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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Costumbres y tradiciones.

Historias de pastores: la trashumancia en Rumanía

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Periódicamente, en el telediario, las noticias nos muestran simpáticas imágenes de rebaños de ovejas cruzando grandes ciudades, ocupando mansamente el espacio de los coches, ante la mirada risueña de los transeúntes, y dejando una huella de bolitas negras y olor a campo sobre el asfalto. Son los estertores de la trashumancia, un acontecimiento milenario y universal que, aunque en decadencia por el abandono rural y el acoso de la modernización del campo, se resiste a desaparecer.

España tiene muchas cañadas por donde todavía transitan rebaños en busca de herbaje, acompañados de un adusto pastor y sus perros, que le ayudan en la tarea de controlar el ganado y evitar el ataque de lobos y algún oso despistado. Europa asiste al mismo tránsito en otros países, pues es el continente que más se ha empeñado en estudiar y conservar esta ancestral costumbre. Por fortuna, España y Rumanía todavía comparten esta vieja tradición.

La trashumancia se realiza para aprovechar al máximo la productividad de forraje de los campos, en lugares y momentos del año diferentes. De este modo, la trashumancia es un movimiento estacional y pendular de rebaños, normalmente entre los valles, donde permanecen los animales en invierno, y los montes, donde pastan en verano. En Europa se concentra en los sistemas montañosos y, en Rumania, tiene en los Cárpatos su principal escenario.

La Gesta Hungarorum, crónica anónima escrita durante el reinado de Bela III de Hungría (1172 – 1196), menciona ya en el siglo X el tránsito de pastores válacos, que se extendería desde las montañas Tatra, en Polonia, hasta el Monte Pindo, en Grecia. Más tarde, en el siglo XVI, se extendieron también desde los Cárpatos hasta el sur de Rusia y las inmediaciones del Cáucaso, convirtiéndolos en un vehículo de la lengua y la cultura rumanas por toda la región.

Durante siglos, este movimiento de rebaños por viejas cañadas – ver mapa 1 y mapa 2 - extendió el área de influencia rumana, más allá de fronteras étnicas o físicas, hasta el Mar de Azov, gobernado por los tártaros, por la Dobrogea turca o la Macedonia griega, los Ródope búlgaros o la vieja Iliria. Muchos pastores transilvanos se alejaron de su tierra natal y fundaron pequeños núcleos de población rumana, con sus propios sacerdotes ortodoxos y sus alcaldes, sus creencias y sus costumbres, su música, su jerga y su característica indumentaria. Hace ahora unos 200 años, con el aumento de las cargas fiscales que las autoridades austrohúngaras impusieron a los pastores transilvanos, muchos de ellos emigraron definitivamente más allá de los Cárpatos, a las vecinas Valaquia, Moldavia y Dobrogea, desde donde continuaron con su actividad.

Año tras año, los pastores rumanos realizaron miles de kilómetros junto a sus ovejas, las guiaron hasta los mejores pastos, las protegieron junto a sus perros de los ataques de las bestias y los robos de los cuatreros, durmieron a su lado al raso, sobre el frío suelo, tapados con una gruesa manta bajo el cielo estrellado, esquilaron su lana y ordeñaron su leche para alimentarse y fabricar queso, al que sus ancestros geto-dacios bautizaron como brânză y ellos exportaron a todos los rincones a los que llegaron, dejando la palabra como un patrimonio universal, que los eslavos adoptaron como bryndza y los alemanes como Brinse. Fueron los años más gloriosos de la trashumancia.

A lo largo del siglo XX, la trashumancia rumana fue decayendo, enfrentada al progreso, a radicales cambios sociales y a unas autoridades comunistas poco amigas de los traslados transfronterizos, aunque favorables a evitar colectivizaciones de rebaños y a  la protección fiscal de los pastores. Hasta 1989, los pastores negociaban el paso de sus rebaños con los presidentes de las Cooperativas Agrícolas de Producción (Cooperative Agricole de Producție) y los directivos de las Empresas Agrícolas Estatales (Întreprindere Agricolă de Stat), favoreciendo pequeñas o grandes corruptelas tanto para facilitar el traslado, como para la venta de leche, queso, carne y lana.

Tras la Revolución de 1989, la trashumancia quedó definitivamente limitada al territorio de Rumanía y, en muchas ocasiones, los movimientos de animales se vieron dificultados por la devolución de tierras a sus antiguos propietarios, que multiplicó el número de interlocutores con los que negociar. En 1997, tras la rúbrica de la Carta Europea de la Trashumancia, firmada en Cuenca, se legisló por primera vez sobre la trashumancia en Rumanía, profesionalizando el papel de los pastores, limitando los movimientos de animales, estableciendo controles sanitarios, garantizando la protección de los cultivos, etc. En 2007, con la entrada de Rumanía en la UE, aumentó todavía más la presión contra la trashumancia tradicional. La sombra de la ilegalización amenazó esta vieja costumbre hasta que, al final, se resolvió publicando un mapa oficial con las cañadas permitidas.

Hoy en día, todavía quedan algunas familias de valientes que practican la trashumancia en Rumanía, principalmente instaladas en Transilvania, en una zona conocida como Mărginimea Sibiului. Paralelamente, en los últimos años, se han multiplicado las iniciativas para valorizar este singular patrimonio, promoviendo proyectos que van desde la construcción de un Museo de la Trashumancia en la comuna de Vaideeni (Vâlcea), a la promoción de múltiples estudios históricos o al impulso de hermanamientos con otros grupos de pastores – principalmente, checos, eslovacos, ucranianos y polacos -, que faciliten el traslado transfronterizo de animales y la organización de festivales culturales, que acerquen viejas tradiciones del continente a las nuevas generaciones de europeos, para preservar sus costumbres y, sobre todo, su memoria. 

Hristos a inviat!

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“Adevărat, a inviat!”, responden los rumanos, en estas fechas pascuales, al saludo que da título a esta entrada.

 “¡Cristo ha resucitado!”, “¡Verdaderamente, ha resucitado!”

La Semana Santa en Rumania es, probablemente, la fiesta religiosa más importante, incluso más que la Navidad. Este año, estaba previsto que guiase un segundo grupo a Rumania, organizado por la agencia de la estupenda librería Altaïr, especializada en viajes, sin embargo, el coronavirus nos ha dejado a todos en tierra y encerrados en casa.

A pesar de ello, no quiero dejar de felicitar la Pascua a todos los lectores del blog y, especialmente, a las cuatro aventureras incansables que me acompañaron en mi último viaje a Rumania, Mercè, Agustina, Ángeles y Dolors, con las que pasé unos días fantásticos recorriendo Bucarest y Transilvania.



Museo del Kitsch Rumano de Bucarest

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Recientemente, se ha inaugurado en Bucarest el Museo del Kitsch Rumano, un lugar imprescindible para comprender la (sub)cultura del país y una parte fundamental de la idiosincrasia del pueblo rumano, que completa de forma original la oferta clásica museística que la ciudad ofrece.

No es sencillo definir el kitsch. La palabra tiene su origen en la palabra inglesa sketch (bosquejo), empleada por los turistas norteamericanos que visitaban Europa a mediados del siglo XIX y que solicitaban bocetos de los monumentos que visitaban a artistas callejeros, para llevarse un recuerdo barato de su estancia. Actualmente, el kitsch es un concepto estético-cultural que define una serie de obras u objetos de aspecto ostentoso y escasa calidad técnica y estética, cuyo objetivo es popularizar la experiencia artística reduciéndola a efectos de escaso valor, sentimentales y muchas veces dirigidos para el consumo masivo. Lo kitsch es inherente a la modernidad y aparece en el momento en que la belleza en sus diversas formas es distribuida socialmente, igual que cualquier otro producto sujeto a la ley de la oferta y la demanda.

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En este sentido, tratando de abarcar todos los aspectos del kitsch rumano y de ofrecer una explicación global de esta estética tan popular, el museo se divide en diversas secciones, incluyendo desde el kitsch más doméstico, tanto de la época comunista como de la democrática, hasta la malograda figura de Drácula, cuyo (mal)tratamiento en Rumania merecería casi un museo aparte. Hay lugar igualmente para la fauna local, representada por la pitipoanca y el cocalar, la choni y el macarra específicos del país, con su característica imagen.

El kitsch religioso, tan presente en pequeñas capillas caseras, con sus cruces de oropel, sus tapices multicolor, sus tapetes y sus iconos fluorescentes, tiene un espacio destacado en la exposición. También existe una sección para el kitsch gitano, un capítulo fundamental en la estética rumana actual, con imágenes de los imponentes kastel de las familias más pudientes, de su ostentación mostrada en joyas y muebles, su colorido atuendo y su manele, el reggaeton gitano.

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El museo se sitúa en el número 6 de la Str. Covaci, en pleno casco antiguo de Bucarest, y la entrada cuesta 30 lei por persona – los rumanos tienen descuento pues, según el director del original museo, Cristian Lica, ya tienen suficiente con sufrir a diario el kitsch local -, así que no hay excusa posible para no dejarse caer por allí y vivir una experiencia que, sin duda, ayudará al visitante a comprender una realidad mucho más mundana que la que podrá encontrar en otros museos de la ciudad.

A LED light shines inside a plastic rendition of Jesus Christ on the cross at the newly opened Kitsch Museum in Bucharest, Romania, May 5, 2017.

Para más información:

http://kitschmuseum.ro/

¡A disfrutar!

¡Feliz 2017!

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Desde estas líneas, quiero desear a mis fieles lectores un muy feliz año nuevo, lleno de alegría y éxitos.

En el primer día del 2017 que estrenamos, no olviden beber un buen vaso de vino tinto pues, según la tradición rumana, renueva la sangre para todo el año.

Para quienes no la conozcan, recomiendo la lectura de mi entrada sobre Creencias y supersticiones rumanas sobre... Año Nuevo. ¡Vale la pena!

Creencias y supersticiones rumanas sobre… Predicción meteorológica (II): cambios de tiempo

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A principios de este año, empecé una serie de entradas sobre predicciones meteorológicas populares que ahora retomo con las señales que observan los rumanos – especialmente los aldeanos, pues difícilmente se advertirá según qué en el centro de Bucarest - para predecir cambios atmosféricos.

Como ya vimos en su momento, no hay duda que los gatos son bichos muy dados a hacer anuncios climatológicos pues, además de lo ya mencionado, si usted observa que abandonan la comodidad de la cama para echarse en medio del salón o les ve lamerse las patas, le están indicando inequívocamente que se acerca el deshielo. No se quedan cortos los perros en actividades proféticas, ya que cuando se revuelven nerviosos tras una helada o pisotean montañas de nieve en el jardín, anuncian también el fin del invierno. Lo mismo advierte el gallo que canta poco antes de medianoche

También puede ayudar mirar al cielo, pues si el águila planea lenta y majestuosa o las cornejas vuelan en bandada, arriba y abajo, dando giros y vueltas, aparquen el paraguas, no olviden una rebequita o dejen el sombrero junto a la puerta, según esté hoy el día. Por su parte, el dulce canto de la garza – recomiendo la audición en este enlace – anuncia días ventosos, igual que las nubes con forma de cordero durante verano (en invierno, esas mismas nubes presagian nieve).

Pero, sobre todo, si la panceta colgada en la despensa empieza a lagrimar, prepárense para la lluvia o la nieve, según el fresco que haga fuera.

Sea como fuere, no aparten los ojos de su gato.

05/11/2016 20:37 legiovhispana #. Costumbres y tradiciones No hay comentarios. Comentar.

Creencias y supersticiones rumanas sobre… Predicción meteorológica (I): Viento, ventiscas, tormentas, frío y nieve.

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Como todo pueblo de hondas raíces campesinas, a lo largo de su historia los rumanos han identificado multitud de señales, muchas veces relacionadas con el comportamiento animal, que les ayudan a afinar el pronóstico del tiempo.

Así, si un paisano observa que una ternera, tras abrevarse, juega con el hocico en el agua, pronostica sin dudarlo una gran tormenta. Lo mismo augurará si, en invierno, crujen los maderos de su casa o si su gato, normalmente ladino y perezoso, brinca y retoza en casa o si las ovejas saltan de alegría, los gorriones pían animados sobre el estiércol o las vacas mugen más de lo habitual y miran inquietas al cielo. Si los carneros se pelean de buena mañana en el establo, esperará un día ventoso y si ha soñado con serpientes o con un día borrascoso, esperará que caiga una buena tempestad.

Si el gato se coloca frente al horno o el radiador, araña la estera o trepa por la puerta de casa es señal de que se acerca el frío. Lo mismo podemos pensar si herrerillos, strixes – una especie de búho, común en tierras rumanas - o gorriones cantan junto a nuestra casa o si las hormigas y las moscas desaparecen antes del día de San Andrés (30 de noviembre). Una helada puede ser anunciada por un sueño protagonizado por peces, si se enrojece más de lo habitual el soporte del caldero sobre la lumbre o si vemos cómo los gorriones buscan cobijo bajo el alero de nuestra casa.

Por su parte, la nieve se anuncia con sueños sobre lucha u ovejas, cuando sudan las ventanas o si revolotean muchos cuervos sobre nuestras cabezas (¡qué inquietante es ver enormes bandadas de pájaros negros sobrevolar Bucarest a finales de otoño, anuncien nieve o no!).

Sea como fuere, desafortunadamente, a los infelices urbanitas, que carecen de establo, caldero, terneras o carneros o que difícilmente distinguen una paloma de una tórtola – no digamos ya un strix o un herrerillo -, apenas les queda el gato y sus sueños para predecir el mal tiempo.

Bobotează

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Los cristianos celebramos el día 6 de enero como la Epifanía del Señor, sin embargo, mientras los católicos recuerdan la adoración de los Reyes Magos, los ortodoxos conmemoran el bautismo de Jesús en el río Jordán. Los rumanos llaman a esta fiesta Bobotează, Arătarea Domnului o Epifania, palabra de origen griego que significa presentación, descubrimiento o revelación.

En este día, los sacerdotes ortodoxos consagran el agua ya que, junto al resto de creyentes, afirman que el agua de la Epifanía tiene poderes especiales, otorgados directamente por el Espíritu Santo, que impiden que nunca se corrompa. Existe además la costumbre de que el sacerdote lance una cruz a un curso de agua helada, tras la cual se lanzan los más valientes para recuperarla, pues el nadador que lo consiga recibirá una bendición especial del sacerdote y gozará por ello de protección divina durante todo el año que apenas empieza.

Se dice también que en la noche del 6 de enero, las jovencitas pueden soñar con su futuro marido por lo que, para conseguirlo, se atan una cinta de seda en el anular y colocan una ramita de albahaca bajo la almohada. En un sentido parecido, la tradición afirma que aquella que tenga la fortuna de resbalar en el hielo durante la Bobotează, encontrará esposo antes de finalizar el año.

El día de la Epifanía no debe lavarse la ropa, están prohibidas las peleas caseras y no se hacen préstamos.

Encabezando esta entrada, una imagen de entreguerras de la ceremonia de recuperación de la cruz.

Creencias y supersticiones rumanas sobre... Iconos

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Los iconos son elementos ineludibles en la sociedad rumana.

La mayor parte de las casas rumanas tienen, al menos, un icono colocado en algún espacio más o menos destacado, aunque algunas atesoran decenas de iconos distribuidos por las habitaciones, cocina incluida. A pesar de ello, estas imágenes religiosas pueden también encontrarse en bancos, en las oficinas de correos, sobre escritorios de trabajo, en intersecciones de carreteras o colgando del espejo retrovisor de un taxista además, lógicamente, de en las iglesias, que es su lugar natural.

Como no podía ser de otro modo, un elemento tan omnipresente tiene asociados multitud de creencias y supersticiones. De este modo, por ejemplo, estropear un icono supone una gran desgracia y una señal de mal agüero que, para ser evitado, debe responderse lanzando la maltrecha imagen a un curso de agua corriente.

Si la madera de un icono cruje o si cae por si solo de la pared, sin motivo aparente, señala una muerte cercana. Por otro lado, si un icono se parte, indica la peor de las suertes para los habitantes de la casa.

Muchos mendigos piden en las calles rumanas con un icono en la mano pues, según la tradición, es una manifestación de buena suerte, tanto para ellos como para quien demuestra su caridad con ellos.

De acuerdo con las costumbres funerarias rumanas, durante el velatorio de un cadáver se debe colocar un icono sobre su pecho para contener el alma del difunto durante los siguientes cuarenta días.

Pero estas imágenes no sólo se relacionan con la buena o mala suerte de sus propietarios, también pueden prever el tiempo, ya que cuando un icono milagroso tiene pequeñas gotas de agua en su superficie, revela que se acerca una tormenta.

Costumbres funerarias rumanas

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Las costumbres funerarias rumanas, a diferencia de las españolas, ya muy estandarizadas, están condicionadas por viejas tradiciones, tanto religiosas como de carácter supersticioso, que las familias tienen muy en cuenta cuando pierden a un ser querido. 

Desde el punto de vista de un español, el primer problema al que se enfrenta un rumano cuando fallece alguien en su familia es la inexistencia de unas pompas fúnebres que le resuelvan el problema. En los últimos años han aparecido en Rumania, principalmente en las grandes ciudades, empresas que ofrecen todo tipo de servicios funerarios como en España, sin embargo, en la mayor parte del país se respeta un proceso menos profesionalizado y más doméstico, repleto de ritos y trufado de supersticiones.

Cuando una persona ha dado ya su último aliento, un familiar cercano procede a lavarlo con cuidado, rociarlo con agua bendita y vestirlo con ropa limpia, a ser posible recién comprada para la triste ocasión. A continuación, se le ata la mandíbula, las manos y los pies. El cadáver debe vestir con zapatos nuevos, mientras que ningún asistente al funeral deberá estrenar calzado. Las mujeres fallecidas no se visten de negro para evitar que regresen del más allá y embrujen la casa.

Una vez acicalado, el cadáver se coloca sobre su cama o en un soporte especial proporcionado por la Iglesia. En ocasiones, tal y como hacían los antiguos griegos con sus difuntos para pagar la travesía del Hades guiada por Caronte, se colocan unas monedas en las manos del difundo para pagar las “aduanas” (vămile) por las que transitará, aunque los más fervorosos cristianos no respetan este hábito por considerarlo pagano, es más, afirman que cualquier objeto colocado en sus manos o en sus bolsillos sólo servirá para frenar su ascensión a los cielos. Habitualmente, sobre el pecho del difunto se coloca un icono o sus propias manos sosteniendo una cruz.

Antes de depositar el cuerpo dentro del ataúd, existe la costumbre de rodearlo tres veces con un recipiente con incienso para, según se dice, alejar los malos espíritus. Una vez en la caja, algunas familias colocan un espejo, un peine, una aguja u otros objetos de ajuar, cosas que el difunto necesitará en el más allá, aunque de nuevo los más ortodoxos se oponen a esta práctica, negándose incluso a que se corten las uñas o se peine al finado pues, aparentemente, no se trata de hábitos cristianos. Antiguamente, se decía que si un gato pasaba bajo el ataúd, era necesario clavar un cuchillo en el corazón del fallecido para impedir que se convirtiese en un no muerto.

Durante la exposición del cuerpo, que dura nada menos que tres días, cada persona que llega a la casa del fallecido para presentar sus respetos sustituye el habitual Bună ziua (Buenos días o, en general, Hola) por un Dumnezeu să-l ierte! (¡Qué Dios lo perdone!). Por la noche, durante el velatorio, la gente se reúne alrededor del ataúd y a media noche se sirven comida y bebidas a los asistentes, tras lo cual suelen quedarse sólo los más allegados, que no se separarán del cadáver y se asegurarán de que una o varias velas permanezcan siempre encendidas, al igual que el resto de las luces de la casa.

Mientras el ataúd permanece en casa, todos los espejos se cubren con tela para evitar que el alma del difunto quede atrapada o que alguien vea su imagen reflejada pues, según una vieja superstición, será el próximo en morir. Por un motivo parecido, puertas y ventanas permanecen abiertas, facilitando el viaje del alma hacia el cielo.

Para indicar públicamente que alguien ha muerto en un determinado hogar, en la puerta de la casa se coloca un paño negro en el que se escribe el nombre del fallecido, su fecha de nacimiento y la fecha de su fallecimiento, pieza que no se retira durante 40 días. Durante este mismo período, los familiares deben llevar un pedazo de tela negra adherido a su ropa y los varones no pueden afeitarse.

Dependiendo de la zona de la zona de Rumania donde se produzca el duelo, el llanto puede ser una muestra de respeto – en el pasado, se contrataban incluso coros de plañideras - o una grosería hacia el difunto, a quien las lágrimas le amargarán el “alegre” camino hacia el cielo o incluso “las aguas que beberá en el más allá”.

Una costumbre respetada especialmente en los pueblos es la procesión, desde la casa del difunto o la capilla de la iglesia donde estaba depositado, hasta el cementerio. La encabeza un grupo de hombres portando banderas negras con la efigie de santos, iconos procesionales y una cruz, seguidos de varios sacerdotes. En ocasiones, el grupo de hombres porta un pequeño abeto decorado con cruces, luces y algunos alimentos.  Los sigue un carro tirado por caballos o una pickup portando las coronas de flores y el ataúd, normalmente abierto, tras el cual caminan parientes y amigos portando velas a las que se atan pañuelos y toallas repartidos por la familia (cuando los familiares y amigos se trasladan en coche, suelen atar toallas al retrovisor en señal de duelo). Durante la procesión, las casas de los familiares del difunto abren sus puertas cuando el ataúd pasa frente a su fachada. El cortejo se detiene en cada cruce de caminos, donde se colocan alfombras en fila, formando un metafórico puente hacia el más allá, sobre las que circulará el séquito tras una breve oración del sacerdote.

Una vez en el cementerio, los sacerdotes realizan un breve servicio y el cadáver se sepulta directamente en la tierra, con los pies y las manos desatadas. Terminado el entierro, se realiza la pomană, una espléndida comida servida por la familia a los asistentes al entierro, celebrada por el perdón de los pecados del difunto y la salvación de su alma. El ágape se repite a los 40 días del funeral, en casa de la familia o en restaurantes que, cual si de una boda o un bautizo se tratase, ofrecen menús especiales para la ocasión.

 

Ziua păcălelilor

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En Rumania, el Día de los inocentes se celebra el 1 de abril y se conoce como Ziua păcălelilor, es decir, el Día de las bromas. Como durante nuestro 28 de diciembre, el primero de abril los rumanos bromean, se toman el pelo y se someten a chanzas más o menos cándidas.

El origen de este día tan jocoso todavía se discute, sin embargo, la versión más convincente la encontramos en Francia. Durante un viaje por los territorios de su reino, Carlos IX de Francia comprobó asombrado que, dependiendo de la diócesis, el Año Nuevo se celebraba en fechas distintas. En Lyon, el año empezaba en Navidad mientras que en Vienne lo hacía el 25 de marzo y, junto a muchos otros lugares de Francia, se festejaba hasta el 1 de abril. Con el loable objetivo de estandarizar la fiesta de Año Nuevo, Carlos IX incluyó en el Edicto de Roussillon de 1564 que el primer día del año sería, en adelante, el 1 de enero. El cambio no fue fácilmente asumido, sin embargo, con el tiempo, los que siguieron celebrando el 1 de abril como el día del paso del año, comenzaron a ser objeto de burlas por sus vecinos y acabaron siendo conocidos como “Los locos de abril”, instituyendo esta fecha como el día de las bromas.

Frío

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Dice el refranero rumano que cuando el herrerillo (pițigoi) canta junto a tu casa, anuncia que se acerca una ola de frío.

 Juro no haber visto ningún herrerillo piando cerca de nuestra casa pero grajos volando bajo, ¡a montones!

Creencias y supersticiones rumanas sobre... Año Nuevo

Reconozco el retraso de una entrada dedicada al Año Nuevo en Rumania, sin embargo, no me resisto a escribirla.

La entrada de un nuevo año es aquí indisoluble a la celebración de San Basilio, un santo del siglo IV, obispo de Cesarea, de salud frágil y fama de optimista y vivaracho. De mano de San Basilio, las celebraciones religiosas de la iglesia ortodoxa se mezclan con otras más antiguas, de carácter pagano, cuyo origen se remonta a los orígenes agrícolas y a las prácticas mágicas del pueblo daco-rumano.

En la madrugada del día de san Basilio, cada profesional debe utilizar tres veces su herramienta habitual de trabajo - sea un ordenador, una aguja, un lápiz o un arado - para garantizarse la faena y, más tarde, beber vino tinto a barba regada pues renueva la sangre y la prepara para el nuevo año que amanece. El clima del primer día del año nos ofrece también sus augurios pues si hace frío, nieva en abundancia y, a pesar de ello, de noche podemos ver las estrellas, es señal de que nos esperan días felices en los que no faltarán las bodas.

De buena mañana, se recomienda echar espigas de trigo por el suelo y retirarlas a última hora del día para lanzar la mayor parte al camino más cercano en el día de San Juan y reservar un puñado almacenado para protegernos de los dolores de cabeza.

A lo largo del día, los niños rumanos van de casa en casa cantando los Sorcova o villancicos de San Basilio - Semanatul o La siembra, Plugusorul o El pequeño arado, etc. - cuyos textos son una invocación a la salud, el amor, la prosperidad y el trabajo. Sorcova se llama también a un ramito que porta uno de los niños, originalmente hecho con tallos de árboles frutales (manzano, peral, ciruelo…) y rosas, pero que ahora puede ser un simple bastón adornado con hilo de lana de colores, albahaca, oropel y una pequeña campana. Por su parte, grupos de gitanos, que antaño portaban un cráneo de cerdo adornado con cintas de colores y abalorios, hacen la competencia a los pequeños cantando sus Villancicos con Vasilica y, con las propinas conseguidas, terminan el día las cuadrillas compartiendo cena.

Tradicionalmente se dice que según si los invitados a nuestra casa en el día de San Basilio son ricos o pobres, así será nuestra fortuna a lo largo del nuevo año. Sea como fuere, en ninguna mesa rumana faltarán los manjares tradicionales, colocados en abundancia sobre un lecho de ramas de abeto, que dejarán a los comensales satisfechos y con un gesto de felicidad en la cara que será también de buen agüero para el año que se inagura.

Creencias y supersticiones rumanas sobre… Dientes

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Cuando a un bebé le salen los primeros dientes de leche, el padre debe frotarlos con una moneda de plata, que le regalará después, para evitar que sufra halitosis durante su vida.

Si un bebé ve su imagen reflejada en un espejo antes de cumplir un año, le crecerán los dientes con dificultad.

Si un bebé llora durante el bautizo, no es bueno balancearlo entre los brazos pues, de lo contrario, se le caerán pronto los dientes.

Si un hombre frota con un dedo los dientes de un muerto y después los propios con el mismo dedo, no sentirá malestar alguno en su de