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Historia

El discurso del Rey

El discurso del Rey

Ayer, con motivo de su 90 cumpleaños y 64 años después de su destronamiento por parte de los comunistas, el rey Miguel I se dirigió al pueblo rumano desde la tribuna de los oradores del Parlamento.

Con una dignidad y un estilo impropios de la política rumana, el rey Miguel, acompañado en todo momento de su hija Margarita, empezó su discurso con un homenaje a los caídos en la defensa del Rumanía, reivindicó la importancia de la monarquía para la historia del país, repasó los éxitos de la democracia, habló de recuperar la dignidad y el orgullo y, sobre todo, lanzó duras críticas a las “malas costumbres” de la casta política que ocupa las bancadas del Parlamento, a su falta de ética, a su demagogia y a su deseo de aferrarse al poder. A pesar de todo, cuando terminó su discurso, los parlamentarios ovacionaron al rey durante varios minutos, puestos en pie.

El acto de ayer en el Parlamento rumano fue el punto final a un enconado debate que ha durado varias semanas. En un primer momento, el rey fue invitado por el Partido Nacional Liberal a hablar en el hemiciclo, sin embargo, el gobierno tumbó la iniciativa en una primera votación. Basescu, un personaje zafio, corrupto y prepotente, había desatado hacia poco una gran polémica al acusar al rey de ser “vasallo de Moscú” - por aceptar el chantaje al que fue sometido para renunciar al trono, hecho al que me referiré en una próxima entrada - y culpable del Holocausto en Rumanía. Ante semejantes acusaciones, solo propias de alguien que ignora la historia del país o de un ser infame, el rey Miguel guardó un digno silencio y enfrió una querella que Basescu quería emplear para distraer la atención de su manifiesta mala gestión. En estas circunstancias, el diputado del PDL – es decir, del mismo partido que Basescu -, Theodor Paleologu, inició una campaña dentro del partido para que algunos diputados cambiasen el sentido de su voto y, finalmente, en una segunda votación, la presencia del rey Miguel en el Parlamento fue aprobada. Atrincherado en su ignominia, Basescu no asistió ayer al Parlamento, como tampoco lo hizo ninguno de los ministros - excepto el de Justicia, Cătălin Marian Predoiu - que forman su gobierno, ausencia que es de agradecer pues sólo hubiesen degradado un acto solemne.

Por la noche, en el Palacio Nacional de la Opera, se celebró un concierto al que asistieron miembros de otras casas reales europeas, entre ellos, la reina Sofía, que fue sorprendida a su llegada por la multitud apostada frente a la sala de conciertos con una gran aclamación. El público recibió al rey cantando la versión rumana del cumpleaños feliz y se escucharon lemas como el Trăiască Regele! (¡Viva el Rey!) o el famoso Monarhia salvează România! (¡La monarquía salva a Rumanía!), generalizado entre los sectores más monárquicos durante la revolución de 1989.

Ayer fue un día histórico para Rumanía. 

Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial (I)

Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial (I)

El golpe de Estado que provocó la abdicación de Carol II en su hijo Miguel consagró la dictadura del Conducator Antonescu y de la Guardia de Hierro, rebautizada como Movimiento Legionario y convertida en partido único. Pero esta alianza duró poco. Antonescu era un conservador que se apoyaba en el Ejército, la Iglesia ortodoxa y los medios empresariales mientras que los legionarios defendían un fascismo radical, totalitario y anticapitalista. Al alcanzar el poder, los legionarios desataron una violenta campaña que costó la vida a muchas personalidades políticas, como Nicolae Iorga, y a numerosos intelectuales y empresarios judíos. Antonescu, consciente de que los nazis preferían como socios a dictaduras conservadoras que a fascistas de izquierda, pactó con los alemanes una actitud pasiva y, en enero de 1941, dio la orden al Ejército de desarmar a los camisas verdes. La represión fue implacable y sólo Horia Sima y un puñado de legionarios consiguieron escapar a Alemania. 

Libre de rivales, Antonescu mantuvo el Estado fascista y vinculó su suerte con la de las armas del Eje mediante su adhesión al Pacto Tripartito. En verano de 1941, Bucarest declaró la guerra a la Unión Soviética. El ejército rumano tomó parte en el ataque a Ucrania y llegó hasta Stalingrado. Como recompensa, Rumanía recuperó Besarabia y pasó a administrar una franja de tierra entre el Dniester y la ciudad de Odesa, llamada Transnistria. En la imagen, el mariscal Antonescu junto al joven rey Miguel I.

Como en el caso de otros países aliados del Eje, Rumanía puso su economía al servicio del esfuerzo de guerra alemán. Las exportaciones de petróleo y trigo fueron controladas por las autoridades económicas alemanas, que los adquiría a precio de saldo. Muchas empresas locales pasaron a manos de capitalistas germanos, miles de trabajadores fueron enviados al territorio del Reich y otros tantos jóvenes al frente. Los artículos de primera necesidad empezaron a escasear y en 1943 empezó el racionamiento. En esas circunstancias, la inflación se desbocó y floreció el mercado negro. Paralelamente, los nazis presionaron a Antonescu para establecer una legislación antisemita, actitud que cayó en terreno abonado, por lo que se excluyó a los judíos de muchas profesiones liberales y se les prohibió conducir o tener radios. Tras el período de barbarie legionaria contra los judíos, las autoridades evitaron en la medida de lo posible las deportaciones masivas a los campos del Reich, si bien continuaron el acoso en la propia Rumanía.

La fueza del destino

La fueza del destino

La desmembración de la Gran Rumanía

La desmembración de la Gran Rumanía

Desde años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Rumanía jugó un peligroso juego de equilibrios que consistió en mantener su alianza con Francia y la Pequeña Entente mientras realizaba inequívocos gestos de acercamiento al Eje. A pesar de ello, a partir de septiembre de 1939, ya no cupieron las ambigüedades, la garantía franco-británica a la independencia de Rumanía ya no servía y el país estaba rodeado de enemigos que reclamaban grandes parcelas de su territorio.

La dictadura del rey Carol II tenía, además, en los fascistas de la Guardia de Hierro a su enemigo interior. Tras el asesinato del francófilo, Armand Calinescu, se organizó una campaña de represión que dejó desarticulada a la Guardia de Hierro. El nuevo jefe de Gobierno, Gheorghe Tătărescu, intentó mantener la neutralidad de Rumanía en el combulso escenario europeo aunque, en un claro gesto al Eje, liberó a los legionarios que habían sido detenidos durante la campaña. A pesar de ello, en marzo de 1940, los alemanes no dudaron en amenazar con invadir Rumanía si no se admitían sus pretensiones y de este modo consiguieron el derecho de paso en caso de intervención en los Balcanes y un ventajoso “pacto del petróleo”, que permitía al Reich extraer y obtener crudo a bajo precio en territorio rumano. A cambio, Carol esperaba el apoyo alemán contra la URSS, sin embargo, cuando los soviéticos reclamaron la anexión de Besarabia - de acuerdo con el pacto secreto Ribbentrop-Molotov - y Bucovina (en rojo en el mapa adjunto), el Ejército Rojo pudo ocupar cómodamente ambas regiones con el consentimiento de Berlín y Roma.

En estas circunstancias, Tătărescu fue sustituido por el pronazi Ion Gigurtu en un Gobierno que, además, incluyó al nuevo jefe de la Guardia de Hierro, Horia Sima. De poco sirvió el gesto pues muy poco después, Gigurtu fue llamado a la residencia de Hitler en Berghof donde sufrió las presiones de alemanes e italianos para entregar el norte y centro de Transilvania (en verde en el mapa adjunto) hasta el punto que, el 19 de agosto, el Gobierno aceptó el arbitraje de Viena, por el que las potencias del Eje entregaron el norte y el centro de la región a Hungría. En septiembre, Bulgaria, otra aliada del Reich, exigió la devolución de la Dobrudja meridional (en lila en el mapa adjunto), entregada poco después por Bucarest mediante el acuerdo de Craiova.

La Rumanía resultante de estas amputaciones (en amarillo en el mapa adjunto) no tenía ya el peligrosísimo problema de las nacionalidades, sin embargo, la población recibió de forma traumática el final del sueño de la Gran Rumanía. En un ambiente de protestas populares contra el rey y el Gobierno, la Guardia de Hierro intentó dar un golpe de Estado por lo que Carol II colocó al frente del Gabinete al general Ion Antonescu, que secretamente simpatizaba con los legionarios. Apenas llegado al poder, Antonescu obligó a abdicar al rey en su hijo Miguel I y pasó a encabezar como Conducator al Statului una dictadura militar que, apoyada en la Guardia de Hierro, proclamó en septiembre de 1940 el Estado Nacional Legionario, cuya suerte quedó unida a la del Reich mediante su adhesión al Pacto Tripartito, sólo un mes después.

Rumanía, años 30: camino a la perdición (y II)

Rumanía, años 30: camino a la perdición (y II)

Apenas llegado de nuevo al trono, Carol II se enemistó con Iuliu Maniu debido a su oposición a las relaciones sentimentales del rey con su amante, Helena Lupescu, y a la negativa influencia de la intrigante camarilla real. Por este motivo, los nacional-campesinos sustituyeron a Maniu por Gheorgje Mironescu para presidir un gobierno que duró escasamente un año. Desentendiéndose del juego de mayorías, Carol II encargó formar gobierno a su antiguo preceptor, Nicolae Iorga, quien negoció una coalición de partidos conservadores que, aunque logró el triunfo en los comicios de junio de 1931, enseguida se deshizo por las divisiones entre sus miembros.

En estas circunstancias, en 1932 el rey pidió de nuevo a los nacional-campesinos que retornaran al poder. De este modo, Vaida-Voevod convocó unas elecciones que, como de costumbre, dieron mayoría absoluta a su partido, sin embargo, la Asamblea resultante quedó muy fragmentada y la extrema derecha consiguió un peso considerable. La etapa de gobierno de PNC coincidió con el período más duro de la crisis económica – consecuencia del crack del 29 - y con fuertes brotes de conflictividad social, aunque también con un momento de apogeo de la política exterior rumana, de manos de Nicoale Titulescu, que reforzó los lazos de Rumanía con Francia y la Pequeña Entente y estableció un tratado de no agresión con la Unión Soviética a cambio del cual ésta reconoció la soberanía rumana sobre Besarabia.

El desgaste del gobierno nacional-campesino y la enemistad del rey con Maniu llevaron a Carol II a dar el poder a los liberales en 1933. Como primer ministro, Ion Duca organizó así nuevas elecciones y se marcó como uno de sus objetivos fundamentales la eliminación de la Guardia de Hierro. Por este motivo, el 10 de diciembre la Guardia fue puesta fuera de la ley para que no pudiera presentarse a las elecciones y muchos de sus miembros fueron detenidos. En respuesta, los legionarios asesinaron a Duca el día 29.

Aunque a la muerte de Duca se alzó con la presidencia del PNL Constantin Brătianu, su oposición a los manejos políticos del rey le apartaron del Ejecutivo a favor de Gheorghe Tatarescu quien, más dispuesto a acatar las órdenes del monarca, consiguió mantenerse en el gobierno entre enero de 1934 y noviembre de 1937. En este período, la tradicional francofilia rumana cambió hacia posiciones más favorables hacia Roma y Berlín. El crecimiento del comercio y las inversiones del Tercer Reich animaron a muchos financieros y empresarios a adoptar posturas germanófilas, que coincidían con las de algunos dirigentes de la extrema derecha y de los nacional-campesinos, cada vez más proclives a colaborar con la Guardia de Hierro. Paralelamente, el antisemitismo ganaba terreno entre las más diversas capas sociales y los judíos comenzaron a ser excluidos de la sociedad rumana. En las elecciones de 1937, ningún partido alcanzó el 40 % de los votos para gobernar en mayoría, aunque la extrema derecha consiguió el 27 % de los escaños en la Cámara baja.

Los comicios demostraron que el sistema electoral ya no garantizaba la mayoría de alguno de los partidos de notables ante el empuje de los extremistas. El rey, deseoso de acabar con la Guardia de Hierro, se apoyó en medios empresariales y en la derecha radical y entregó al poder al ultraderechista Octavian Goga, quien formó un gabinete filonazi. Alarmado por el germanismo del Gabinete y temeroso de la fuerza de los legionarios de Codreanu, en febrero de 1938, el rey Carol II depuso al gobierno, suspendió la Asamblea Nacional y prohibió los partidos políticos. El rey nombró al dócil patriarca Miron Cristea como primer ministro y a su hombre de confianza, Armand Calinescu (en la imagen), como ministro del Interior. A finales de mes, se aprobó una nueva Carta Magna que reforzaba los poderes del monarca y limitaba la autoridad del Ejecutivo y del poder judicial.

Como dictador, Carol II se apoyó en la camarilla palaciega, en industriales y banqueros leales y en las Fuerzas Armadas. Extremó las medidas de represión contra la Guardia de Hierro, cuyos miembros fueron expulsados de la Administración y el Ejército y recluidos en campos de concentración. El propio Codreanu fue detenido en la primavera de 1938 y ejecutado por agentes del Ministerio del Interior bajo el pretexto de un intento de fuga. Dispuesto a consolidar su régimen, a finales de 1938, Carol II creó el oficialista Frente del Renacimiento Nacional según el modelo fascista. A la muerte del patriarca Cristea, Calinescu pasó a presidir un gobierno de hombres de confianza del rey y, aunque quiso distanciarse del Reich intentando formar un Bloque de Neutrales, la agresividad del Eje le obligó a firmar un acuerdo económico con Alemania que acentuaba la dependencia de Rumanía. En septiembre, un comando legionario apoyado por los nazis asesinó a Calinescu tras acusarlo de la muerte de Codreanu, en respuesta, se desató una extrema represión contra la Guardia de Hierro y muchos de sus miembros fueron ejecutados.

En esas circunstancias, alemanes y soviéticos atacaron Polonia. La Segunda Guerra Mundial había comenzado y el régimen rumano se vio amenazado por los deseos de venganza de sus enemigos exteriores, rusos, húngaros y búlgaros.

Rumanía, años 30: camino a la perdición (I)

Rumanía, años 30: camino a la perdición (I)

Durante los años 20, el sistema parlamentario rumano funcionó razonablemente bien, sin embargo, en la década siguiente se derrumbó debido la inestabilidad de un multipartidismo extremo y muy cambiante, a la celebración de elecciones cargadas de irregularidades y una clase política totalmente incapaz de regenerar la vida pública rumana. También fue determinante la actitud del rey Carol II (1930 – 1940) -en la imagen, encabezando esta entrada -, un admirador de Mussolini que empleó sus poderes constitucionales para someter a los partidos a su voluntad. Al derrumbe del parlamentarismo también contribuyeron las élites económicas e intelectuales que, ante la gran expansión industrial y la fortaleza de comunistas y fascistas, dejaron de creer en la capacidad de los partidos para manipular al electorado y las elecciones y apostaron por un Estado autoritario en el que la burguesía financiera y empresarial mantuviera el control sobre la vida nacional en alianza con la Corona y el Ejército.

A mediados de 1930, el jefe de Gobierno, Iuliu Maniu, enfrentado a la Regencia que representaba al joven rey Mihai, invitó a Carol a retomar el trono de Rumanía. El 8 de junio, Carol retornó a Bucarest y, apoyado por el Ejército y el Partido Nacional Campesino, se proclamó rey como Carol II.

Desaparecido Ionel Brătianu, el Partido Nacional Liberal asistió a la lucha por la jefatura entre su hermano Constantin, Ion Duca y Gheorghe Tatarescu. Ante el retorno de Carol al trono, el PNL se dividió entre un sector mayoritario contrario a la nueva situación y los leales al monarca, los gheorghisti, encabezados por el hijo de Ionel, Gheorghe Brătianu, que acabaron por formar un nuevo Partido Liberal. Los nacional-campesinos también sufrieron una escisión de la que surgieron el Partido radical Campesino y el Partido Agrario mientras que el partido del general Averescu se disgregó en la Liga Agraria de C. Argentoainu, en el ultraderechista Partido Nacional Agrario de Octavian Goga y el Frente de los Labradores de Petru Groza, futuro aliado de los comunistas. Todos estos grupos tuvieron su influencia en la vida política de la época, aunque nunca pudieron competir por el voto campesino que apoyaba a Maniu o con el fascismo rural encarnado en la Guardia de Hierro.

Desde comienzos de la década, la derecha radical y fascista experimentó un gran crecimiento. La ultraderecha alcanzó la presidencia del Gobierno de manos de Goga en 1937, mientras que la Legión de San Miguel Arcángel se convertía en un popular movimiento de masas llamado la Guardia de Hierro. El violento antisemitismo de los legionarios, su aversión por la burguesía liberal y el parlamentarismo y su mística cristiana y nacionalista marcaron su trayectoria y los condenó a la clandestinidad. Su principal adversario era el propio monarca, que hizo todo cuanto pudo para ilegalizar a la Guardia de Hierro. A pesar de todo, la Guardia obtuvo varios diputados en 1932 y rápidamente atrajo a intelectuales y campesinos e incluso a un sector de la burguesía, que veía a los legionarios como un freno a los comunistas.

Por su parte, los comunistas continuaron siendo una fuerza marginal y proscrita, aunque en 1931 consiguieron representación en la Cámara baja. No obstante, la crisis económica facilitó una mayor presencia comunista en los sindicatos y las huelgas de 1933 permitieron que una generación de militantes del interior como Lucretiu Patrascanu, Vasile Luca o Gheorghe Gheorghiu-Dej se impusiera a los líderes en el exilio.

Osama en los infiernos

Osama en los infiernos

Mi icono preferido es, sin duda, el de la Anastasis - palabra que en griego hace referencia a la Resurrección de Cristo -, también llamado del Descenso a los Infiernos. El episodio fue descrito con todo lujo de detalles en el Evangelio apócrifo de Nicodemo, Mateo le dedicó un par de escasas líneas (Mateo 27:52-53), Juan Damasceno lo refirió en sus Homilías y Epifanio de Chipre y Eusebio de Cesarea lo mencionaron en sus Sermones sobre el Descenso a los infiernos de Jesucristo.

Sea como fuere, la imagen describe a Jesucristo erguido triunfante sobre las puertas desgoznadas del infierno y, tomando a Adán y Eva de las muñecas, les hace salir del sepulcro como metáfora del perdón del Pecado original. Detrás se sitúan los reyes, los profetas y los justos. A la izquierda, se distingue a David y a Salomón y a la derecha se suele ver a San Juan Bautista y a Noé con su larga barba. El suelo se abre en una sima, una negra cavidad en la que suelen distinguirse demonios varios e incluso al propio Satanás vencido y amarrado con una cadena.

Según la estricta iconografía bizantina, esta representación tiene pocas variaciones según su autor, sin embargo, en la Capilla Militar de Piaţa 700 de Timişoara, decorada en el año 2002, el pintor Ion Bădilă se permitió una curiosa licencia. A primera vista, la escena de la Anastasis es la habitual, sin embargo, si uno se fija en el Infierno, distinguirá la figura de Osama bin Laden que, subido a un Boeing 747 y tridente en mano, señala a las Torres Gemelas que se encuentran en el otro extremo del Infierno.

fresco Osama

Según Bădilă, mientras estaba decorando la iglesia vio en la televisión las terribles imágenes del ataque contra el World Trade Center y en aquel momento comprendió que el responsable de causar el Infierno sobre la Tierra, Osama Bin Laden, debía ser inmortalizado entre los demonios por encarnar “la más pura imagen del mal”. Y así fue condenado Bin Laden al Infierno para toda la eternidad.

El panorama político de los primeros años de la Rumanía interbélica

El panorama político de los primeros años de la Rumanía interbélica

En Rumanía, el período que transcurrió entre la primera y la segunda guerra mundial, denominado interbélico, es considerado como una de las épocas doradas de la historia del país, sin embargo, no es oro todo lo que reluce y vale la pena darle un repaso a la situación política del momento para entender que fue precisamente durante ese período cuando se fraguaron los grandes dramas que asolaron Rumanía en los años 30 y 40.

Tras la Primera Guerra Mundial, Rumanía se engrandeció con Transilvania, Maramureş, Crişana, Bucovina, Besarabia y la mitad oriental del Banato, alcanzando las fronteras étnicas de la Gran Rumanía. A pesar de todo, en el período interbélico los problemas se agudizaron por los defectos estructurales del sistema político y por el reto que supuso inaugurar un Estado multinacional cuyas minorías – húngaros, alemanes, ucranianos, rusos y judíos - no querían someterse a la mayoría rumana. A este problema social se añadió el hecho que, a pesar de la reforma agraria, los campesinos no consiguieron salir de la extrema pobreza, quedando en manos de acreedores y bancos para saldar sus deudas. Paralelamente, la vida política, lastrada por la atomización de los partidos y por la corrupción, se vio convulsionada en la segunda mitad de los años 20 por la irrupción de la derecha radical y el fascismo, cuyo mensaje antiliberal y antisemita obstaculizó el funcionamiento del sistema parlamentario hasta su desaparición en 1938. Finalmente, las rencillas en la familia real acabaron por desprestigiar a la Monarquía, perdiéndose así un importante referente nacional.

La actuación germanófila de la derecha durante la guerra le pasó factura a partir de 1919 y sólo el aliadófilo Partido Conservador Demócrata de Take Ionescu mantuvo alguna influencia en el panorama político. La fuerza hegemónica de la derecha era el Partido Nacional Liberal, representante de la burguesía urbana, cuyo líder Ionel Brătianu fue la primera figura política del país hasta su muerte en 1927. Al acabar la guerra surgió una nueva opción encarnada por el victorioso general Alexandru Averescu a través del Partido del Pueblo, nutrido por excombatientes de origen campesino partidarios de la reforma agraria. Pese a su rápido ascenso, el partido no cumplió con las expectativas regeneracionistas y sus bases acabaron en las filas de la derecha radical representada por el Partido Nacional Demócrata, del historiador Nicolae Iorga, de ideología ultraconservadora y antisemita radical.

A partir de 1921, una generación más joven, decidida a combatir el sistema parlamentario, se organizó alrededor de la Unión Nacional Cristiana, dirigida por el moldavo Alexandru Cuza. Dos años después, la Unión se transformó en la Liga de Defensa Nacional Cristiana e inició una exitosa campaña antisemita en la que destacó Corneliu Zelea Codreanu, un místico que se creía destinado a salvar a la nación de los judíos y que en 1927 se separó de la Liga para crear la Legión de San Miguel Arcángel, un movimiento fascista con fuerte impronta religiosa.

En 1926, el centro político representado por el Partido Campesino de Ion Mihalache y el Partido Nacional Popular de Iuliu Maniu se unió en el nuevo Partido Nacional Campesino. Perjudicado por el populismo de Averescu, no fue hasta 1928 cuando Maniu consiguió llegar a la presidencia del Gobierno comprometido en la lucha contra la corrupción y en el afianzamiento de las instituciones democráticas.

Respecto a la izquierda, el Partido Socialdemócrata se dividió en dos grupos, uno formado por los socialistas del antiguo reino, marxistas y simpatizantes de la URSS, y otro integrado por los socialistas transilvanos, más cercanos a los postulados socialdemócratas moderados. El ala más izquierdista promovió una serie de huelgas sectoriales entre 1919 y 1920 que acabaron en una huelga general revolucionaria, respondida con dureza por el gobierno del general Averescu. Debido a las discrepancias internas, en 1921, el ala izquiedista fundó el Partido Comunista, duramente perseguido por las autoridades. La escisión debilitó a la socialdemocracia, que redujo su presencia parlamentaria y sindical, aunque la ilegalidad del comunismo le permitió recoger el voto obrero.

Los primeros años 20 estuvieron marcados por el reto planteado por la izquierda revolucionaria, respondido con fuerte represión, y por la reforma agraria. Tanto el gobierno de coalición de Alexandru Vaida-Voevod como el del general Averescu pusieron en marcha en 1921 una reforma agraria que afectó a los latifundistas húngaros y alemanes de Transilvania, Maramureş y Crişana y repartió tierra entre los labradores no propietarios.

En parte gracias a su capacidad de fabricar mayorías absolutas y al apoyo del rey Fernando, entre 1922 y 1928, Rumanía fue gobernada por los liberales de Brătianu, quienes se beneficiaron de una coyuntura económica favorable debida a la entrada masiva de capitales extranjeros en la industria petrolífera. En marzo de 1923 se aprobó una nueva Constitución para Rumanía que confirmaba el sufragio universal masculino y establecía un Parlamento bicameral y un modelo económico y administrativo centralizado que provocó las protestas de las minorías.

Por entonces, estalló la cuestión dinástica. El único hijo del rey Fernando, Carol, estaba casado con Helena de Grecia, pero su fama de play-boy y su relación pública con Helena Lupescu lo hacían poco recomendable como heredero. En enero de 1926, Fernando nombró como sucesor a su nieto, Miguel, que en aquel momento sólo tenía cinco años, por lo que tras el fallecimiento del monarca un año después, se formó un Consejo de Regencia. Meses después murió también Brătianu y el Partido Nacional Liberal inició su descomposición. El PNL se mantuvo al frente del gobierno un año más pero las dificultades económicas, la desatada violencia antisemita de la ultraderecha y el descontento de los beneficiarios de la reforma agraria, abrieron paso al Partido Nacional Campesino. En noviembre de 1928, por orden del Consejo de Regencia, Maniu formó gobierno y convocó unas elecciones que ganaría casi con un 78 % de los votos. Gracias a ello, Maniu puso en marcha un ambicioso programa de reformas que incluía la descentralización administrativa, ayudas oficiales para los campesinos endeudados – que evitaban así comprometerse con bancos y acreedores - o la liberalización del suelo sometido a reforma agraria, medida que consiguió consolidar una capa de agricultores medios, base del partido, aunque obligó a proletarizarse a los pequeños propietarios endeudados. Cuando la crisis se agudizó en 1929, estos pequeños campesinos formaron la base de la derecha más radical.

Trăiască Regele!

Un 10 de mayo de 1866 llegaba a Bucarest el nuevo príncipe de Rumanía, Carol I de Hohenzollern Sigmaringen, donde según la tradición fue recibido con unas muestras de pan y sal. 11 años después, un 10 de mayo de 1877, Carol I proclamó la independencia de Rumanía y se puso al frente del ejército para luchar contra el Imperio Otomano junto a los rusos.

Cuando en 1880 la comunidad internacional reconoció a Rumanía como un estado independiente, el 10 de mayo fue proclamado como Día Nacional de Rumanía. Tras la caída de la Monarquía, algo después de la Segunda Guerra Mundial, el 10 de mayo se consideró como el Día de la Monarquía Rumana y así sigue.

Los monárquicos hoy saludan con un Trăiască Regele! (o lo que es lo mismo, ¡Viva el Rey!) – así me han saludado hoy al entrar en la oficina – y recuerdan con nostalgia los tiempos en que Rumanía era un reino respetado en Europa (especialmente, bajo los gobiernos de Carol I, Ferdinand I y Mihai I, pues a Carol II prefieren obviarlo).

Entre 1866 y 1947, Trăiască Regele! fue el título del himno del Principado y después del Reino de Rumanía. Su música fue compuesta en 1862 por un capitán del ejército de origen germano llamado Eduard Hübsch y la letra fue obra del poeta rumano Vasile Alecsandri de modo que, a partir de 1881, los rumanos pudieron cantar su himno.

El día que Budapest fue una ciudad rumana

El día que Budapest fue una ciudad rumana

Tras el desplome de Austria-Hungría en la Primera Guerra Mundial se produjo un severo retroceso de las fronteras húngaras, la monarquía fue sustituida por un sistema republicano y, durante unos meses, surgió una República de los Consejos obreros, uno de los puntos culminantes de la oleada revolucionaria que sacudía a Europa desde 1917.

En noviembre de 1918, en un ambiente de derrota, huelgas y de creación de Consejos obreros en la fábricas de Budapest, la izquierda liberal y el Partido Socialista accedieron al poder, proclamaron la República y nombraron al líder del Partido Radical, conde Mihály Károlyi, presidente provisional. El conde convocó elecciones a una Asamblea Constituyente e intentó realizar una reforma fiscal y otra agraria con el objetivo de repartir los latifundios entre los campesinos pobres, pero los latifundistas se opusieron y la burocracia estatal fue incapaz de aplicar la reforma, lo que produjo, en consecuencia, un desabastecimiento generalizado en las ciudades que derivó en un profundo descontento entre la población.

El socialismo húngaro se hallaba profundamente dividido desde que su corriente mayoritaria había apoyado en 1914 la causa belicista. La presencia de sus miembros en el Gobierno de Károlyi provocó el rechazo de la izquierda más revolucionaria. En noviembre de 1918 se creó el Partido Comunista, a cuyo frente estaba Bela Kun, un judío transilvano formado ideológicamente en Rusia. Kun y sus colaboradores se dedicaron a la agitar a la población y a acosar a los socialdemócratas, por lo que en febrero de 1919 fueron detenidos.

Tras las pérdidas territoriales causadas por su derrota en la guerra, Hungría se enfrentaba además a las exigencias rumanas de cesión de una amplia franja de llanura húngara que incluía ciudades como Debreczen y Szeged. A finales de marzo, la amenaza de un ataque rumano coincidió con la rebelión del Consejo de los Soldados de Budapest  y con la reclamación de una dictadura del proletariado por parte del Congreso de Consejos Obreros, por lo que el impotente Gobierno de Károlyi dimitió. Kun y los demás dirigentes del PC salieron de la cárcel para hacerse cargo del poder de modo que comunistas y socialistas confluyeron en el Partido Socialista Unificado de Hungría y formaron un gobierno presidido por Sándor Garbai, mayoritariamente integrado por comunistas.

Durante los siguientes 5 meses de dictadura de los Consejos se siguió un programa estrictamente leninista. Se nacionalizaron bancos y empresas y se puso a un comisario gubernamental al frente, los soviets municipales controlaron la producción y distribución de alimentos (acabando con el comercio privado), se otorgó el voto a las mujeres, se legalizó el aborto y se multiplicó la construcción de escuelas. En otro orden de cosas, se anunció la colectivización de la propiedad agraria lo que, unido a la política anticlerical, provocó la oposición de una gran masa de pequeños campesinos católicos que acabaron apoyando a las fuerzas contrarrevolucionarias.

El régimen de los Consejos puso en alarma a los gobiernos de derechas de Europa así que, en mayo de ese mismo año, los gobiernos de Praga y Bucarest acordaron intervenir militarmente para acabar con los comunistas húngaros. El ataque fue un fracaso, los rumanos fueron detenidos en el Tisza y los checoslovacos acabaron derrotados.

Mientras, en Szeged, las fuerzas conservadoras y monárquicas lideradas por el almirante Miklós Horthy se habían estado preparando contra los comunistas de modo que, unidas al ejército rumano, en julio obtuvieron una victoria sobre el Ejército húngaro. El 1 de agosto los rumanos entraron en Budapest (en la imagen, tropas rumanas entrando en la capital húngara) y hasta finales de año ocuparon todo el país. Poco después, Horthy llegó a la capital al frente de su ejército contrarrevolucionario e instauró la Monarquía, con el archiduque húngaro José Augusto como regente. En los meses siguientes, se desató una ola represiva contra la izquierda, aunque la mayoría de los comunistas habían alcanzado ya el territorio soviético.

En junio de 1920, el Tratado de Trianón confirmó la drástica reducción del territorio de Hungría (incluida Transilvania, cedida a Rumanía), que para entonces era una Monarquía sin rey – pues los Habsburgo estaban vetados por los aliados – con el almirante Horhty como gobernador designado por la Asamblea Nacional y con un régimen conservador y profundamente represivo.

 

De iconografía bizantina

De iconografía bizantina

Permítame el lector profundizar un poco sobre la naturaleza de la iconografía bizantina para ilustrar, más si cabe, el significado de la entrada anterior.

Tras el período iconoclasta que sacudió al Imperio bizantino entre 726 y 843, el triunfo de la ortodoxia cambió la naturaleza de los iconos, dedicados a partir de entonces a profundizar en el mensaje teológico y a garantizar la difusión del dogma ortodoxo, e inauguró una época dorada de la iconografía centrada en la autoridad victoriosa de Cristo y María.

De este modo, además  de la imagen de Cristo situada en la cúpula de los templos, es habitual en iglesias urbanas y monásticas que el semicírculo absidal acoja la imagen divina o una representación de María Theotocos, con gesto protector u orante y bien con el Niño de frente o sobre el brazo derecho (María Hodigitria).

La postura iconoclasta de los emperadores León III y Constantino V, que pretendía restablecer la autoridad imperial en el terreno religioso, fue rápidamente contestada, sobre todo, por los monjes de los monasterios de Constantinopla, sin embargo, fueron los cristianos que habitaban en los territorios ocupados por los musulmanes quienes más libres se sintieron para expresar su opinión. Precisamente de entre ellos surgió Juan Damasceno, nacido en Damasco en 675, autor de la Sacra Paralela, un texto litúrgico ilustrado con un total de 1.658 miniaturas que constituyen un manifiesto sobre el valor de la imagen.

Poco antes del período iconoclasta, la religiosidad popular había adquirido matices idolátricos de modo que los iconos se identificaban con un mundo sobrenatural que les otorgaba energía divina y capacidad milagrosa. Al finalizar la etapa iconoclasta, los iconos, lejos de cualquier forma de idolatría, se enraizaron en una sólida teología, siendo el resultado de las discusiones de los doctores de la Iglesia y de disposiciones doctrinales que establecieron un esquema iconográfico que todavía hoy cumple las funciones de la imagen y que le otorgan autoridad didáctica, alegórica, mística, litúrgica y artística.

En el icono no se adoran la madera y los colores, sino lo que representan, en un recorrido desde lo visible hasta lo invisible, desde lo material hasta lo espiritual. Según el concepto de “copia” que caracteriza el arte cristiano antiguo y medieval, la autenticidad de una imagen depende de su similitud con el original. La autenticidad del icono como copia (o copia de una copia) demuestra la verdad de la Encarnación, basada en el testimonio escrito de los Evangelios y en la tradición de los iconos como fiel reproducción de los rasgos físicos de Jesús, María y los santos. Los iconógrafos, pintores o musivaras, se atienen a las normas establecidas en el Segundo Concilio Ecuménico de Nicea (787) – centrado en resolver la controversia iconoclasta - y a los manuales de pintura que establecen modelos muy precisos de acuerdo el pensamiento de los Padres de la Iglesia; de este modo, cualquier detalle como la postura del cuerpo, el movimiento de una mano, el color del vestido o cualquier edificio tienen un significado exacto por lo que el artista debe seguir fielmente los modelos.

Perturbando la tradición bizantina, en el icono de San Elefterie, el padre Boca alteró siglos de rigor iconográfico al modificar los colores de la túnica de Cristo niño, dándole a su acción un profundo significado que salta en seguida a la vista de los espectadores habituados a la rigidez de la iconografía oriental.

70 aniversario del progromo de Bucarest

70 aniversario del progromo de Bucarest

Ayer se celebró en la Gran Sinagoga de Bucarest el acto central de la conmemoración en recuerdo del 70 aniversario del progromo que tuvo lugar en la ciudad entre el 21 y el 23 de enero de 1941 y que costó la vida de 120 judíos.

Tras la abdicación forzosa del rey Carol II, a principios de septiembre de 1940, el Mariscal Antonescu fracasó en sus intentos de formar gobierno con el Partido Nacional Campesino y con el Partido Nacional Liberal, por lo que el general estableció una alianza con los fascistas del Movimiento Legionario, dando lugar al llamado Estado nacional-legionario.

Una vez en el poder, entre septiembre de 1939 y enero de 1940, la Legión desarrolló una campaña de asesinatos políticos, endureció la legislación antisemita, organizó acciones violentas y se dedicó al chantaje y la extorsión de los sectores comerciales y financieros judíos. ¡Hasta tal punto fueron salvajes algunas acciones contra la comunidad hebrea, que el gobierno rumano recibió quejas del Reich alemán! (en una calculada estrategia para captar a Antonescu como aliado del Eje). Desbordado por la violencia de sus aliados, Antonescu obtuvo la ayuda de los alemanes para acabar con el caos impuesto por los legionarios y entre el 21 y el 23 de enero de se desarrolló en Bucarest una guerra civil entre los antiguos miembros del gobierno.

En aquellos tres días, los legionarios dieron rienda suelta a sus delirios antisemitas y pusieron en marcha un violento progromo contra la comunidad judía que incluyó el incendio de varias sinagogas, el saqueo de casas y comercios, torturas, asesinatos indiscriminados e incluso una matanza perpetrada en uno de los mataderos de la ciudad, donde algunos hebreos fueron obligados a introducirse en la cadena automática de despiece de los animales. Finalmente, el Movimiento Legionario fue aplastado y con su jugada los alemanes se ganaron el apoyo incondicional de Antonescu, mientras muchos de los fascistas rumanos encontraban refugio en el territorio del Reich.  

La Pequeña Unión

La Pequeña Unión

El 24 de enero se celebra en Rumanía la llamada Pequeña Unión (frente a la Gran Unión de 1918), en referencia a la unión de los Principados de Valaquia y Moldavia que tuvo lugar a mediados del siglo XIX, dando lugar al embrión de la futura Rumanía. Decir que se celebra es quizás demasiado pues hoy unos lo han hecho y otros no debido a la indefinición del calendario festivo oficial. 

Los ecos de las revoluciones liberales de 1848 llegaron también a Rumanía, sin embargo, aquí las dos potencias en liza, Rusia y Turquía, se ocuparon de sofocar por la fuerza cualquier brote nacionalista. En mayo de ese año, un  grupo de liberales, entre los que destacaban Ion Brătianu, C. A. Rosetti o Nicolae Balcescu, había creado un Comité revolucionario que redactó la llamada Proclamación de Islaz, un texto que reclamaba el fin de la tutela extranjera, la unidad nacional – incluida Transilvania -, una Constitución liberal, la abolición de la servidumbre y el reparto de tierras, así como derechos civiles para gitanos y judíos.

En respuesta, los ejércitos turco y ruso entraron en los Principados y acabaron con la tentativa liberal. La convención ruso-turca de Balta Liman de abril de 1849, reforzó la situación de poder compartido entre ambas potencias en ambos Principados y restringió todavía más la capacidad de gobernarse de los rumanos. La Guerra de Crimea tendría que cambiarlo todo.

En febrero de 1853, en otro eslabón de la eterna disputa entre las dos potencias, el zar Nicolás I exigió al sultán que aceptase su protectorado sobre los cristianos del Imperio Otomano. Con el apoyo de Francia y Gran Bretaña, la Sublime Puerta rechazó el ultimátum por lo que en julio, las tropas rusas invadieron los Principados rumanos, depusieron a los príncipes nombrados por el sultán y establecieron una nueva administración militar, dando inicio a la Guerra de Crimea.

Las operaciones militares se desarrollaron en la península de Crimea, donde en septiembre de 1854 desembarcó un ejército franco-británico. Amenazada por Austria, cuya neutralidad era relativa, Rusia abandonó los Principados danubianos, rápidamente ocupados por austríacos y turcos. Sebastopol cayó en septiembre de 1855 por lo que el zar Alejandro II negoció con sus enemigos la Paz de París (marzo de 1856), según la cual admitía la integridad territorial del Imperio Otomano, garantizaba la neutralidad del Mar Negro y perdía su estatus de protector de Valaquia y Moldavia, condición que cedió a las potencias vencedoras. 

Tras la derrota rusa, se restituyeron de las Asambleas parlamentarias de Valaquia y Moldavia y su derecho a nombrar a sus príncipes. Los liberales del Partido Nacional, apoyados por Francia, fueron ganando influencia y en 1857 formaron, con amplio respaldo popular, sendos Comités Electorales de la Unión con el objetivo establecer una sola Asamblea para ambos Principados. Aunque el sultán se opuso a esta maniobra, los unionistas eran mayoritarios en ambas asambleas y se pronunciaron a favor de la unificación. 

Con la mediación de Napoleón III, las principales potencias europeas aceptaron la creación de unos Principados Unidos, aunque defendieron que Valaquia y Moldavia seguirían funcionando como dos estados separados con su propio gobierno, su príncipe y su asamblea legislativa. En estas circunstancias, las Asambleas parlamentarias iniciaron el proceso de elección de los príncipes y, gracias a la presión del Partido Nacional, en ambos principados fue escogido el coronel Alexandru Ioan Cuza (el 5 de enero en Moldavia y el 24 de enero en Valaquia), convirtiéndose en un príncipe común para ambos Principados y unificándolos de facto. A pesar de todo, no fue hasta 1861 cuando el sultán, teórico soberano de los Principados, admitió la existencia de Rumania como estado, con capital en Bucarest, una Asamblea Nacional y la unidad legal, monetaria, administrativa y militar.

Los orígenes de la "cuestión judía" en Rumanía

Los orígenes de la "cuestión judía" en Rumanía

A partir de las revoluciones liberales de 1848, saltó en toda Europa el espinoso asunto de la concesión de derechos civiles y religiosos a los centenares de miles de judíos que vivían en el seno del Imperio Austríaco, en Hungría, Rusia y otros países centroeuropeos.

También en los Principados Danubianos, Valaquia y Moldavia, empezó a agitarse la cuestión. A mediados de siglo, vivían en los Principados unos 130.000 judíos, aunque la población se había duplicado antes de final de siglo. Tras los ecos de la revolución parisina de 1848, en mayo de ese mismo año, los liberales válacos crearon un Comité revolucionario que redactó la llamada Proclamación de Islaz, publicada en junio, en la que, entre otras muchas cosas, se reclamaban por primera vez derechos civiles tanto para los gitanos como para los judíos.

Los intereses cruzados de rusos, austríacos y turcos en la región dejaron la cuestión en segundo término durante decenios hasta que ascendió al trono Carol I (1866 – 1914). El nuevo príncipe encargó formar gobierno al conservador Lascăr Catargiu, quien incorporó a su equipo a liberales como Ion Brătianu al frente de Finanzas o a C. A. Rosetti en Educación. Inmediatamente el gobierno trabajó en una nueva Constitución que declaraba oficial a la Iglesia ortodoxa y establecía la igualdad entre los ciudadanos siempre que se declarasen cristianos.

Esta disposición dejaba sin derechos civiles ni capacidad de adquirir tierras a más de doscientos mil judíos asquenazíes que habían ido formando comunidades de artesanos, hosteleros y mercaderes en Moldavia y que en ciudades como Bucarest o Iaşi – donde sumaban más de la mitad de la población - trabajaban en el comercio, las finanzas y las profesiones liberales.

Tras la nueva guerra ruso-turca de 1877-78, el Tratado de San Stéfano primero y el Congreso de Berlín después sancionaron la independencia de Rumanía, sin embargo, en la capital alemana también se decidió la anulación del polémico artículo 7º de la Constitución rumana. Esta decisión causó una profunda indignación en Rumanía, pero en octubre de 1879 la Asamblea Nacional decretó que la ciudadanía se obtendría sin limitaciones religiosas. A pesar de todo, los judíos siguieron sin poder comprar tierra y se establecieron como condiciones para obtener la ciudadanía la tramitación de un acta especial parlamentaria de carácter individual, la presentación de una solicitud formal y la demostración de una permanencia mínima de 10 años en suelo rumano de los solicitantes.

La anulación parcial del artículo 7º de la Constitución fue denunciada por la Iglesia ortodoxa, la nobleza y los políticos conservadores, constituyendo el germen de una cuestión judía que marcaría trágicamente la historia de Rumanía en los siguientes decenios.

 

Un 22 de diciembre

Un 22 de diciembre

El 22 de diciembre de 1989 hacía un día que había estallado la revolución en Bucarest. La mañana anterior Ceauşescu apenas pudo acabar un discurso público en el que, además de pontificar sobre los beneficios de la revolución socialista, condenó a los rebeldes de Timişoara acusándolos de agentes extranjeros, hooligans y demás lindezas. Todavía hoy no se sabe exactamente qué ocurrió, una parte del público comenzó a silbar, se lanzaron incluso algunos petardos que fueron interpretados por muchos como disparos, se desató el pánico y el tirano fue conducido al interior de la sede del Comité Central PCR.

Aquella tarde los manifestantes llenaron el centro de Bucarest y comenzaron los disparos de misteriosos francotiradores desde las ventanas y las azoteas de varios edificios. Algunos soldados, policías y agentes de la Unidad Especial para la lucha Antiterrorista atacaron a los manifestantes mientras otros se unieron a ellos.

La mañana del 22 de diciembre, Ceauşescu todavía pensaba en convocar otra gran manifestación de apoyo al régimen, sin embargo, muy pronto le comunicaron que miles de obreros de las zonas industriales de la ciudad se dirigían hacia el centro de la ciudad. Los agentes de la seguridad pública levantaron barricadas que fueron rápidamente superadas por los manifestantes. Hubo más deserciones entre las fuerzas del orden y los francotiradores volvieron a escena. La pareja de déspotas huyó en helicóptero ante el regocijo general. Mientras, en las calles, decenas de bucarestinos murieron bajo las balas de estos enigmáticos asesinos que, todavía hoy, no se sabe si defendían la permanencia del comunismo o al recién formado Frente de Salvación Nacional.

Sea como fuere, todavía pueden verse en el centro de la ciudad muchas lápidas en recuerdo de los caídos durante aquellos confusos días y hoy, 21 años después, se han llenado de flores para homenajearlos.

 

La transición del estilo nacional rumano al Modernismo

La transición del estilo nacional rumano al Modernismo

Durante los años 20 y 30 del siglo XX, la búsqueda de los puntos de encuentro entre el estilo nacional rumano y el estilo vanguardista internacional se convirtió, a nivel teórico y práctico, en una obsesión para los arquitectos rumanos.

En un artículo titulado La arquitectura rumana de hoy, publicado en 1939, el influyente arquitecto George Matei Cantacuzino afirmaba que “… no ayudaremos al arte rumano limitándonos a copiar los elementos del arte rural sino absorbiendo las cualidades de sus intenciones y experiencias.”. Por tanto, el intercambio y la "contaminación" entre el estilo Neo-rumano y el Movimiento Modernista fueron la base de los experimentos arquitectónicos que se desarrollaron en aquellos años.

Muchos trabajos de renombrados arquitectos se caracterizaron por esta experimentación, con resultados más o menos exitosos aunque necesarios para la evolución del estilo. En 1929, Duiliu Marcu presentó un ejemplo de revisión del estilo Neo-rumano en la Exposición Universal de Barcelona (imagen de cabecera); en 1937, en mismo autor mostró en la renovación del Athénée Palace (hoy Hotel Hilton), las posibilidades y los límites de un proyecto que traducía el lenguaje arquitectónico histórico en otro más moderno. Por su parte, los arquitectos Florea Stănculescu y Radu Udroiu, dos de los pioneros en la integración del arte popular y el arte moderno, realizaron una reinterpretación la culă, construcción semifortificada propia de los boyardos de Oltenia y Muntenia. El arquitecto Octav Doicescu, redactor de la influyente revista “Hacia una arquitectura de Bucarest” y teórico del dilema Oriente-Occidente en Rumanía, también puso su granito de arena en la evolución del estilo neo-rumano con ejemplos como el Círculo Militar de Piteşti (imagen, a continuación).

101207_Círculo Militar Pitesti

En su casa de la calle Mihai Eminescu, mezcla de elementos cubistas y noe-rumanos, la arquitecta Henriette Delavrancea-Gibory mostró el potencial de trabajar en un contexto moderno empleando referencias a los métodos de construcción tradicional (imagen, a continuación). De acuerdo con su interpretación de los cánones del Movimiento Modernista, Delavrancea también construyó en 1934 la Villa Popovici en Balcic (hoy en territorio búlgaro) y, en 1939, la Villa Stoenescu.

101207_Delavrancea

Todos estos trabajos - cada uno desde sus propias características - contribuyeron a acercar el estilo Neo-rumano a las vanguardias internacionales, al tiempo que facilitaron la evolución de la arquitectura nacional de acuerdo con el desarrollo socio-económico de Rumanía durante el primer tercio del siglo XX.

La colonización cultural francesa de Rumanía

La colonización cultural francesa de Rumanía

Además de en su especial arquitectura, Bucarest muestra muchos otros signos de una colonización cultural francesa producto de dos corrientes que se desarrollaron en la segunda mitad del siglo XIX: por un lado, el interés rumano en emanciparse de las influencias culturales procedentes del este y, por el otro, el deseo político de Francia de ganar un aliado en una zona donde Inglaterra despuntaba por su interés sobre Turquía. La solidaridad entre Rumanía y Francia se estableció así y se prolongó durante todo un siglo, superando incluso la Segunda Guerra Mundial, cuando ambas naciones formaron parte de alianzas enfrentadas.

El proceso, sin embargo, se inició tiempo antes, cuando hacia 1776, el Príncipe de Valaquia, Alexandros Ypsilantis, introdujo el francés como materia obligatoria en las escuelas superiores de Bucarest. A finales del siglo XVIII, la mayoría de los periódicos de Rumanía estaban escritos en francés y, en 1796, se abrió el primer consulado de Francia. En ese período, numerosos hombres de negocios e intelectuales franceses visitaron Rumanía y dejaron aquí las primeras semillas del pensamiento liberal. También los boyardos viajaron a Francia e importaron sus modelos políticos y culturales como base de la futura independencia.

En 1831 se fundó en Bucarest el Théâtre de Variétés, donde compañías francesas realizaban representaciones en su lengua materna. El primer diccionario Rumano-Francés se publicó en 1838 y, sólo un año después, Ion Câmpineanu publicó su proyecto constitucional en francés (De l’etat present et de l’avenir des Principautés de Moldavie et de Valaquie). A través del Tratado de París de 1856, Napoleón III apoyó la unificación de Valaquia y Moldavia en la figura de Alexandru Ioan Cuza y, después, en la de Carol I. Por su parte, Rumanía adoptó el Código Napoleónico.

En 1860 se inició la publicación de La voix de la Romanie y Le monitoir roumain y en 1924 se instituyó el Institut français des Hautes Études con el patrocinio de la Universidad de París. También en ese momento, el médico y académico Ion Cantacuzino abrió las puertas del Institut Pasteur frente al río Dâmboviţa, donde se desarrollaron importantes estudios de inmunología y patología.

Políticamente, intelectuales rumanos pasaron por su propio tamiz las ideas liberales e internacionalistas francesas, dando lugar a un nacionalismo romántico de acuerdo a sus necesidades más inmediatas y que se convirtió en la base de una colonización franco-danubiana más amplia.

En otras palabras, desde mediados del siglo XIX hubo entre Francia y Rumanía una comunión de intereses, con fuertes connotaciones políticas, que tuvo el mérito de implantar las semillas de la modernidad en Rumanía. La arquitectura fue una de las caras más visibles de esta modernización que no sólo afectó a Rumanía artística o culturalmente, sino también a nivel institucional, legislativo e incluso militar.

1 de diciembre: Fiesta Nacional de Rumanía

1 de diciembre: Fiesta Nacional de Rumanía

La derrota de la Triple Alianza en la Primera Guerra Mundial supuso el fin del Imperio Austro-Húngaro y el estallido definitivo, gestado durante más de un siglo, de las tensiones nacionalistas internas.

En 1859, los principados de Valaquia y Moldavia se habían unido formalmente mediante la elección para sus respectivos tronos de un mismo príncipe, Alexandru Ioan Cuza, dando lugar al embrión de la Rumanía moderna. En abril de 1918, el Consejo Nacional de Besarabia, territorio que había formado parte del reino de Moldavia hasta 1812 para integrase después en el Imperio Ruso, votó a favor de su reintegración en Rumanía. Algo parecido ocurrió en la provincia austríaca de Bucovina, donde en octubre la mayoría rumana formó un Consejo Nacional que también votó a favor de la integración.

En Transilvania, que durante siglos había pertenecido a los territorios húngaros de la Corona de San Esteban, las dos organizaciones rumanas mayoritarias, el Partido Nacional Rumano (PNR) y la sección rumana del Partido Socialdemócrata de Hungría, desarrollaban desde hacía tiempo una activa labor en el Parlamento de Bucarest en busca de apoyos para la autodeterminación de la región.

En octubre de 1918, el Comité ejecutivo del PNR aprobó en Oradea el derecho de autodeterminación de la población de Transilvania y días después formó junto a los socialistas un Consejo Nacional en Budapest que entró en negociaciones con el gobierno provisional húngaro de Mihály Karólyi. El 1 de diciembre de 1918 se reunió en Alba Iulia la “Gran Asamblea de Rumanos de Transilvania y Hungría", integrada por 1228 delegados. La Asamblea, presidida por Iuliu Maniu, proclamó la unión de todos los territorios representados (Transilvania, Banato, Crişana y Maramureş) con el reino de Rumanía. El día 24, el rey Fernando sancionaba oficialmente la unión.

La Fiesta Nacional rumana se celebra en Bucarest con un espectacular desfile militar que pasa bajo el Arco de Triunfo situado frente a una de las entradas del Parque Herăstrău, se celebran misas en recuerdo de la Gran Unión y hay una entrega floral en la tumba del soldado desconocido, en el Parque Carol. Este año, además, se ha inugurado oficialmente la nueva estatua ecuestre del rey Carol I colocada frente al antiguo Palacio Real.

Por su parte, el europarlamentario rumano de origen húngaro y vicepresidente del Parlamento Europeo, László Tokés, ha servido la polémica del día al afirmar que la Fiesta Nacional rumana es un día de luto para los húngaros y que el Tratado de Trianon - por el que Transilvania fue cedida a Rumanía tras la Primera Guerra Mundial - debe ser revisado (¡a estas alturas de la película!).

Desenterrando una historia incómoda

Desenterrando una historia incómoda

Antes de la Segunda Guerra Mundial en Rumania vivían unos 750.00 judíos. En Moldavia y especialmente en Bucovina, había localidades donde, en ocasiones, los judíos eran mayoritarios y hasta la ascensión del fascismo rumano de la mano de la Legión del Arcángel Miguel, convivieron y colaboraron en armonía con sus vecinos. Todos eran rumanos y en las relaciones personales la religión tenía poca importancia, según recuerdan todavía hoy muchos de los que convivieron con ellos.

Hoy en Rumania apenas quedan 10.000 judíos.

Desde junio de 1941, la masacre de judíos que realizaron conjuntamente los legionarios de Codreanu y Sima, la gendarmería y el ejército del mariscal Antonescu, miembros del Einsatzgruppe D alemán y muchos civiles entregados al antisemitismo más radical, terminó con una parte importantísima de población y de la cultura rumana. En poco tiempo, unos 150.000 rumanos fueron asesinados o deportados en las peores condiciones a Transnistria (en la actual Moldavia) donde acabaron diezmados por el hambre y las enfermedades (en la imagen, deportación de la población judía de Briceva, en Besarabia, 1941). La persecución no terminó hasta que los legionarios fueron eliminados por sus antiguos aliados y el régimen de Antonescu comprendió que la guerra estaba perdida.

La subida al poder de los comunistas no implicó el reconocimiento público de las masacres pues, al fin y al cabo, habían contado con la entusiasta colaboración de parte de la población rumana y era una herida demasiado reciente para ser confesada. La Revolución de 1989 tuvo ya demasiados problemas como para abrir viejas heridas. No fue hasta el año 2003 cuando el Ejecutivo rumano admitió el papel del Estado en la exterminación de judíos.

Gracias a las investigaciones y al trabajo del Instituto Elie Wiesel, esta semana se ha descubierto cerca del pueblo de Popricani, en el norte de Rumanía, una fosa común con los cuerpos de unos 100 judíos asesinados por las tropas rumanas, según un testigo que también estuvo a punto de ser fusilado al ser identificado como judío.

Como España, Rumanía también se enfrenta con incomodidad a su propia memoria histórica y es que en todas partes se han cocido habas.

 

¡Era él!

¡Era él!

El pasado julio se desató una pequeña tormenta política – como la mayoría de las tormentas políticas de este país – cuando, a petición del yerno y del hijo del matrimonio Ceauşescu, se exhumó los cadáveres enterrados en la correspondiente tumba del cementerio militar de Ghencea para comprobar su identidad (ver Escatología a la rumana (2) de 21 de julio de 2010).

Después de meses de investigaciones, el Director General del Instituto Nacional de Medicina Legal de Bucarest, Dan Dermengiu, acaba de confirmar que el varón enterrado en Ghencea es Nicolae Ceauşescu pues el ADN coincide con las muestras tomadas a su hijo Valentín, el único de los tres hijos de los tiranos que todavía vive.

Lo curioso es que el Sr. Dermengiu ha dicho que no es posible confirmar que el cuerpo de la mujer que acompaña bajo tierra a Nicolae sea el de Elena Ceauşescu, pues “no existen suficientes elementos de comparación” para asegurarlo. Es decir, que quizás la Ceauşesca, como se la llamaba en la época, escapó de la ejecución sumaria y ahora vive junto a Elvis en un paraíso tropical.

Los amantes de la teoría de la conspiración tienen el terreno abonado para sus paranoias.