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¡Esto se hunde!

¡Esto se hunde!

Cada verano ocurre un curioso fenómeno en la calles de Bucarest. A medida que sube la temperatura, en muchas vías de la ciudad empieza a combarse el asfalto, formando baches más o menos profundos.

A pesar de todo, los coches siguen circulando por encima por lo que en unos días el asfalto empieza a agrietarse y, al cabo de poco tiempo, aparece un socavón. El hoyo suele ser de tamaño variable, desde un palmo de diámetro hasta más de un metro. Lo más desconcertante del asunto es la profundidad que alcanzan estos boquetes y lo desconocido de sus causas (¿el agua subterránea erosiona la base arenosa del terreno y éste acaba cediendo?, esta es mi hipótesis).

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El servicio de mantenimiento de las vías públicas de la ciudad deja mucho que desear, por lo que estos baches pueden estar días obstaculizando la calzada sin ser reparados. Los vecinos suelen tener la amabilidad de señalarlos empleando métodos de lo más variopintos: colocar una silla encima, meter unas ramas dentro o, como ha ocurrido en nuestra calle, plantarle un poste de casi dos metros de altura.

 Hace 4 días, un par de policías estuvieron mirando el socavón, sin embargo, nadie ha venido a repararlo.

Street delivery

Street delivery

Algo se mueve en Bucarest.

 

Desde hace no mucho tiempo, cada año se celebra en la calle Artur Verona un pequeño festival de tres días llamado Street delivery. La calle se llena de tenderetes donde puedes comprarte chapitas con mensaje, ropa moderna, camisetas reivindicativas pidiendo mejoras para la ciudad, cachivaches varios o libros, aunque también hay otros donde te informan sobre la adopción de alguno de los miles de perros que vagabundean por la ciudad, sobre la última campaña para extender las zonas verdes de Bucarest o sobre las posibilidades del reciclaje casero. Entre unos y otros, para resistir el solano, se levantan puestos donde venden, sobre todo, la típica y refrescante limonada, aunque también otras bebidas como té frío de los más variados sabores.  

 

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Varios DJ’s amenizan el paseo de los transeúntes mientras algunos espontaneos hacen malabares, reparten trípticos sobre las más variadas temáticas o promocionan exposiciones de arte callejero. También hay proyecciones de cine independiente, se reivindica la castigada arquitectura rumana y se organizan talleres para niños. Por la noche, se celebran conciertos multitudinarios en los que el público disfruta de la música sobre la hierba del Parque Icoanei. Normalmente, uno de los platos fuertes de la fiesta es el diseño de un gran mural en la pared exterior del edificio que hace esquina entre Artur Verona y Pitar Mos a cargo de los graffiteros más importantes de la ciudad.

 

 

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La edición de 2010, celebrada entre el 11 y el 13 junio, se ha organizado bajo el título “La mineriada de terciopelo” en recuerdo del asalto a Bucarest que protagonizaron los mineros del valle de Jiu hace 20 años (13-15 de junio de 1990).

 

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El principal objetivo de la fiesta es devolver temporalmente la ciudad a los peatones y, sobre todo, según dicen sus organizadores, proporcionarles alegría, sin embargo, existe también un motivo reivindicativo de mayor calado: persuadir a las autoridades municipales para transformen la calle Arturo Verona en una zona peatonal que, con el tiempo, una el Parque Icoanei con el Parque Cismigiu. Para conseguirlo, la organización defiende la ampliación de las aceras, la construcción de un paso subterráneo peatonal para el cruce de Boulevard Magheru y la renovación de 25 monumentos históricos.

  

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Sea como fuere, la Street delivery de este año ha estado cargada de ambiente, buen rollo general y, sobre todo, se ha organizado muy bien, demostrando que cuando quiere, Bucarest puede situarse a la altura de Londres o Berlín en lo que a festivales alternativos se refiere.

 

Dactilografía

Dactilografía

Existen en Bucarest unos lugares anunciados con modestos carteles en los que se lee: “Dactilografia”. Suelen ser salas a pie de calle, con escasa decoración y menos intimidad,  algunas mesas, un par de sillas por mesa y encima de cada una de las mesas, una máquina de escribir. Nunca hay demasiados papeles sobre las mesas, sólo algunos folios imprescindibles para el escribidor, un señor normalmente mayor que teclea encorvado a gran velocidad, concentrado en plasmar lo que le dice el cliente que se sienta junto a él o en rellenar el formulario que tiene enfrente.

 

El cliente también suele ser un anciano, alguien que no tiene máquina de escribir en casa, al que los ordenadores le pillaron ya mayor pero que mantiene intacta la buena costumbre de respetar una correctísima presentación en todo aquello que deba presentar a las autoridades, en las cartas que envía a sus familiares, en peticiones, actas, etc.

 

Es curioso echar una ojeada a estos lugares pues los que están dentro suelen levantar la vista y mirarte con curiosidad, mucha más que la que tú muestras cuando los miras, completamente seguros de que quien está fuera de lugar eres precisamente tú.

Bucarest: verano de 1964

Bucarest: verano de 1964

La revista alemana Der Spiegel dedicó su portada de agosto de 1964 a la ciudad de Bucarest bajo el título “El Bloque del Este se ablanda”.

 

Dos de los símbolos comunistas del momento, el monumento a Lenin y la Casa Scanteii son el escenario en el que unos jóvenes con aspecto rockero montan unas motocicletas y miran a la cámara con actitud desafiante, en plan “Estoy aquí para comerme el mundo”, visten moderno, se peinan a la moda, fuman, son felices. Nada que ver con la típica imagen del bloque soviético ni con la Rumania de Ceausescu de los 80. La imagen pertenece, precisamente, a los años que aquí se conocen como la Epoca de Aur (Epoca de Oro).

 

La destrucción del patrimonio en Bucarest

La destrucción del patrimonio en Bucarest

Hasta finales de este mes, el Museo del Campesino Rumano acoge una exposición sobre uno de los más dramáticos aspectos del Bucarest de hoy: la despiadada y sistemática destrucción de su patrimonio arquitectónico. Un solo dato pone de manifiesto esta terrible situación: Bucarest es la única capital europea que, tras la revolución de 1989, ha perdido más edificios que durante todos los bombardeos - alemanes y aliados - de la Segunda Guerra Mundial.

 

Los motivos de esta destrucción son tan variados como lamentables. Por un lado, la feroz actividad de las empresas inmobiliarias, por otro, la indiferencia y la corrupción galopante de las autoridades locales y, por último, el desinterés de los bucarestinos por la arquitectura de su ciudad, por su historia y por su memoria cultural.

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La exposición dedica una sala entera a la degradación de la Moara lui Assan, hoy una ruina situada en la zona de Obor-Lizeanu, concretamente en la calle Halmeu nr. 25.  Este edificio, que albergó el primer molino impulsado con vapor en Rumania, fue levantado en 1853. Desde el principio se convirtió en un lugar de referencia para el desarrollo industrial rumano, tanto por la calidad arquitectónica del inmueble como por la maquinaria puntera que allí se empleó, diseñada antes de 1.900 y transportada desde Viena en barco a través del Danubio. Tras la revolución de 1989, este centro industrial entró en decadencia y acabó cerrándose. La destrucción de la fábrica comenzó en 1995. Desaprensivos saltaron el muro, arrancaron los elementos de hierro, zinc y plomo y los vendieron como chatarra, incluyendo bellas rejas de hierro forjado, elementos decorativos y toda la maquinaria austríaca. En un intento de proteger el lugar, fue clasificado en 2005 como monumento histórico de valor nacional y parte del patrimonio industrial, sin embargo, la rapiña continuó, desapareció parte del material constructivo y todo el lugar acabó asolado por un incendio. El antiguo molino languidece hoy rodeado de basuras, perros, ruina y vagabundos.

 

La muestra también enseña los momentos en que magníficos edificios de estilo neoclásico o barroco,  joyas vanguardistas y algunos palacios de estilo brancovan sucumben ante las escavadoras. Tras ellas también han quedado arrasados jardines enteros y arrancados de raíz árboles que llevaban decenios dando sombra a los bucarestinos. Hoy, en algunos lugares, sólo quedan en pie las fachadas de lo que fueron fastuosos edificios, mientras crecen nuevos jardines salvajes a sus espaldas, llenos de ratas y deshechos. Otras edificaciones, todavía ocupadas, asisten impotentes a su degradación, con sus muros deteriorados, sus portales atiborrados de cables y sus paramentos precipitándose en medio de la calle tras no aguantar más los embates de la polución y los terremotos pasados.

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A pesar de esta patética situación, todavía que margen para la esperanza pues el Colegio de Arquitectos Rumanos, el Instituto Cultural Rumano, algunas ONG y decenas de profesionales están empezando a manifestar su repulsa por este expolio e incluso se han organizado manifestaciones que han hecho subir los colores a algunos políticos municipales.

 

Bordello's

Bordello's

El pasado fin de semana Bucarest fue invadida por hordas de extranjeros que iban a participar en el geriátrico concierto de AC/DC, así que Lipscani se llenó como las Ramblas en agosto, las terrazas estaban llenas, las calles abarrotadas y la gente paseaba feliz.

 

Hacía tiempo que esperábamos cenar en Bordello’s, un pub situado en el número 9 de la calle Selari, aunque por la densidad de viandantes teníamos limitadas las espectativas de hacerlo la noche del sábado. Bordello’s ocupa dos pisos de un edificio construido en 1714 que fue lugar de descanso y recreo de los nobles y gobernantes de entonces, pues la Corte Principesca estaba cercana. En 1795 el gobierno se trasladó cerca de donde hoy se alza la Casa Poporului, así que el barrio entró en una lenta decadencia hasta convertirse en el distrito rojo de la ciudad. Años más tarde se construyó allí el Hotel Fieschi, uno de los mejores de la ciudad y hacia 1874 se abrió allí un restaurante. Bordello’s recuerda su momento como reputada casa de citas de Bucarest.

 

A pesar de las pocas esperanzas que teníamos de encontrar mesa, quedamos allí con nuestros amigos Alfredo y Forentina para celebrar oficialmente la llegada de Pilar, al acercamos a la terraza confirmamos nuestros temores. Bueno, los esperaremos tomando una cervecita. Y en esto que quedó libre una mesa en la misma terraza, el escaparate perfecto desde donde disfrutar de la animación de un Bucarest en plenas celebraciones por haber entrado en el circuito de una vieja banda de rock.

 

Bordello’s no nos defraudó. La carta es extensa y está muy bien surtida de los platillos más variados a los que el menú llama Tapas: hummus, palitos de mozzarella, tabbouleh, jalapeños con queso, patatas muy bien fritas, calamares, gambas fritas, paella valenciana (no nos atrevimos), chorizo al vino, chili con carne, albóndigas con salsa de almendras, pollo tandori, alitas de pollo, costillar con salsa barbacoa, filetitos de ternera con rúcula, weiswurst y mucho más en una fusión de cocinas hispánicas, árabes, americanas e italianas, como mínimo. La carta de cervezas y vinos, igual de extensa y bien surtida. En fin, un lugar muy recomendable para el veranito que se avecina.

 

Cenamos como auténticos tragaldabas, así que después no nos quedó más remedio que ir a bailarla al Club Mojo para quemar calorías. Primero en la discoteca del sótano, donde movimos el esqueleto y remojamos el gaznate, después al karaoke, donde Pilar hizo una memorable actuación que sin duda será más recordada que el concierto de los vetustos AC/DC. Nunca Bucarest asistió a tanta entrega y pasión.

 

Bucarest: desde principios del siglo XVIII hasta la batalla de la colina de Spirea (1848)

Bucarest: desde principios del siglo XVIII hasta la batalla de la colina de Spirea (1848)

Siguiendo con la serie de post dedicados a Bucarest, retomo el hilo de su historia a principios del siglo XVIII, un momento decisivo para la ciudad en particular y para Rumania en general.

 

El asesinato en Estambul del voivoda Constantin Brancoveanu y de toda su familia marcó el inicio de la Época Fanariota en Rumania. Durante demasiados años los estados vasallos de Moldavia y Valaquia se habían levantado ante el Imperio Otomano, normalmente aliados con el Imperio Ruso y ocasionalmente con el Imperio de los Habsburgo, así que los turcos decidieron poner al frente del gobierno de ambos reinos a gobernantes de origen griego cuyas familias tenían gran influencia ante la Sublime Puerta, apartando así del poder a los nobles locales.

 

La época fanariota se caracterizó inicialmente por políticas fiscales excesivas, debidas a las necesidades otomanas y a las ambiciones de algunos de los gobernantes, sin embargo, sus efectos negativos se vieron en ocasiones compensados por logros y proyectos como la abolición de la servidumbre promulgada por Constantine Mavrocordatos (1749) o la moderna ley de control de los funcionarios públicos de Alejandro Ypsilantis que consiguió minimizar la corrupción.

 

Bucarest sufrió en aquellos años el hecho de ser una ciudad en el frente de batalla entre austriacos, rusos y turcos. Fue ocupada por tropas habsbúrgicas en los años 1716, 1737 y 1789 y otras tantas veces por ejércitos rusos antes de 1806. Los pillajes e incendios a los que se vio sometida durante la guerra convirtieron la vieja Corte Principesca de Vlad Tepes en un lugar prácticamente abandonado y en ruinas, aunque ello no impidió que en la ciudad también se levantasen bellos edificios como la iglesia Stavropoleos o la iglesia Kretulescu.

 

El 28 de mayo de 1811 se firmó en la posada de Hanul lui Manuc (hoy en proceso de rehabilitación) el tratado de paz entre Rusia y Turquía que abrió un breve período de tranquilidad para los bucarestinos. Tras la nueva guerra ruso-turca de 1829, la ciudad quedó bajo administración rusa y su gobernador, Pavel Kiseleff (aquél que da nombre al parque al que solemos ir con los niños, uno de los más bonitos y mejor dotados de columpios de Bucarest), realizó un gran esfuerzo para impulsar su reconstrucción y mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Así, en 1831 se promulgó el Estatuto Orgánico a partir del cual se trazaron y pavimentaron nuevas calles, se levantaron bellos edificios, se perfeccionó el sistema de canalización de agua y se mejoró la higiene pública (medida que evitó la reaparición de enfermedades como la Plaga de Caragea, que había causado unos 25.000 muertos en 1813).

 

Desgraciadamente, el 23 de marzo de 1847 se declaró un incendio en Bucarest que destruyó 2000 edificios y dejó una tercera parte de la ciudad en ruinas. Sólo un año después, la ciudad volvió a sufrir una sacudida cuando estalló la Revolución de 1848. La batalla de la colina de Spirea (lugar donde hoy se levanta la Casa Poporului) acabó momentáneamente con las aspiraciones nacionalistas de los rumanos, sin embargo, la revuelta puso las bases a un movimiento que culminó con la elección del príncipe Alexandru Ion Cuza como rey de moldavos y válacos en 1859. A pesar estas turbulencias políticas, en 1850 se diseñó el Parque Cismigiu, el preferido hoy por los habitantes de la ciudad, y se construyó el Teatro Nacional (ver post del 25/04/2009 titulado El antiguo Teatro Nacional de Bucarest).

Ilustrando este post, una imagen de Bucarest en 1837.

Día de las Fuerzas de Seguridad

Día de las Fuerzas de Seguridad

Regresando hoy del teatro, frente a la antigua sede del PCR, nos hemos encontrado con una muestra los equipos de las Fuerzas de Seguridad rumanas: helicópteros, tanquetas, camiones, coches, lanchas y todo tipo de armas. ¿Puede haber algo más atractivo para niños? Claudio ha empezado a gritar: ¡Un helicóptero, un helicóptero!, así que nos hemos parado para dar una vuelta.

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Los niños se han subido al camión de los bomberos y se han puesto sus cascos, han entrado en la furgoneta de los SWAT, se han puesto a los mandos de un helicóptero (por cierto que un abuelo le ha preguntado al piloto: “¿Es este el helicóptero del tovarich Basescu?), han trepado a las motos de la policía y se han subido a una lancha de salvamento marítimo.

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¡Menuda experiencia!

 

Todos los policías que había en la muestra eran de lo más guapo, robusto y amable por lo que María sospecha que eran actores contratados para la ocasión.

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El Museo del Campesino Rumano

El Museo del Campesino Rumano

El mal tiempo del pasado fin de semana nos empujó a realizar una de esas visitas tantas veces planeada y nunca antes realizada: el Museo del Campesino Rumano (http://www.muzeultaranuluiroman.ro/).

 

El impresionante edificio que contiene el Museo fue diseñado por el arquitecto N. Ghika Budesti en estilo neorumano y construido en el añorado período interbélico (entre 1912 y 1941). Con recias paredes de ladrillo, esta construcción tiene grandes ventanales, recias columnas, decoración en piedra inspirada en motivos de la arquitectura tradicional rumana y galerías abiertas de estilo brancovan, de acuerdo con el diseño del Palacio de Mogosoaia.

 

Respecto a la exposición, lejos de apabullar al visitante con atiborradas salas llenas de objetos, el museo mantiene un interesante equilibrio entre modernidad y tradición campesina perfectamente resuelto. Además de mostrar trajes populares, telas, bordados, cerámica, muebles, alfombras y los más variopintos objetos (principalmente de madera), contiene salas con la reproducción de una escuela de pueblo, con una casa de madera completa, típica del campo rumano, con molinos de viento y de agua e incluso con parte de la iglesia transilvana de Bejian, del siglo XVII, junto a su mobiliario y objetos litúrgicos.

 

La verdad es que nos costó tomar la decisión de visitar este museo por miedo a que los churumbitos se aburriesen en seguida pero lo que ocurrió fue todo lo contrario (también ayudaron las rampas que unen las salas, un pasatiempo perfecto para ellos), aunque lo que sin duda más les impresionó fueron la casa de madera y los molinos, posiblemente por su imponente tamaño.

 

El Museo del Campesino Rumano es, sin duda, un lugar recomendable donde ir a pasar un buen rato, donde comprar artesanía popular en las continuas ferias que allí se organizan, donde tomar un refrigerio en la terraza de la parte de atrás para descansar los pies tras el paseo e incluso donde ver alguna película en el cine al aire libre que se monta en primavera.

 

Para más información sobre el Museo y sus salas sobre el comunismo rumano, ver post del 22/06/2009 titulado Otro triplete.

Bucarest: de la Edad Media a la Edad Moderna

Bucarest: de la Edad Media a la Edad Moderna

La primera mención de la ciudad de Bucarest aparece en el siglo XIV en relación con los monasterios de Snagov, Glavacioc, Bolintin y Comana. En el año 1.400, el rey del incipiente reino de Valaquia, Mircea el Viejo (en la imagen), construyó una fortaleza en el lugar en el que se levanta Bucarest llamada a convertirse años después en la corte del más famoso de los reyes rumanos, Vlad Tepes El Empalador. De este modo, a partir de 1.465 la ciudad se conoce como sede real y en 1.492 aparece por primera vez señalada en un libro alemán de mapas.

 

El siglo XV estuvo marcado por la política antiotomana del vecino rey de Moldavia, Esteban el Grande. Vlad Tepes había sido expulsado del trono por el rey húngaro y Esteban lo apoyó para recuperarlo, sin embargo, Vlad fue derrotado por los turcos, quienes separaron su cara y su cabellera del cráneo y lo enviaron como trofeo al sultán en Estambul.

 

Mientras los soberanos de Valaquia aceptaron el vasallaje ante los otomanos se mantuvo la paz pero con la subida al trono de Radu de Afumati la guerra volvió a estallar. A pesar de todo, durante este período Bucarest creció con fuerza. Mircea el Pastor construyó un nuevo castillo y la iglesia de la corte que todavía hoy se conserva en Lipscani. Se estableció allí un importante mercado, aumentó el comerció y empezó a llegar gente de muchos lugares. En 1573, se construyó en Plumbuita la primera imprenta de la ciudad. En 1589, el unificador de Rumania Mihai el Valiente levantó la iglesia llamada de Mihai Voda, cuyo templo todavía hoy puede visitarse, aunque el complejo monástico que lo rodeaba fue despiadadamente destruido por el régimen comunista en 1.985.

 

En la primera mitad del siglo XVII Bucarest siguió creciendo y ganando importancia a pesar de las luchas por el poder que periódicamente protagonizaron los voivodas y en 1659 fue declarada capital de Valaquia. A partir de entonces, bajo el gobierno de voivodas como Serban Cantacuzino (1.678 – 1.688) o Constantin Brancoveanu (1688 – 1714), Bucarest asistió al crecimiento de los poderosos gremios artesanales, a la construcción de grandes posadas para acoger a los continuos visitantes y a la apertura de la primera imprenta real. También se levantaron otros edificios emblemáticos como la futura Iglesia Metropolitana, los monasterios de Cotroceni, Antim y San Sava (junto a su Academia). La corte se extendió también y se levantaron varias fortalezas y palacios alrededor de la ciudad, como el bello Palacio de Mogosoaia al que ya dediqué un post hace un año (ver De paseo por Mogosoaia del 15/03/2009)

Bucarest: de la Prehistoria a las grandes invasiones

Bucarest: de la Prehistoria a las grandes invasiones

Bajo los bloques de hormigón y el bullicio de Bucarest se esconden siglos de historia que hoy son difíciles de identificar en medio del caos. A pesar de todo, el varios posts intentaré esbozar la centenaria historia de esta ciudad para ayudar al visitante a apreciar un lugar demasiado maltratado y poco comprendido.

 

Las riberas del Dambovita y del Colentina y las colinas que los circundan comenzaron a poblarse en el Paleolítico Medio (85.000 – 35.000 a.C.) y los restos de los poblados que se construyeron entonces se han localizado hoy en lugares como Herastrau o en el menos bucólico barrio de Pantelimon. Ya en el Neolítico (7.000 – 3.500 a.C.) se desarrollaron en esta zona las culturas Cris, Dudesti y Gumelnita, de la que se ha conservado la Diosa de Vidra (en la foto adjunta), diosa de la fertilidad que representa también el ciclo vegetal tan importante para esta cultura de agricultores y ganaderos.

 

Con la formación de los grandes pueblos de la Antigüedad, el lugar donde hoy se encuentra Bucarest asistió a la formación del reino Geto-Dacio, una rama del gran pueblo tracio a la que Herodoto se refirió en su descripción de la campaña de Dario I contra los escitas. El gran rey dacio Burebista fue el artífice de la creación de una potencia regional que empezó a amenazar a la pujante República romana por lo que, con el paso de los años, el choque se hizo inevitable y a principios del siglo II d.C. los romanos destruyeron por completo el reino dacio de Decébalo y lo ocuparon.

 

La ocupación de la zona de Bucarest duró poco (117 d.C.), volviendo de nuevo a manos de los dacios libres, es decir, aquellos que quedaron fuera de la provincia romana de Dacia, hasta la llegada de los godos. Tras la rotura del limes romano, la población de antiguo Bucarest vio pasar por allí  a hunos, gépidos y ávaros, invasores que dejaron poco y destruyeron mucho, y no fue hasta la creación del Primer Imperio Búlgaro – bajo cuya jurisdicción estuvo - que encontró algo de tranquilidad. Curiosamente, la cultura eslava asociada al poder búlgaro acabó siendo disuelta por la de los pobladores rumanos, dejando algunos topónimos (Ialomita, Snagov, etc.), bastantes palabras en el idioma común y ciertas costumbres.

 

Pechenegos y cumanos acabaron salvajemente con este período de tranquilidad así que los pobladores de la región se vieron obligados a formar núcleos protegidos en zonas abiertas o junto a establecimientos monásticos levantados en las profundidades de la gran zona boscosa del sur de Rumania – que incluía el territorio de Bucarest - conocida como Codrii Vlasiei.

 

Fue posiblemente en este momento cuando la futura capital de Rumania empezó a formarse como ciudad.

Terror perruno

Terror perruno

Sales de casa de buena mañana con los ojos todavía demasiado pegados, te acercas al lugar donde dejaste ayer aparcado el coche y te encuentras este panorama.

 

¿Qué hacer? Mejor ir en metro a trabajar.

Ovidio y el fauno

Ovidio y el fauno

Regresando hoy a casa del trabajo he recordado otro de los motivos por los que me gusta Bucarest: si uno está lo suficientemente atento, mil y una sorpresas emergen en los lugares más insospechados.

 

Sobre la cornisa de uno de tantos castigados edificios vanguardistas de Bucarest, colocada como por descuido, se levanta la escultura de un hombre junto a un fauno. Por supuesto, no lo he reconocido a la primera, he tenido que bucear un poco en la memoria y en los libros para recordar Las Metamorfosis de Ovidio, el poeta romano condenado por el emperador Augusto al exilio en Tomis (la actual Constanza, en la costa del Mar Negro), símbolo nacional en Rumania y de su destino trágico.

 

Ovidio está representado con el semblante serio, casi triste, penando su exilio lejos de Roma. El fauno, con las pezuñas colgando y una flauta de Pan en la mano - el típico nai rumano -, parece reírse de su suerte, como recordándole algún oráculo en el que le advirtió sobre su futuro.

 

Querido peatón, si pasas por el boulevard Eroii Sanitari, en la esquina con la calle Dr. Clunet, levanta la vista del suelo – no te preocupes, no hay socavones por ahí – y encontrarás esta curiosa escultura que bien merece un poco de tu tiempo.

Ion Bârlădeanu

Ion Bârlădeanu

Hace un par de días el Instituto Cultural Rumano organizó una charla-exposición sobre el último fenómeno artístico del país: Ion Bârlădeanu. La reunión fue de lo más sesuda, con un crítico de arte enfrentado a una sala circunspecta que atendía casi reverencialmente a las explicaciones, críticas y disecciones de la obra de este “artista del hambre”. No había sonrisas, ni chascarrillos, ni un solo guiño a la galería, todo fue según el guión del mundillo intelectual bucarestino: aburrido hasta la nausea pero con un gesto de profundo interés.

 

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Ion Bârlădeanu saltó a la fama entre el gran público hace unas semanas gracias a la exposición que inauguró en una afamada galería de París y a que una de sus principales fans es Angelina Jolie, con quien incluso compartió una cena privada. A pesar de todo el espectáculo que se ha montado a su alrededor, lo cierto es que hasta el año 2007 nadie había oído hablar de Bârlădeanu pues vivía como podía en la habitación donde se acumulan las basuras de uno de los típicos bloques comunistas de Bucarest. Precisamente de ahí es de donde este peculiar creador sacaba todo el material para crear sus obras, principalmente collages - a los que él llama películas - hechos con recortes de periódico y revistas pegados sobre cartón en los que ofrece una visión crítica, confusa y algo agresiva de Rumania, la de entonces y la de ahora.

 

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¿Es Bârlădeanu un bohemio en estado puro o quizás un producto del más puro marketing? Posiblemente tiene algo de ambas cosas. Se dice que es la encarnación del mito del éxito de las sociedades capitalistas y democráticas, también que sólo es un producto más de la deriva cultural contemporánea o el resultado de una promoción agresiva y sensacionalista. Por mi parte, sólo creo que es un tipo con suerte al un día un amigo le ayudó a acercarse a una galería de arte de Bucarest en la que encontró alguien que se prestó a exponer su obra. Por lo demás, le ha sonado la flauta y me alegro por él (especialmente por su cena con la Jolie). Sea como fuere, su obra impresiona y difícilmente deja indiferente, así que vale la pena dedicarle un rato.

Sobre toneles

Sobre toneles

Hace unos meses comentaba inocente la imposibilidad de que entrasen piratas provistos de barriles de ron en el Metro de Bucarest debido a la prohibición que reza el cartel que adjunto.

 

Ayer, paseando por Piata Matache, entendí a qué se refería.

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El deshollinador (y 2)

El deshollinador (y 2)

Ayer hablé de él y hoy no he podido resistir la tentación de fotografiarle de cerca, al fin y al cabo, su profesión está en peligro de extinción y poder hacerle un retrato ha sido una oportunidad muy especial, algo que pronto será imposible en esta Europa donde ya casi no caben las profesiones manuales.

El deshollinador

El deshollinador

Todos los días veo al deshollinador cerca de la puerta de mi oficina. Suele rondar la esquina de la calle, saludando amablemente a los que pasan, a veces, incluso intercambia dos palabras con alguien. Imagino que su constancia le ha hecho conocer las caras de los que cruzamos diariamente por aquí así que nos saluda con una sonrisa de esas que sólo se dedican a aquéllos que conoces de toda la vida.

 

El deshollinador lleva todas sus herramientas al hombro: cepillos, un largo alambre enrollado con una bola metálica en uno de los extremos que sirve de contrapeso y una escoba circular en el otro, muchos paños y esa sonrisa con la que ofrece sus servicios.

 

En Bucarest todavía hay muchas chimeneas que escupen humo negro y ceniza cuando hace frío pues el gas no ha podido con las viejas sobas de porcelana, así que el deshollinador aún tiene trabajo que hacer aquí. 

Billete sencillo

Billete sencillo

Continuando con el tema de los autobuses, aquí adjunto un billete sencillo con dos viajes de preciosa estética retro. Bucarest tendrá cosas que mejorar pero nunca el diseño de sus billetes sencillos de autobús, trolebús y tranvía.

 

Como se comprueba en la imagen, el precio de cada viaje es de 1,30 lei, es decir, 0,32 € por trayecto, lo que los sitúa en el rango de los más baratos transportes públicos de Europa.

 

Para adquirir estos billetes, junto a tarjetas multiviaje y abonos, deberéis localizar un kiosko con las siglas RATB (tarea no siempre sencilla, aunque suelen estar cercanos a las principales paradas) donde podréis hacer todas las gestiones necesarias. Desgraciadamente no pueden comprarse los billetes una vez subido al autobús y, para los que piensan en colarse, lo cierto es que suele haber revisores mucho menos flexibles que los de Barcelona.

 

Para consultar los trayectos que mejor se ajusten a las necesidades de cada uno, la página web de la Regia Autonoma de Transport Bucuresti (www.ratb.ro) ofrece una herramienta de esas que te permite seleccionar dónde estás y a dónde vas, ofreciéndote una gama de resultados para trasladarte.

Autobuses

Autobuses

La red de autobuses de Bucarest no está nada mal, lo cierto es que puedes llegar hasta al último rincón de la ciudad si conoces qué autobús debes coger y dónde cogerlo. Desgraciadamente, la mayoría de las paradas de autobús pasan bastante desapercibidas, aunque últimamente están instando bonitas marquesinas que indican donde esperar y qué autobuses pasan por ahí. En ningún lugar existe indicación alguna sobre la ruta que sigue cada coche, eso debe saberlo de antemano el usuario.

 

Sobre el coste del transporte, al igual que el metro es francamente barato. Puedes comprar un solo billete, una tarjeta con varios viajes, un abono mensual ilimitado para una línea de autobús, un abono para varias líneas e incluso un abono combinado con el metro. La última opción, al más cara, cuesta 74 lei (18 €). Ayer me compré un abono mensual para una sóla línea de autobús – que me deja casi frente a mi oficina partiendo de muy cerca de mi casa – por 30 lei (7,3 €).

 

Los autobuses suelen pasar con regularidad (algunos con más regularidad que otros) y, aunque normalmente van bastante llenos, sueles viajar cómodamente. En el viaje de regreso a casa de ayer tuvimos una sorpresa pues un chucho vagabundo viajó algunas paradas con nosotros. Imagino que estaba demasiado cansado para caminar así que decidió tomar el autobús. No sé que abono tenía el animal pero una chica bastante malhumorada acabó sacándolo a patadas. El bicho se lo tomó con malas pulgas aunque con resignación.

 

En el banco

En el banco

Hoy estreno oficina bancaria, así que entro con los pies de plomo, al fin y al cabo, no me conocen. En principio, no sé donde debo colocarme para hacer un cambio de moneda y pagar un par de facturas, así que me coloco en la cola más cercana a la puerta y a distancia prudencial del último usuario. Mi primer error es evidente: más y más clientes llegan al banco y, como si fuera invisible, se colocan delante de mí, amontonándose entre un servidor y la persona que estaba frente a mí. Paciente – no quiero montar el numerito el primer día – espero a mi turno. Finalmente, le explico a una empleada aburrida y con el pelo brillante debido a la falta de champú mis intenciones y rápidamente farfulla que debo ir a las mesas del fondo de la oficina.

Llegado al lugar, todas las mesas están ocupadas, así que inauguro una cola. Pronto se me arriman desconocidos que insisten en preguntarme si allí es dónde pe paga no sé qué o donde se cobra no sé cuántos. ¡Me toca!, sin embargo, antes de dar un paso una mujer entrada en años y en carnes me adelanta al grito de “Será sólo un minuto”. Pongo cara de fastidio pero, insisto, no quiero montar un espectáculo el primer día, así que espero paciente. El minuto se convierte en muchos pero por fin llega mi momento. Urmator! Me siento frente a la nueva empleada, le explico lo que quiero mientras voy sacando papeles y tras resoplar, ¡me envía a hablar con la señora que se sienta justo al lado de la que me ha enviado aquí – sí, sí, la del pelo brillante -! Ya estoy nervioso.

Vuelvo sobre mis pasos y compruebo que durante los minutos perdidos se ha formado una cola impresionante. La nueva empleada que debe atenderme grita malhumorada a los clientes, les lanza formularios a la cara mientras les ordena que se sienten, o que guarden cola, o que se vayan a otra oficina. Atemorizado, espero de nuevo mi turno. Cuando consigo llegar hasta ella han pasado 40 minutos desde que entré en el banco.

Amablemente le pongo mi mejor sonrisa y le explico qué operaciones deseo realizar. Pero, ¿quién es usted? ¡La Virgen!, pienso, ¿tanto tengo que explicarle? Poco a poco voy dándole todas la explicaciones que necesita, aunque temo el momento en que me pida algún documento identificativo. Estoy en su sistema, tienen mi firma, mi sello, lo saben todo sobre mi, pero cuando debo entregarle mi DNI y mi CNP (documento nacional de identidad rumano) sólo obtengo un resoplido por respuesta. Todos me miran. Ella fija su mirada en la pantalla, comprueba el ejemplar que tiene de mi firma (¿Esta es su firma? Pues sí, ya lo ve en la pantalla). Resopla. Cierra la pantalla. Se pasea por varios programas bancarios que le ofrece su ordenador. Vuelve a mi firma. Vuelve a preguntar lo mismo (¿Esta es su firma?). Resopla. Pregunta a sus compañeros. Uno tras otro acuden a mirar mi firma. Comentan la jugada. Varios resoplan.

Sé que me voy a ir sin cambiar moneda y sin pagar las facturas (que, por cierto, en Rumania no se pueden domiciliar en todos los bancos), sin embargo, algo imperceptible ocurre. No sé qué es. Debería pensar como un malhumorado empleado de banco para entenderlo, pero la mujer finalmente acepta mis credenciales y realiza todas las operaciones. Bueno, no todas, pues algún número falla en una de las facturas y decide no pagarla. Yo se lo agradezco de nuevo con una sonrisa y ella me dice que ya nos iremos conociendo (¿a qué se refiere?).

Cambiar moneda y pagar una factura: 83 minutos de mi vida.

Un precio muy alto.