De Konada
Calle Dr. Davila, en el morro de una furgoneta semiabandonada.
Calle Dr. Davila, en el morro de una furgoneta semiabandonada.
Hace meses que no subo a una bicicleta y la falta de deporte empieza a pasarme factura. Convencido, ayer fui al gimnasio más cercano a casa, situado en la planta baja del hotel Marriot, para informarme sobre sus instalaciones y sobre las distintas modalidades de abono.
El lugar es de lujo, de eso no hay duda, aunque algo pequeño y abarrotado, con máquinas que apenas dejan paso. Puedes abonarte hasta a cuatro programas que incluirían todas las instalaciones – máquinas, piscina/jacuzzi, aerobic, bicicleta -, de lo contrario, dependiendo de a qué programas te matricules, se van eliminando posibilidades y, por tanto, se va restringiendo tu acceso a todo el gimnasio. A ello hay que sumarle que hay dos modalidades de acceso: todo el día o medio día. Pues bien, si quieres abonarte con total libertad, para ir cuando quieras y disfrutar de todas las posibilidades durante un año, debes pagar trincu-trincu, 2000 €. La opción más barata y restrictiva tiene un coste de 800 € anuales. No veas la cara que se le puso a la amable azafata de recepción cuando le consulte si se podía pagar mensualmente, ¡qué vulgaridad!, pareció decir.
Mirando a los ya abonados, entendí quiénes podían permitirse la matrícula de la Health Academy The Grand en un país donde el sueldo medio sigue siendo de unos 450 €: expatriados a los que les sobra el dinero, rubias mantenidas e inflamadas de botox, ejecutivos que no dejan el móvil ni durante la clase de spinning, mafiosillos de medio pelo, nuevos ricos del boom inmobiliario y niñ@s de papá. Las perlas de la nueva economía rumana.
A mi no me verán por allí, aún temeroso del tráfico bucarestino, he decidido comprarme una bicicleta.
Chichis (que en rumano se lee “Quiquis”) o KöKös (en húngaro) es un pueblo transilvano. Es probable que sus habitantes desconozcan el significado de los nombres - ¡todos! - del lugar que los acoge o, quizás, simplemente son unos cachondos mentales.
“La lucha continua”, dice el grafitti, junto a la imagen de Avram Iancu, todo un personaje en la historia de Rumania.
Avram Iancu nació en 1824 en Vidra de Sus (pueblo que hoy se denomina Avam Iancu, de acuerdo con una costumbre muy rumana de cambiar el nombre de los municipios si en ellos ha nacido algún hijo especialmente ilustre) en el seno de una familia campesina emancipada de la servidumbre. De profesión abogado, tuvo un papel muy destacado en la revolución que sacudió Transilvania entre 1848 y 1849.
Formó una guerrilla que se opuso desde los montes Apuseni a los nacionalistas húngaros que pretendían separarse del Imperio Austrohúngaro. La milicia que le acompañaba y la lealtad que juró a los Habsburgo le valieron el apodo "Crăişorul Munţilor" ("El Príncipe de las Montañas").
La derrota de los húngaros en Sighişoara en agosto de 1949, frente a tropas austriacas y rusas, – a la que Iancu había contribuido indirectamente –lo animó a viajar a Viena para solicitar una cierta autonomía para los rumanos de Transilvania, sin embargo, el emperador Francisco-José I, temeroso de las ansias nacionales rumanas, se negó a recibirlo. Detenido y maltratado por las autoridades austriacas, sufrió las consecuencias de su arresto y acabó retirándose a los montes Apuseni, donde pasó los últimos años de su vida retirado de la política, vagabundeando y tocando una flauta de pastor. Murió en 1872, siendo sólo una sombra de lo que había sido.
Viendo este grafitti en las calles de Cluj y pensando en lo cercanos que se sienten a Viena los transilvanos, me pregunto: ¿qué parte de la lucha continúa?
Ya no queda nieve en Bucarest, fue un espejismo que duró un par de días, lo suficiente para esconder las miserias de la ciudad y ofrecernos su mejor cara.
Biserica Sfântul Elefterie, en la calle Dr. Lister (Cotroceni), neobizantinismo en estado puro.
El Boulevard Nicolae Bălcescu esconde una de esas curiosidades que tanto abundan en Bucarest. Aunque parezca el producto de la política comunista de esconder las iglesias entre bloques de edificios, la Iglesia italiana fue construida antes, entre 1915 y 1916, y hoy se encuentra encajonada entre grandes bloques, dando al menos un toque de color al gris ceniza que la rodea. Especialmente impresionante es el Jesucristo manga que te recibe en la fachada principal, en el dintel la puerta principal.
Junto a la iglesia, a la derecha, se levanta un edificio de 1930 que alberga la Fundación Ion I. Dalles y una librería que ofrece desde libros viejos hasta fotografías antiguas de la ciudad (que te hacen suspirar por la belleza perdida), pasando por algunas joyas de anticuario, libros sobre Rumania y las novelas más reciente de la literatura rumana y universal (en rumano, eso sí). La fundación Dalles es, sin duda, uno de los centros culturales de referencia en esta ciudad.
Semanalmente visitamos Carrefour para aprovisionarnos. Aunque no ofrece los precios más baratos de Bucarest, la calidad y la variedad es más que aceptable e incluso encuentras pequeñas joyas como latas de berberechos (que te alegran un vermouth de fin de semana) o una fabada de marca desconocida pero de tan correcto como nostálgico sabor.
Durante nuestra última visita todo marchaba a la perfección hasta que, posiblemente contra la voluntad del director del centro, se abrió la gran puerta que comunica el supermercado con el almacén, mostrando a los desdichados clientes sus más ocultos secretos.
¡Qué derroche de logística! Al mozo de almacén deberían nombrarlo empleado del mes por encontrar los benditos berberechos entre semejante desorden y, de paso, al responsable podrían darle unas palmaditas en la espalda en dirección a la puerta de salida.
Paseando por la calle, en perezoso camino a la oficina después de una opípara mesa, di de bruces con la que, sin duda, es la mejor oportunidad de negocio que he visto hasta hoy en Rumania.
“Compramos pelo”, dice el anuncio. ¿Cómo una frase tan sencilla puede esconder un futuro profesional tan prometedor? Dándole vueltas al asunto, he decidido renunciar a mi puesto en la empresa (mi futuro requiere jornada completa), dedicarme a cultivar mi cabellera y, periódicamente, vender parte de mí a tan generosos compradores. El anuncio exige una pelambrera superior a los 25 cm. Si el cabello crece a razón de 1 mm diario, debo esperar algo menos de 8 meses (pues ya tengo algo de riqueza acumulada) para alcanzar la longitud deseada y hacerme de oro.
Os preguntaréis cómo viviré entre un corte y el siguiente. Ay, piltrafillas, cómo se nota vuestra inutilidad para el azaroso mundo de los negocios: ¡Pues de las rentas!
Muchos me han preguntado por las consecuencias que en Rumania tiene la crisis del gas entre Rusia y Ucrania. Rumania es un país productor de gas, de hecho, produce más del 60 % del gas que consume, sin embargo, casi el 40 % restante lo importa exclusivamente de la Federación Rusa vía Ucrania, lo que la hace relativamente vulnerable a los caprichos del Kremlin (como, por ejemplo, forzarla a pagar el metro cúbico de gas un 20 % más caro que la media europea). Como se espera que el volumen de gas importado se triplique en los próximos años, Rumania está haciendo un esfuerzo para la diversificación de sus fuentes energéticas, reflejo de lo cual es su participación desde 2007 en el proyecto Nabucco.
El proyecto Nabucco prevé la construcción de gasoductos desde la zona del mar Caspio hasta Europa occidental, como alternativa al gas importado por el gasoducto Druzhba, controlado por Rusia. Nabucco, al que los rusos se oponen con soterrada violencia (véase sus acciones en Georgia o Ucrania, vecinas díscolas según Moscú), transportará el gas desde Azerbaiyán, y quizás también desde Irán y Turkmenistán, hasta Europa a través de Georgia, Turquía, Bulgaria, Rumania, Hungría y Austria.
Tras un intercambio de acusaciones entre las autoridades rusas y ucranianas, el pasado 7 de enero Rumania dejó de recibir gas ruso, sin embargo, la población no se está viendo afectada por el embargo. Sólo la gran industria, consumidora del 32 % del gas natural, ha visto recortado el suministro de esta materia prima y, por tanto, ha visto afectada su producción.
Aunque hace unos días se decretó el Estado de Urgencia, el gobierno confirma que Rumania tiene reservas para dos o tres meses, lo que prácticamente nos sitúa fuera del invierno.
Rumania está trufada de los deprimentes restos del mito soviético de la producción industrial a gran escala, los llamados combinat, hoy ruinas de sobredimensionadas unidades industriales que se caen a pedazos en medio de la nada, o junto a vías muertas de ferrocarril, o frente a decadentes villas nacidas al albor de una promesa industrial, ahora liquidada.
Es paradójico que estos testigos de la arqueología industrial, ahora totalmente destruidos, hayan sido producto del mismo ánimo rapaz del pueblo que hace años destruyó los castillos medievales, símbolo entonces de la grandeza aristocrática. Tras la Revolución de 1989, estas inmensas, ineficientes y contaminantes fábricas fueron abandonadas, simplemente se cerraron y su personal fue despedido. Con la caída del bloque soviético ya no había a quien vender. Los obreros se fueron y las puertas se cerraron.
Día a día veían como aquellos armatostes se deterioraban tanto como su propia situación económica, así que un día, alguno más desesperado que otro, saltó la valla y se llevó el material de alguna oficina, quizás los muebles. Posiblemente volvió acompañado al día siguiente y se llevó el marco de alguna ventana pues en su casa hacía frío. Poco a poco se abrió la veda y el lugar que antaño los vio trabajar, acogió entonces a los antiguos obreros para ofrecerles su propia piel.
El resultado es un lugar fantasmagórico, vacío, indefenso, desprovisto de toda humanidad (si es que alguna vez la tuvo), lleno de basura y recuerdos de una época en la que, al menos, todos tenían un lugar donde ir a trabajar.
El 23 de noviembre de 1940, el general Antonescu firmó el Pacto Tripartito con la Alemania de Hitler a consecuencia del cual Rumania entró de lleno en la Segunda Guerra Mundial.
En la foto, tomada a principios de los años 40, cuatro soldados alemanes pasean tranquilos por el Bulevardul Magheru, en pleno centro de Bucarest. Lo sorprendente de esta foto es la modernidad de los edificios y del ambiente que los rodean, parecen extemporáneos, situados frente al croma de una ciudad avanzada a su tiempo. Este es el Bucarest que hemos perdido…
Nunca os he hablado de Emil Cioran, uno de los filósofos más lúgubre de la historia del Nihilismo. Cioran era rumano, estaba fuertemente influido por Nietzsche y Schopenhauer y, aunque a veces cueste, vale mucho la pena leerlo.
Como introducción de un libro sobre la transición a la democracia en Rumania, leí hace unos días la siguiente frase de Cioran, escrita en 1936:
“Mi país, se me aparecía como un resumen de la nada, o una materialización de lo inconcebible, como una especie de España sin Siglo de Oro, sin conquistas ni locuras, y sin un Don Quijote de nuestras amarguras. Formar parte de él, ¡qué lección de humillación y de sarcasmo!”
Recomiendo su libro de aforismos, Breviario de podredumbre, una obra dura, desgarradora, no apta para todos los públicos ni para todas las ocasiones, en palabras de Savater, un libro que refleja “… lo que todo hombre piensa en un momento de su vida, al menos en uno, cuando reflexiona sobre las Grandes Voces que sustentan y posibilitan su existencia.”
Tras pasar un día en Bucarest atendiendo los asuntos, el 30 por la mañana hemos cargado el coche y nos hemos pasado el día de viaje camino de Vama.
El 31 ha amanecido con un cielo azul espectacular. Abrigadísimos (estamos a – 8ºC), hemos ido paseando hacia el ayuntamiento para ver la ancestral parada de Fin de Año. Niños y adultos vestidos con los trajes típicos de la región y los propios de las fechas como el del Oso, la Cabra o el Diablo, hacen una procesión desde el Puente de los Austriacos hasta el ayuntamiento llevando el árbol de Navidad sobre un arado arrastrado por bueyes, cantan y bailan frente al alcalde, que regala vasitos de vino caliente mientras los vecinos disfrutamos de la tradición.
Ahora estamos preparando la última cena del año mientras esperamos a un grupo de niños que vendrán a casa a cantarnos canciones de Año Nuevo y bailarnos las baladas tradicionales de Bucovina. Algunos borrachuzos, disfrazados de manera rocambolesca, también han ido pasando por aquí para desearnos buen año y llevarse algunos leis con sus desafinadas canciones. Vendrán más.
Leo que Georgia se defiende de un ataque ruso mientras intenta asegurar su integridad territorial amenazada por una situación envenenada que le dejó, precisamente, su más ilustre ciudadano, el camarada Josef Stalin. Georgia sale derrotada y Rusia no tarda en reconocer dos nuevos estados: Abjasia y Osetia del Sur. Los periódicos en España han olvidado ya el tema, no hay aldeas ardiendo ni muertos en las cunetas pero en el Caucaso sigue muriendo gente y Rusia, la Rusia imperial, ha triunfado.
Leo en un País atrasado (aquí sólo llega prensa española atrasada) que el último premio Kandinsky, el principal premio de arte moderno de Rusia, lo ha ganado el pintor ultranacionalista y miembro del reaccionario partido Euroasia, Alexey Belyáev-Gintovt. Recibiendo el premio a su obra inspirada en el arte soviético, el artista gritó: “Rusia es eterna”. Pienso en las llamas de Georgia y que ahora le toca a Ucrania, pues Rusia no renunciará a Crimea y ahora se siente fuerte. Pronto oiremos hablar de Sevastopol, muy pronto. Antes de cerrar El País, veo una foto en la que cientos de personas miran curiosos desde El Malecón de la Habana al destructor antisubmarino Almirante Chabanenko. La Armada rusa regresa a Cuba 20 años después de la desaparición de la Unión Soviética.
Ahora disfruto de Dilema Veche, uno de los periódicos de referencia entre la intelectualidad rumana. Habla de la República de Moldavia y dice que en la última encuesta del gobierno moldavo, el político con mayor credibilidad para los ciudadanos de la antigua Besarabia rumana es Putin (con un 77 %), seguido de Dimitrii Medvedev (con un 61,1%). El presidente de Moldavia, Vladimir Voronin, sólo tiene credibilidad para un 46,8 % de los encuestados. Me asombran estos resultados, sobre todo considerando que en la Transniestria separatista, algunos de los antiguos soldados del XIV Ejército Ruso, hasta hace muy poco amenazaban e incluso asesinaban a sus conciudadanos de origen rumano simplemente por defender que se enseñe esta lengua en las escuelas de Tiraspol.
El diario Izvestia publicó el pasado 21 de noviembre que el ex primer ministro checo, Milos Zeman, propuso durante una conferencia en Viena que, si la Unión Europea no podía constituirse como un contrapoder a Estados Unidos, más le valía integrase en la Federación Rusa. Rusia todavía tiene serios apoyos en el corazón de Europa.
Paseando por Bucarest veo la bandera de la OTAN ondear hasta en la sede de la Liga Rumana de Fútbol y entiendo que todavía hay miedo a Rusia, mucho miedo.
Y ahora echo un vistazo a la prensa española, ésa que está al día en Internet, y me revuelve el estómago ver cómo el gobierno habla de mantenerse al margen en la operación que Lukoil quiere hacer con Repsol afirmando que se trata de un trato entre dos empresas privadas. Putin y su camarilla se frota las manos ante un gobierno tan cándido. Rusia es una autocracia y como tal, será una de las protagonistas del futuro conflicto que asolará el siglo XXI, el que tendrá lugar entre la Democracia y autocracia. Por el momento, la democracia pierde.
Triste anécdota es que el nuevo coordinador de Izquierda Unida sea un dirigente del Partido Comunista Español, alguien que debería esconderse bajo la losa de la Historia. Y es que no aprendemos…
La calle Stravopoleos acoge uno de nuestros restaurante preferidos de Bucarest: Caru cu Bere.
Situado en un edificio construido en 1875 en estilo neogótico por el arquitecto polaco Siegfried Kofczinsky, su interior es el de la típica cervecería germánica, un lugar donde disfrutar de buenísima cerveza y de unos platos tan sabrosos como generosos. Su especialidad, el codillo asado, una monstruosidad que no he sido capaz de terminar pero que he disfrutado de lo lindo y los papanaşi, buñuelos gigantes con nata y mermelada de fresa.
Otra de las buenas cosas de vivir en Bucarest, además de poder disfrutar de otros productos ochenteros como la Mirinda o el jabón Bonux, es que los cines ofrecen la posibilidad de ver películas en 3D.
Armados de una buena bolsa de golosinas, ayer fuimos con César e Irina al Movieplex de Plaza Romana a ver la película de terror en 3D: Cicatrice. Sí, amigo lector, sí, una película de higadillos en 3D, con sangre y vísceras salpicando al horrorizado espectador, mientras mueve absurdamente las manos en el vacío intentando detener el cuchillo del asesino.
Sobre el argumento, nada nuevo bajo el sol, otra versión de la muy manida historia del grupito de jóvenes atemorizado por un asesino en serie a quien le gustan los juegos sangrientos. Película recomendada para nostálgicos de los ochenta que quieran pasar un rato espeluznante y distraído, aderezado con los efectos 3D de las tremendas gafas que te facilita el acomodador, adaptación modernizada de las míticas gafas de cartón, con un plástico rojo y otro azul en cada ojo, con las que ninguno veíamos nada en los cines de hace ya más de 20 años.
A destacar que no éramos los únicos freakies de Bucarest viendo semejante joya cinematográfica, la sala estaba a rebosar de gente.
En Bucarest se ven todo tipo de mendigos y, salvando a los prudentes jubilados, víctimas de un sistema tremendamente injusto y despiadado, los demás se ganan el pan con reclamos de lo más variopintos.
Los he visto pedir solos o acompañados, mostrando truculentas heridas o insólitos muñones, lamentando su suerte en sordos gemidos o con gritos furibundos, con auténticos harapos o con cuidada vestimenta, sin embargo, hoy he visto un chaval de unos 14 años, en plena Calea Victoriei (el Paseo de Gracia de Bucarest, para entendernos), cargando un cordero mientras intentaba llamar la atención de los consternados transeúntes.
Una tan original como pesada manera de mendigar, aunque dudo de sus resultados...
Cada día lo vemos pasear por los alrededores de la oficina, inmutable en su elegancia, digno aún enfundado en una bata rosa, un pantalón deportivo y calzado con unas chanclas, bien abrigado con su ushanka.
Cada día sale a dar una pequeña vuelta, nunca se aleja demasiado, protegido por un escenario familiar, saluda a los habituales del pequeño bar-pasillo sin nombre junto a nuestra oficina, a los albañiles que trabajan en la eterna obra de la esquina, a algún viejo conocido, mira a derecha e izquierda, esperando novedades que probablemente nunca llegan y finalmente, imperturbable, vuelve a su casa.
Y así cada día, llueva, nieve o haga sol.
Acabo de salir un momento al jardín y he oído música, así que con mucha curiosidad y armado con la cámara de fotos he salido a la calle a explorar.
¡Ahí estaba! En una calle muy cercana paralela a la nuestra, una pequeña orquesta de Papás Noel interpretaba, en clave de jazz, música navideña. No querían nada, no pedían dinero, simplemente felicitaban la Navidad a los pocos transeúntes que pasábamos por allí o a los vecinos que asomaban la cabeza por el balcón.
Sí, sí, disfrutando de esta ciudad que, poco a poco, vamos haciendo nuestra.
Después de una divertida mañana con los enanos gracias a los regalos de San Nicolas, hemos salido a pasear por Bucarest. Larga caminata junto a la Casa Poporului hasta la feria de Navidad del Boulevard Unirii. La hemos encontrado todavía cerrada, pero nos dicen que por la tarde, coincidiendo con el encendido oficial de las luces navideñas, será inaugurada. En la Piata Unirii, una pista de patinaje sobre hielo con bastantes bucarestinos deslizándose, más casetas navideñas en vertiginoso montaje y grupos de niños bailando sobre un escenario. Media ciudad ha salido a la calle, hay ganas de Navidad.
Comemos en el Caru cu Bere (¡un clásico!) y hacemos la pesada digestión caminando despacito por la Plaza Revolutiei, con el balcón del último discurso del tirano a la derecha y el Palacio Real a la izquierda. Se ha hecho tarde y, volviendo sobre nuestros pasos, asistimos al encendido general de las luces de Navidad en Piata Unirii.
La ciudad ha cambiado, nos gusta más.