Blogia
Bucarestinos

Historia

La forja de la nación rumana (I): Introducción

La forja de la nación rumana (I): Introducción

Más allá de la interesantísima historia medieval rumana, a la que quiero dedicar mi atención en un futuro inmediato, mediante esta serie de entradas pretendo dar una pincelada sobre el nacimiento del espíritu nacional del pueblo rumano, que culminó con la formación del Principado de Rumania en 1859.

La etnogénesis del pueblo rumano ha ocupado desde antiguo sesudos capítulos en los libros de historia de Rumania. Sin entrar en detalles, el origen de los rumanos podemos encontrarlo en las comunidades dacias romanizadas que, tras la invasiones eslavas del siglo VI, se refugiaron en las tierras altas y en los valles de difícil acceso de las cordilleras carpáticas. Durante siglos, los vlacos bajaron a las llanuras y se mezclaron con los sucesivos pueblos invasores – eslavos, hunos, ávaros, magiares, pechenegos y cumanos – dando lugar a un pueblo feudal, conformado con elementos culturales diversos pero con la lengua latina como principal aglutinante.

Los rumanos transilvanos, que convivían con elevados porcentajes de población húngara, sajona y székely (habitantes de origen muy discutido aunque próximos a los húngaros), cayeron pronto bajo la dominación húngara. En las regiones de Valaquia y Moldavia, la nobleza boyarda estuvo bajo soberanía búlgara, de los janes cumanos y tártaros y de los reyes de Hungría y Polonia hasta que, a mediados del siglo XIV, pudieron constituir sendos principados. Debido a la imparable presión otomana, Valaquia en 1476 y Moldavia en 1503 acabaron rindiendo vasallaje al sultán.

Tras la caída de Transilvania en manos turcas a comienzos del siglo XVI, los tres territorios se mantuvieron vasallos de Estambul y sólo durante el breve reinado de Miguel el Valiente (1593 – 1601) formaron una entidad política común (encabezando esta entrada, un retrato de Miguel del Valiente). Los príncipes, que recibían el título civil de hospodar y el militar de voivoda, eran teóricamente elegidos por el alto clero y por los boyardos, aunque gobernaban por delegación del sultán. Tanto el alto clero como los nobles boyardos acumulaban un enorme poder y tenían sometida a una dura servidumbre una gran masa campesina. El gobierno otomano vendía los cargos públicos, cobraba impuestos desmesurados, imponía unas relaciones comerciales desfavorables para los rumanos y se aseguraba su presencia militar en la zona a través del control de los puertos fluviales de Braila, Giurgiu y Turnu-Mâgurele, así como en la región costera de Moldavia.

Iancu de Hunedoara en el teatro clásico español del Siglo de Oro

Iancu de Hunedoara en el teatro clásico español del Siglo de Oro

El Teatro Clásico español se desarrolló entre los siglos XVI y XVIII a través de unas 10.000 obras, aunque vivió su cénit en la primera mitad del siglo XVII, de la mano de autores como Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Tirso de Molina y muchos otros.

Tan enorme producción fue la respuesta a la gran demanda del público español de la época, siempre ávido de novedades, por lo que los dramaturgos se sirvieron de una amplísima variedad de temas para satisfacerlo, introduciendo en sus piezas cuestiones históricas, mitológicas, literarias, religiosas, políticas, folclóricas, etc.

Muchos personajes históricos, tanto españoles como extranjeros, formaron parte de algunos de los dramas del Teatro Clásico, desde el Cid al emperador Carlos I de España y desde el rey Francisco I de Francia hasta la reina Juana de Nápoles o el príncipe ruso Demetrio, hijo de Iván IV el Terrible. Entre todos ellos, destaca el voivoda de Transilvania y regente de Hungría, Iancu de Hunedoara, cuyas victorias sobre los turcos le valieron una gran popularidad en toda Europa a mediados del siglo XV, hasta el punto que los archivos municipales de Girona dan fe de una celebración popular callejera para celebrar su victoria en la batalla de Belgrado de 1456.

El primero en escribir de forma laudatoria sobre Iancu de Hunedoara fue el humanista e historiador español, Pedro Mejía (1497 – 1551) que, años después de su triunfo en Belgrado, todavía recordaba su impacto entre los europeos. El mismísimo Lope de Vega (1562 – 1635) publicó en 1625 la obra titulada El rey sin reino, sobre las turbulencias y el estado anárquico que vivió Hungría durante la regencia de Iancu de Hunedoara y hasta la coronación como rey de su hijo, Matías Corvino (1457). Otro dramaturgo, Antonio de Zamora (1665 – 1727), escribió la comedia El custodio de Hungría, San Juan Capistrano, sobre la regencia del voivoda válaco, su triunfo sobre los turcos en la batalla de Belgrado y la ayuda que recibió del fraile italiano, Juan Capistrano, que encabezó una hueste de campesinos húngaros contra los infieles.

No hay duda que Iancu de Hunedoara, voivoda medieval que se enfrentó y venció al infiel, dejó una profunda huella tanto en sus contemporáneos como en los europeos del Renacimiento y, entre todos ellos, los españoles, que aplaudieron sus gestas en los Corrales de Comedias durante siglos.

Debo toda la información contenida en esta entrada a la excelente historiadora e investigadora Oana Sâmbrian, autora del interesantísimo libro Historia ornata. La construcción de la (ir)realidad en el teatro histórico español en el Siglo de Oro.

Encabezando este texto, una imagen del Corral de Comedias de Almagro, construido en 1628, perfectamente conservado y en el que anualmente se celebra el prestigioso Festival de Teatro Clásico de Almagro.

Iancu de Hunedoara, voivoda de Transilvania y regente de Hungría

Iancu de Hunedoara, voivoda de Transilvania y regente de Hungría

Uno de los personajes más importantes para la historia de Rumanía y Hungría fue, sin duda, el voivoda Iancu de Hunedoara, conocido por los húngaros como János Hunyadi y por los españoles como Juan Hunyadi. A él nos referíamos hace unos días al hilo del primer tratado hispano-rumano de la historia pero, ¿quién fue Iancu de Hunedoara?

Tras la muerte de Luis I de Hungría (1342 - 1382), lo sucedió su hija María, casada con el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Segismundo de Luxemburgo, al que la dieta húngara reconoció como rey. Durante el reinado de Segismundo, el padre de Iancu, Voicu, un caballero de origen válaco - y, por tanto, rumano -, destacó en su lucha contra los turcos, por lo que en 1409 obtuvo el dominio del castillo de Hunedoara (de donde proviene el sobrenombre de Hunyadi). Como hiciera su padre, Iancu se distinguió también luchando contra los turcos y, en 1430, entró al servicio del propio rey Segismundo. La lealtad con la que Iancu sirvió a Segismundo y a su sucesor, Alberto II de Habsburgo (1437 – 1439), le valió el nombramiento de gobernador o voivoda de Transilvania (1441), región que por entonces formaba parte de Hungría.

La temprana muerte de Alberto II colocó al reino en una difícil situación pues su heredero, Ladislao, era menor de edad y la amenaza turca obligaba a disponer de un poder central suficientemente fuerte. En estas circunstancias, la nobleza escogió como monarca al hijo del rey de Polonia que, coronado como Vladislao I (1440 – 1444), organizó junto a Iancu de Hunedoara una exitosa campaña contra los turcos en los Balcanes. Vladislao y Iancu obtuvieron tantas victorias frente a los turcos que despertaron en toda Europa la esperanza de que los otomanos podían ser expulsados del continente.

A pesar de todo, en 1444, los turcos derrotaron estrepitosamente a los húngaros en la batalla de Varna (1444), en la que murió el rey Vladislao y Iancu fue apresado por el voivoda de Valaquia, el célebre Vlad Dracul, que sólo lo liberó por las presiones que ejerció la nobleza húngara. Con la monarquía húngara descabezada, las miradas volvieron al hijo de Alberto II, Ladislao V (1444 – 1457) subió al trono siendo menor de edad, por lo que la nobleza se apresuró a nombrar como regente a Iancu, que ejerció eficazmente plenos poderes entre 1446 y 1452, cuando Ladislao tomó las riendas del reino.

Iancu nunca abandonó la lucha contra los turcos, a los que derrotó en varias ocasiones y frente a los que obtuvo la gran victoria junto a las murallas de Belgrado (1456). Desgraciadamente, poco tiempo después, falleció afectado por la peste y el caos se adueñó de Hungría cuando también murió el rey Ladislao V. Con el trono vacante, la dieta húngara escogió como monarca al hijo de Iancu, Matías Corvino (1458 – 1490), otro de los grandes reyes de la historia de Hungría.

Mihai Eminescu

Mihai Eminescu

Así como los españoles loamos a Cervantes, los italianos a Dante, los ingleses a Shakespeare, los franceses a Moliere y los rusos a Pushkin, los rumanos consideran que su más glorioso representante literario es Mihai Eminescu.

Mihai nació en Ipoteşti (Botoşani), el 15 de enero de 1850, siendo el séptimo de los once hijos del matrimonio formado por Gheorghe Eminovici, un cultivado administrador de fincas, y Raluca Iurăscu, descendiente de una antigua familia aristocrática moldava.

Entre 1858 y 1866, Mihai asistió a la escuela en Cernăuţi – entonces capital de la Bucovina austríaca, hoy en tierras ucranianas -, donde tras la muerte de su profesor de rumano, junto a sus compañeros, publicó su primera obra, un librito titulado Lăcrămioarele invăţăceilor gimnaziaşti (Las lágrimas de los estudiantes del Instituto) para el que escribió el solemne poema La mormântul lui Aron Pumnul (A la tumba de Aron Pumnul). En 1866, el eminente académico Iosif Vulcan incluyó su poema De-aş avea (Si tuviera) en la revista literaria Familia, cambiándole el excesivamente eslavo sufijo –ici de su apellido por el más rumano, -escu, de modo que a partir de entonces se le conocería como Mihai Eminescu.

Entre 1866 y 1869, Eminescu viajó desde Cernăuţi hasta Bucarest, recorriendo las regiones históricas de la futura Rumanía – por entonces, Transilvania pertenecía a Hungría y Moldavia y Valaquia eran dos principados unidos pero sometidos al Imperio Otomano -, empapándose de las tradiciones y costumbres rumanas, de las diferentes hablas del rumano y de los problemas de un pueblo dividido, lo que despertó en él un profundo sentimiento nacionalista que reflejó en poemas como Ce-ţi doresc eu ţie, dulce Românie (Que deseo para ti, dulce Rumanía). Durante esos años, trabajó como apuntador y copista en la compañía de teatro del dramaturgo Iorgu Caragiale y, más tarde, en la del actor y director Mihail Pascaly, gracias al cual consiguió un empleo en el Teatro Nacional, donde conoció al célebre escritor y periodista Ion Luca Caragiale. Siguió publicando en Familia, escribió poesías, dramas como Mira e incluso intentó escribir alguna novela que quedó inacabada. 

En 1869, fundó con otros jóvenes escritores el círculo literario Orientul (El Oriente), uno de cuyos principales propósitos era recopilar cuentos y poesías populares así como documentos concernientes a la historia y la literatura de Rumanía. Durante el verano de ese año, paseando por el parque Cismigiu, Mihai se encontró casualmente con su hermano Iorgu, oficial en el ejército rumano, quien le convenció para visitar a sus padres durante su siguiente gira por el norte del país. Una vez allí, su padre le prometió dinero para estudiar en Viena, donde se habían trasladado la mayoría de sus antiguos compañeros de Cernăuţi, por lo que en octubre de 1869 entró en la Facultad de Filosofía de la capital austríaca. 

En Viena, Eminescu conoció al escritor Ioan Slavici y, junto a otros estudiantes rumanos de Transilvania y Bucovina, entró en la sociedad estudiantil România junǎ (La joven Rumanía). Durante sus años universitarios, Mihai leyó a Confucio, Spinoza, Hegel, Schopenhauer, Schiller, Kant y muchos otros autores universales cuyos conocimientos reflejó tanto en sus obras literarias como en sus artículos periodísticos. En 1872, se inscribió en la Universidad de Berlín, donde completó su formación, sin embargo, a pesar de los consejos de su familia y sus amigos – entre los que destacaba el crítico literario y ministro de Cultos e Instrucción Pública, Titu Maiorescu -, se negó a obtener ningún diploma influenciado, sin duda, por las corrientes románticas.

Durante esos años, Eminescu defendió con pasión la necesidad de unión cultural y política de todos los rumanos – incluidos los de Transilvania -, llegando incluso a redactar un ensayo sobre el desarrollo económico del nuevo Estado rumano, establecido en 1859 por Alexandru Ion Cuza y gobernado desde 1866 por el príncipe Carol I.

En 1874, Eminescu regresó a Rumanía, trabajando como en Iaşi como director de la Biblioteca Regional y como redactor del periódico Curierul de Iaşi. Hasta 1877, siguió publicando sus obras en la revista Convorbiri literare (Conversaciónes Literarias) y trabó amistad con Ion Creangă, uno de los cuatro autores clásicos de la literatura rumana. En 1877 se trasladó a Bucarest, donde hasta 1883 fue redactor-jefe del periódico Timpul (El Tiempo), el periódico oficial del Partido Conservador, de que Eminescu formaba parte. Su intensa actividad periodística de esos años, así como la redacción de sus poemas más significativos - Scrisori (Cartas) y Luceafărul (El lucero) - debilitaron su salud física y psíquica hasta el punto que, en 1883, cayó gravemente enfermo y fue ingresado en un hospital. Con diversos altibajos, Eminescu fue de sanatorio en sanatorio (Viena, Odessa, Monasterio de Neamț) hasta que falleció en Bucarest en junio de 1889.

Sobre sus últimos años de vida, existe también una versión conspirativa que defiende que el poeta cayó víctima de un complot político orquestado por aquellos que habían sido acusados de corrupción desde su periódico y por los que recelaban de su supuesta actividad en una sociedad secreta que luchaba por la liberación de Transilvania de la ocupación austro-húngara y por la unión de todos los rumanos en un solo Estado.

Mihai Eminescu fue, sin duda, la principal voz poética de la literatura rumana, un artista influenciado por el Romanticismo europeo de los siglos XVIII y XIX que lideró un tardío Romanticismo rumano impregnado de interés por el pasado, de pasión por la historia nacional, de nostalgia de la niñez, de melancolía y de exaltación de la naturaleza.

La tumba de Mihai Eminescu, en la que nunca faltan flores, puede visitarse hoy en el Cementerio de Bellu de Bucarest.

El primer tratado hispano-rumano de la historia (1450): Alfonso V de Aragón y Iancu de Hunedoara

El primer tratado hispano-rumano de la historia (1450): Alfonso V de Aragón y Iancu de Hunedoara

Hace unos días explique cómo, a lo largo de los siglos XIII y XIV, mercaderes catalano-aragoneses establecieron varias rutas comerciales hacia el Mediterráneo oriental. El último impulso del imperialismo catalano-aragonés en el Mediterráneo llegó, ya en el siglo XV, con Alfonso V el Magnánimo (1416-1458) quien consiguió anexionar el reino de Nápoles en 1443, en lucha contra los franceses y las potencias italianas (Venecia, Florencia y el Papa). A partir de entonces, Alfonso V estableció su corte en Nápoles, convirtió la ciudad un gran centro humanístico y se dedicó por completo a la política italiana.

El inicio de la lucha de Alfonso V por el trono de Nápoles se produjo cuando, tras ayudar a Juana II de Nápoles en su lucha contra los franceses, fue nombrado heredero al trono (1421). Juana II era hija de Carlos II de Hungría. Al morir Carlos II, ella aspiró al trono húngaro como legítima heredera, sin embargo, el trono recayó en otra rama de la familia Anjou, a la que había pertenecido Carlos II. A pesar de todo, según una costumbre de la época, Juana mantuvo el título de reina de Hungría como muestra de sus aspiraciones.

Tras muchas vicisitudes, Alfonso V consiguió acceder definitivamente al trono de Nápoles, motivo por el cual la cancillería aragonesa empleó a partir de entonces el título de rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Córcega y Sicilia, conde de Barcelona, Rosellón y Cerdaña, duque de Atenas y Neopatria, además de rey de Nápoles, Hungría y Jerusalén. Como en el caso de Juana II, alguno de estos títulos tampoco eran más que el reflejo de las ambiciones políticas de los reyes de Aragón. Precisamente, Hungría y Jerusalén eran titulaciones tradicionales de los reyes de Nápoles, de las que Alfonso se consideró legítimo heredero, aún sin tener el control efectivo de estos territorios.

Mientras esto sucedía en Occidente, Europa Oriental se enfrentaba al imparable avance turco. Atendiendo al dicho de que en río revuelto, ganancia de pescadores, en el mismo año de la anexión del reino de Nápoles (1443), Alfonso V de Aragón, respondiendo al llamamiento de cruzada contra los turcos realizada por el papa Eugenio IV en el concilio de Florencia (1438), se alió con el rey Vladislao I de Hungría y Polonia. Alfonso aportó poco más que su apoyo moral a la cruzada, así que Vladislao I, junto a Iancu de Hunedoara, voivoda de Transilvania, y al líder militar Skandenberg de Albania, se enfrentaron sólo con sus tropas a Murat II en la batalla de Varna, donde fueron derrotados y el rey húngaro muerto (1444).

El reino de Hungría quedó en manos de Iancu de Hunedoara, regente del niño Ladislao, menor de edad, entre 1446 y 1452. La muerte de Vladislao I no podía ser más oportuna así que, en 1450, Alfonso V renovó su acuerdo de alianza con Iancu de Hunedoara, sin embargo, tan escasa implicación en el escenario le impidió realizar su sueño de acceder efectivamente al trono húngaro, que acabó recayendo en el célebre Matías Corvino, hijo de Iancu de Hunedoara.

A modo de curiosidad, otro modo de estrechar sus lazos con el reino húngaro fue la institución de la Orden del Dragón en Nápoles. La Orden del Dragón era una orden de caballería fundada por el rey Segismundo de Hungría en 1408 con el objetivo de defender la santa Cruz y luchar contra los enemigos de la Cristiandad. A la Orden del Dragón pertenecieron mayoritariamente nobles húngaros y, a partir de 1431, entre otros, también el famoso Vlad III Tepeş.

El comercio catalano-aragonés en el Mar Negro durante los siglos XIII y XIV

El comercio catalano-aragonés en el Mar Negro durante los siglos XIII y XIV

Tras la muerte de Pedro II en la batalla de Muret (1213), el reino de Aragón abandonó su política de influencia en el sur de Francia y se orientó hacia el Mediterráneo. A partir de la segunda mitad del siglo XIII, durante el reinado de Jaime I de Aragón (1213 – 1276), tras las conquistas en Valencia y Baleares, el Mediterráneo se convirtió en una nueva vía de expansión para los catalano-aragoneses, situación reforzada por el desarrollo comercial de Cataluña gracias a una incipiente burguesía.

El primer paso en este sentido, la ocupación de Sicilia, lo dio en 1282 el sucesor de Jaime I, el rey Pedro III de Aragón (1276 – 1285). Casado con la heredera de Manfredo I de Sicilia, Constanza de Hohenstaufen, reclamó el trono de la isla frente al rey coronado por el papa, Carlos I de Anjou, vasallo además del Pontífice. Tras un breve conflicto, Pedro III consiguió ser coronado rey de Sicilia lo que inmediatamente lo enfrentó a la Santa Sede y el rey de Francia e incluso provocó un fracasado intento de invasión del principado de Cataluña en forma de cruzada. Más tarde, añadió a sus territorios las islas de Córcega y Cerdeña. Desde bases tan potentes en el Mediterráneo occidental, los comerciantes catalano-aragoneses iniciaron su expansión hacia Oriente.

Los primeros asientos comerciales occidentales en el Mar Negro no fueron establecidos por genoveses y venecianos hasta principios del siglo XIII, pues el Imperio Bizantino había controlado celosamente la región hasta ese momento. Tras la Cuarta Cruzada, auspiciada por Venecia y que culminó con la primera toma de Constantinopla (1204), el gobierno latino de Bizancio permitió el establecimiento de bases comerciales en el Mar Negro, beneficiando especialmente a Venecia. La ayuda genovesa para la recuperación de Constantinopla en 1261 cambió la política proveneciana por otra progenovesa. Sea como fuere, con bastantes dificultades debido a la presencia de los mongoles, se instalaron varias bases comerciales de ambas ciudades en la costa del Mar Negro, aunque hasta 1315 no existió un comercio completamente asentado en la zona.

Una de las primeras naves catalanas que surcaron el Mar Negro fue la San Julià, comandada por Bartomeu de Llovell, en 1289. Cabe decir que los catalano-aragoneses no crearon sus propias centros comerciales pero emplearon, sobre todo, los fundados por los genoveses. Los comerciantes eran principalmente barceloneses o mallorquines y comerciaban con vino, joyas y esclavos asiáticos aunque, al cancelarse el comercio de esclavos, el interés por la zona decayó pues los productos podían encontrarse y venderse en mercados más cercanos.

Algunas bases se instalaron en el bajo Danubio para comerciar con productos locales. En estas centros y en otros del Mar Negro se instalaron comerciantes de la Corona de Aragón, Montpellier y Provenza, donde se creó una cierta organización político-económica. Detrás de los mercaderes llegaron también grupos de religiosos, varios médicos e incluso algún embajador enviado por la corona de Aragón. A pesar de todo, no es posible afirmar que la llegada de catalanes y mallorquines al Mar Negro fue la respuesta a una deliberada política real sino sólo el producto de iniciativas particulares.

La etapa de máximo esplendor del comercio occidental en el Mar Negro se extendió en 1313 y 1343, durante la llamada Pax Mongólica, permitiendo la tranquilidad en las rutas comerciales entre China y el norte del Mar Negro. La presencia catalana en la zona terminó cuando los tártaros de Tamerlán aparecieron en escena, a finales del siglo XIV.

Hispanos en la conquista de Dacia

Hispanos en la conquista de Dacia

Entre el 84 y el 44 a.C., el rey dacio Burebista había creado un imperio que, con los Cárpatos como espina dorsal, incluía Transilvania, Banato, Oltenia y el centro y sur de Moldavia. Hasta tal punto era un reino poderoso que, durante la guerra civil que se desató entre Pompeyo y César por el control de la República Romana, el primero buscó infructuosamente el apoyo del rey dacio. Cuando Burebista cayó asesinado en 44 a.C. debido a un complot de la aristocracia tribal dacia opuesta a su poder, el reino dacio se dividió y su poder se eclipsó.

En el año 85, un caudillo denominado Dirpaneo consiguió consolidar de nuevo el poder dacio alrededor de la ciudad de Sarmizegetusa y, mediante un ejército reorganizado, empezó a atacar la fortificada Mesia romana, provincia situada en el norte de Bulgaria y noreste de Serbia. Como respuesta, en el año 87, el emperador Domiciano envió contra los dacios un ejército que, tras sufrir una hábil emboscada, fue diezmado frente a la ciudad dacia de Tapae. Tras esta victoria, Dirpaneo cambió su nombre por otro habitual entre los guerreros dacios, Decébalo, cuyo significado era "Fuerte como diez (hombres)". Decidido por la victoria, en el año 89, Decébalo pactó con los germanos atacar la frontera romana a la altura del Rin, por lo que Domiciano se vio obligado a pactar una humillante paz con él a cambio de un tributo y del envío de un equipo de arquitectos e ingenieros romanos que deberían embellecer Sarmizegetusa.

Cuando, en el año 98, Trajano ascendió al trono imperial, la política contemporizadora de Roma con los dacios llegó a su fin. El emperador César Marco Ulpio Nerva Trajano Augusto había nacido en Itálica (Santiponce), junto a la actual Sevilla, el 18 de septiembre de 53 y gobernaría el Imperio Romano desde el año 98 hasta su muerte en 117, siendo el primer emperador de origen no itálico y el primero de la dinastía Antonina.

Trajano desarrolló dos campañas en Dacia que le permitieron derrotar totalmente a los dacios y conquistar su reino. En la 1ª guerra de Dacia (101-102), fueron movilizadas siete legiones (I Adiutrix, II Adiutrix, III Flavia, VII Claudia, I Italica, V Macedonia y XIII Gemina), alguna de las cuales era de origen hispano o contaba en sus filas con legionarios hispanos.

Así, por ejemplo, a Legión VII Claudia, junto con la VI, VIII y IX, había sido fundada en Hispania por Pompeyo en el 65 a.C., todavía en tiempos de la República, constituyendo una de las más antiguas unidades del ejército imperial. Durante el triunvirato de Pompeyo, César y Craso (60 – 53 a.C.), la Legión VII Claudia luchó junto a César contra los galos y participó en la invasión de Britania, todo ello bajo un emblema con la figura de un toro que, con algo de imaginación, puede resultarnos incluso familiar.

Banderas

Tiberius Claudius Maximus, el soldado romano que decapitó a Decébalo y entregó la cabeza a Trajano (106), servía en la Legión VII Claudia, aunque no era de origen hispano pues había nacido en  Grecia. Luchó toda su vida militar junto a Trajano y murió el mismo año que el emperador.

La Legión I Adiutrix, formada por el gobernador de la Tarraconense y después emperador, Servio Sulpicio Galba, estaba integrada exclusivamente por hispanos, mientras que la Legión XIII Gemina, fundada por Julio César en el 57 a.C., en tiempos de Trajano contaba con una cohorte de auxiliares de Hispanorum. Tras la conquista de Dacia, la Legión XIII Gemina quedó definitivamente estacionada en Apulum (Alba) y allí permaneció hasta principios del siglo V, momento en el que se fechó su último registro.

Por último, en el año 105, con el objetivo de participar en la 2ª guerra en Dacia (105 – 106), Trajano formó la Legio XXX Ulpia Victrix, formada exclusivamente por hispanos. La XXX Ulpia Victrix tuvo su primer campamento en Dacia, aunque unos años después fue trasladada a Germania.

La agresiva política de Trajano en Dacia y, más tarde, en Partia, obligó a un importante esfuerzo militar que recayó, en buena parte, en Hispania, lo que provocó una cierta despoblación de varones en la Península en los primeros años del siglo II y la consiguiente queja de las autoridades locales. Tras licenciarse del ejército, muchos de los soldados que sirvieron en Dacia recibieron como recompensa tierras que trabajaron como colonos, estableciéndose así en el territorio conquistado y dando lugar a una comunidad de origen hispano en la futura Rumanía. Pero no sólo fueron soldados los hispanos que llegaron a la Dacia conquistada ya que, según atestiguan unas tablillas encontradas en Alburnus Maior (Roşia Montana) y fechadas entre 131 y 167 d.C., decenas de hispanos y sus familias, especialmente del norte peninsular, llegaron también a Dacia para trabajar en las minas de oro de la región, fundadas por Trajano, ampliando la comunidad de origen ibérico en la zona.

Conferencia: Rumanía y España, momentos compartidos

Conferencia: Rumanía y España, momentos compartidos

Tengo el placer de invitar a lectores y simpatizantes a asistir a la conferencia que ofreceré en próximo viernes, 20 de abril, entre las 17 y las 19 h, en el Instituto Cervantes de Bucarest.

Desde que Trajano puso sus pies en la Dacia de Decébalo hasta que Santiago Carrillo o el príncipe Juan Carlos se reunieron con Ceauşescu para facilitar la Transición, Rumanía y España han compartido muchos momentos de su Historia y su Cultura que permanecen más o menos ocultos tanto para el público español como para el rumano.

Durante un par de horas, haremos un repaso por la Historia y la Cultura de ambas naciones, conoceremos cómo se asentaron en tierras rumanas los legionarios hispanos que acompañaron hasta Dacia al emperador de Itálica (Santiponce), sabremos por qué los visigodos dejaron la tierra rumana para establecerse en España, explicaremos cómo una herejía oriental caló profundamente en tierras catalanas y cómo su final afectó a la política del reino de Aragón en el siglo XIII , descubriremos las aspiraciones de Alfonso V a gobernar sobre Transilvania, nos adentraremos en la historia de la última defensa de Constantinopla, en la que participaron castellanos y catalanes, a través de los frescos del monasterio de Moldovita, veremos lo que comparten la arquitectura mudéjar y el estilo moldavo, conoceremos a los soldados rumanos de la Guerra Civil española y muchos otros episodios curiosos que iremos desvelando a lo largo de la sesión.

Los interesados en asistir, encontrarán más información y el imprescindible formulario de inscripción en el siguiente link:

http://bucarest.cervantes.es/imagenes/File/BONOCERVANTEShistoria.pdf

¡Os espero a todos!

70º aniversario del trágico hundimiento del Struma

70º aniversario del trágico hundimiento del Struma

Con sendas sobrias ceremonias, a las que no asistieron autoridades, ayer se conmemoró en Bucarest y en Estambul el 70º aniversario del naufragio del buque Struma.

Tras el violento final del Estado Nacional Legionario en Rumanía, el mariscal Antonescu atenuó la persecución de los judíos, aunque no la detuvo completamente, manteniendo un extraño equilibrio que todavía hoy es motivo de apasionados debates. La dictadura permitió así que miles de judíos huyeran a través de los puertos rumanos hacia Turquía, con destino final en Palestina, no sin antes desposeerlos de todos sus bienes y sus ahorros.

La misma noche del bombardeo de Pearl Harbor (6-7 diciembre de 1941), 769 judíos provenientes de Bucovina, Moldavia y Besarabia tomaban un tren hacia Constanţa en la estación de tren de Obor en Bucarest. El viaje lo había preparado la organización sionista Alyah y, gracias al permiso de las autoridades militares, el grupo pudo llegar al gran puerto rumano del Mar Negro el día 8 de diciembre. Cuando llegaron a los muelles, los viajeros sufrieron una gran decepción al ver el barco que debía llevarlos a Palestina, el Struma, una ruina flotante construida en Newcastle, Inglaterra, en 1867, matriculada en Panamá y propiedad de la empresa griega Singros. Con el equipaje limitado y sin dinero, tras tres días de controles y verificaciones por parte de las autoridades, el 11 de diciembre de 1941 los pasajeros pudieron embarcar en el Struma. Todos ellos, ciudadanos rumanos, eran formalmente enemigos de los Aliados pues, ese mismo día, Estados Unidos e Inglaterra habían declarado la guerra a Rumanía como aliada de Alemania.

El pasaje era de lo más variado, aunque el elevado precio del billete había obligado a una criba natural entre la comunidad hebrea: la mayoría tenía estudios superiores, eran abogados, médicos, economistas, comerciantes e ingenieros que viajaban con sus familias al completo completas, con abuelos, niños e incluso algunos bebés. El 12 de diciembre, el Struma partió de Constanţa y los pasajeros, esperanzados, cantaron en cubierta el Trăiască regele (Himno real de Rumanía) y el Hatikvah (futuro himno nacional de Israel) mientras veían cómo la pesadilla se alejaba.

El viaje hasta Estambul, que normalmente duraba 14 horas, se realizó en 4 días debido al mal estado del Struma aunque, finalmente, consiguió atracar en el pequeño puerto de Büyükdere, a 3 millas marítimas al norte del Bósforo. Sólo 9 personas pudieron desembarcar en Estambul y, automáticamente, se declaró el barco en cuarentena y se iniciaron las conversaciones con las autoridades turcas, británicas, suecas y soviéticas para obtener visados. Las negociaciones se alargaron, las condiciones de vida en el barco fueron empeorando y sólo la ayuda enviada por judíos americanos permitió comprar agua, comida y medicinas para los extenuados pasajeros, que no disponían de dinero ni posibilidades de adquirirlos.

Los británicos, temerosos de la reacción árabe ante la llegada masiva de hebreos, prohibieron que los pasajeros desembarcasen en Palestina con la excusa de que pertenecían a un país enemigo. Durante 9 semanas, la situación fue degradándose, el agua y los alimentos escaseaban, los niños, los abuelos y los enfermos sufrían las consecuencias del hacinamiento y muchos pasajeros amenazaban con escapar, por lo que la policía turca acordonó el barco en el muelle. En aquella terrible situación, el capitán Garabetenko saboteó el motor del Struma para evitar que las autoridades turcas devolviesen la nave a Rumanía, sin embargo, ello no evitó que, el 23 de febrero de 1941, el gobierno turco diese orden de remolcar por la fuerza el Struma al Mar Negro, donde fue abandonado a la deriva.

A las 9:30 h de la mañana, el submarino soviético SC-213 hundió con un torpedo el Struma, matando en pocos minutos a todos los pasajeros y a la tripulación. Sólo hubo un superviviente, el joven David Stoliar, que malherido consiguió llegar hasta la costa turca y, tras muchos interrogatorios, viajar finalmente a Palestina.

En 1991, tras la apertura de los archivos soviéticos, se descubrió que el hundimiento fue realizado, muy posiblemente, a petición de las autoridades británicas de Palestina. Como cínicamente dijo tras el naufragio Walter Guinness, miembro de la Oficina Colonial del Gobierno Británico: “Palestina es demasiado pequeña y está demasiado superpoblada para recibir a los tres millones de judíos que los sionistas quieren enviarnos”.

Walter Guinness fue asesinado en el Cairo el 6 de noviembre de 1944 por dos miembros del grupo terrorista judío, Lehi.

La ilustre historia de la kula de Budeasa

La ilustre historia de la kula de Budeasa

Sabemos de la insigne leyenda de la kula de Budeasa, nada más y nada menos que por un texto del iluminista francés por excelencia, Voltaire, quien escuchó la anécdota del oficial español Roberto José de la Cerda, conde de Villalonga. El noble español sirvió durante años al rey de Suecia, Carlos XII y, tras su muerte, regresó a España pasando por Francia, donde le contó a Voltaire las peripecias del monarca nórdico. Por aquel entonces, el poder de los monarcas suecos ya se había reducido drásticamente y el parlamentarismo de abría paso con fuerza, por lo que Voltaire consideraba que Suecia era “el Estado más libres del mundo” y quería saberlo todo para comprender los motivos de tanta libertad.

120201_Carlos XII

A principios del siglo XVIII, Europa estaba inmersa en dos enormes escenarios bélicos. Por un lado, las potencias occidentales y centroeuropeas luchaban en España en la Guerra de Sucesión (1701 – 1715) mientras que en el norte, Suecia se enfrentaba con todos sus vecinos por la supremacía del Mar Báltico en la llamada Gran Guerra del Norte (1700 – 1721). Tras ser derrotado en la batalla de Poltava (7 de julio de 1709), el zar permitió a Carlos XII exiliarse a Moldavia, entonces un territorio del Imperio Otomano, por lo que el monarca, acompañado de sus más fieles seguidores – y el conde de Villalonga se contaba entre ellos – puso rumbo a la ciudad de Bender, también conocida como Tighina, hoy situada en la región separatista de Transnistria.

DSCF2099

El desventurado Carlos XII atravesó Europa, cruzó Transilvania y se internó en el territorio de Valaquia, encontrando refugio en una formidable casa que los lugareños llamaban kula. Aquel imponente caserón había sido construido, más de 200 años antes, por el capitán Pană, combatiente de otomanos y nobles húngaros junto a Miguel el Valiente (1558 – 1601). Cuando el rey sueco se alojó allí, la kula pertenecía a alguna familia boyarda local aunque, unos años después, a mediados del siglo XVIII, pasó a manos del Gran Preboste de Valaquia, Şerban Budişteanu, encargado de las finanzas y la justicia del Principado. La gloriosa kula se mantuvo en la familia Budişteanu hasta mediados del siglo XX y, tanto el general Alexandru Budişteanu (1836 – 1919) como su hijo Dimitrie, la modificaron y ampliaron hasta darle el aspecto que hoy tiene.

DSCF2096

Dos grandes S coronadas, junto a la fecha de 1762, decoran la fachada, posiblemente en referencia a su propietario, Şerban Budişteanu. En el centro, un escudo de mármol indica, según afirman los que saben de heráldica, que allí se alojó un rey, posiblemente el desdichado Carlos XII, en su camino hacia el exilio.

DSCF2097

Más modesta, la kula albergó durante años la comisaria de Budeasa y actualmente está en plena reforma, a la espera de la inauguración de un museo que cuente su glorioso pasado y el de la región.

 

Scorniceşti y su “hijo más querido”

Scorniceşti y su “hijo más querido”

Scorniceşti es una localidad del departamento de Olt, en la histórica región de Oltenia, que no tendría más trascendencia si Nicolae Ceaușescu no hubiese sido su “hijo más querido”. En la siguiente fotografía, Ceaușescu junto a su mujer y sus padres en una fotografía tomada en 1968.

120122_Ceausescu_family

Los pueblos cercanos a Scorniceşti son muy humildes, con casas pequeñas levantadas junto a la carretera, cada una con un pequeño jardín que, en ocasiones, alberga un huerto y un puñado de gallinas que picotean el suelo en busca de comida. La mayor parte de las calles están sin asfaltar, el alumbrado público es escaso y no hay demasiados edificios públicos, apenas un ayuntamiento destartalado, una escuela, la inevitable iglesia y un minúsculo magazin mixt donde proveerse de lo que no da la tierra. Scorniceşti no es así.

En 1979, durante un discurso que ofreció a sus antiguos vecinos, Ceaușescu les habló de su sueño de convertir Scorniceşti en un modelo de ciudad socialista agroindustrial, que serviría de ejemplo para el resto del país. Gracias a la ayuda de su hijo más eminente, Scorniceşti se desarrolló como ninguna otra ciudad o comuna de Rumanía, en el centro se derribaron las viejas casas de estilo olteno y en su lugar se levantaron bloques de tres y cuatro pisos, se canalizó el agua potable y el gas, se construyeron alcantarillas y se pavimentaron las calles. En la imagen, a continuación, fotografía de la ficha policial de Ceaușescu con 15 años de edad, tras ser detenido y acusado de "agitación comunista".

120122_Nicolae_Ceausescu_la_varsta_de_15_ani_in_1933

La población, antes dedicada a una economía agrícola casi de subsistencia, fue masivamente empleada en las veinte hectáreas de invernaderos dedicados a la producción de frutas y verduras, en las granjas de cría de vacas, ovejas y de aves de corral o en una de las fábricas de piezas de automoción PULSOR, de conservas cárnicas, de textiles, de pan, de cerveza o de productos lácteos que se abrieron por aquellos años en la localidad.

Pero no todo era trabajo en Scorniceşti. Se abrió un cine, un centro folclórico para los famosos caluşari de la localidad, un complejo turístico, una biblioteca, varias escuelas, un hospital de neumofisiología, una policlínica, dos gimnasios y se levantó un estadio de fútbol para 18.000 personas en el que jugaba el equipo local, FC Olt Scorniceşti.

DSCF2088

La visión de Scorniceşti se había cumplido por lo que cuando, por motivo de su cumpleaños, Ceaușescu visitaba la ciudad, la población salía feliz a las calles a recibirlo. Las cosas marchaban bien e incluso el equipo local de fútbol subió a primera división.

120122_Scornisesti visita Ceausescu

En 1989 Scorniceşti fue, por fin, declara ciudad, sin embargo, la Revolución truncó su sueño en poco tiempo. Debido al caos del momento, poco a poco los invernaderos fueron abandonándose y la gente volvió a cultivar en su jardín. Las fábricas se cerraron y la gente perdió su trabajo. Los centros de ocio fueron perdiendo clientes, se degradaron y acabaron por cerrar también. Hoy sólo se conservan la biblioteca, las escuelas, los edificios sanitarios y el estadio de fútbol. Todo lo demás está en venta.

DSCF2085

Prácticamente a las afueras de la localidad, junto al cártel que anuncia el principio del pueblo, se levanta la minúscula casa de los Ceaușescu, construida en el característico estilo olteno. Hace tiempo fue comprada por un sobrino del dictador comunista, Emil Bărbulescu, que la rehabilitó y la dedicó a albergar un memorial en recuerdo a su ilustre familiar. A mediados de 2010, no sin polémica, levantó en su jardín un gran busto que recuerda, aún sin citarlo, a quien gobernó los destinos de Rumanía entre 1967 y 1989.

El busto de Ceaușescu de Scorniceşti es el único homenaje público al tirano que existe actualmente en Rumanía.

 

Kulas

Kulas

Una de las manifestaciones arquitectónicas más curiosas y originales del sur de Rumanía, especialmente de la zona de Oltenia y del oeste de Muntenia, lo constituyen las kulas, unos imponentes edificios semifortificados levantados por los boyardos en el siglo XVIII, que sirvieron de inspiración a los ideólogos del estilo neo-rumano para diseñar sus propias obras a finales del siglo XIX y principios del XX.

94657maxim

 La nobleza terrateniente válaca, responsable de la construcción de estos peculiares hogares-refugio, posiblemente tomó para definirlos una palabra en la lengua de sus principales enemigos, los turcos, ya que incluso ahora, kula significa torre en lengua turca. Por otro lado, en el sur de los Balcanes - Albania, Bulgaria, Serbia e incluso Grecia -, donde este tipo de edificaciones son comunes aunque ligeramente distintas, se emplea para definirlas una palabra muy parecida, con leves modificaciones.

cula-glogova

La forma de torre de las kulas responde a una actitud de defensa activa y pasiva, dependiendo del lugar donde se construyeron y al contexto socio-político del momento. En Rumanía, la mayor parte de las kulas se levantaron durante asfixiante gobierno de los fanariotas, personajes impuestos desde Estambul para acabar con las veleidades independentistas de los voivodas rumanos. Las presiones de los fanariotas, la rivalidad con otras familias de boyardos y el constante ir y venir de ejércitos y de partidas de bandidos fue el marco en el que nacieron estas mansiones fortificadas.

cula-vladimirescu-cerneti-mehedinti

 Situadas sobre colinas elevadas y con buenas vistas a su alrededor gracias a sus dos o tres pisos, las kulas eran, al mismo tiempo, residencias y torres de vigía. La fortuna de su dueño normalmente determinaba su tamaño y forma, así como sus características defensivas, sus elementos decorativos y la atención a los detalles. Proporcionales al tamaño de las familias que residían en ellas y a sus posesiones, las kulas son edificios prismáticos de planta prácticamente cuadrada con, como mínimo, 12 metros de lado. Sus muros están hechos de piedra o de ladrillo, tienen más de un metro de espesor y suelen estar reforzados con troncos de roble.

cula-crasnaru-groserea-gorj

 La planta baja incluye una gran bodega abovedada, con acceso directo al exterior. Suele tener una o dos cámaras y, ocasionalmente, dispone de un pozo excavado en el centro para asegurar el suministro de agua en caso de un largo asedio. El acceso a la primera planta puede hacerse por el mismo lugar que a la bodega o por un lado. Algunas kulas tienen una escalera de madera, fija o móvil, que da acceso a la primera planta. Las puertas, con una o dos hojas que se abren hacia el interior, son macizas y están normalmente reforzadas con piezas metálicas que las atraviesan y un complejo cerrojo. En muchas ocasiones, el piso superior tiene un balcón con columnas de albañilería o de madera que soportan varios arcos trilobulados, en otras, balcones de madera asoman por los lados del edificio. El tejado, a cuatro aguas, originalmente tenía tejas de madera – algunas de las cuales todavía se conservan -, amplios aleros y, en ocasiones, una ligera cornisa.

cula-Brabova

 En ningún caso hay más de tres habitaciones en la primera planta, normalmente son bastante pequeñas, tienen suelos de tarima y el techo con las vigas a la vista o con bovedillas de cañón en el piso superior para protegerlas de un fuego en el tejado. Algunas kulas tienen en sus habitaciones paredes estucadas y elaboradas sovas cerámicas para dar calor. Las habitaciones más pequeñas se empleaban como cocina y una estrecha galería abovedada conducía a la letrina. Las ventanas, cubiertas con una fina membrana de vejiga de pavo tratada con cal y taninos para hacerla transparente, eran estrechas y estaban reforzadas con barras de acero.

din casa boierului

La escasa decoración exterior normalmente consiste en paneles rectangulares con las esquinas biseladas y, entre la planta baja y la primera planta, un cinturón de obra. La veranda, que ocupa toda la amplitud de la fachada, con sus arcos trilobulados, es la característica más llamativa de estos edificios y, al mismo tiempo, el punto más vulnerable, especialmente si pensamos en términos defensivos.

Greceanu

En Rumanía, pueden visitarse todavía casi 20 kulas en los condados de Vâlcea, Gorj, Mehedinţi, Dolj y Argeş, un inestimable patrimonio que muchos luchan por conservar pero que, desgraciadamente, en algunos casos está amenazado por el abandono, los gamberros y los especuladores inmobiliarios.

CulaSiacu1

Nicolae Titulescu (en el despacho de Rajoy)

Nicolae Titulescu (en el despacho de Rajoy)

Me ha sorprendido leer en la prensa que, sobre una mesita baja situada entre los sofás del despacho del presidente del Gobierno de España, se encuentra un libro ilustrado sobre el ministro de exteriores rumano y presidente de la Sociedad de Naciones, Nicolae Titulescu (1882 – 1941). El libro ha llamado la atención porque, entre sus páginas, asoma un punto con los colores de la bandera rumana que ha sobresaltado a algún periodista al confundirla con una bandera republicana.

Nicolae Titulescu nació en Craiova en 1882, poco después de la independencia de los principados rumanos. De familia de abogados, pasó su infancia en Tituleşti (Olt) y, tras terminar sus estudios en el instituto Carol I de Craiova, se trasladó a estudiar Derecho a París, donde se doctoró con la tesis Essai sur une théorie des droits éventuels.

En 1905 regresó a Rumanía como profesor de derecho en la Universidad de Iaşi, iniciando en seguida su actividad política. Elegido diputado del Partido Conservador Demócrata de Take Ionescu en las elecciones de 1912, acabó siendo nombrado ministro de finanzas en el gobierno liberal de Ion I. C. Brătianu.

En la recta final de la Primera Guerra Mundial, estableció en París junto a Take Ionescu, Octavian Goga y otras personalidades el Comité Nacional Rumano, único órgano de representación de los rumanos reconocido por los Aliados, que presionó internacionalmente para favorecer la unión de Transilvania con Rumanía, arrebatándosela así a la derrotada Hungría.

Durante el turbulento período entre 1927 y 1936, Titulescu ocupó el cargo de ministro de Exteriores en dos ocasiones (1927-1928 y 1932-1936), simbolizando la adhesión de Rumanía a las políticas filofrancesas, la defensa de la seguridad colectiva y el desarrollo de la Sociedad de Naciones.

Desde 1921, Titulescu fue delegado permanente de Rumanía en la Sociedad de Naciones de Ginebra, convirtiéndose en su presidente en 1930 y 1931. Desde este cargo, Titulescu defendió el mantenimiento de las discutidas fronteras establecidas por los tratados de paz de 1919 y abogó por las buenas relaciones y el respeto mútuo entre los viejos y los nuevos países europeos surgidos tras el conflicto mundial. En un escenario donde la derecha conservadora y la más radical ascendían de forma imparable, Titulescu fue muy criticado por su acercamiento a la Unión Soviética y por sus abiertas simpatías hacia la izquierda europea, concretamente durante la Guerra Civil española.

Titulescu navegó en el movido mar de las relaciones internacionales entre las dos guerras mundiales. Consciente del peligro que suponía el nazismo alemán, Titulescu trabajó intensamente para establecer alianzas que limitasen el poder germano y evitasen futuros conflictos regionales, especialmente a través del reforzamiento de los lazos entre Francia y la Pequeña Entente formada por Chescoslovaquia, Yugoslavia y Rumanía (1933) y de la creación de la Entente de los Balcanes (1934), establecida por Yugoslavia, Turquía, Grecia y Rumanía.

La irrefrenable ascensión alemana convenció a Titulescu de la necesidad de establecer un contrapeso que sólo podía provenir de la Unión Soviética, a la que se mostró dispuesto a apoyar para que ingresase en la Sociedad de Naciones a cambio del reconocimiento de la soberanía rumana sobre Besarabia, espinoso tema que enfrentaba a ambas naciones. De acuerdo con esta política de alianzas, en 1935 Titulescu trató de forjar una alianza entre Francia, la Pequeña Entente y la URSS, aún cuando los soviéticos se negaban a reconocer la anexión de Besarabia. La invasión italiana de Etiopía provocó una reacción airada de Titulescu, que defendió la imposición de sanciones a Italia, importante socio comercial de Rumanía, en contra de la opinión del rey y de gran parte de la clase política. El fracaso de las sanciones contra Italia y el desprestigio de la Sociedad de Naciones ante su incapacidad en la crisis de Manchuria de 1932, menguaron la reputación del ministro de Exteriores. La puntilla llegó en julio de 1936, cuando Titulescu y el ministro de exteriores soviético Litvinov lograron alcanzar un acuerdo preliminar sobre Besabaria. El rey Carol II, desconfiando de las intenciones de Titulescu, forzó su caída y le invitó a abandonar Rumanía, decisión que anuló el preacuerdo con los rusos y provocó el exilio de Titulescu primero a Suiza y, más tarde, a Francia.

Aunque Titulescu siguió dando conferencias y publicando artículos a favor de la paz y anunciando los peligros de una nueva guerra, ello no evitó que Rumanía, gobernada por un totalitario Carol II, se deslizase hacia una inevitable alianza con la Alemania nazi. Nicolae Titulescu murió en Cannes, tras una larga y dolorosa enfermedad, en marzo de 1941, aunque su cuerpo descansa en la Iglesia San Nicolás de Braşov.

Sociedad e intelectualidad rumana de los años 30: democracia vs nacionalismo (I)

Sociedad e intelectualidad rumana de los años 30: democracia vs nacionalismo (I)

Con esta entrada, tengo la intención de iniciar una serie de artículos breves sobre algunos debates que tuvieron lugar, entre la élite intelectual rumana, en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Muchos de ellos tienen un interesante reflejo en la actualidad, asunto que dejo especialmente para la reflexión y el comentario de mis lectores rumanos. Mi interés por este asunto no es casual pues, desde hace semanas, he constatado a través de la televisión, de algunas publicaciones y de varios comentarios en este blog, un renacimiento de ciertas disputas y, sobre todo, una reedición de la virulencia de viejos argumentos cuyas consecuencias fueron, cuanto menos, tétricas. 

En los años 30, como ocurre últimamente, la democracia y el nacionalismo fueron los ejes del debate político rumano y lo cierto es que, entonces como ahora, no se alcanzó una armonía entre ambos conceptos. Para algunos, Rumanía no era suficientemente democrática, mientras que para otros no era suficientemente rumana. Ambas partes tenían razón, desde un punto de vista de la filosofía democrática o en referencia a la filosofía del estado nacional.

Es difícil caracterizar a la Rumanía interbélica como un Estado democrático o no democrático pues era el resultado de una combinación de democracia y autoritarismo. Rumanía era democrática, sin duda, con voto universal masculino, aunque la aplicación de la democracia era, cuanto menos, curiosa: hasta 1937, todos los gobiernos llamados al poder ganaron las elecciones con resultados aplastantes, lo que indica las fuertes presiones desde arriba y la escasa educación política de los de abajo. Democrática era también desde el punto de vista de la libertad de prensa, aunque sólo hasta que se cruzaba la línea en la que intervenía la censura. Nadie se libraba de una cierta supervisión política, ni las personas, ni las organizaciones ni las publicaciones, de izquierdas o de derechas; frecuentemente ocurrían registros, arrestos y confiscaciones de gacetas relacionados con amenazas al Estado o a la integridad territorial lo que, sin duda, indicaba una cota democrática en declive. La democracia social estaba, si cabe, todavía menos avanzada que la democracia política.

En estas circunstancias, parece razonable pensar en que se produjo un giro a la izquierda, sin embargo, la verdad es que la élite rumana, política e intelectual, se orientaba mayoritariamente hacia la derecha. La sociedad rumana, predominantemente rural, no era todavía demasiado moderna y mostraba una clara dependencia hacia un modelo paternalista. Sólo un 20 % de la población vivía en las ciudades, por lo que el proletariado urbano era escaso. Esto explicaría, quizás, la debilidad de las opciones socialistas y comunistas y, en general, la inexistencia de una izquierda moderna. La democracia estaba atada en corto y tenía una orientación claramente nacionalista, fuertemente arraigada en la conciencia rumana debido al reciente estreno de su Estado nacional unitario. La consolidación del elemento rumano y la limitación de las influencias de las minorías fueron objetivos prioritarios de la clase política frente a la apertura democrática.

Por su parte, las minorías se sintieron más tentadas que los rumanos por los postulados de la izquierda. En el caso de los comunistas el asunto es claro pues fueron ilegalizados, entre otras cosas, por defender la autonomía de las minorías, incluso hasta el punto de obtener la independencia. Es un hecho que, entre las élites intelectuales y políticas, a medida que se avanzaba hacia la izquierda, disminuían los rumanos y aumentaban los miembros de minorías. De este modo, en el año 1930, el Partido Comunista de Rumanía tenía un 26,6 % de húngaros, un 22,7 % de rumanos y un 18,1 % de judíos. Por otro lado, de los miles de informes realizados por la policía de la época sobre elementos radicales – comunistas y de izquierda, en general –, que podían afectar a la seguridad del Estado, la mayoría eran de personas cuyo nombre no era rumano: había judíos, húngaros, ucranianos, rusos, búlgaros… Es difícil que un rumano nacionalista se introdujese en una corriente tan variopinta.

¡Feliz Día Nacional de Rumanía!

¡Feliz Día Nacional de Rumanía!

¡Desde Bucarestinos, os deseamos a todos un feliz Día Nacional de Rumanía!

Los voluntarios rumanos de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española

Los voluntarios rumanos de las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil española

Hace unos días, me refería a la esperpéntica intervención de un reducido número de voluntarios legionarios, a favor de las tropas nacionales durante la Guerra Civil española, por tanto, creo que es obligatorio mencionar también qué ocurrió en el bando republicano.

Según las fuentes, entre 500 y 615 voluntarios lucharon durante la Guerra Civil a favor de la República española, encuadrados en las Brigadas Internacionales. Una parte de ellos llegó a España directamente desde Rumanía pero otros lo hicieron desde Francia, Bélgica, Inglaterra, Estados Unidos o México. El primero en llegar, en agosto de 1936, fue el doctor Andrei Tilea “Ceapaev” que, a principios de 1936 se enfrentó a las tropas nacionales en Irún. Tras la caída de la ciudad, se echó al monte con los partisanos, aunque acabó cayendo en manos de los franquistas y fue ejecutado.

El primer grupo numeroso de rumanos, mayoritariamente procedente de Francia, llegó a España a primeros de octubre de 1936. Tras pasar unos días en Figueras, se trasladaron a Albacete y, después de una breve instrucción, fueron integrados en las Brigadas Internacionales XI y XII. A finales de año y principios de 1937, otros rumanos llegados desde Rumanía se unieron a ellos y juntos participaron en las primeras batallas para la defensa de Madrid, sufriendo las primeras bajas.

La primera unidad militar puramente rumana, asociada a la Brigada XI, fue la división de artillería “Ana Pauker”, comandada por Valter Roman y compuesta, inicialmente, de dos baterías. En febrero de 1937, tuvo su primera acción en el frente del Jarama, donde se produjo una potente ofensiva nacional para tomar Madrid. Un mes después, la división “Ana Pauker” bombardeó a las tropas italianas que luchaban junto a Franco en la carretera nacional Zaragoza-Madrid, a la altura de Guadalajara, consiguiendo incluso arrebatarles algún tanque, cañones y munición.

Inmediatamente después, la división rumana se transformó en un regimiento motorizado de artillería, asociado a la 35 División Internacional. Como tal, luchó en las batallas de Brunete, Quinto y Belchite. En la primavera de 1938, en el frente de Aragón, la 35 División internacional, de la que formaba parte el regimiento rumano, quedó totalmente rodeada, sin embargo, gracias a la ayuda de la población civil, consiguió romper el cerco y retirarse. En verano de 1938, la batería “Tudor Vladimirescu”, comandada por Nicolae Cristea, fue de las primeras en cruzar el río y enfrentarse al enemigo, recibiendo por ello una mención.

Otro grupo de artilleros rumanos, bajo el nombre de “Gheorghe Gheorghiu-Dej”, formó parte de una división de artillería pesada constituida en Almansa junto a voluntarios búlgaros, checoslovacos y polacos. Este grupo luchó en los frentes de Andalucía y Extremadura entre 1937 y 1938, desde allí fue trasladado a Valencia y más tarde, tras la quiebra del frente republicano en Cataluña, fue enviado en barco hasta Barcelona.

El 23 de septiembre de 1938, de acuerdo con la decisión del Gobierno republicano, los artilleros rumanos, junto al resto de internacionales, se retiraron del frente aunque, en enero de 1939, los voluntarios artilleros rumanos entraron de nuevo en combate en Llers, al norte de Figueras, para cubrir la retirada de los civiles españoles que huían de las tropas franquistas.

Entre los voluntarios rumanos para la República española no sólo hubo artilleros. Inicialmente, los voluntarios rumanos quisieron formar una subunidad rumana de infantería, pero fueron finalmente repartidos en distintos batallones de las Brigadas Internacionales, como el Batallón 9 de la Brigada XIV, que luchó en el frente andaluz, o el Batallón “Dombrowski”, que lo hizo en el Jarama.

Mención aparte merece el Batallón “Djakovici”, dirigido por los rumanos Petre Borilă y Mihai Burcă y del que formaban parte, junto a soldados españoles, ciudadanos de distintos países balcánicos. En julio de 1937, participó en la ofensiva republicana de Brunete y en septiembre del mismo año, luchó en el frente del Aragón. Más tarde, en enero de 1938, una compañía de ametralladoras rumana de este batallón participó en la batalla de Teruel. En febrero, al batallón se le unió la compañía rumana “Griviţa” y, transferido a Extremadura, fue integrado en la Brigada Internacional 129. Entre marzo y abril de 1938, las compañías rumanas, en el marco de la Brigada 129, se enfrentaron a los franquistas en Aragón y Levante.

Un último grupo de lucha rumano se integró en una compañía de origen balcánico, formada en febrero de 1938 en Albacete. Estos soldados participaron en las luchas defensivas que tuvieron lugar desde Caspe hasta Mora de Ebro. También combatieron en Tortosa y participaron en la batalla del Ebro, situándose en la Sierra de Pandols y en la Sierra de Caballs.

Cabe mencionar también que entre los voluntarios rumanos hubo un grupo de veinte médicos y enfermeras que desarrolló sus servicios encuadrado en las Brigadas Internacionales, tanto en la retaguardia como en el frente, a lo largo de toda España. También hubo voluntarios con formación química, ingenieros y técnicos que se integraron, según sus especialidades, en distintas unidades militares.

Como epílogo a su intervención en España, muchos voluntarios rumanos participaron en el emocionante desfile militar de despedida de las Brigadas Internacionales, que tuvo lugar por la Diagonal de Barcelona el 28 de octubre de 1938 y durante el cual fueron ovacionados por la población.

La controvertida historia de Nicolae Paulescu, descubridor de la insulina

La controvertida historia de Nicolae Paulescu, descubridor de la insulina

Nicolae Paulescu nació en Bucarest el 30 de octubre de1869 y, ya desde muy pequeño, destacó en la escuela por sus habilidades. Muy pronto aprendió francés, latín y griego clásico, idiomas que hablaba de forma fluida junto con el rumano, su lengua materna. Era un gran pintor e incluso se atrevió a componer algunas piezas musicales, además se sentir una inclinación natural hacia las ciencias naturales, especialmente hacia la física y la química.

Tras graduarse en la Escuela Mihai Viteazul, en 1888 marchó a París para iniciar sus estudios de medicina. En 1897 alcanzó el grado de Doctor en Medicina y en seguida entró a trabajar como ayudante de cirugía en el Hospital de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de la capital francesa. Tres años después, regresó a Rumanía, donde trabajó como Director del Departamento de Fisiología de la Universidad de Medicina de Bucarest.

En 1916, Paulescu consiguió desarrollar un extracto acuoso pancreático que, inyectado en un perro diabético, consiguió normalizar los niveles de azúcar en la sangre, es decir, puso la primera piedra en sus investigaciones para sintetizar la insulina. La Primera Guerra Mundial le alejó del laboratorio y lo llevó al frente, sin embargo, a su regreso a la actividad científica logró aislar lo que él bautizó como pancreína – conocida después como insulina -, una hormona pancreática antidibética. Su investigación fue publicada en 1921, en varios artículos en la sección rumana de la Sociedad de Biología de París y, el 10 de abril de 1922, Paulescu patentó en el Ministerio rumano de Industria y Comercio su método de fabricación de la pancreína .

Hasta aquí la historia es simplemente asombrosa, sin embargo, también tiene su parte oscura. Ocho meses después de la publicación de los resultados de las investigaciones de Paulescu, los canadienses Frederick Grant Banting, Charles Best, James Collip, y J.J.R. Macleod, de la Universidad de Toronto, en un trabajo en el que citaban incorrectamente a Paulescu, hicieron público su descubrimiento de la insulina.

Por las mismas fechas, Paulescu desarrolló una intensa actividad política en una Rumanía presa de las turbulencias de la época. En 1922, junto a Alexandru Cuza, fundó la Unión Nacional Cristiana, partido que tuvo el dudoso honor de ser el primero en Europa en incluir la esvástica como su símbolo oficial, que situaban sobre la bandera tricolor rumana. Paulescu y Cuza escribieron incendiarios artículos contra los judíos rumanos, que hicieron las delicias de los miembros de la fascista Guardia de Hierro y de los sectores más antisemitas del país. Paulescu fue mentor de Corneliu Zelea Codreanu e incluso sirvió de testigo de la defensa durante el juicio contra Codreanu, celebrado en marzo de 1924, y durante el cual realizó un exaltado alegato contra las “fuerzas ocultas”, dirigidas por hebreos, que pretendían gobernar el mundo.

Tan radical candidato al Premio Nobel debió, sin duda, incomodar al tribunal que otorgaba los premios, por lo que no es difícil entender la razón por la que, en 1923, Banting y Macleod recibieron por sus estudios el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

Sea como fuere, al Ministerio de Desarrollo Regional y Turismo rumano no se le han caído los anillos al utilizar la figura de Paulescu para promocionar Rumanía por el mundo, de modo que recientemente ha publicado un anuncio en la prensa internacional – anuncio que encabeza esta entrada – en el que afirma: “Diariamente, un rumano salva 180 millones de vidas en todo el mundo.

 

La gira de Franz Liszt por los Principados rumanos

La gira de Franz Liszt por los Principados rumanos

Este año se cumple el 200 aniversario del nacimiento del pianista y compositor, Franz Liszt (1811 – 1886), y el 165 aniversario de la exitosa gira que realizó por los territorios que unos años después conformarían Rumanía. En todos los conciertos que realizó interpretó un programa similar, con algunas variaciones dependiendo de la sala, incluyendo arreglos para piano de obras de Donizetti, Rossini o Bellini, obras de piano de Beethoven, Chopin, Karl Maria von Weber o Schubert y piezas compuestas por él mismo como la Marcha Rákóczy o la Fantasía húngara.

El primer concierto que ofreció Liszt para el público rumano tuvo lugar en Timişoara, el 2 de noviembre de 1846, por aquel entonces una ciudad más del Imperio de los Habsburgo. Dos días después realizó un nuevo concierto y el éxito que cosechó fue también rotundo. El público lo abordó con numerosos ramos de flores, una corona de laurel y varias poesías escritas ad hoc. Repitió su éxito en Lugoj, sin embargo, la aclamación que le esperaba en Arad fue todavía mayor. Ya a unos kilómetros de la entrada en Arad, cientos de personas esperaban su carruaje para recibirlo entre aplausos. Al entrar en la urbe, recibió el diploma de honor de la ciudad, pasó por debajo de un arco del triunfo levantado para la ocasión y fue honrado con un gran coro que interpretó varios himnos.

En Arad realizó dos conciertos, cosechando un triunfo tal que cada día fue recibido en la sala de conciertos por una orquesta militar y un coro que cantaba himnos en su honor. Incluso a la puerta del lugar donde se alojaba, lo esperaba cada día otra orquesta que interpretaba para él varias piezas de música popular. Lo cierto es que Liszt quedó muy impresionado por la música popular rumana, hasta el punto que durante aquellos días y los que siguieron compuso la Rapsodia rumana, una pieza basada en las doinas (canción popular, propia de los campesinos rumanos, aunque original de Oriente Medio), baladas y cantos de fiesta y duelo que escuchó durante su gira. La rapsodia fue encontrada por el compositor Bela Bartok 85 años después de ser compuesta y fue estrenada en el Ateneo de Bucarest en 1931, con Aurelia Cionca al piano.

Volvió después a Timişoara, donde realizó un concierto benéfico cuya recaudación permitió repartir 400 florines entre los pobres de la ciudad, 200 florines para la Asociación de músicos de la ciudad y dedicar 100 florines más para la construcción de una nueva escuela.

A finales de noviembre, Liszt entró en el Gran Principado de Transilvania, territorio que entonces formaba parte del reino húngaro. Ofreció conciertos en Sibiu y Cluj, donde según la prensa el músico fue acompañado a casa "por una multitud presa del delirio (sic), con velas encendidas y que prorrumpía frecuentemente en aplausos". También allí Liszt realizó un concierto benéfico gracias al cual se repartió dinero entre los pobres del lugar, el Conservatorio de Música de Cluj y una guardería.

Desde allí se trasladó a principios de diciembre a Aiud, donde también lo esperaba una multitud a las afueras de la ciudad, encabezada por una delegación de notables e intelectuales. Tras el concierto, se celebró un gran banquete durante el cual un coro de niños interpretó una canción compuesta especialmente para Liszt. Del dinero que recaudó, Liszt regaló 100 florines a una escuela.

Desde Aiud, Liszt tomó junto con dos amigos húngaros un carruaje tirado por ocho caballos hacia Bucarest, capital del Principado de Valaquia. Su intención era llegar lo antes posible pero el viaje duró 8 largos días. En el camino, en cada uno de los albergues donde se alojó, pudo escuchar la música popular que, sin duda, le inspiró en su composición de la Rapsodia rumana. Ya en Bucarest, Liszt se alojó en el palacio del Príncipe Mihail Ghica y interpretó tres conciertos, en el último de los cuales incluso se atrevió a tocar una pieza compuesta durante el viaje y que causó una profunda admiración entre el público de la ciudad, incluidos personajes ilustres como C.A. Rosetti, con quien conversó apasionadamente sobre sus ideas liberales.

Ya en enero de 1847, Liszt se trasladó a Iaşi, en el Principado de Moldavia, para terminar su gira con el mismo éxito con el que la había empezado. Poco después de abandonar los Principados rumanos, a finales de mes, Liszt escribió: “Ni en sueño me esperaba un éxito así. He sido elogiado como ningún artista podría llegar a soñar”.

Los voluntarios rumanos de Franco

Los voluntarios rumanos de Franco

Cuando estalló la guerra civil en España, en Rumanía gobernaba Gheorghe Tatarescu bajo la atenta mirada del rey Carol II. Desde el asesinato del primer ministro, Ion Duca, el régimen había intensificado el acoso contra los legionarios de Corneliu Zelea Codreanu quienes, desde la semiclandestinidad, seguían haciendo gala de un fanatismo político y una actitud violenta sin precedentes. A pesar de todo, durante esos años Rumanía fue abandonando progresivamente su actitud francófila para acercarse a los regímenes totalitarios de Roma y Berlín. Muchos financieros y empresarios se mostraron cada vez más proclives al fascismo, por lo que algunos dirigentes de la extrema derecha y del Parido Nacional-campesino se mostraron abiertos a colaborar con la proscrita Guardia de Hierro.

En estas circunstancias, impresionados por la resistencia numantina del general Moscardó en el Alcázar de Toledo, un grupo de legionarios solicitó a Codreanu formar una delegación que viajase a España para regalar un sable de honor al militar español. Codreanu aceptó la propuesta e invitó al general Cantacuzino-Grănicerul a conducir el equipo quien, emocionado, ofreció como regalo su propio sable, providencialmente hecho con acero toledano. Se formó así una delegación de 8 personas, incluyendo al general, un cura y el príncipe Alexandru Cantacuzino. En la despedida que el Capitán – apodo que los legionarios usaban para referirse a Codreanu –ofreció a los viajeros en Gara de Nord el 24 de noviembre de 1936, les invitó a unirse a la lucha “por la fe y por la Cruz” y les regaló un fardito con tierra rumana y un pequeño icono del Arcángel Miguel.

Ya en Lisboa, el embajador español recibió con todos los honores a la comisión rumana y, antes de partir hacia Salamanca, los invitó a una comida donde se escucharon discursos patrióticos y de hermandad, cargados de emoción y testosterona. En la capital salmantina, los legionarios fueron recibidos por un nutrido grupo de representantes del gobierno de Franco encabezados por el Secretario de Relaciones Exteriores, Francisco Serrat y Bonastre. Como todo no iba a ser lucha y sacrificio, el pequeño grupo de rumanos dedicó también un tiempo para el turismo en Salamanca, donde visitaron la catedral y la universidad antes de partir en coche hacia Soria, ciudad en la que se encontraba el general Moscardó.

El recibimiento soriano fue espectacular. Paisanos curiosos salieron a las calles a recibir a los recién llegados, rodeados de banderas rumanas y españolas que decoraban el camino hacia el Palacio del gobernador provincial. Allí, una guardia de honor los recibió mientras el general Moscardó y su estado mayor los esperaba al pie de las escaleras Sonó estruendosa una banda de música militar, políticos, militares, periodistas, miembros de asociaciones culturales e incluso un grupo de la Asociación de Mujeres Españolas se regocijaron con la llegada de sus invitados. Con la emoción del momento, sable en mano, el general Cantacuzino-Grănicerul se regaló con un discurso a Moscardó en el que, entre otras lindezas, dijo:

"(…) He traído este sable que no es un juguete. Es un sable de verdad que me acompañó en la Gran Guerra y con el que, gracias a su acero de Toledo, podéis atravesar a miles de comunistas. Lo he traído para que os traiga suerte en la lucha para derrotar al comunismo y para que os ayude a levantar, todavía más alto, la cruz de Cristo y a eliminar a los destructores de su Iglesia. Os presento a 7 jóvenes, todos ellos oficiales del Ejército rumano. Todos héroes. Han venido a luchar y a morir por la España nacional (…)”

La perorata terminó con un viva España. Moscardó agradeció el gesto, se abrazó al general rumano, lo tomó del brazo y, tras un vinito de la tierra para calentar el espíritu - más si cabe -, salieron al balcón, donde la multitud los ovacionó. En la comida posterior se llegó a la fase de exaltación de la amistad, se brindó de lo lindó y se gritaron vivas a España, a Rumanía, a Moscardó, a Codreanu e incluso, ignorante de la situación política rumana, el general español aulló un viva al rey Carol II, cosa que hizo torcer el gesto a más de uno en la delegación balcánica. Después, hubo también tiempo para el turismo y todos juntos visitaron la catedral, el Museo de Antigüedades de Soria - donde Moscardó firmó un autógrafo para Codreanu en el folleto informativo de la institución – y se tomaron otro vino en la sede de los jóvenes falangistas de la ciudad. Por la noche, los 8 rumanos se fueron a la cama henchidos de orgullo y emoción.

Al día siguiente marcharon todos a visitar las ruinas del Alcázar de Toledo, sin duda el momento más emblemático del viaje y, desde allí, partieron a Talavera de la Reina, donde se integraron en la 21 Compañía del Tercio del coronel Yagüe. Tras diez días de instrucción - que no sé para qué necesitaban si todos eran oficiales y héroes -, partieron hacia el frente de Madrid.

El 19 de diciembre de 1936, los 8 rumanos recibieron el bautismo de fuego en Boadilla del Monte y, unos días después, participaron en el ataque a Las Rozas. ¡Pero, ¡ay!, la guerra es muy mala y no entiende de visitas de cortesía!, así que el 13 de enero de 1937, en Majadahonda, un obús acabó con el turismo de guerra, los brindis, los gritos patrióticos y la testosterona de los legionarios Ion Moţa y Vasile Marin. Los cuerpos fueron trasladados, con todos los honores, a la Capilla del Hospital Militar de Toledo a la espera de su repatriación pero, ante las trágicas noticias, Codreanu escribió al general Cantacuzino para que volviesen todos juntos, vivos y muertos, de modo que con un automovil y una camioneta viajaron hasta la frontera francesa donde, a finales de enero de 1937, abandonaron España tras una guerra que apenas había durado un mes y medio.

Lo curioso de esta lamentable historia es que todavía hoy se levanta en Majadahonda un enorme monumento, coronado por una cruz, en recuerdo de Ion Moţa y Vasile Marin, los legionarios rumanos que cayeron, según reza, por Dios, España y Rumanía el 13 de enero de 1937. Anualmente, grupos de nostálgicos rumanos y españoles – con el incombustible Blas Piñar a la cabeza – se reúnen allí para homenajearlos y soltar sus habituales matracas. 

Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial (II)

Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial (II)

Como habíamos visto en la primera entrada dedicada a la historia de Rumanía durante la Segunda Guerra Mundial, la consolidación del régimen de Antonescu supuso el total alineamiento de Rumanía con las fuerzas del Eje. En la imagen, parada militar en honor a Antonescu, realizada en la Piața Universității de Bucarest en 1941.

Cuando en junio de 1941, la Wehrmacht atacó a la URSS en el marco de la famosa Operación Barbarroja, el Ejército rumano tomó parte activa en la ofensiva junto a los alemanes. 473.000 soldados rumanos participaron en el ataque, encuadrados en el 3º y 4º Ejércitos rumanos. En un asalto fugaz, las tropas rumanas atravesaron el río Prut, recuperaron la Besarabia cedida a los rusos, conquistaron Odesa y alcanzaron incluso Sebastopol.

Entre 1941 y 1942, las 26 divisiones de los ejércitos rumanos se fueron adentrando cada vez más profundamente en el territorio de la URSS hasta que el Ejército rumano, que ocupaba los flancos de Stalingrado y protegía al VI Ejército alemán, fue objeto directo de la ofensiva del Ejército Rojo. El envite soviético logró desbaratar la resistencia de los ejércitos rumanos y, a finales de noviembre de 1942, consiguió rodear al VI Ejército alemán que sitiaba la ciudad. Los rusos conocían el deficiente armamento de los ejércitos rumanos y contaban, además, con una superioridad de tres a uno en material, tanques y armamento. El centro del III Ejército, al mando del general Lascar, logró resistir varios días la acometida soviética, perdiendo más de un 90% de sus efectivos antes de ser derrotado.

Antonescu trató de refutar las quejas germanas sobre el desempeño de las tropas rumanas en la batalla apelando al inadecuado armamento de su Ejército, a la longitud excesiva del frente a su cargo y a la falta de las necesarias reservas que hubiesen podido permitir un repliegue o un contraataque, pero la realidad era que sus tropas adolecían de falta de instrucción, particularmente entre los suboficiales, y sufrían los efectos de un deficiente cuerpo de oficiales. Finalmente, en febrero de 1943, debido a la rendición en Stalingrado del VI Ejército alemán de Friedrich Paulus y a las graves pérdidas sufridas en los distintos ataques del Ejército Rojo, el Ejército rumano quedó diezmado y las tropas restantes iniciaron la retirada.

Mientras, en el interior de Rumanía, la resistencia rumana – formada básicamente por miembros del débil Partido Comunista-  apenas pudo realizar algunas acciones aisladas y sabotajes contra el régimen fascista de Antonescu. Cuando, en la primavera de 1944, las vanguardias del Ejército Rojo alcanzaron las fronteras rumanas, el rey Miguel, temeroso de que el país cayese en la órbita soviética, propuso algunas iniciativas de paz por separado a los anglo-americanos, sin embargo, acabaron cayendo en saco roto por los acuerdos alcanzados en las conferencias interaliadas de Teherán y Moscú. Por su parte, la oposición se organizó en el Frente Democrático Nacional, formado por los liberales de Gheorghe Brătianu, los nacional-campesinos de Iuliu Maniu, los socialistas de Titel Petrescu y los comunistas de Lucretiu Patrascanu.