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Hanul Solacolu, del maltrato a la esperanza

Paradójicamente, uno de los símbolos urbanísticos de Bucarest es una ruina, hasta hace muy poco desahuciada, que apenas llamaba la atención de un caminante despistado. En uno de sus extremos, un lacónico cartelito anunciaba su catalogación como monumento histórico, incluyendo su fecha de construcción y cuatro líneas de su historia, apenas esbozada. Se trata del viejo Hanul Solacolu, un desvencijado edificio que, a pesar de su estado, permite todavía intuir un pasado notorio.

Estado actual de Hanul Solacolu

Bucarest nació como un nudo de comunicaciones que unía regiones como Moldavia y dinámicas ciudades como Brașov con Giurgiu, localidad junto al Danubio. El mismísimo Vlad Tepeș Dracul la menciona por primera vez, en un escrito del 20 de septiembre de 1459, calificando la ciudad como una feria (târg). Al calor de esas ferias, con el trasiego de mercancías y viajeros, en la ciudad se multiplicaron los caravasares y los hanes, hospedajes adecuados para el descanso y la protección de comerciantes y sus productos.

En 1859, año de la Unión de los Principados de Valaquia y Moldavia, dos hermanos apellidados Solacoglu, procedentes de Sviștov, en Bugaria, pero asentados en Valaquia, construyeron en Calea Moşilor un han exclusivo y de lujo, según el gusto arquitectónico local, con motivos orientales y neogóticos. A pesar de su estado avanzado de degradación, podemos imaginar la entrada y salida de carros, cargados de mercancías exquisitas, por sus dos grandes puertas, que reflejan su estructura en forma de E, la única que se conserva en los hanes de Bucarest.

En 2008, todavía se conservaban elementos decorativos en la fachada

Entre las paredes de Hanul Solacolu, frente a un buen vaso de vino, se hacían negocios, se hablaba de política e incluso se conspiraba, especialmente en la turbulenta segunda mitad del siglo XIX. Allí se alojó Lyuben Karavelov, líder revolucionario búlgaro, donde redactó sus periódicos Libertad e Indepedencia, órganos del movimiento de resurgimiento nacional opuesto a los turcos.

Hanul Solacolu contuvo también una fábrica de pasta y, aunque sufrió un grave incendio durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, mantuvo un carácter residencial hasta principios de la década de 1980, cuando el penoso mantenimiento realizado casi provocó su desplome. A pesar de los repetidos anuncios frustrados de restauración, el Ayuntamiento decidió finalmente quitárselo de encima, devolviéndolo a la familia Solacoglu, en el año 2003, ¡para exigir inmediatamente su rehabilitación!. Okupantes indeseados lo convirtieron entonces en un centro de tráfico ilegal y de prostitución, hasta que fueron evacuados en 2007. Desde entonces, el edificio asistió lentamente a la desaparición de casi todos sus elementos decorativos, de las escaleras de madera y de las ventanas, al hundimiento del tejado, al agrietamiento de sus muros, a la caída del yeso de la fachada y a la acumulación de basuras y ratas.

Proyecto del nuevo Hanul Solacolu

Pero ayer, 6 de enero de 2022, el Ayuntamiento de Bucarest, dirigido por Nicușor Dan, comunicó que Hanul Solacolu ha sido recuperado y anunció un proyecto inmediato de rehabilitación, dotado ya de presupuesto, que lo convertirá en un centro cultural de referencia para la ciudad.

¡Hanul Solacolu se ha salvado!

Bucarest, plomo y azul

Bucarest, plomo y azul

Hace unos meses, la revista digital Green Fugees me dio la oportunidad de escribir un artículo sobre los cambios recientes en la política de sostenibilidad bucarestina, de manos de su alcalde, Nicușor Dan. El resultado fue un artículo técnico-nostálgico, titulado Bucarest, plomo y azul.

¡Espero que lo disfrutéis!

Sobre librerías de Bucarest

Sobre librerías de Bucarest

Empecé a aprender rumano escuchando un casete en el coche, en el que una voz femenina, lacónica y de escaso entusiasmo, repetía frases en inglés y rumano, más o menos útiles y algunas muy desconcertantes, para ayudar al viajero en sus avatares por la Rumanía de finales de los noventa, tan lejana de la de hoy. Todavía conservo el casete, junto al librito que lo acompañaba, como un gesto de nostálgica lealtad a un fiel compañero de viaje al que no quiero dejar atrás. Años después, además, descubrí que uno de sus autores era Dennis Deletant, el viejo historiador británico, especializado en la Rumanía del siglo XX, que tan buenas lecturas me ha dado, lo que ha reforzado mi apego a ese añejo pedazo de plástico parlante.

Casete que me enseñó mis primeras palabras en rumano

Además de por cuestiones puramente prácticas, el motivo que me empujó a aceptar el reto de aquella locutora trotamundos fue superar la frustración que me producía entrar en el sinfín de librerías que encontraba en mi camino y apenas entender algo de los títulos que ofrecían. A pesar de mi ignorancia, en cada uno de mis viajes veraniegos a Rumanía, compraba algún libro y los atesoraba al volver a Barcelona, en una estantería especial, confiando en que un día podría disfrutarlos.

Ese día, por fin, llegó, aprendí la lengua rumana y las librerías se convirtieron entonces en lugares menos distantes, más amables, que abrían generosamente sus puertas ofreciéndome todo aquello que hasta entonces me había esquivado. Libros de Historia – los más anhelados, pues prácticamente no existe bibliografía histórica sobre Rumanía en castellano -, novelas, poesía, libros para mis hijos, libros de fotografía, arte, sociología, antropología o arquitectura, obras y más obras que fueron ampliando mi exigua biblioteca rumana, que hoy tiene ya una considerable cantidad de volúmenes y que para mí constituye un orgullo poder seguir disfrutando.

Todos esos libros salieron de decenas de librerías dispersas por el país, sin embargo, hoy me gustaría referirme a dos de ellas, situadas en Bucarest, que deben constituir una parada obligada para cualquier visitante.

File:Bucuresti, Romania. LIBRARIA CARTURESTI - VERONA . Noaptea ...

Fachada iluminada de Cărtureşti Verona

Cărtureşti es la primera de ellas, con dos sedes que atesoran miles de volúmenes, también en otros idiomas más asequibles. La sede más antigua está en la calle Arthur Verona, 13-15, en un pequeño jardín en el Bulevar Magheru, rodeada de maltratados edificios que muchos de sus libros me enseñaron a disfrutar, al distinguir las líneas vanguardistas del cercano Cinema ARO – más tarde llamado Patria - o los detalles art decó del Hotel Ambassador o del Edifico ArCub, no muy lejanos.

Carturesti bookstore: fotografía de Gradina Verona, Bucarest ...

El desván de Cărtureşti Verona guarda muchas sorpresas

La librería se sitúa en un palacete construido en 1883 por el alcalde liberal Dimitrie Sturdza, según el estilo de moda de la época, basado en las enseñanzas de la École des Beaux Arts de París. En sus múltiples habitaciones y salones, en un bello desván o en un sótano muy bien iluminado, se celebran encuentros culturales y pequeños conciertos, pero sobre todo se encuentran libros de todo tipo, guías, artículos de regalo, vinos selectos, música, DVDs e incluso juguetes o souvenirs de lo más originales. Además, en los jardines que se abren detrás del edificio, hay una animadísima terraza veraniega donde comer al mediodía a la sombra de una parra o tomar una copa al atardecer.

Galerie – Cafe Verona

La Gradina Verona, un refugio contra el calor bucarestino

En la calle Lipscani, 55, Cărtureşti tiene, sin embargo, su joya de la corona, una nueva librería que se ha alzado con justicia en el podio de las más bellas de Europa: Cărtureşti Carusel. El edificio había sido construido en el siglo XIX y fue adquirido por la familia de banqueros Chrissoveloni a principios del siglo XX. Las autoridades comunistas lo confiscaron, instalaron un lúgubre centro comercial y, poco a poco, cayó en el olvido y en un terrible abandono. En los años 90, Jean Chrissoveloni consiguió recuperar el edificio y realizar un espectacular proyecto de restauración que lo ha convertido en un referente para la ciudad de Bucarest.

Carturesti Carusel / Square One | Plataforma Arquitectura

Cărtureşti Carusel, todo un espectáculo

Entrar en Cărtureşti Carusel corta la respiración, por su amplio espacio abierto, de 4 alturas, espectacularmente iluminado por una claraboya que resalta el color blanco de paredes, escaleras y ornamentos, así como la madera natural del suelo y las estanterías. Como su hermana mayor de Arthur Verona, la librería ofrece multitud de artículos, además de libros, CD, películas, artículos de papelería, vinos y tés, ropa, comida ecológica, etc. También dispone de una magnífica cafetería en el piso superior y de un espacio para exposiciones de arte contemporáneo.

Carturesti Carusel, una lujosa librería que evoca la relación ...

El sótano de Cărtureşti Carusel, fusión de cultura y arquitectura

Más allá de Cărtureşti, en el Bulevar Regina Elisabeta,bajo la sede del Instituto Cervantes de Bucarest, en el renovado Hotel Cișmigiu, se encuentra otra de mis librerías de referencia de la ciudad: Librería Humanitas. En este caso, se trata de una librería más modesta, aunque también dispone de una interesantísima colección de libros publicados por la editorial que le da su nombre – también en inglés, francés e incluso alguno en castellano -, una pequeña oferta de CDs de música, libros ilustrados, algunos artículos de regalo e incluso una pequeña y muy agradable cafetería, que permite ver a los transeúntes del bulevar mientras se degusta un cappuccino en un sofá con un libro en las manos. La Librería Humanitas es más comedida que Cărtureşti Carusel, pero se pueden encontrar joyas que justificarán, sin duda, la visita.

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Fachada de la Librería Humanitas, en los bajos del Instituto Cervantes

Conservo el rumano como un tesoro. Cuando lo aprendí, reemplazó al francés en mis neuronas. Alguno puede pensar que es una lástima, pero yo me resisto a cruzarme con el idioma de Moliere para no recorrer el camino inverso y que me reste una sola palabra del idioma de Cărtărescu.

Desde la cafetería de la Librería Humanitas

Bucarest y su mítico laberinto subterráneo (I)

Cualquier bucarestino que se precie ha escuchado decenas de historias alrededor de los túneles secretos que perforan el terreno sobre el que se asienta la ciudad, un misterioso laberinto con múltiples utilidades, pero principalmente diseñado para permitir escapar a las autoridades comunistas en caso necesario. Sin duda, hay mucha leyenda sobre estas galerías, pero existen también algunas certezas.

Es una realidad incontestable que Bucarest tiene un subsuelo muy perforado, como atestiguan restos bien conservados como la gran bodega del han Șerban Vodă (1685-1883), visible gracias a un cristal que lo protege, en la calle Lipscani, frente al Banco Nacional Rumano.


Restos del han Șerban Vodă, en la calle Lipscani

Antiguamente, Bucarest era una ciudad extensa que combinaba viviendas más o menos ostentosas, según su propietario, iglesias y monasterios, mercados y hosterías con bosques y terrenos de cultivo. Los boyardos, nobles propietarios de mansiones y haciendas, poseían enormes cavas donde solían almacenar alimentos y, sobre todo, barriles y botellas con el vino que producían sus vides. Entre los siglos XVI y XVIII, Bucarest no era el lugar seguro que es hoy y tanto la guerra como los asaltos eran una constante amenaza en el horizonte, por lo que muchas de estas bodegas tenían túneles que permitían a sus dueños, en caso saqueo o asedio, alejarse de su vivienda por el subsuelo, cientos de metros, huyendo así de sus atacantes, según afirma el historiador Dan Falcan.

Uno de estos túneles, probablemente el más antiguo de la ciudad, se localiza en la zona de Piata Unirii, bajo la calle Negru Voda. Se trata de una galería excavada a 10 metros de profundidad, con una longitud de 350 metros y una anchura de 1,5 metros, construida con ladrillo, que conecta bajo la tierra la Curtea Veche, la cercana Iglesia Real y Hanul lui Manuc. Siglos después, la monarquía seguía sintiendo el gusto por los discretos desplazamientos subterráneos, pues otro de los túneles permitía a Fernando I y su familia trasladarse desde la sala de las calderas del Palacio Real (actualmente, Museo Nacional de Arte) hasta el Palacio Știrbei (hoy, sede de la UNESCO), junto al parque Cişmigiu. El túnel fue remodelado y electrificado en 1981, pero fue posteriormente clausurado por orden de Ceaușescu al considerarlo “poco práctico”.

Una de las galerías más importantes de la ciudad iniciaba su recorrido en la Torre Colţei (demolida en el año 1888, tras los desperfectos sufridos en un terremoto) y se ramificaba hacia los viñedos del Barón Barbu Bellu, bajo la iglesia de San Juan el Nuevo y el río Dâmbovița, a lo largo de todo el actual Bulevar Ion C. Brătianu. Piața Unirii e incluso más allá.


Imagen de la Torre Colţei, de 1888, que se alzaba frente al actual Hospital Colțea

Hay también galerías subterráneas en el área de Cotroceni y en la zona del Monasterio Antim, donde se localizó un túnel ramificado, conservado en parte, que unía el monasterio con la escuela secundaria Gheorghe Sincai y en el área del Centro Cívico. El norte de Bucarest alberga otras construcciones de este tipo, pues hay túneles que conectan el Monasterio Plumbuita con el Palacio Ghica, bajo el río Colentina Otras galerías unían los monasterios de Sărindar y Dâmbovița – hoy desaparecidos – o la Casa Dudescului y Zăvoaiele Cioplea, ubicadas cerca de Dudești. Más céntrico, bajo el famoso Magazin Victoria, un túnel se ramifica hacia la colina donde hoy se levanta el mastodóntico Parlamento, hacia el Palacio de Teléfonos y hacia la iglesia de Sfântul Gheorghe. Los cronistas del tiempo del fanariota Ioan Caragea contaban que el voivoda se trasladaba en un carruaje de cuatro caballos, desde su palacio en Cotroceni hasta la corte situada en la colina de Spirii, por una gran galería subterránea. Durante las revoluciones de 1821 y 1848, muchas de estas galerías sirvieron a los patriotas rumanos y a sociedades secretas como Eteria para esconder armas, municiones y provisiones que emplearían contra el invasor.

 

Del desaparecido monasterio de Sărindar partía un túnel secreto al monasterio Dâmbovița

A pesar de todo, la única galería subterránea de la capital, catalogada como monumento histórico, es el túnel de la mansión Golescu-Grant, situada en la calle Tibleș en el margen izquierdo del Dâmbovița, levantada a finales del siglo XVIII. Originalmente construida para poder huir en caso necesario - y posiblemente empleada por Tudor Vladimirescu en 1821 -, tenía varios kilómetros de longitud, pues enlazaba la casa con el monasterio Chiajna y el Palacio Cotroceni. Tras ser parcialmente destruida durante los bombardeos que sufrió Bucarest en 1944, actualmente está en estado de abandono, repleta de desechos y tierra, y solo son parcialmente accesibles 25 metros del recorrido total.

Imágenes de un tramo del túnel de la mansión Golescu-Grant, en estado de abandono

Repasadas las principales galerías bucarestinas de las que existe constancia, en una próxima entrada hablaré sobre los túneles secretos de Ceaușescu y la leyenda que existe a su alrededor.

Sobre el metro de Bucarest

Sobre el metro de Bucarest

El metro de Bucarest es una infraestructura que, con sus limitaciones, funciona considerablemente bien y, sobre todo, tiene unos precios muy asequibles. Para que se hagan una idea, un billete con 2 viajes – el mínimo que es posible adquirir – cuesta 1,1 € y una tarjeta para 10 desplazamientos, 4,4 €.

Se trata de una red subterránea – excepto en la estación de Berceni - con 4 líneas, llamadas magistrale, que fue inaugurada el 19 de diciembre de 1979 con la M1, entre las estaciones de Semănătoarea y Timpuri Noi. A principios del año 2014, el metro de Bucarest se extendía a lo largo de 69,25 Km y 51 estaciones, con una distancia media entre ellas de 1,5 Km y unos 700.000 viajes individuales diarios, de lunes a viernes.

Ya desde 1900, las autoridades locales de Bucarest mostraron su inquietud sobre la necesidad de disponer de una línea de metro, sin embargo, curiosamente, el estudio de viabilidad que encargaron concluyó que una infraestructura así sólo sería necesaria para la ciudad ¡a finales del siglo XX! A pesar de ello, el joven ingeniero Dimitrie Leonida hizo un primer proyecto, en forma de trabajo de fin de carrera, hacia 1908, pero desgraciadamente no pasó de los papeles.

En 1929 se retomó la idea, aunque fue rápidamente descartada frente al transporte de superficie; más tarde, a finales de los años 30, en un momento de ebullición urbanística de la ciudad, volvió a resurgir pero, a pesar del interés que despertó incluso en el rey Carol II, el estallido de la Segunda Guerra Mundial la dejó de nuevo en el cajón del olvido.

En los años 50 se elaboró un nuevo estudio de viabilidad pero, por influencia de la escuela urbanística soviética, que entendía el metro como una instalación de defensa frente a los bombardeos, se proyectó a una instalación a una profundidad de entre 20 y 40 metros, por lo que se convirtió en una empresa inviable económicamente.  

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Ceaușescu participă en la inauguración del tramo Timpuri Noi-Republica (1981)

No fue hasta 1975 cuando empezó la construcción de la red de metro, debido principalmente a las nuevas necesidades de transporte provocadas por la edificación de grandes barrios residenciales, alejados del centro de la ciudad y más próximos a los centros industriales, como Militari, Berceni y Titan Balta-Albă. Para su diseño y construcción se emplearon únicamente ingenieros y materiales rumanos, suponiendo un verdadero desafío técnico por hallarse en un estrato acuífero y en terreno arenoso, que en ocasiones obligó a congelarlo para poder realizar galerías. En los años 80 se construía a una velocidad de 4 Km/año, lo que constituía un récord a nivel mundial. A pesar de todo, la planificación del metro tampoco escapó de los caprichos de la pareja Ceauşescu, que sólo aceptó la construcción de la parada de Piaţa Romană, iniciada en secreto, por presión popular o evitó la llegada del metro hasta Drumul Taberei por considerarlo un barrio burgués que no lo merecía.

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Durante la época comunista, se sucedieron las inauguraciones en el metro

A diferencia de las redes de metro de otras ciudades de Europa del Este, en Bucarest se priorizó la velocidad de construcción y la modernidad, por lo que muchas estaciones tenían un aspecto muy simple, sin ornamentos, y eran algo oscuras, especialmente por las limitaciones energéticas que sufrió el país en los años 80, problema que actualmente sólo se ha resuelto a medias en algunos casos.

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Aspecto actual de una estación del metro de Bucarest

Piata Romana, eliminada inicialmente por capricho de Elena Ceausescu

Antes de la caída del régimen comunista, estaban en funcionamiento 3 líneas de metro y, desafortunadamente, la llegada de la democracia sólo supuso una exasperante ralentización en la extensión de tan necesaria infraestructura. En el año 2000 se inauguraron 4 estaciones de la cuarta línea (M4), un total de 4 Km que tardaron 11 años en alcanzar los 6,62 Km que tiene actualmente. En 2017 se espera inaugurar la M5, cuya construcción está retrasada y, en 2021, las autoridades confían en que el metro llegará al aeropuerto de Otopeni.

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Obras de la M5, en las que trabaja la empresa española FCC

Prohibido tocar el claxon

Prohibido tocar el claxon

Cualquiera que haya visitado Bucarest o haya conducido por sus calles, se habrá dado cuenta del caos circulatorio en el que vive inmersa la ciudad.

El tráfico de la ciudad es criminal y los motivos son diversos. En primer lugar, responde a un urbanismo caótico, con enormes avenidas que desembocan en estrechas callejuelas, o a la planificación caprichosa del apoteósico proyecto de Casa Poporului, que impuso su espectacularidad a cualquier consideración sobre la movilidad de los vehículos. Por otro lado, en los últimos años, gracias al lento pero progresivo aumento del nivel de vida de los rumanos, ha aumentado el parque automovilístico local que, superando al viejo Dacia estilo Renault 12, se ha diversificado en infinidad de marcas y modelos – incluyendo Lamborghinis, Ferraris o Porsche de la casta mafiosa local - y multiplicado exponencialmente. No ayuda un sistema de tranvía generalizado que, ante los habituales atascos, no contribuye a la fluidez del tráfico por su escasa flexibilidad, una red pública de autobuses que parece mantener en secreto sus rutas pues, a pie de calle, es imposible saber de dónde vienen y, sobre todo, a dónde van y una amplísima flota de taxis considerada por el resto de conductores como el enermigo a abatir. Las copiosas nevadas invernales y un escaso mantenimiento de la calzada tampoco contribuyen demasiado a mejorar la situación.

Cabe mencionar también la poca gentileza de muchos conductores rumanos, generalmente agresivos, que zigzaguean entre carriles, que impacientes ante un semáforo hacen uso y abuso del claxon como ruidoso sustituto de sus inaudibles improperios, que no dudan en apartar a un molesto vehículo adyacente con amenazantes volantazos y que, ante cualquier respuesta desafiante, les faltará tiempo para apearse del coche y liarse a mamporrazos.

A pesar de su esperanzadora evolución de los últimos años, durante los cuales se han multiplicado las bicis y han desaparecido progresivamente los coches de las aceras, en el Bucarest de hoy todavía faltan indicadores como el de aquel Bucarest de antaño, que prohibían tocar la bocina e invitaban a tomarse la conducción con más calma.

Otro crimen contra la memoria

Otro crimen contra la memoria

No era especial y ni siquiera estaba catalogada en la lista de monumentos históricos, sin embargo, era una de esas edificaciones que otorgan a Bucarest ese espíritu irrepetible, reservado y fascinante.

Se trataba de la casa de un antiguo comerciante, construida hace más de 100 años en la actual calle Matei Voivod, en una zona residencial tranquila, lejos del centro, posiblemente rodeada de árboles, junto a alguno de los caminos que llevaban a cualquiera de las ferias que se celebraban en la ciudad por aquel entonces. Un siglo después, todavía conservaba con cierto orgullo toda su estructura, la decoración de la fachada y una genuina galería abierta de madera ornamentada, aunque sus dueños la habían dejado marchitarse lentamente, sin reparar en su valor.

La actividad mercantil de Bucarest está en su propio ADN, apareciendo la primera mención a sus comerciantes en una carta del voivoda Laiotă Basarab El Viejo, escrita a principios de 1476. A los comerciantes bucarestinos se los denominaba de distintas maneras. Según los productos que vendían, los băcăni eran los que comerciaban con alimentos, ya fuesen locales o de importación, los şelari fabricaban sillas de montar, los mărgelari vendían abalorios, adornos y enseres domésticos, los mătăsari ofrecían telas, sedas, paños y lonas o los sticlari proveían de objetos de vidrio. Todavía hoy, paseando por Bucarest, es fácil descubrir estos y otros nombres en muchas de sus calles, identificando así donde antaño se agrupaban sus gremios. También podía conocérselos por el origen de sus mercancías, hablándose de brașoveni, cuando sus productos provenían de Brașov, de  gabroveni, que traían los famosos cuchillos de Gabrovo, en Bulgaria, de udricani, que importaban género desde Edirne, en la frontera entre Turquía, Bulgaria y Grecia o de  lipscani, que lo hacían desde la lejana Leipzig y han acabado cediendo su nombre a todo el casco antiguo bucarestino. Finalmente, también se conocía a los vendedores por su origen, desde chipriotas, armenios, judíos o rusos, a comerciantes de Silistra (Bulgaria), Braila o Ragusa, la actual Dubrobnik, todos ellos agrupados en calles que daban a la ciudad un riquísimo carácter, gracias a una multitud de idiomas y culturas y a una oferta comercial variopinta.

De todo este universo comercial, hoy casi desaparecido ante la uniformizadora e irresistible globalización, apenas quedan testimonios como la vieja casa en la calle Matei Voivod de Bucarest, pero sólo hicieron falta los insaciables deseos inmobiliarios de algún mafioso local y la desidia de unas autoridades miopes, para que la demolición de la maltrecha vivienda de un comerciante anónimo no sólo provocase la muerte de una casa, sino también de una parte de nuestra memoria, la memoria de Bucarest y la de toda Europa.

Casa Miclescu o del Coronel

Casa Miclescu o del Coronel

Tras un año afincado de nuevo en Barcelona, recuerdo con cierta nostalgia las carreras en el taxi de mi amigo George Constantin, desde el aeropuerto de Otopeni a casa, donde me esperaba la familia, impaciente por mi regreso tras alguno de mis frecuentes viajes. Comentábamos siempre con George cómo había ido mi periplo y cada vez desembocábamos en el más reciente escándalo político, refunfuñando ambos, mientras yo miraba distraídamente por la ventana el tráfico de la ciudad.  

En el camino a casa, pasado el imponente Arco del Triunfo, a mano derecha, siempre posaba la mirada en una hermosa ruina del número 33 de la Avenida Kiseleff, los restos de una antaño majestuosa villa en estilo neo-rumano que hoy languidece ante la indiferencia de sus propietarios y muchos de sus vecinos.

Se trata de la Casa Miclescu, conocida también como Casa del Coronel, diseñada por el gran Ion Mincu y construida a principios del siglo XX según el estilo nacional rumano, de moda entonces, como de moda estaba que los monarcas se vistiesen con trajes populares, con aire rural, para hacerse fotografías. Mincu trazó los planos de la casa para el pintor George Demetrescu Mirea, representante del academicismo rumano, sin embargo, la falta de fondos obligó al artista a venderla, antes de poder terminarla, al abogado Jean Miclescu, descendiente de una de las más egregias familias boyardas de Moldavia.

En la imagen, Sandu Sturza, el coronel Miclescu y su esposa, Elsa,en la pista de tenis situada en el jardín posterior de la casa

La casa, cuya cubierta se desmoronó hace años, todavía muestra con orgullo los clásicos elementos del estilo neo-rumano e incluso mantiene una torre lateral que le da un aire de fortaleza medieval. Antaño, su salón principal, hoy cubierto de nieve durante el invierno, acogió las reuniones y los bailes semanales de lo más granado de la aristocracia rumana.  Cantacuzinos, Brâncoveanus, Sturdzas, Carps, Băleanus o Greceanus deambularon por sus estancias, hasta que la Primera Guerra Mundial barrió a aquella despreocupada aristocracia. El hijo de Jean Miclescu, el coronel de caballería, Radu Miclescu, herido durante la Gran Guerra, vivió allí junto a su esposa, Elena Florescu las turbulencias del período interbélico y la Segunda Guerra Mundial hasta que, en 1948, las autoridades comunistas acabaron por confiscar la casa y alquilarla a la Unión de Artistas Plásticos.

Salón de la Casa Miclescu. En la imagen, la madre del coronel Miclescu leyendo.

Tras pasar tres meses en prisión por oponerse al embargo, el coronel Miclescu y su esposa se instalaron en uno de los 7 apartamentos en los que se dividió su antiguo hogar. En 1968, durante su viaje a Rumania, Charles de Gaulle quiso reencontrarse con su antiguo compañero de la Escuela Superior de Oficiales de Saint Cyr, y no dudó en visitar a la pareja. El terrible terremoto de 1977 afectó irreversiblemente al edificio, que fue declarado inhabitable por las autoridades, sin embargo, los dos ancianos decidieron permanecer en su pequeña habitación subterránea, a la que accedían por una escalera con una cuerda a modo de pasamanos. Allí permanecieron, sin perder un ápice de su dignidad, hasta la muerte del coronel, en 1990, pocos meses después de recuperar la propiedad del edificio tras la Revolución que derrocó a Ceaușescu.

Elsa, en la escalera de acceso al piso superior

En 1994, la casa fue vendida por la familia Miclescu a un antiguo entrenador del Steaua de Bucarest, Dumitru Dumitriu, apodado Ţiţi, y a Ilarian Puşcoci, que decidieron abandonarla a su suerte hasta hoy. El motivo es tan sencillo como impúdico. Con la idea de realizar un pelotazo inmobiliario, los nuevos propietarios tenían intención de demoler la casa y construir un bloque en los 3.000 metros cuadrados de terreno donde se levanta el edificio, sin embargo, el ayuntamiento les negó el permiso y, lo que fue todavía peor para sus planes, acabó incluyendo la villa en la lista de Monumentos históricos de Bucarest, en el año 2004. En estas circunstancias, como ocurre en tantos otros inmuebles históricos de la ciudad, los desaprensivos propietarios simplemente esperan a que la construcción se derrumbe y no haya marcha atrás.

En un intento desesperado por detener la degradación de la Casa Miclescu, en el año 2006, las autoridades municipales intentaron llevar ante los tribunales a Dumitriu y Puşcoci por destrucción premeditada del patrimonio, pero el juez no quiso admitir la demanda por considerar que su actitud no era consecutiva de delito y desde entonces, poco a poco, aquella villa que protagonizó algunos de los momentos más bellos e intensos de la historia de la ciudad, va perdiendo su estructura y, con ella, va desvaneciéndose aquel viejo y atractivo Bucarest que ya nunca recuperaremos.

Palacio CEC

Palacio CEC

Lipscani, el casco antiguo de Bucarest, alberga el distrito financiero de la ciudad y alguno de sus edificios más emblemáticos.

Entre todos ellos, destaca el conocido como Palacio CEC, acrónimo de Casa de Economii şi Consemnaţiuni (Casa de ahorros y consignaciones), un majestuoso edificio que todavía alberga la que fue primera institución de crédito público de Rumania.

Tras la unificación de los Principados de Valaquia y Moldavia (1861), el ministro de finanzas, Nicolae Rosetti-Bălănescu, comprendió la necesidad de constituir una entidad de depósito y crédito oficial, de modo que presentó una propuesta de ley que fue aprobada por el príncipe Alexandru Ioan Cuza el 24 de noviembre de 1864.

Inicialmente, la Casa de Economii şi Consemnaţiuni funcionó en diferentes localizaciones de la ciudad, sin embargo, debido a su creciente relevancia, en pocos años se hizo evidente la urgencia de establecer una sede propia. El lugar escogido para levantar tan notable institución fue Calea Victoriei, distinguida avenida que se había convertido en la calle más noble de la ciudad. De este modo, en 1875, se demolió la iglesia de San Juan, erigida en 1701 por el boyardo Constantin Brâncoveanu muy cerca del río Dâmbovița, para levantar un edificio cuya capacidad se vería superada por sus necesidades sólo 20 años después de su inauguración. Si el lector tiene curiosidad por la desaparecida iglesia de San Juan, algunos de sus relieves decorativos todavía pueden verse hoy en el lapidario de la cercana iglesia de Stravopoleos.

El nuevo edificio, diseñado por el arquitecto francés Paul Gottereau, se construyó en estilo ecléctico entre 1897 y 1900. La monumental entrada está adornada con un gran arco, sostenido por enormes columnas, que contiene un reloj decorado con relieves junto a las esculturas de Hermes - patrón de comerciantes, viajeros, y ladrones, paradójica elección para la entrada de un banco – y Deméter, que abrazando un haz de trigo junto a una colmena, representa a la tierra dominada y cultivada por el hombre, al que rinde sus frutos. El edificio está coronado en su centro por una gran cúpula de metal y cristal de planta octogonal y cuatro más pequeñas en las esquinas, decoradas con banderas, gabletes y rematadas con espectaculares florones, tan propios de Bucarest.

La espectacularidad de la fachada continúa en el interior, con una espaciosa sala con ventanillas para atender al público, cuyo diseño recuerda el volumen de la nave central de una basílica bizantina iluminada por la luz que deja pasar un formidable techo de cristal. Todo el espacio está profusamente adornado con rocallas, volutas, y hojas colocadas junto a figuras exóticas, máscaras, esfinges y lo que parecen escudos de armas imaginarios. El Hall de honor y la Sala de consejos de la institución están decorados con obras del pintor modernista, Mihai Menelas Simonidi, destacando un fresco titulado La diosa Fortuna repartiendo bonanzas a los rumanos tras la Guerra de Independencia de 1877-1878.

Caravasares bucarestinos

Caravasares bucarestinos

Cuando uno contempla un mapa antiguo de Bucarest, llama la atención la cantidad de albergues que existían en lo que hoy es Lipscani, el casco antiguo de la ciudad. 

Bucarest, importante nudo de comunicaciones entre Estambul y Viena, se benefició siempre de su estratégica posición en las principales rutas comerciales transcontinentales. Caravanas con mercancías partían del Bósforo y, durante un viaje que duraba un mes, cruzaban los territorios del Imperio Otomano hasta el Danubio y se adentraban en el territorio del Principado de Valaquia hasta Bucarest. La ciudad era un lugar tanto de tránsito como de depósito. Muchas de las mercancías provenientes de Europa eran trasladadas desde Bucarest y embarcadas en diferentes puertos fluviales del Danubio para ser enviadas a otros puntos en los Balcanes o hacia Asia.

Desde el siglo XIV, se celebraban en Bucarest diferentes ferias que exhibían productos de todo el mundo. Paños ingleses, lana de los Balcanes, pieles procedentes de Bulgaria y Rusia, joyas y armas, perfumes, espejos, cristal veneciano, vinos franceses, especias orientales e incluso cacao de las Indias Occidentales. Todo ello se vendía en los caravasares o en las tiendas que abarrotaban las calles situadas alrededor de la Vieja Corte.


Hanul cu Tei

La palabra caravasar deriva de la palabra turca kervansaray, que a su vez proviene del término persa karavan (كاروان, ’viajeros’) y sara (سرا, ’hostal, refugio, palacio’). El caravasar es, pues, un hospedaje con un patio central, construido en las principales vías de transporte o en el interior de las ciudades, donde los comerciantes hallaban descanso y protección para sus mercancías. En rumano, se emplea la palabra han para definir un lugar de estas características, sin embargo, en Bucarest se distinguía entre han y caravasar pues, aunque en ambos albergues se encontraba alojamiento y comida, la principal diferencia consistía en el tipo de gente que se hospedaba en cada uno de ellos, ya que los caravasares estaban reservados a los altos dignatarios y a los grandes comerciantes turcos. Mientras Valaquia estuvo bajo la órbita otomana, los caravasares fueron financiados por el Principado pero su gestión fue otorgada a personas leales al sultán, normalmente un paznic (guardián) serbio junto a sirvientes albaneses.

Tanto hanes como caravasares, erigidos en las principales carreteras de Valaquia, Moldavia y Transilvania, se construían inicialmente de madera y más tarde en piedra, convirtiéndose en ocasiones en verdaderas fortalezas que podían servir de refugio a los comerciantes y a la población local en caso de emergencia. Solían tener una planta cuadrada, con muros profundos sin ventanas al exterior y estar levantados alrededor de un gran patio con jardín al que se accedía por una única puerta de roble, reforzada con un marco de hierro. En el interior de los caravasares había habitaciones para los viajeros, tiendas para alquilar, almacenes, una taberna, establos y un estacionamiento para los carros. En el centro del patio solía haber una fuente y un almacén subterráneo en el que se guardaba la comida, ciertas mercancías e incluso las propiedades más valiosas de las familias más ricas de la ciudad.


Hanul lui Zamfir

El primer caravasar de Bucarest se construyó en 1669, poco antes de convertirse en sede permanente de la corte de Valaquia. Un siglo y medio más tarde, en Bucarest había más de 40 caravasares de todo tipo, el más grande de los cuales, mandado construir por el príncipe para estimular el desarrollo del comercio, estaba junto a la Vieja Corte. Los hanes más pequeños se hallaban en las afueras de la ciudad o cercanos a los mercados estables, donde los comerciantes sólo alquilaban una habitación y hacían uso de la taberna, por lo que no solían tener ni establos, ni almacenes ni cocheras.

Los caravasares fueron construcciones erigidas por los príncipes válacos, por ricos mercaderes, por la nobleza o incluso por monasterios como medio de sustento. Las distintas comunidades que habitaban en Bucarest se reunían en un determinado caravasar, donde podían hablar su idioma con libertad, encontrarse con sus compatriotas y buscar apoyos para ciertas empresas. Así, los búlgaros y serbios se reunían en el Han Gabroveni, austríacos y húngaros en el Han Filaret y los europeos occidentales en el Han Filipescu.

A partir del siglo XIX, la función de los caravasares empezó a declinar. Uno de los motivos fueron los constantes terremotos e incendios que sufrió Bucarest a lo largo de los siglos, aunque también afectó su ineficaz mantenimiento y la falta de financiación pública para su subsistencia. Los cambios en el modo de comerciar, que exigían mejor presentación de los productos y lugares más espaciosos y accesibles, arrinconaron a los angostos espacios de alquiler de los caravasares. Finalmente, desde mediados del siglo XIX, la aparición de mercados semanales estables convirtieron los caravasares en una curiosidad decadente condenada a la desaparición, por lo que muchos cerraron o se reconvirtieron en hoteles.

Actualmente, todavía pueden contemplarse 3 caravasares o hanes en Bucarest: Hanul Manuc, Hanul cu Tei y Hanul Gabroveni, el último de los cuales recientemente ha pasado de ser una lamentable ruina a un edificio espectacularmente restaurado que pronto abrirá de nuevo sus puertas.


Simulación de la futura fachada de Hanul Gabroveni

Información extraída del libro Hanuri, Bucurestii in secolul al XVIII-lea, de Ursula Fait.

Casa Melik, la vivienda más antigua de Bucarest

Casa Melik, la vivienda más antigua de Bucarest

En el número 22 de la calle Spatarului, en un jardín algo por debajo del nivel de la calle, se levanta discretamente la Casa Melik, una de las joyas más desconocidas de la arquitectura bucarestina. La Casa Melik alberga hoy la colección de arte Serafina y Gheorghe Raut así como el Museo Theodor Pallady, conservando también entre sus muros una larga historia – que incluye rituales masónicos, amores prohibidos y conjuras revolucionarias, entre muchas otras - que se ha desarrollado a lo largo de los últimos 250 años, lo que la convierte en la vivienda más antigua de la ciudad.

La Casa Melik se construyó en la segunda mitad del siglo XVIII, alrededor de 1760. Aunque se desconoce quién fue su primer propietario, los archivos indican que tras su muerte, ocurrida en 1815, sus herederos la vendieron por 1.400 táleros alemanes – una considerable fortuna en aquel momento – a un comerciante armenio llamado Chevorc Nazaretoglu. El verdadero nombre de Chevroc era Nazaretian, sin embargo, tiempo atrás había decidido turquizar su apellido para evitar las suspicacias de las autoridades turcas, siempre dispuestas a convertir en sospechoso a cualquier armenio de posibles.   

Chevorc y su esposa, Miriam, rehabilitaron la casa y, desde 1822, se trasladaron a vivir allí. Años más tarde, Agop Nazaretian, hijo del matrimonio, ofreció la casa como dote de su hija Ana que, aunque había sido cortejada en secreto por el hijo ilegítimo de Ion Luca Caragiale, Mateiu, acabó contrayendo matrimonio con el arquitecto Iacob Melik, profesional formado en París, donde se había convertido en masón - la leyenda dice que la Casa Melik está unidad, mediante túneles secretos, a las casas de otros insignes masones de la ciudad - e impregnado de ideas románticas y revolucionarias.

Durante la Revolución rumana de 1848, el matrimonio Melik participó activamente en las revueltas, refugiando en su casa a destacadas figuras Heliade Ion Radulescu, C.A. Rosetti e Ion Brătianu. Tras el fracaso de la revolución, Iacob y Ana se vieron obligados a exiliarse, residiendo durante 9 años entre París y Estambul, hasta que en 1857 regresaron a su casa en Bucarest, una ruina que restauraron de nuevo para hacerla habitable.

Tras la muerte sin herederos de Ana Nazaretian Melik, en 1913, la casa fue cedida en testamento a la comunidad armenia de Bucarest, con la intención de crear un hogar para viudas sin recursos, sin embargo, Eugen Melik, un pariente de la familia, atacó las últimas voluntades de Ana, obtuvo la propiedad de la casa y realizó una nueva restauración de manos del arquitecto Paul Smarandescu. A pesar de todo, la comunidad armenia no se rindió y siguió luchando en los tribunales con Eugen hasta que, en 1921, recuperó la titularidad y convirtió la casa en una residencia de ancianos.

El asilo funcionó hasta 1947, momento en que las autoridades comunistas la nacionalizaron, la compartimentaron e instalaron en régimen de alquiler a diversas familias, modificaciones que provocaron una importante degradación del edificio. La suerte de la Casa Melik empezó a cambiar a finales de los años 60, cuando el matrimonio formado por Serafina y Gheorghe Raut, que por entonces vivían en París, negociaron con las autoridades rumanas el traslado de su colección de arte a Bucarest y su instalación, en un lugar adecuado, junto a las pinturas de su íntimo amigo, Theodor Pallady. Las negociaciones duraron un tiempo y finalmente se acordó exponer todas las obras de arte en la Casa Melik, que sería rehabilitada de nuevo para la ocasión.

La restauración, dirigida por la Dirección de Monumentos Históricos del Ministerio de Cultura, devolvió el edificio a su aspecto original que todavía hoy podemos disfrutar. El inmueble conserva los elementos de la típica casa de campo rumana, con una bodega de techos altos, un porche y un precioso balcón cerrado, posiblemente desde finales del siglo XVIII, con marcos de madera y vidrio. La renovación recuperó el tamaño primitivo de las ventanas y las puertas, rescató el artesonado en las habitaciones donde fue posible y recuperó el trazado e incluso el uso original de las habitaciones.


El resultado es un edificio especialmente interesante tanto por su contenido como por su especial arquitectura y su sugerente devenir, que bien merece una visita de aquellos que deseen conocer una más de las historias ocultas de Bucarest.

 

Pache Protopopescu

Pache Protopopescu

Si, a lo largo de su historia, toda gran ciudad necesita un emblemático alcalde que dé un vuelco a la realidad – como hizo Pascual Maragall en Barcelona o Rudy Giuliani en Nueva York -, Bucarest tiene en su palmarés a Emilian Pake Protopopescu que, a finales del siglo XIX, en poco más de 3 años, logró modernizar la ciudad y colocarla entre las grandes capitales europeas.

Nació en Bucarest en 1845, en el conocido como barrio de los Comerciantes (Mahalaua Negustori). Su nombre, “Protopopescu”, deriva del hecho que su padre, Iancu, ejercía como arcipreste (protopop) en la parroquia de la Iglesia de San Jorge el Nuevo. Se licenció en la Escuela de Derecho de la ciudad (1866) y completó sus estudios en París, Bruselas y Ginebra, consiguiendo el título de doctor. En 1870 regresó a Bucarest, donde durante años ejerció de abogado y de profesor en la Escuela Comercial, publicó varias revistas (Dreptul) y periódicos (Binele Public y România), ocupó el cargo de prefecto de la policía (1876) y fue escogido diputado por el Partido Conservador hasta que, en abril de 1888, fue nombrado alcalde de Bucarest por decreto real.

Pache Protopopescu llegó a la alcaldía con una visión global de las insuficiencias de la ciudad, que incluía desde sus necesidades de infraestructuras, sistematización urbana y saneamiento hasta la creación de instituciones sociales que resolviesen, aunque fuese en parte, las penurias de los bucarestinos menos favorecidos.

Entre abril de 1888 y diciembre de 1891, el nuevo alcalde consiguió modernizar Bucarest: reorganizó el ayuntamiento según cánones occidentales, creó una red de teléfonos públicos, extendió el alumbrado público eléctrico más allá de la Plaza del Teatro Nacional, construyó las primeras aceras, pavimentó calles y creó nuevas arterias que mejoraron la circulación, como el Bulevar Coltei (hoy, Lascar Catargiu) o un nuevo eje este-oeste que se extendía desde la Plaza de la Opera hasta la avenida Mihai Bravu. Precisamente, un tramo de este largo eje, conocido entonces como Bulevar del Horizonte (Orizontului), fue rebautizado por el alcalde conservador, Nicolae Filipescu (1893 – 1895), como Bulevar Pache Protopopescu, nombre que todavía conserva.


También el transporte público fue objeto de atención prioritaria por parte del alcalde, que extendió el servicio de tranvía tirado por caballos pero, sobre todo, impuso unas condiciones civilizadas de transporte para los ciudadanos. De este modo, publicó e hizo cumplir una detallada ordenanza según la cual los conductores tenían la autoridad para poner orden entre el pasaje, impedía que subiesen al tranvía más pasajeros de los que podían sentarse o que otros se colgasen de las escaleras de acceso – situaciones que se repetían constantemente y que provocaban accidentes y continuos alternados entre los viajeros – y limitaba el acceso para aquellos que fuesen sucios, bebidos o acompañados de perros.

Protopopescu prestó una especial atención a la infraestructura de enseñanza en la capital por lo que, sólo en el año 1889, construyó 28 escuelas y el famoso liceo Gheorghe Lazăr. Asimismo, construyó un comedor social y estableció un sistema municipal de transporte de enfermos a los hospitales de la ciudad, servicio que precedió a la célebre Sociedad de Rescate (Societatii de Salvare) del Dr. Nicolae Minovici.


En el mismo período, fundó la primera Escuela de Comercio de la ciudad (actualmente, Escuela Superior de Comercio Nicolae Kretzulescu) y el Instituto Médico-legal, levantó la famosa torre de vigilancia contra incendios, Foișorul de Foc (que hoy alberga el Museo de los Bomberos), e inició los trabajos para la construcción del Jardín Botánico de Cotroceni.


Pache Protopopescu murió a la edad de 48 años, el 28 de abril de 1893, debido a una infección de piedras en el riñón y fue enterrado en el Cementerio Bellu. En 1903, en reconocimiento por su enorme labor, Bucarest levantó en el parque Izvorul Rece un monumento en su honor, realizado por el escultor Ion Georgescu con mármol de Carrara, sin embargo, el monumento fue demolido por las autoridades comunistas en 1948.

Acostumbrados a alcaldes como el ínclito Dr. Sorin Oprescu, actual perpetrador de terribles atentados urbanísticos contra el patrimonio histórico de Bucarest, uno no puede más que añorar los viejos tiempos del alcalde Pache Protopopescu.

La poza de las brujas (Balta Vrajitoarelor)

La poza de las brujas (Balta Vrajitoarelor)

En la salida de Bucarest hacia Stefanesti, en el bosque Boldu-Creteasca, hay una charca de escasos metros cuadrados que atesora una serie de inquietantes historias.

La tradición dice que ya existía en tiempos del inquietante Vlad Tepes el Empalador y, de hecho, sitúa su decapitación en este preciso lugar. Ayudado por el voivoda de Transilvania, Esteban Báthory, y el rey de Moldavia, Esteban el Grande, a finales de 1476, Vlad arrebató el trono de Valaquia a Basarab Laiota, voivoda que contaba con el apoyo del sultán Mehmed. A pesar de todo, los húngaros se retiraron pronto de Valaquia y Vlad quedó en una situación muy precaria. Ni los 200 guerreros moldavos, enviados por Esteban el Grande para protegerlo, consiguieron evitar su derrota a manos de un ejército de akindschis turcos comandado por Laiota. No se sabe si Vlad murió en plena batalla o si un asesino a sueldo lo decapitó por la espalda junto a esta poza cercana a Bucarest. Lo que sí se sabe es que, mientras su cuerpo fue enterrado en el monasterio de Snagov, su cabeza fue conservada en miel, enviada a Mehmed como prueba de su muerte, atravesada por un palo y expuesta a la vista de todos.

Durante años, la creencia popular decía que la ciénaga poseía propiedades abortivas y que las mujeres embarazadas que no deseaban a su bebé sólo tenían que sumergirse unos minutos en sus aguas.  

Tras el terremoto que asoló Bucarest en el año 1977, las autoridades comunistas, poco consideradas con cuestiones romántico-monárquicas, descargaron en la poza varias toneladas de escombros y cascotes procedentes de algunos edificios siniestrados de la ciudad, sin embargo, cuál fue su sorpresa cuando, en una sola noche, las aguas se tragaron todos los materiales depositados.  

Un lugar tan misterioso, en el que según los vecinos son habituales los fuegos fatuos, no puede pasar desapercibido para las fuerzas ocultas de la zona así que anualmente, en las noches de San Jorge y San Andrés, se celebran aquí reuniones de brujas gitanas que no dudan en afirmar que es la fuente de la que brota su magia y una puerta “al más allá”.

Sea o no un manantial de poder sobrenatural, la verdad es que se trata de una charca a la que no se acerca ni un animal y en cuyas aguas no crecen ni las ranas.

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (y II)

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (y II)

El éxito político, económico y cultural de Bucarest alcanzó su cenit entre las dos Guerras Mundiales, período en que su población pasó de 380.000 habitantes (1918) a 870.000 (1939) y durante el que se construyeron nuevos barrios residenciales, excelentes edificios civiles, parques urbanos y extra-urbanos y zonas industriales, todo ello en una combinación de estilos que variaba desde el neo-rumano de los arquitectos Ion Mincu o Petre Antonescu al vanguardismo de Horia Creangă o Marcel Iancu, pasando por bellos ejemplos del menos academicista estilo mediterráneo. 

La proclamación de la República Popular, en diciembre de 1947, introdujo a Rumania en la órbita soviética, de modo que la nueva política económica y los objetivos ligados a ella, el carácter centralizado de la intervención pública, la abolición de la propiedad privada y el aumento considerable de la población debido a una significativa inmigración de origen rural, provocaron una revolución en los programas de transformación urbana tanto en su contenido como en su escala y en sus prioridades. Esta nueva filosofía urbanística se plasmó en cuatro tipos de intervención: la construcción de nuevos centros de poder caracterizados por una marcada discontinuidad respecto a la ciudad existente, la edificación de complejos residenciales públicos, la creación de enormes focos industriales en la periferia de la ciudad y el diseño de infraestructuras que facilitasen la movilidad entre las áreas residenciales y las zonas industriales. Los dos ejemplos más deslumbrantes de nuevos centros de poder fueron la colosal Casa Poporului y el Palacio Scânteia, emblema del nuevo poder comunista. El Palacio Scânteia, sede del periódico oficial del Partido Comunista Rumano, fue construido entre 1950 y 1956 como una versión local del inmenso edificio de la Universidad Lomonosov de Moscú y marcó un primer momento de brutal imposición de la arquitectura y el urbanismo propios del realismo soviético de inspiración stalinista (paradójicamente, la Casa Poporului fue el último y trágico ejemplo).


Plano de emplazamiento del Palacio Scânteia hasta 1990

El aperturismo de Kruschev en la primera mitad de la década de los 60 del siglo XX tuvo una influencia positiva en el urbanismo bucarestino. En este período se intensificó la construcción de grandes zonas residenciales alejadas del centro de la ciudad y cercanas a los centros industriales, entre los que destacan barrios como Drumul Taberei, Militari, Berceni y Titan Balta-Albă, verdaderas “ciudades dentro de la ciudad”. Entre todos ellos, Drumul Taberei es, quizás, el ejemplo más llamativo de nuevo barrio obrero de aquella época, levantado junto a una zona industrial, con bloques prefabricados situados en zonas verdes, cuidadosamente orientados según la luz solar, con servicios variados, bien conectados y distribuidos según un diseño urbano conforme con los principios establecidos en la Carta de Atenas y que, de forma inesperada, encuentra un eco en la ville radieuse de Le Corbusier al tiempo que simboliza los principios de igualdad de toda buena ciudad socialista.


Maqueta de Drumul Taberei

En definitiva, estos cinco momentos del urbanismo bucarestino nos muestran la evolución de la ciudad-pueblo de mediados del siglo XIX, a la capital burguesa de principios del XX y a la ciudad socialista de mediados de siglo.

  

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (I)

Evolución del urbanismo bucarestino entre los siglos XIX y XX (I)

Bucarest, urbe estratégicamente situada entre Oriente y Occidente, ha crecido y se ha desarrollado gracias a su favorable situación en el centro de varias rutas comerciales transcontinentales y a la consiguiente influencia de distintas culturas regionales, convirtiéndose en el centro urbano más altamente poblado del sudeste de Europa. Bucarest aparece por primera vez en un escrito del 20 de septiembre de 1459, firmado por Vlad Tepeș Dracul, en el que se la define como una feria (târg). Más tarde, en 1659, bajo el gobierno del príncipe Gheorghe Ghica, Bucarest se convirtió en la capital de Valaquia y en 1862 pasó a ser la capital de Rumania, tras la unión de los principados de Valaquia y Moldavia.


Bucarest nació y se desarrolló en las orillas del río Dâmbovița y su afluente Colentina, una de las numerosas corrientes de agua que atraviesan la llanura válaca para surtir al Danubio. El lugar donde se levanta la ciudad fue antaño un terreno llano plagado de lagos, prados y humedales, irregularmente dividido entre las grandes propiedades de los boyardos y estructurado en numerosas parroquias de formas y tamaños distintos. Más allá de los palacios de los boyardos, las parroquias constituían los elementos ordenadores de la ciudad, núcleos centrales aislados que formaban la inconexa base de la composición urbana y a partir de los cuales convergían las calles y se ordenaban las propiedades.  Debido a la prohibición turca de fortificar las ciudades rumanas, Bucarest creció sin límites físicos, combinando zonas de alta densidad urbana en los alrededores de las ruinas de la Corte Principesca, junto al Dâmbovița, con áreas rurales en la periferia, débilmente integradas y estructuradas, y prácticamente sin  lugares de residencia propios del poder político, económico o cultural, lo que en ocasiones ha provocado que la Bucarest de entonces fuese definida como una ciudad-pueblo.

 Estructura urbana premoderna: iglesias parroquiales, calles y espacios públicos en el sector urbano

del nordeste de Bucarest a mediados del siglo XIX

Con la unificación de los Principados en 1859, uno de los primeros objetivos de la recién nombrada capital de Rumania fue construir nuevas instituciones públicas y espacios colectivos. La transición de la ciudad-pueblo a la capital europea se produjo de la mano de arquitectos franceses, por lo que Bucarest adoptó el estilo de la École de Beaux Arts de París en el diseño de sus nuevas avenidas, parques públicos, edificios político-administrativos y monumentos. Inspirada en el plan de renovación de París llevado a cabo por el Barón Haussmann, de esta época destaca la construcción de los grandes bulevares que vertebrarían la ciudad: en el eje norte-sur, el Bulevar Kisselef (1865), que marcaría la urbanización del norte de la ciudad y que debía extenderse hacia el sur uniéndose con la popular Calea Victoriei, y los Bulevares Colței y Lascar Catargiu (1888), que aligeraron la intensa circulación del eje Kisselef-Victoriei mediante una nueva arteria mucho más amplia; por otra parte, el eje este-oeste incluía los bulevares de la Academia, de Regina Elisabeta y de Carol I, construidos entre 1865 y 1880.

Centro urbano de Bucarest: bulevares norte-sur y este oeste,

realizados entre finales del siglo XIX y principios del XX

Precisamente, con este plan de desarrollo urbano, Calea Victoriei consolidó su posición como calle noble de la ciudad, convirtiéndose en el lugar central de sus nuevas funciones cívicas y nacionales de Bucarest. De este modo, se construyeron edificios públicos y comerciales, los más prestigiosos hoteles de la ciudad, así como el Palacio Real – de la recién estrenada dinastía Hohenzollern-Sigmaringen -, el Ateneo Rumano y la Fundación-Biblioteca Carol I, tres de los edificios más emblemáticos de la capital.

Calea Victoriei antes y después de la reestructuración urbana

de finales del siglo XIX

Otra de las grandes obras que permitió evitar las endémicas y en ocasiones muy destructivas inundaciones que sufría Bucarest fue la represa de las aguas del río Dâmbovița (1880 – 1883). Los trabajos que se desarrollaron permitieron también una mayor regularización del río, la desaparición de islas pre-existentes y de los brazos del río, así como su uso como lugar de drenaje de aguas residuales.


Plano del proyecto de regularización y canalización del río Dâmbovița

Encabezando esta entrada, vista de Bucarest desde la cima de la hoy desaparecida torre de Colțea (1868). 

 

Cișmigiu: Retrato 3

Cișmigiu: Retrato 3

Cișmigiu: Retrato 2

Cișmigiu: Retrato 1

Petre Antonescu y la Casa Oprea Soare

Petre Antonescu y la Casa Oprea Soare

El estilo neo-rumano nació al albor de la independencia de Rumania como respuesta nacionalista al excesivo afrancesamiento de la arquitectura bucarestina de la segunda mitad del siglo XIX. El padre del nuevo movimiento fue Ion Mincu, sin embargo, otros arquitectos desplegaron todas las posibilidades que el naciente estilo ofrecía hasta alcanzar su máximo esplendor en el llamado neo-rumano maduro, que algunos han calificado incluso como barroco. 

Entre todos ellos, destaca Petre Antonescu (1873 – 1965), arquitecto, urbanista, pedagogo y académico cuya enorme versatilidad le permitió diseñar edificios tan dispares como el célebre Arco del Triunfo, que todavía recibe a los recién llegados a Bucarest, el ecléctico Palacio Kretzulescu, sede de la UNESCO en la ciudad, o el Rectorado de la Facultad de Derecho, un edificio neoclásico con tintes de la arquitectura totalitaria que se realizaba en aquellos momentos en Italia o Alemania.


Respecto a sus creaciones neo-rumanas, destacan el monumental edificio de la Banca Marmorosch Blank, cuyo interior sobresale por su decoración Art Nouveau y Art Déco, el imponente edificio del Ayuntamiento de Bucarest, hoy en plena restauración, la sede del Instituto Cultural Rumano, que se levanta frente a la embajada de España, o el deliciosamente decadente Hotel Triumf, que fue diseñado en 1937 como hogar para familias de trabajadores de la Banca Nacional de Rumania.

A pesar de tan emblemáticas construcciones, hoy me gustaría referirme a una villa que Antonescu construyó en 1914 para un burgués enriquecido gracias a sus negocios con la madera, Dumitru Oprea Soare. La Casa Oprea Soare – situada entre las calles Apolodor din Damasc, Colonel Gheorghe Poenaru-Bordea y Sfinţii Apostoli - representa uno de los mejores ejemplos de edificio neo-rumano maduro. La villa se inspira en las residencias de Măgureni y Marginena de la familia Cantacuzino en el Valle de Prahova, que a principios del siglo XX acababan de ser redescubiertas y sometidas a una campaña arqueológica, en la arquitectura brancován caracterizada en el palacio de Mogosoaia e incluso en construcciones vernáculas de Muntenia.

El edificio se levanta en el centro de un gran jardín al estilo de una mansión rústica, con un volumen compacto, típico de casa fortificada, en la que se abren dos pórticos, uno al oeste con cuatro columnas que sostienen una arcada lobulada, coronada por un cordón entorchado con botones, y otro al norte con otras cuatro columnas salomónicas y un mirador. En el lienzo se abren un conjunto de ventanas, enmarcadas por columnas adosadas y decoradas con alfiz, además de estar decorado con numerosas molduras, barandas adornadas con atauriques e incluso algún pequeño rosetón. Los tejados, cuyos amplios voladizos se sostienen por canecillos, están rematados por las omnipresentes finialas, tan características del horizonte bucarestino.

Tras su entrada principal, un gran recibidor cupulado permite acceder, mediante unas puertas que forman una arcada circular, a las distintas estancias cuyo interior todavía conservan los elementos decorativos originales, con suelos de mármol y parquet, revestimientos esculpidos y vigas de madera en techos pintados, según el estilo otomano o bizantino.

En la actualidad, la Casa Oprea Soare alberga el popular restaurante Hanul berarilor (Posada de las cervezas), que además de ofrecer un variado y gustoso menú con cocina tradicional rumana, nos permite disfrutar in situ de esta gran obra de Petre Antonescu. 

El origen de los nombres de los barios de Bucarest: Dămăroaia y Griviţa

El origen de los nombres de los barios de Bucarest: Dămăroaia y Griviţa

Hace meses me referí al origen del nombre de Baneasa, barrio que ostenta el mismo título que una egregia mujer, Ecaterina Vacarescu, esposa del ban Stefan Vacarescu. Pues bien, Baneasa no es el único barrio cuyo nombre está relacionado con una mujer. Dămăroaia, situado entre el imponente edificio de la Prensa Libre y el Lago Griviţa, debe su nombre Maria Damaris, una boyarda cuya hacienda se encontraba en las mismas tierras en las que hoy se levanta este lugar. Otra versión afirma que Dămăroaia se refiere a la mujer del alcalde del lugar entre 1830 y 1833, que dio nombre a la zona por el extenso y hermoso jardín que precedía a su casa, orgullo y admiración de vecinos y viandantes.

Griviţa es un barrio al norte de la principal estación ferroviaria de Bucarest, Gara de Nord, articulado alrededor de unos enormes talleres ferroviarios. El distrito debe su nombre a una localidad búlgara, Grivitza o Grivica, donde tuvo lugar una importante batalla de la Guerra Ruso-Turca de 1877-1878 que dio lugar a la independencia de los Principados Rumanos. En Griviţa existía una importantísima posición turca, con varios reductos y fortificaciones que formaban parte del sistema defensivo de la estratégica ciudad de Pleven. La batalla de Griviţa - en la imagen - se encuadra en las operaciones del prolongado sitio de Pleven, durante el cual el ejército rumano, aliado de los rusos, perdió más unidades que durante toda la guerra. La carnicería fue tal que unos años después de la contienda, en 1902, se abrió un gran mausoleo para albergar los restos de los soldados rumanos que allí perdieron la vida.