capitalismo no se había desarrollado como en otros lugares de Europa, que la industrialización era prácticamente inexistente – la revolución industrial en Rumania no tomó forma hasta 1890 - y que la urbanización fuese muy escasa[2].

Desde principios del siglo XIX, en los Principados danubianos, la idea de nación conoció una transformación significativa respecto a la del siglo anterior y empezó a tomar formas más modernas. La vieja concepción de la nación, basada en los privilegios, que situaba a los boyardos por encima de cualquier otra clase social y garantizaba su influencia política y social, dio paso a una idea nacional más étnica que incluía a todas las clases sociales, también a los asalariados y a los campesinos. Bajo la influencia del romanticismo y de una idea más moderna de nación, los intelectuales del momento alumbraron un nuevo aprecio sobre la vida rural y el folclore, que dejó de ser juzgado según los criterios de la Ilustración (verdad y razón) y pasó a ser aceptado como manifestación de un modo de vida distinto.

Asimismo, los intelectuales empezaron a considerar la lengua rumana desde su nueva perspectiva sobre la idea de nación. El final del régimen fanariota y el declive de la lengua griega como lengua de la administración y la cultura, así como el rápido crecimiento de la importancia de la lengua rumana, estimularon su interés teórico por la lengua nacional. En los años 20, se produjo un intenso debate sobre la posibilidad de que la lengua rumana se convirtiese en el vehículo de una cultura refinada pero, después de 1830, el vigor del sentimiento nacionalista lo silenció totalmente. La principal preocupación de personalidades culturales como Ion Heliade Rădulescu o Costache Negruzzi fue, no tanto descubrir el origen del rumano - cuya latinidad romana no estaba en discusión -, como revelar su espíritu. Escritores y académicos buscaban por igual el carácter específico y los rasgos particulares de la lengua rumana, con el objetivo de modernizar su sintaxis y ampliar su vocabulario. En la base de todos estos esfuerzos se hallaba la idea que la lengua no era una simple convención sino la expresión de las características del espíritu nacional rumano.   



[1] De hecho, según este concepto, sajones y magiares de Transilvania, cuyo origen y lengua eran distintos a los de los rumanos, difícilmente podían ser considerados como pertenecientes a la nación, postura que todavía pervive en la actualidad en algunos sectores de la sociedad rumana, encabezados por la Iglesia ortodoxa.

[2] Hacia 1900, después de un período de desarrollo relativo del sector urbano rumano, más del 81 % de la población de Rumania habitaba todavía en el ámbito rural.

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (I)

Fundamentos ideológicos del nacionalismo rumano del siglo XIX (I)

Hace un tiempo, escribí una serie de entradas, tituladas La forja de la nación rumana, en las que realicé un sucinto repaso a los hechos históricos que, a partir del siglo XVIII, desembocaron en la unificación de los Principados de Valaquia y Moldavia. En aquellas entradas, me limité a describir los acontecimientos que se sucedieron hasta la creación de Rumania, sin embargo, a continuación pretendo indagar en los fundamentos ideológicos del movimiento nacionalista rumano y en sus coincidencias y discrepancias con las ideas de la Ilustración y del nacionalismo europeo.

Mientras en el resto de Europa se extendían las ideas de la Ilustración, los intelectuales de los Principados rumanos del siglo XVIII, mayoritariamente pertenecientes a la nobleza boyarda y al alto clero, mostraron escaso interés por las teorías abstractas de reforma política y social, pues su principal preocupación, de carácter mucho más práctico, fue cómo evitar la constante amenaza de dominación política y cultural extranjera.

A pesar de todo, un pequeño número de eruditos, boyardos de segunda y tercera categoría - encabezando esta entrada, una imagen de boyardos de rango inferior y comerciantes rumanos hacia 1825 -, personalidades públicas y algunos miembros del clero y de una incipiente burguesía empezaron a abordar críticamente la realidad social e institucional de los Principados desde una perspectiva constructiva, basada en el autoconocimiento, en la razón y en el bien común, sembrando la primera semilla de la conciencia nacional rumana. Surgieron así críticas a las grandes familias de boyardos por su incapacidad para afrontar problemas económicos, por su ineficacia en el gobierno y por su negativa a compartir el poder. Tampoco el alto clero se vio libre de invectivas, siendo acusado de voracidad fiscal y de colaborar con los fanariotas impuestos desde Estambul. A pesar de todo, los mayores ataques fueron dirigidos contra la soberanía otomana y la administración fanariota, a las que se culpaba del declive de los Principados. Es interesante subrayar que ninguna de las críticas llegó tan lejos como para exigir la desaparición de los boyardos o la sustitución de los paradigmas propios de la iglesia tradicional por la supremacía de la razón.

Boyardos y alto clero estaban imbuidos de un conservadurismo ilustrado basado en la razón, el conocimiento y el orden establecido por lo que, en estas circunstancias, es fácil comprender por qué la Revolución Francesa tuvo pocos apoyos en los Principados. Aunque el principio de soberanía nacional, inspirado por Rousseau, obtuvo un apoyo inicial entre los boyardos por oposición a la soberanía turca, el radical programa político y social desarrollado por los republicanos franceses les causó un profundo temor, de modo que las ideas de igualdad política y equidad económica gozaron de muy poca popularidad. Por otro lado, la burguesía rumana carecía de la fuerza numérica y de la cohesión suficiente para desarrollar una política de interés común, ejercer de contrapeso al poder aristocrático o implementar un programa político-económico de corte liberal.

La mayoría de los pensadores políticos rumanos reconocían el contrato social como origen de la sociedad civil pero no aceptaban que todos sus miembros tuvieran que ser iguales y argumentaban que los boyardos debían ser la única fuerza política dirigente. En consecuencia, la monarquía era la forma más adecuada de gobierno de los Principados. En este sentido, los boyardos se dividieron entre los admiradores del absolutismo ilustrado de Catalina II de Rusia, los que apoyaban una monarquía constitucional con poderes limitados para el hospodar y un grupo reducido de boyardos que defendía la república, aunque organizada como una oligarquía aristocrática.

Sezession transilvana (II)

Tras el Ausgleich de 1867, Hungría adquirió una autonomía igual a la austríaca en el seno de la Monarquía Dual, aunque su posición siguió siendo ambigua, tanto política (la capital se situaba en Viena y el emperador era austro-germano) como culturalmente (la lengua oficial era el alemán y la cultura húngara se sintió amenazada por la hegemonía de Austria). En respuesta a esta situación, las élites húngaras buscaron reafirmar su identidad nacional y los artistas se esforzaron en crear obras que reflejasen aquello que distinguía a Hungría en oposición a las tendencias vienesas contemporáneas.

En 1896, Hungría celebró los 1.000 años del asentamiento del pueblo magiar inaugurando la Exhibición del Milenio en el parque más grande de Budapest. El más importante de los edificios de la exposición, conocido como Castillo Vajdahunyad, diseñado por Ignác Alpár – inicialmente construido con materiales perecederos y, 10 años después, con materiales definitivos – se convirtió en un compendio de la arquitectura tradicional húngara. Por su parte, el arquitecto Lechner Ödön, uno de los más renombrados de su tiempo, que diseño para la misma exposición el Museo-escuela de Artes aplicadas (Iparművészeti Múzeum), trabajó con el objetivo de crear un estilo nacional inspirado en el Art Nouveau y en sus referencias orientalistas pues, de hecho, Ödön creía que la singularidad húngara residía, especialmente, en sus raíces asiáticas.

Museo-escuela de Artes aplicadas (Budapest)

De este modo, el arquitecto usó elementos decorativos inspirados en Persia, Asiria y las artes hindúes, motivos de la artesanía popular húngara y de la arquitectura medieval y nuevos materiales como azulejos y cerámicas policromas en las fachadas con la intención de crear un nuevo estilo que sintetizase todo aquello que era propiamente húngaro.

Vista interior y claraboya del Museo-escuela de Artes aplicadas (Budapest)

Lo cierto es que el nuevo estilo de Lechner no fue demasiado apreciado por las autoridades, por lo que la mayor parte de los edificios construidos en Hungría entre 1880 y 1920 siguieron un estilo historicista. A pesar de ello, Lechner levantó dos nuevos edificios en Budapest que marcarían a toda una generación de arquitectos: el Instituto de Geología y la Caja de Ahorros Postales. Otro de sus proyectos más emblemáticos fue la casa que construyó en Cluj para su hermano, Károly Lechner, cuya fachada asimétrica refleja la disposición interna de los espacios y cuya puerta monumental es una réplica de las típicas puertas de madera talladas de los székely, etnia de habla húngara y rumana que, desde el siglo VIII, ocuparon las tierras transilvanas del sureste de Hungría.

Casa de Károly Lechner (Cluj, Rumania)

La importancia del idioma en la construcción nacional hizo que muchos intelectuales se interesasen especialmente por las lenguas vernáculas, especialmente en las áreas rurales, guardianas tradicionales de cualquier esencia patria. Este interés tuvo su reflejo también en la arquitectura pues, como Lechner afirmó, los arquitectos húngaros “debían establecer un idioma autónomo en arquitectura que debía corresponderse con el idioma hablado por los magiares”. Para las élites intelectuales húngaras, de entonces y de ahora, la más auténticamente húngara de las tierras es, sin duda, Transilvania, especialmente las zonas aisladas de Kalotaszeg (Țara Călatei), región habitada por los székely. En su opinión, la autonomía que mantuvo Transilvania a lo largo de los siglos XVI y XVII permitió que la población húngara autóctona no sufriese las influencias de otomanos o austríacos, por lo que pudo conservar su autenticidad.

La denominada Țara Călatei, formada por unas cuarenta villas entre Cluj y Huedin (actual Rumania), causó tal fascinación entre los intelectuales húngaros del momento, que hacia 1880 fue detalladamente estudiada por Zsigmond Gyarmathy, que recopiló piezas de tela y artefactos que fueron exitosamente expuestos en el Exhibición del Milenio. Por su parte, hacia 1892, el pintor János Jankó publicó una serie exitosa de ilustraciones etnográficas de  Țara Călatei que tuvieron una profunda influencia entre artistas contemporáneos como Kriesch Aladár (12863 – 1920), que trabajaría en la decoración del Palacio de Cultura de Târgu Mureș.

Motivo decorativo tradicional de los székely

 

Uno de los promotores más importantes de la arquitectura vernácula fue el etnógrafo Jószef Huszka quien, a partir de 1881, publicó regularmente imágenes de artesanía székely para estimular el empleo de motivos decorativos populares en la creación de un estilo nacional de arte. De hecho, en 1885, publicó el libro El estilo decorativo magiar en el que animaba a los arquitectos a innovar empleando los “últimos descubrimientos etnográficos” y describía la arquitectura székely de las regiones de Transilvania como la más puramente húngara ya que, según él, este grupo etnográfico era descendiente directo de los miembros de la tribu que se asentó por esas tierras 1000 años atrás.

Puerta tradicional ornamentada de una granja székely en Transilvania

Como no podía ser de otro modo, la corriente sezessionista húngara tuvo su reflejo en la arquitectura de numerosas localidades del antiguo principado de Transilvania, algunos de cuyos ejemplos veremos en futuras entradas de este blog.

Sezession transilvana

Sezession transilvana

El Art nouveau fue un movimiento artístico que afectó a toda Europa, extendiéndose desde Noruega hasta Sicilia y desde España hasta Transilvania, cuyo momento culminante se desarrolló entre 1880 y 1920, aproximadamente, afectando a todas las ramas del arte. Aunque se trata de un fenómeno europeo, los diferentes nombres con el que se lo conoce reflejan su diversidad regional; así, en Francia se conoció como Art Nouveau, en Alemania Die Jugendstil, en España Modernismo, en Italia Arte nuova, en Holanda Nieuwe kunst, en Escocia Glasgow Style y en Polonia Mloda Polska, mientras que en Austria y Hungría se lo conoció como Sezession.

Detalle de la decoración de las dovelas de las

bóvedas del vestíbulo del Palacio de Cultura de Târgu Mureș

Cada país tuvo su propia versión del Art Nouveau e incluso en el seno de una misma versión nacional, existen versiones regionales por lo que, debido a su heterogeneidad, en ocasiones se ha identificado más con un período que con un estilo. En muchos de sus nombres, se alude a la idea de novedad e innovación, aunque también se lo ha conocido como Stile Floreal, Lilienstil, Style Nouille, Paling Stijl o Stile Vermicelli en referencia a las formas orgánicas y curvilíneas que son tan características de este estilo.

Todas las versiones del Art Nouveau se basan en sofisticadas y, en ocasiones, paradójicas premisas: aunque el movimiento surgió como una reacción a la corriente historicista propia del siglo XIX - criticada por su supuesto desorden estético, por el exceso de referencias culturales y por su constante relación con la Historia - y con la intención de renovar el lenguaje artístico, lo cierto es que el Art Nouveau mantuvo ciertos lazos con la tradición. Es cierto que no derivó de las formas antiguas o de los estilos propios del medievo, pero mantuvo estrechas relaciones con la arquitectura vernácula rural y urbana y con la artesanía local, empleando motivos populares que fueron considerados como arcaicos y genuinos en la búsqueda de un tiempo mítico que el presente debía emular. También sirvieron de inspiración otras tradiciones extra-europeas, especialmente la arquitectura y las pinturas y dibujos japoneses.

El lenguaje de las formas del Art Nouveau es complejo. Por un lado, existe un modernismo denominado ondulante en el que se evidencia una preferencia por los elementos florales, por los motivos curvilíneos, por las superficies coloreadas y onduladas como puede observarse en las obras de artistas como Victor Horta en Bélgica o Antoni Gaudí en España.

Escalera interior del Hotel Tassel (Bruselas)

Por el otro, aparece también un modernismo geométrico que muestra una predilección por el funcionalismo, por las formas geométricas, por las masas cúbicas y esféricas, por los muros planos y las superficies lisas, evidentes en los trabajos de Charles Rennie Mackintosh en Escocia o en los de Josef Maria Olbrich en Austria.

Glasgow School of Arts

Lo que une a ambos movimientos es un esfuerzo permanente de aplicar a la arquitectura y al diseño el concepto de Gesamtkunstwerk (obra de arte total), que implica una planificación de los edificios en la que cada elemento decorativo o estructural combinan con el conjunto, incluyendo la decoración interior y el mobiliario, así como la tendencia a eliminar la distinción entre artes mayores y artes aplicadas.

Aunque en la Europa occidental las naciones modernas aparecieron, aproximadamente, a finales del siglo XVIII, en Europa Central y del Este fueron formándose a lo largo del siglo siguiente, siendo la cultura material el vehículo con el cual se diseminó el discurso nacional. Precisamente, por ser uno de los de los medios más visibles de la cultura material, la arquitectura siempre ha tenido un importante valor de representación.

A lo largo del siglo XIX aparecieron nuevas naciones a partir de la desintegración de grandes imperios y, en el marco de este fenómeno, muchas nuevas naciones trataron de crear un estilo específico en la arquitectura y en las artes. Todas estas naciones deseaban confirmar su propia autonomía y reclamar su hegemonía cultural en una cierta región y todas emplearon la arquitectura como un medio para proclamar la singularidad de su identidad cultural.

La identidad nacional debía reflejar la esencia de la nación; frecuentemente, esta esencia se expresaba mediante símbolos, que aparentemente concentraban las características distintivas de un pueblo. El lenguaje simbólico que las élites culturales emplearon en sus discursos sobre la identidad cultural fue esencial en la creación del espíritu patriótico y en el proceso de introducción de la idea de unidad nacional entre la población.

Senyera de vidrio en el Palacio Güell (Barcelona)

Desde el punto de vista arquitectónico, algunos estilos fueron conscientemente creados usando una retórica simbólica con el objetivo de hacer visible la ideología nacionalista.

Transilvania no sería ajena a todo este movimiento.

Klaus Iohannis

Las pasadas elecciones presidenciales rumanas tuvieron un cierto carácter épico. Competían Victor Ponta, presidente de Rumania y candidato socialista, y Klaus Iohannis, alcalde de Sibiu de origen sajón.

Ponta, confiado y marrullero, tan seguro estaba de su victoria que se dedicó a despreciar a Iohannis. En su lamentable campaña, trufada de nacionalismo rancio y de un patético complejo de superioridad, se vio acompañado por la Iglesia ortodoxa rumana y por una plétora de partidos, encabezados por turbios personajes, que le dieron su apoyo en la segunda vuelta de la elecciones presidenciales, a la esperar de recoger la recompensa y seguir viviendo a costa del resto de los rumanos. 

La campaña fue avanzando y, a pesar de la aparente frialdad del sajón y de un discurso tachado de poco apasionado y distante, la rabia de los rumanos hacia la clase política, la corrupción galopante y el hartazgo generalizado hicieron que las simpatías hacia Iohannis aumentasen encuesta tras encuesta. El evidente intento de pucherazo del presidente Ponta en la primera vuelta electoral hizo el resto y, para sorpresa de propios y extraños, Iohannis ganó las elecciones.

El presidente Iohannis ha inaugurado una nueva etapa de esperanza y, tras las elecciones, su popularidad no ha hecho más que aumentar, especialmente por poner en marcha un pasillo rodante por el que políticos y empresarios corruptos están emprendiendo un camino sin retorno hacia la cárcel. 

Ayer, en Bucarest, se celebraba el 25 aniversario de la Revolución de 1989. Iohannis acudió solo al monumento dedicado a los héroes de la Revolución de la Piața Universității. Alejado de las ostentosas costumbres de la habitual mafia política rumana, no hubo anuncio previo, no se detuvo el tráfico ni se llevó a una muchedumbre para vitorearlo. Llegó al lugar, depositó una corona de flores, realizó una breve oración en silencio y con la mano sobre el corazón, saludó al Jefe del Estado Mayor y se marchó. Todo el acto duró, aproximadamente, un minuto, como el gesto de cualquiera de los otros ciudadanos que se habían acercado ya a recordar a los caídos.

Iohannis trae a Rumania aire fresco y otro modo de hacer política. ¡Ojalá no nos defraude!

Literatura humanística rumana

Literatura humanística rumana

Las ideas básicas del Humanismo, desarrolladas con cierto retraso en Rumania respecto al resto de Europa, se afirmaron plenamente en el siglo XVII, en el período de los grandes cronistas de los principados. Las ideas incipientes de este humanismo pueden comprenderse a partir de los escritos del historiador Nicolás Olahus (1493 – 1568), en los que ya se entrevé el concepto de unidad idiomática y de origen del pueblo rumano. Por sus principios y formación humanística destacaron el príncipe de Moldavia, Esteban el Grande (1457 – 1504) y el príncipe de Valaquia, Petru Cercel, que gobernó entre 1583 y 1585.

El humanismo rumano se caracteriza por su respeto a los valores culturales del Renacimiento, por el inicio de la emancipación de la autoridad eclesiástica y la aparición de los primeros escritos laicos, por su interés por las humanidades - a través de la redacción de crónicas y de retratos de personalidades ejemplares -, por la reafirmación de su latinidad, por el cultivo del valor educativo de la historia, por la conciencia de la responsabilidad del escritor y por la valorificación de un humanismo popular como fuente de la cultura renacentista rumana.

En el Principado de Moldavia, a partir de las iniciales letanías que describían los cimientos de los voivodatos, cronistas como Macario, Eftimio y Azario desarrollaron en eslavo eclesiástico unas crónicas de gran belleza retórica, que se remontaban al inicio del Génesis, en las que describieron los principados de Petru Rareş, Alexandru Lapuşneanu y Ioan Armeanul.

La verdadera historiografía rumana empieza con Grigore Ureche (1590 – 1647), que en tiempos del príncipe Vasile Lupu escribió la Crónica de Moldavia hasta el principado de Aron Vodă en un rumano rico y repleto de metáforas, según confiesa, para aumentar la conciencia de unidad de moldavos, válacos y transilvanos. La obra de Ureche fue continuada por el cronista Miron Costin (1633 – 1691) en una obra de gran talento literario y de factura clásica titulada Las crónicas de la tierra de Moldavia desde Aron Vodă hasta Ștefăniță Lupu.

Entre los cronistas modavos, destacó también Ion Neculce (1672–1745), escritor que no escondió su desprecio de boyardo hacia el pueblo inculto; redactó su Crónica de Moldavia desde Dabija Vodă hasta el segundo principado de Constantin Mavrocordato con una cierta ingenuidad zafia, sentido moralizador y un tono deslenguado. Por su parte, Nicolae Milescu (1636 – 1708), viajero incansable, sobresalió por una serie de traducciones pero, sobre todo, por su relato de su viaje a China, repleto de comentarios geográficos y etnográficos.

A finales del siglo XVII y principios del XVIII, la cultura rumana se vio sacudida por la actividad de Dimitrie Cantemir (1673 – 1723) - en la imagen que encabeza esta entrada -, príncipe de Moldavia y humanista de talla universal. En su Crónica de la antigüedad de los rumano-moldo-válacos, aparecida en 1722, recogió todas las ideas de los cronistas que le precedieron para componer una historia crítica de los territorios de habla rumana. Escribió el primer tratado filosófico en lengua rumana, El diván o la disputa del sabio con el mundo o el juicio del alma con el cuerpo (1698) y la primera novela Historia Hieroglyphica (1705), en la que describía el gobierno de las familias Brâncoveanu y Cantacuzino mediante una metáfora mitológica. En 1714, a petición de la Academia de Berlín, realizó la primera descripción geográfica, etnográfica y económica de Moldavia, titulada Descriptio Moldaviae, junto al primer mapa del principado.

Por su parte, en Valaquia, el primero de los cronistas de los que existe constancia fue un monje llamado Mihail Moxa que, traduciendo en 1620 una Cronografía en lengua eslava eclesiástica, escribió algunas referencias sobre los rumanos. Otro monje llamado Gavriil compuso en griego la vida de San Nifon, patriarca de Constantinopla, en la que introdujo elementos históricos en referencia al principado de Radu el Grande, Mihnea el Malo y Neagoe Basarab. Una versión en rumano de esta obra se publicó en el siglo XVII. A finales de ese mismo siglo, el cronista Stoica Ludescu escribió la Crónica de los Cantacuzino en un estilo algo vulgar, con hostilidad hacia los protagonistas y algunos pasajes cómicos. A principios del siglo XVIII, Radu Popescu firmó la Cronica Bălenilor, también dedicada al gobierno de la familia Cantacuzino. Ambas crónicas ilustran la lucha de poder entre los grandes boyardos a caballo entre los siglos XVII y XVIII.

La corte de Constantin Brâncoveanu tuvo su cronista oficial, Radu Greceanu, que describió con un texto monótono la vida del príncipe válaco. El boyardo Constantin Cantacuzino (1639 - 1716), uno de los grandes humanistas válacos, escribió una Historia de Valaquia que se remontaba hasta los geto-dacios. A Constantin Cantacuzino le debemos también el primer mapa de Valaquia, escrita en griego y latín.

Entre los siglos XVI y XVII también circularon por tierras rumanas gran cantidad de traducciones, primero de obras escritas originalmente en lengua eslava eclesiástica y después en griego, todas ellas de características muy medievales pues habían sido producidas varios siglos antes.

En 1592, el válaco Gherman Vlahul tradujo la obra didáctico moral de Tomasso Gozzadini, Flor de virtudes, escrita un siglo antes. También tuvo mucho eco la obra Alexandria, sobre la vida de Alejandro Magno, escrita por el Pseudo Calístenes en el Egipto helenístico del siglo III a.C., y traducida por un monje llamado Ion Romanul entre 1619 y 1620. Varlaam y Ioasaf fue un cuento popular de apología de la vida cristiana, con un profundo sentido moral y religioso, cuya fábula se basó en la leyenda india sobre Buda que, a través de Persia y Grecia había llegado hasta tierras rumanas. La traducción al rumano desde el eslavo eclesiástico la realizó Udriște Năsturel, en 1648. También de oriente llegó la obra Archirie y Anadan, historia moralizante con origen asirio-babilónico que fue traducida al rumano a finales del siglo XVII. Las fábulas de Esopo, recogidas en una obra titulada Esopia, fueron copiadas a mano por Costea de Brasov, en 1703.

Nota final: La presente entrada constituye mi segunda aportación a Wikipedia, donde puede consultarse bajo del mismo título.

 

Literatura medieval rumana

Literatura medieval rumana

Cuando uno se adentra en el estudio de la literatura medieval rumana, en seguida comprueba que estuvo profundamente condicionada por las particulares características del contexto socio-político en el que se desarrolló y sorprende por la inexistencia de algunos de los más característicos géneros de la literatura medieval romance.

No hay duda de que Rumania forma parte de la Europa latina por ser uno de los países donde se habla una lengua romance, el rumano, que junto al italiano, al francés, al provenzal, al catalán, al castellano y al portugués constituyen un vasto territorio conocido como Romania.

Tanto Rumania – en rumano, România - como Romania proceden del término romanus, que a su vez deriva de Roma. Los rumanos, hablantes de la lengua rumana, se denominan a sí mismos romani, término latino que, durante el Imperio romano, designaba a las clases dominantes pero que, tras el edicto de Caracalla del año 212, se extendió a todos los habitantes del Imperio al conseguir la ciudadanía. Cuando los bárbaros irrumpieron en el territorio romano, se impuso la necesidad de crear otro término para definir el Imperio romano por lo que, a partir del año 330, empezó a emplearse el término Romania, extendiéndose su uso hasta época merovingia e incluso después.

El latín fue introducido en la zona que hoy ocupan el Banato, Oltenia y Transilvania, por colonos de origen itálico, tras la conquista romana de Dacia en el año 106 d.C., convirtiéndose en la lengua de la administración y del comercio en la nueva provincia romana. Durante los 165 años que duró la ocupación romana, el latín vulgar posiblemente se vio influido por la lengua dacia, hablada por los autóctonos vencidos, pudiendo haber formado el protorrumano, hipótesis discutida por algunos autores.

Tras la retirada ordenada por el emperador Aureliano, en el año 271, debido a la presión de los godos y los dacios libres, se produjo un cierto aislamiento geográfico de los daco-rumanos que posiblemente provocó que el rumano se convirtiese en la primera lengua escindida del tronco latino. La palabra empleada en rumano para designar la lengua rumana, român, también procede del término romanus. Entre los siglos VIII y XII, el latín vulgar hablado en los Balcanes se dividió en 4 lenguas - el dacorrumano (rumano moderno), el arrumano, el meglerrumano y el istrorrumano – lenguas de parecida estructura gramatical pero con un vocabulario diferente debido a influencias distintas, como el eslavo o el griego.

De acuerdo con la Chronographia de Teófanes el Confesor, durante una campaña de los bizantinos contra los ávaros en las montañas búlgaras, en el año 587, un soldado gritó a sus compañeros la frase “Torna, torna, fratre!” – es decir, ¡Regresa, regresa, hermano! -, frase que historiadores como Gheorghe I. Brătianu han identificado como la primera constancia escrita del rumano que se hablaba en los Balcanes en el siglo VI. Al margen de algunos fragmentos inconexos, el primer documento conservado en lengua rumana es una carta escrita en 1521 por Neacşu de Câmpulung y dirigida a un juez de la ciudad de Braşov, Hanăş Beagnăr, en la que le alertaba de movimientos militares turcos por el Principado de Valaquia.

A partir de ese momento, la lengua rumana escrita se hace más frecuente, aunque las primeras impresiones y manuscritos iluminados se escribieron en lengua eslava eclesiástica, como el Evangelio del Monasterio de Neamţ, de 1429, o el Misal del monje Macario, de 1508. A pesar de ello, los predicadores de la Reforma en Transilvania escribieron algunos textos en rumano para acercarlos a los religiosos autóctonos, como el Códice de Voroneţ o el Salterio de Schei. De este modo, progresivamente, se fue creando una literatura religiosa que, en principio, era una traducción al rumano de salterios, Evangelios, Biblias, libros de oraciones, etc.

El punto culminante de la literatura eclesiástica rumana se alcanzó con la publicación de la Biblia de Bucarest, del Príncipe de Valaquia Șerban Cantacuzino, de 1688, destinada al todo el territorio nacional de “rumanos, moldavos y húngaro-vlacos”.

Parece evidente así que en los Principados rumanos no se desarrolló una literatura caballeresca semejante a la occidental debido a un contexto histórico excepcional. Los Principados rumanos fueron durante siglos “territorio de frontera”, en el que los señores locales se enfrentaron a fuerzas cuyo principal objetivo era el botín. Cabe señalar, por ejemplo, que la última invasión tártara tuvo lugar entre 1717 y 1758, durante el período de la Ilustración en Occidente. Por este motivo, en la sociedad rumana no se consolidó una cultura cortesana que cultivase el amor cortés o reflejase los ideales caballerescos.

Por otro lado, entre los siglos XIV y XVI, en una época de graves conflictos bélicos, cuando un cierto espíritu caballeresco impregnó la sociedad rumana, éste no fue reivindicado por la élite cultural, que prefirió ceñirse a la descripción histórica de los hechos, y sus valores nunca fueron vistos como una alternativa de vida, a diferencia de lo que ocurrió en Occidente. En consecuencia, la literatura medieval rumana nunca cultivó los poemas épicos, la poesía trovadoresca, el género alegórico-didáctico o la dramaturgia, tan característicos en el otro extremo de la Romania.

Nota: El texto de esta entrada constituye mi primera aportación a Wikipedia, que puede consultarse bajo el título Literatura medieval rumana

Retirada bucarestina

Retirada bucarestina

Dicen los libros de historia que, en el año 271, el emperador Aureliano tomó la decisión de abandonar Dacia, territorio que se extendía en la expuesta ribera septentrional del Danubio, pues era demasiado cara de mantener y difícil de defender. Como Aureliano hace ahora 1743 años, la Legio V Hispana - que más propiamente debería denominarse Legio VI Hispana – ha decidido retirarse a sus cuarteles de invierno en la antigua y radiante colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, donde disfrutará con placidez de las mieles de una peleada y merecida victoria.

Llegamos siendo una pareja con tres bebés y regresamos siendo una familia cambiada, más formada, más madura. Volvemos con  montones de proyectos e ilusiones en la cabeza, distintos a los que nos propusimos cuando partimos hacia Rumania, pero igualmente emocionantes. Ha llegado la hora de regresar junto a las personas a las que queremos, de retomar una rutina más familiar, de sentirse rodeado de un escenario entrañable y ¡de oler de nuevo el mar! Bucarest siempre será una ciudad fundamental para nosotros, por tantos rincones que dejamos plagados de memoria y a pesar de ese gris que se te mete en el alma.

Ahora toca empaquetar trastos y recuerdos, echarse la manta a la cabeza e iniciar una nueva aventura.

¡Estamos preparados!

Palacio CEC

Palacio CEC

Lipscani, el casco antiguo de Bucarest, alberga el distrito financiero de la ciudad y alguno de sus edificios más emblemáticos.

Entre todos ellos, destaca el conocido como Palacio CEC, acrónimo de Casa de Economii şi Consemnaţiuni (Casa de ahorros y consignaciones), un majestuoso edificio que todavía alberga la que fue primera institución de crédito público de Rumania.

Tras la unificación de los Principados de Valaquia y Moldavia (1861), el ministro de finanzas, Nicolae Rosetti-Bălănescu, comprendió la necesidad de constituir una entidad de depósito y crédito oficial, de modo que presentó una propuesta de ley que fue aprobada por el príncipe Alexandru Ioan Cuza el 24 de noviembre de 1864.

Inicialmente, la Casa de Economii şi Consemnaţiuni funcionó en diferentes localizaciones de la ciudad, sin embargo, debido a su creciente relevancia, en pocos años se hizo evidente la urgencia de establecer una sede propia. El lugar escogido para levantar tan notable institución fue Calea Victoriei, distinguida avenida que se había convertido en la calle más noble de la ciudad. De este modo, en 1875, se demolió la iglesia de San Juan, erigida en 1701 por el boyardo Constantin Brâncoveanu muy cerca del río Dâmbovița, para levantar un edificio cuya capacidad se vería superada por sus necesidades sólo 20 años después de su inauguración. Si el lector tiene curiosidad por la desaparecida iglesia de San Juan, algunos de sus relieves decorativos todavía pueden verse hoy en el lapidario de la cercana iglesia de Stravopoleos.

El nuevo edificio, diseñado por el arquitecto francés Paul Gottereau, se construyó en estilo ecléctico entre 1897 y 1900. La monumental entrada está adornada con un gran arco, sostenido por enormes columnas, que contiene un reloj decorado con relieves junto a las esculturas de Hermes - patrón de comerciantes, viajeros, y ladrones, paradójica elección para la entrada de un banco – y Deméter, que abrazando un haz de trigo junto a una colmena, representa a la tierra dominada y cultivada por el hombre, al que rinde sus frutos. El edificio está coronado en su centro por una gran cúpula de metal y cristal de planta octogonal y cuatro más pequeñas en las esquinas, decoradas con banderas, gabletes y rematadas con espectaculares florones, tan propios de Bucarest.

La espectacularidad de la fachada continúa en el interior, con una espaciosa sala con ventanillas para atender al público, cuyo diseño recuerda el volumen de la nave central de una basílica bizantina iluminada por la luz que deja pasar un formidable techo de cristal. Todo el espacio está profusamente adornado con rocallas, volutas, y hojas colocadas junto a figuras exóticas, máscaras, esfinges y lo que parecen escudos de armas imaginarios. El Hall de honor y la Sala de consejos de la institución están decorados con obras del pintor modernista, Mihai Menelas Simonidi, destacando un fresco titulado La diosa Fortuna repartiendo bonanzas a los rumanos tras la Guerra de Independencia de 1877-1878.

¡Feliz Día del trabajo!

¡Feliz Día del trabajo!

Caravasares bucarestinos

Caravasares bucarestinos

Cuando uno contempla un mapa antiguo de Bucarest, llama la atención la cantidad de albergues que existían en lo que hoy es Lipscani, el casco antiguo de la ciudad. 

Bucarest, importante nudo de comunicaciones entre Estambul y Viena, se benefició siempre de su estratégica posición en las principales rutas comerciales transcontinentales. Caravanas con mercancías partían del Bósforo y, durante un viaje que duraba un mes, cruzaban los territorios del Imperio Otomano hasta el Danubio y se adentraban en el territorio del Principado de Valaquia hasta Bucarest. La ciudad era un lugar tanto de tránsito como de depósito. Muchas de las mercancías provenientes de Europa eran trasladadas desde Bucarest y embarcadas en diferentes puertos fluviales del Danubio para ser enviadas a otros puntos en los Balcanes o hacia Asia.

Desde el siglo XIV, se celebraban en Bucarest diferentes ferias que exhibían productos de todo el mundo. Paños ingleses, lana de los Balcanes, pieles procedentes de Bulgaria y Rusia, joyas y armas, perfumes, espejos, cristal veneciano, vinos franceses, especias orientales e incluso cacao de las Indias Occidentales. Todo ello se vendía en los caravasares o en las tiendas que abarrotaban las calles situadas alrededor de la Vieja Corte.


Hanul cu Tei

La palabra caravasar deriva de la palabra turca kervansaray, que a su vez proviene del término persa karavan (كاروان, ’viajeros’) y sara (سرا, ’hostal, refugio, palacio’). El caravasar es, pues, un hospedaje con un patio central, construido en las principales vías de transporte o en el interior de las ciudades, donde los comerciantes hallaban descanso y protección para sus mercancías. En rumano, se emplea la palabra han para definir un lugar de estas características, sin embargo, en Bucarest se distinguía entre han y caravasar pues, aunque en ambos albergues se encontraba alojamiento y comida, la principal diferencia consistía en el tipo de gente que se hospedaba en cada uno de ellos, ya que los caravasares estaban reservados a los altos dignatarios y a los grandes comerciantes turcos. Mientras Valaquia estuvo bajo la órbita otomana, los caravasares fueron financiados por el Principado pero su gestión fue otorgada a personas leales al sultán, normalmente un paznic (guardián) serbio junto a sirvientes albaneses.

Tanto hanes como caravasares, erigidos en las principales carreteras de Valaquia, Moldavia y Transilvania, se construían inicialmente de madera y más tarde en piedra, convirtiéndose en ocasiones en verdaderas fortalezas que podían servir de refugio a los comerciantes y a la población local en caso de emergencia. Solían tener una planta cuadrada, con muros profundos sin ventanas al exterior y estar levantados alrededor de un gran patio con jardín al que se accedía por una única puerta de roble, reforzada con un marco de hierro. En el interior de los caravasares había habitaciones para los viajeros, tiendas para alquilar, almacenes, una taberna, establos y un estacionamiento para los carros. En el centro del patio solía haber una fuente y un almacén subterráneo en el que se guardaba la comida, ciertas mercancías e incluso las propiedades más valiosas de las familias más ricas de la ciudad.


Hanul lui Zamfir

El primer caravasar de Bucarest se construyó en 1669, poco antes de convertirse en sede permanente de la corte de Valaquia. Un siglo y medio más tarde, en Bucarest había más de 40 caravasares de todo tipo, el más grande de los cuales, mandado construir por el príncipe para estimular el desarrollo del comercio, estaba junto a la Vieja Corte. Los hanes más pequeños se hallaban en las afueras de la ciudad o cercanos a los mercados estables, donde los comerciantes sólo alquilaban una habitación y hacían uso de la taberna, por lo que no solían tener ni establos, ni almacenes ni cocheras.

Los caravasares fueron construcciones erigidas por los príncipes válacos, por ricos mercaderes, por la nobleza o incluso por monasterios como medio de sustento. Las distintas comunidades que habitaban en Bucarest se reunían en un determinado caravasar, donde podían hablar su idioma con libertad, encontrarse con sus compatriotas y buscar apoyos para ciertas empresas. Así, los búlgaros y serbios se reunían en el Han Gabroveni, austríacos y húngaros en el Han Filaret y los europeos occidentales en el Han Filipescu.

A partir del siglo XIX, la función de los caravasares empezó a declinar. Uno de los motivos fueron los constantes terremotos e incendios que sufrió Bucarest a lo largo de los siglos, aunque también afectó su ineficaz mantenimiento y la falta de financiación pública para su subsistencia. Los cambios en el modo de comerciar, que exigían mejor presentación de los productos y lugares más espaciosos y accesibles, arrinconaron a los angostos espacios de alquiler de los caravasares. Finalmente, desde mediados del siglo XIX, la aparición de mercados semanales estables convirtieron los caravasares en una curiosidad decadente condenada a la desaparición, por lo que muchos cerraron o se reconvirtieron en hoteles.

Actualmente, todavía pueden contemplarse 3 caravasares o hanes en Bucarest: Hanul Manuc, Hanul cu Tei y Hanul Gabroveni, el último de los cuales recientemente ha pasado de ser una lamentable ruina a un edificio espectacularmente restaurado que pronto abrirá de nuevo sus puertas.


Simulación de la futura fachada de Hanul Gabroveni

Información extraída del libro Hanuri, Bucurestii in secolul al XVIII-lea, de Ursula Fait.

Ibrahim Müteferrika el Transilvano

Ibrahim Müteferrika el Transilvano

En una de mis últimas lecturas, he topado con un personaje interesantísimo: el transilvano Ibrahim Müteferrika.

Lo cierto es que, tras nacer hacia 1674 en Kolozsvar, la actual Cluj, no fue bautizado con este nombre, aunque desconocemos cuál fue el nombre escogido por sus padres. Tampoco se sabe demasiado sobre sus primeros años de vida, su familia o su religión, aunque sí ha llegado hasta nosotros que estudió teología, posiblemente calvinista.

Por aquellos años, el Principado de Transilvania era un estado independiente aunque sometido a los vaivenes provocados por la lucha entre el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y el sultán turco por su influencia en la zona. En uno de tantos rifirrafes, nuestro protagonista fue hecho prisionero y llevado como rehén a Estambul donde, haciendo gala de un gran pragmatismo, para ser liberado se convirtió al Islam y tomó el nombre de Ibrahim.

Imagino que Estambul se le antojó un lugar mucho más adecuado para hacer carrera política que su Cluj natal, así que se dedicó al estudio de la lengua y la legislación otomana, ámbitos en los que pronto destacó. Sus conocimientos llegaron a oídos del sultán Ahmed III (1703 – 1730) quien, en 1716, no dudó en tomarlo a su servicio como consejero o müteferrika. Gracias a sus conocimientos de latín, árabe, persa y húngaro así como su formación diplomática, Ibrahim Müteferrika se convirtió en uno de los más hábiles consejeros de Ahmed III y de su sucesor, Mahmud I.

Aunque el Imperio Otomano todavía era una potencia formidable, Mahmud I (1730 – 1754) era muy consciente de su continua decadencia y del amenazante ascenso de las naciones cristianas occidentales que, si bien en el pasado habían sido tan débiles frente a las naciones musulmanas, ya por entonces destacaban por su progresivo dominio del mundo. De este modo, poco después de su llegada al trono, Mahmud I encargó a Ibrahim la misión de investigar las causas de tan opuestos desarrollos, así que en 1732 recibió un detallado estudio titulado Bases racionales de la política de las naciones, en el que Müteferrika analizaba de forma amplia la cuestión.

El transilvano reflejó un claro mensaje en su obra: el Imperio otomano debía adherirse a la Ilustración y a la revolución científica europea si quería igualar a sus competidores. En este sentido, Müteferrika no dudó en mencionar las ventajas del parlamentarismo británico y holandés, en describir los beneficios de la expansión cristiana en América y Asia, en criticar el retraso militar de Turquía frente a Europa e incluso se atrevió a sugerir que mientras los europeos se regían por la fuerza de “leyes y reglas inventadas por la razón”, Turquía se hallaba sujeta a la ley de la sharia.

La obra de Müteferrika tuvo un gran impacto sobre el sultán, aunque el diwan (consejo imperial) no se lo tomó tan en serio. Una cosa era describir la superioridad de los gobiernos europeos y otra aplicar las reformas en el seno del Imperio turco. A pesar de todo, a lo largo de su vida, Müteferrika siguió su intensa investigación sobre los efectos de la Ilustración, la emergencia del protestantismo y el auge de los imperios coloniales, cuyas conclusiones puso siempre a disposición del sultán. No es casual que, en 1727, fuera Müteferrika quien introdujese la imprenta en el Imperio otomano y un año después publicara el primer libro empleando tipos móviles árabes. La imprenta de Müteferrika contó con la enérgica oposición de calígrafos y ulemas que, en 1742, consiguieron detener tan diabólico invento. Las imprentas no serían comunes en Turquía hasta el siglo siguiente.

Casa Melik, la vivienda más antigua de Bucarest

Casa Melik, la vivienda más antigua de Bucarest

En el número 22 de la calle Spatarului, en un jardín algo por debajo del nivel de la calle, se levanta discretamente la Casa Melik, una de las joyas más desconocidas de la arquitectura bucarestina. La Casa Melik alberga hoy la colección de arte Serafina y Gheorghe Raut así como el Museo Theodor Pallady, conservando también entre sus muros una larga historia – que incluye rituales masónicos, amores prohibidos y conjuras revolucionarias, entre muchas otras - que se ha desarrollado a lo largo de los últimos 250 años, lo que la convierte en la vivienda más antigua de la ciudad.

La Casa Melik se construyó en la segunda mitad del siglo XVIII, alrededor de 1760. Aunque se desconoce quién fue su primer propietario, los archivos indican que tras su muerte, ocurrida en 1815, sus herederos la vendieron por 1.400 táleros alemanes – una considerable fortuna en aquel momento – a un comerciante armenio llamado Chevorc Nazaretoglu. El verdadero nombre de Chevroc era Nazaretian, sin embargo, tiempo atrás había decidido turquizar su apellido para evitar las suspicacias de las autoridades turcas, siempre dispuestas a convertir en sospechoso a cualquier armenio de posibles.   

Chevorc y su esposa, Miriam, rehabilitaron la casa y, desde 1822, se trasladaron a vivir allí. Años más tarde, Agop Nazaretian, hijo del matrimonio, ofreció la casa como dote de su hija Ana que, aunque había sido cortejada en secreto por el hijo ilegítimo de Ion Luca Caragiale, Mateiu, acabó contrayendo matrimonio con el arquitecto Iacob Melik, profesional formado en París, donde se había convertido en masón - la leyenda dice que la Casa Melik está unidad, mediante túneles secretos, a las casas de otros insignes masones de la ciudad - e impregnado de ideas románticas y revolucionarias.

Durante la Revolución rumana de 1848, el matrimonio Melik participó activamente en las revueltas, refugiando en su casa a destacadas figuras Heliade Ion Radulescu, C.A. Rosetti e Ion Brătianu. Tras el fracaso de la revolución, Iacob y Ana se vieron obligados a exiliarse, residiendo durante 9 años entre París y Estambul, hasta que en 1857 regresaron a su casa en Bucarest, una ruina que restauraron de nuevo para hacerla habitable.

Tras la muerte sin herederos de Ana Nazaretian Melik, en 1913, la casa fue cedida en testamento a la comunidad armenia de Bucarest, con la intención de crear un hogar para viudas sin recursos, sin embargo, Eugen Melik, un pariente de la familia, atacó las últimas voluntades de Ana, obtuvo la propiedad de la casa y realizó una nueva restauración de manos del arquitecto Paul Smarandescu. A pesar de todo, la comunidad armenia no se rindió y siguió luchando en los tribunales con Eugen hasta que, en 1921, recuperó la titularidad y convirtió la casa en una residencia de ancianos.

El asilo funcionó hasta 1947, momento en que las autoridades comunistas la nacionalizaron, la compartimentaron e instalaron en régimen de alquiler a diversas familias, modificaciones que provocaron una importante degradación del edificio. La suerte de la Casa Melik empezó a cambiar a finales de los años 60, cuando el matrimonio formado por Serafina y Gheorghe Raut, que por entonces vivían en París, negociaron con las autoridades rumanas el traslado de su colección de arte a Bucarest y su instalación, en un lugar adecuado, junto a las pinturas de su íntimo amigo, Theodor Pallady. Las negociaciones duraron un tiempo y finalmente se acordó exponer todas las obras de arte en la Casa Melik, que sería rehabilitada de nuevo para la ocasión.

La restauración, dirigida por la Dirección de Monumentos Históricos del Ministerio de Cultura, devolvió el edificio a su aspecto original que todavía hoy podemos disfrutar. El inmueble conserva los elementos de la típica casa de campo rumana, con una bodega de techos altos, un porche y un precioso balcón cerrado, posiblemente desde finales del siglo XVIII, con marcos de madera y vidrio. La renovación recuperó el tamaño primitivo de las ventanas y las puertas, rescató el artesonado en las habitaciones donde fue posible y recuperó el trazado e incluso el uso original de las habitaciones.


El resultado es un edificio especialmente interesante tanto por su contenido como por su especial arquitectura y su sugerente devenir, que bien merece una visita de aquellos que deseen conocer una más de las historias ocultas de Bucarest.